Sophia - Despliega el Alma

Sabiduría

6 mayo, 2021 | Por

Adiós, querido maestro Humberto Maturana

Años atrás tuvimos el privilegio de acceder a un workshop que el biólogo y epistemólogo chileno brindó en Buenos Aires. Con ese recuerdo, hoy despedimos a este hombre admirable que se fue a los 92 años sin perder jamás su fe en el enorme poder del alma humana.


El biólogo y epistemólogo chileno Humberto Maturana recibió reconocimiento mundial por sus investigaciones.

Por aquel entonces, así como se esperan las grandes celebraciones de la vida, un auditorio repleto aguardaba el ingreso de Humberto Maturana, el biólogo y epistemólogo chileno –PhD, Premio Nacional de Ciencias y creador de la teoría del conocimiento– en una nueva (y anhelada) visita a nuestro país. El bullicio era constante, mezcla de algarabía y ansiedad, y por los ventanales del piso 23 de un edificio ubicado en la zona del bajo porteño, los ojos se perdían en un horizonte amplio, iluminado por la resolana que brillaba sobre el Río de la Plata. “Es una oportunidad única”, murmuró entonces alguien, y una mujer que había viajado desde muy lejos, expresó emocionada: “Hice un gran esfuerzo para venir; tal vez sea la primera y la última vez que lo vea en persona, está muy grande...”. Esa mujer tenía razón: faltaba poco para esta despedida que nos llega tristemente hoy. Es que apena saber que el gran humanista Humberto Maturana ya no estará entre nosotros.

Pero volvamos a aquel día en el que pudimos conocerlo en persona y disfrutar de su compañía, en una mañana que empezó gris y terminó con sol. Personas de todas partes se dieron cita para escuchar y tomar nota de sus ideas y reflexiones. Y, a lo largo de varias horas, lo que se había planteado como un workshop derivó en una inspiradora conversación, íntima y familiar, acerca del valor de recuperar el factor humano por sobre todas las cosas. Fue así como el tono confidencial que adoptó la charla conforme avanzaban las horas, a la tarde abrió paso a espacios de encuentro apenas imaginados al comenzar.

Como siempre, Maturana ingresó del brazo de su inseparable compañera de trabajo y amiga, Ximena Dávila. Delgado y jovial a pesar de sus casi 90, puro ánimo y humildad, elevó apenas la voz para el saludo inicial: “Gracias por estar aquí, por darme esa confianza”. A partir de entonces, el diálogo fue la constante del encuentro. “A ver, levanten la mano las personas que están vivas”, pidió Ximena de repente, y todos los presentes elevamos el brazo, sorprendidos y sonrientes, mirando alrededor para constatar que habíamos comprendido la consigna. “Eso, vamos, saquémosles el misterio a las cosas: somos seres vivos, biológicos y culturales”, dijo dando el puntapié inicial a una charla dedicada al simple –aunque tantas veces complejo– ejercicio de poner a las personas y sus conversaciones en primer lugar.

“Hay dos caminos: hacia el malestar y hacia el bienestar. Cuando nos quedamos atrapados en el malestar del resentimiento y la venganza, esas emociones no le hacen mal al otro sino a nosotros mismos” (Ximena Dávila).

Frente a un auditorio repleto y con la participación de Sophia, Maturana y Dávila hicieron base en Buenos Aires.

El valor de ser y de hacernos humanos

Somos los únicos seres que vivimos en el lenguaje y esa no es para nada una actividad trivial”, detalló Maturana mientras improvisaba, con gran sentido del humor, una charla telefónica imaginaria con Ximena. Ella no tardó en responder: “Hola, Humberto, qué tal. Sí, claro, es que el modo de vivir humano es reflexionar y conversar; lenguajear”. Entonces él recordó que los distintos modos de vivir constituyen identidades particulares, que en definitiva se convierten en el modo de vivir humano, y a partir de eso, el auditorio comenzó a vibrar. Porque la conversación, ese espacio temporal donde nos configuramos con el otro, quedó por fin en el centro. “Estamos cambiando, siempre. Somos sistemas moleculares dinámicos que en sus interacciones generan nuevas moléculas. Hoy, sin ir más lejos, todos nos iremos de aquí modificados”, puso por fin en palabras Maturana esa certeza que a todos nos rondaba. Y Dávila, asintiendo, agregó: “La disposición a conversar es aceptar que existen otras realidades”, dejando en claro que ese es el único ejercicio que nos cambia realmente.

Luego, ambos remarcaron el valor de la confianza a la hora de escribir esa historia común donde la ética reinará a través de una emoción tan noble como el amor.

El hombre, ante todo

Humberto Maturana, el reconocido biólogo y epistemólogo chileno, fue mundialmente reconocido por su distinguida trayectoria académica en el campo de la biología del conocimiento, la organización de los seres vivos y la teoría de sistemas. Entre su vasto legado se destacan sus contribuciones a las ciencias de la complejidad, es decir, al estudio de los sistemas complejos, como los seres vivos o los sistemas sociales, desde el conocimiento y las técnicas propias de varias disciplinas. En particular, ha desarrollado investigaciones biológicas en neurofisiología y neuroanatomía, y ha impulsado el estudio de la percepción y el entendimiento de la biología del conocer y del amor. Hasta su partida, fue docente e investigador en Matríztica, la escuela que fundó junto a Ximena Dávila.

Los invito a recordar el candor, el abrazo, la ternura, el asombro, la inocencia, la mirada, la apertura, la confianza de cuando eran niños. Los adultos hemos perdido todo eso, tenemos respuestas para todo. Y ante la más mínima pregunta, refutamos. Por eso nos cuesta confiar en los otros. Como humanidad, debemos asumir el desafío de encontrarnos como seres humanos, porque cuando se pierde la confianza se borra la historia en común. Para eso es fundamental conversar nuestros conflictos, sacarlos de la oscuridad”, destacó Ximena durante aquella jornada, mientras él permanecía a su lado, hombro con hombro.

Fue esa misma dinámica, empática y colaborativa, la que hizo que esta pareja del ámbito profesional creara la Escuela Matríztica de Santiago, donde ambos trabajaron durante más de dos décadas brindando talleres y encuentros para líderes, con el fin de invitarlos a dialogar acerca del fin del liderazgo. ¿Contradicción? Para nada. En una de las reuniones de entrenamiento, un gerente de una importante compañía llegó a decirles: “Nosotros queremos que las personas que trabajan aquí piensen, pero no tanto”. Ximena compartió esa anécdota sin poder contener la risa: “Lo expresó mientras nosotros decíamos que, más que liderazgos, debíamos impulsar proyectos comunes donde se dejara de obedecer, para colaborar. ¡Y claro, eso no les gustó!”.

Porque cada vez que uno obedece, se resiente, se niega a sí mismo. Por eso debemos trabajar en una cultura de la coinspiración. ¿Qué hago en la convivencia del otro, cómo lo incorporo? Somos una escuela boutique de pensamiento enfocada en lo biológico y humano”, acotó Humberto, y sin perder su sonrisa serena, agregó: “Necesitamos un cambio de sustrato epistemológico. Si no nos escuchamos, ¿cómo vamos a encontrarnos para hacer cosas juntos?”.

“El sufrimiento del hombre no se debe a la falta de certidumbres, sino a la de confianza. Hemos perdido la confianza en el mundo, y como perdimos la confianza queremos control, y como queremos control queremos certidumbres, y como queremos certidumbres no reflexionamos” (Humberto Maturana).

Tiempo de coinspirarse

Recuerdo que en un momento Richard, un muchacho nacido en Perú, de unos 40 y pocos años, levantó la mano para intervenir: “Me crié en una familia muy machista, donde el maltrato paterno era cosa de todos los días. En mi primer matrimonio reproduje ese sistema, pero ahora, con mi segunda mujer, estoy aprendiendo a dar amor, me abrí a romper un círculo”. La gente aplaudió su valentía y Ximena celebró su participación. “Es que el sistema nervioso es súper plástico, no estamos fijos donde estamos. Como tú, Richard, que nos muestras que la transformación es posible solo si uno quiere. Entonces, el gran artífice del verdadero cambio eres tú mismo. Cada persona es un tesoro. Todos podemos reaccionar ante situaciones amorosas, aun aquellos considerados a priori malvados”.

A la hora de dar otro ejemplo, apareció el caso canadiense, donde a los presos más agresivos que purgaban condenas indefinidas, el servicio penal decidió entregarles un cachorro de regalo. “La experiencia los cambió: cuidando al perro comenzaron a preguntarse por el bienestar del otro. Eso revela que somos seres fundamentalmente amorosos. Es que la ética no proviene de la filosofía sino de la biología: somos mamíferos, nos ocupa el amor”, señaló al respecto de esa experiencia Maturana.

“No es cierto que los seres humanos somos seres racionales por excelencia. Somos, como mamíferos, seres emocionales que usamos la razón para justificar u ocultar las emociones en las cuales se dan nuestras acciones” (Humberto Maturana).

Curiosamente, Ximena destacó que nadie, ni siquiera “el Doc” (como bautizó en vida, cariñosamente, a su gran maestro), con toda su trayectoria a cuestas, habría de tener la última verdad de todas las cosas: “Hay muchos libros escritos y nada iguala la experiencia que hoy estamos teniendo aquí. ¿Por qué? Porque las respuestas están en nosotros. Pasa que nos hemos complicado la vida con ideologías, teorías y todo eso. ‘Se puede tener un mar de conocimientos, con un centímetro de profundidad’, decía mi padre. Y claro que es hermoso leer, pero lo más importante es aprender a escuchar. Porque dependiendo de a quién uno le crea, será el camino que seguirá. Por eso, no debemos apoyarnos en la teoría del doctor Maturana ni en ninguna otra. ¿Cuándo salió la persona del centro de atención para que esté ahora de moda devolverla ahí? La cosa va en el trato de nuestra vida cotidiana, no en lo que dice el último gurú. Si uno escucha interesado a otro ser humano, sin querer tener la razón, sino convencido de que todas las preguntas son legítimas, entonces el caminar será otro”.

En esa armonía que tantas veces se pierde debido a la falta de escucha hacia los demás, pero también hacia uno mismo, explicaron que es donde radica ese desequilibrio siempre latente capaz de enfermarnos.

“Todo tiene que ocurrir como un proceso armónico. Si eso se pierde, enfermamos, y si eso empeora, morimos. Los modelos de pensamiento alteran nuestra fisiología. Escuchar en el respeto no es lo mismo que escuchar en el odio. Y no es una prédica, sino una invitación a gatillar cambios estructurales. Porque todos los organismos interactuando entre sí cambian juntos, como nosotros hoy, aquí. ¿Qué se tiene que dar en esa interacción? Tiempo. Si no tenemos tiempo de encontrarnos, no hay encuentro posible“, manifestó Maturana antes de dar por finalizado el encuentro­, agradecer a la audiencia presente y dejarnos de regalo una frase de su mamá: “Es un criterio de validación que ella me enseñó cuando nos decía: ‘Niños, las cosas no son ni buenas ni malas en sí, sino oportunas o inoportunas. Es decisión de cada uno ver cuál aplica en cada momento. Y ahora, ¡vayan a jugar!’”, compartió con alegría infantil.

Luego de los aplausos, las firmas de ejemplares y las selfies de ocasión, los ojos de ese varón singular, autor de tantas investigaciones, libros y conferencias, seguían brillando con la más pura ilusión de haber llegado con su mensaje a cada uno de los presentes. Entonces se acercó a despedirse una chica muy joven, confirmando que, en efecto, siempre se puede despertar a alguien por primera vez: “Maestro, me voy feliz porque llevo esta hermosa idea de permitir que el otro surja”, le dijo. Y él sonrió, contento de haber cumplido una vez más con su misión.

“Se dice que el progreso tiene que ver con la competencia. No quiero desvalorizar a Darwin, pero es un hecho que cuando competimos, el autoengaño es pensar que mi bienestar radica en negar al otro. Y en realidad uno se siente bien haciendo las cosas que sabe hacer, en el momento oportuno. Lo peculiar en nosotros es que vivimos en el lenguaje, podemos reflexionar y elegir. Por eso, en el preciso momento en que el otro pasa a ser referente de lo que hago, me desvalorizo a mí mismo. En cambio, cuando hay colaboración, la competencia ya no existe, porque no existe la amenaza” (Humberto Maturana).

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