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Reflexiones

6 enero, 2021

Nuestra única certeza

Cambió el calendario pero las dudas sobre el futuro continúan. ¿Cómo será el devenir de la pandemia? ¿Qué pasará con las vacunas? ¿Tendremos un mejor año? Si 2020 nos hizo un favor, escribe Sergio Sinay, fue recordarnos que la incertidumbre es nuestra marca esencial y que el sentido de la existencia no está en las preguntas que podamos formularle a la vida, sino en las respuestas que vinimos a darle. 


Por Sergio Sinay

Es imposible conocer de manera simultánea la velocidad y la ubicación de cualquier partícula en el espacio. Para determinar su velocidad hay que ralentizarla, pero continua en movimiento, de manera que la ubicación cambia. Y para certificar su ubicación hay que detenerla, de modo que ya no hay velocidad. Esto fue demostrado por el físico alemán Werner Heisenberg (1901-1976), quien obtuvo el Premio Nobel en 1932, a los 31 años. Su comprobación se conoce como Principio de Indeterminación o Principio de Incertidumbre, y fue un extraordinario aporte al desarrollo de la física cuántica. Si bien Heisenberg trabajó con átomos, electrones y fotones, su teoría es aplicable a cualquier cuerpo en movimiento. Y acaso la más célebre conclusión de sus estudios es aquella según la cual el observador modifica el fenómeno observado. O, si se quiere decirlo así, el observador es siempre parte del fenómeno que observa.

Lo que vale para la física vale para la vida, y el año 2020 nos proporcionó una formidable experiencia sobre esto. En primer lugar, nos vino a recordar algo que pretendemos olvidar con frecuencia (¡ah, la soberbia humana!). No se pueden controlar todos los hechos y sus variables, y mucho menos al mismo tiempo. Por lo tanto, somos hijos y objetos de la incertidumbre. Y, en segundo término, cada una de nuestras acciones genera consecuencias en los escenarios y situaciones en que se desarrolla nuestra vida.

“Lo que vale para la física vale para la vida, y el año 2020 nos proporcionó una formidable experiencia sobre esto. En primer lugar, nos vino a recordar algo que pretendemos olvidar con frecuencia (¡ah, la soberbia humana!). No se pueden controlar todos los hechos y sus variables, y mucho menos al mismo tiempo”.

El milagro cotidiano

Si en el comienzo del nuevo año, y tras la perturbadora e inédita experiencia del anterior, hubiésemos aprendido estas dos lecciones, nuestras mochilas estarían bastante más aliviadas y nuestras mentes y almas más enfocadas y centradas para lo que viene. Ya en el siglo dieciocho el alemán Emmanuel Kant (1724-1804), un pensador fundamental aún hoy, señalaba: “Se mide la inteligencia de una persona por la cantidad de incertidumbre que es capaz de soportar.”

Tenía razones para afirmarlo, puesto que la incertidumbre es marca esencial de la vida. Se podría afirmar que la incertidumbre es, en realidad, lo único cierto. Cuando al final de cada día nos acostamos en la misma cama en la cual nos hemos despertado en la mañana, somos protagonistas de un milagro. Nadie nos garantizó que eso ocurriría. Cada día que comienza podría ser el último de nuestras vidas debido a una innumerable cantidad de factores que desconocemos y que, por lo tanto, están fuera de nuestro control. Buena parte del desarrollo de la ciencia y de la técnica tienen que ver con la vana ilusión de lograr ese control, de someter a la naturaleza y al universo a todo tipo de estudios y acciones para extraerles sus secretos y misterios, para desnudar o violar sus leyes y apropiarnos de nuestro destino, diseñarlo a voluntad y vivir seguros y a buen cobijo de lo incontrolable.

Desde esta perspectiva vale preguntarnos, y ser sinceros en la respuesta, si lo que esperamos de las controvertidas vacunas para (¿o contra?) el coronavirus es que nos preserven de la enfermedad o que nos rescaten de la incertidumbre. Solo el tiempo dirá de su eficacia respecto del Covid-19, pero desde ahora puede afirmarse que no hay vacuna contra lo incierto, lo incontrolable, lo misterioso, lo aleatorio.

“Se podría afirmar que la incertidumbre es, en realidad, lo único cierto. Cuando al final de cada día nos acostamos en la misma cama en la cual nos hemos despertado en la mañana, somos protagonistas de un milagro. Nadie nos garantizó que eso ocurriría”.

Como afirma una y otra vez a lo largo de sus libros el ensayista libanés Nassim Nicholas Taleb (autor de El cisne negro, ¿Existe la suerte?, Antifrágil y Jugarse la piel), es imposible controlar el futuro a partir de la explicación del pasado. Lo pasado ya ocurrió, el futuro aún no, ¿cómo saber algo cierto de él?

Podemos explicar desde muchos puntos de vista el azote del Covid-19, tanto desde el científico, como desde el económico, el político, el astrológico, el ecológico, el religioso, pero todas serán post-dicciones. Es decir, explicaciones que, una vez ocurridos los hechos, intentan demostrar que eran previsibles y que algo falló (o acertó) en la predicción. La post-dicción es, nuevamente, una argucia para enfrentar a la incertidumbre. Pretender que se sabía lo que no se sabía.

Hay grandes especialistas en post-dicciones, se los consulta como al oráculo a pesar de que nunca aciertan y ocupan tiempo y espacio en los medios mientras se aprovechan de nuestra búsqueda de certezas. Esto es producto, dice Taleb, del sesgo causa-efecto. Una pirueta del pensamiento por la cual se cree que si se encuentra una causa se podrá explicar un efecto y, por lo tanto, conseguir tranquilidad. Otra vez, por ese camino, aparece la negación de la incertidumbre, la aspiración de control. Pero podría ocurrir, y ocurre, que no exista la relación que se cree haber encontrado, y que todo sea simplemente obra del azar, o de lo inexplicable.

Hora de responder


¿Cómo vivir con esto? ¿Somos náufragos abandonados en una pequeña isla, rodeados por un inmenso e inabarcable mar de incertidumbre? Quizás sea así. Y quizás 2020 nos haya hecho un enorme favor al recordárnoslo. Al sacarnos de la zona de confort existencial en la que, incluso con la complicidad de una ciencia y una técnica más orientadas a los negocios que al servicio, más inclinadas a fomentar deseos e ilusiones que a atender reales necesidades, el duro año que pasó nos confrontó con una de las grandes preguntas de la vida.

Decía Víktor Frankl (el gran pensador y médico austriaco autor de El hombre en busca de sentido, La presencia ignorada de Dios, El hombre doliente y otras obras fundamentales acerca de la existencia y su sentido) que no hemos venido a este mundo a hacer preguntas del tipo ¿cómo saldré o saldremos de esta?, ¿qué me espera o nos espera mañana?, ¿cuál será el desenlace de esta situación?, ¿por qué a mí o por qué a nosotros?, ¿por qué ahora?, etcétera.

“¿Somos náufragos abandonados en una pequeña isla, rodeados por un inmenso e inabarcable mar de incertidumbre? Quizás sea así. Y quizás 2020 nos haya hecho un enorme favor al recordárnoslo”. 

Nadie tiene la respuesta a esas preguntas, por más que nos las prometa. Y eso se debe, afirmaba Frankl, a que nuestra misión no es hacer preguntas, sino dar respuestas. La vida es la que pregunta, y lo hace a través de situaciones. Son situaciones que ella determina y sobre las cuales no tenemos control, pero siempre tendremos recursos para responder.

El humano es un ser que responde. De ahí su condición de responsable. Puede tomar decisiones, hacer elecciones, ejecutar acciones. Todas ellas tendrán consecuencias, y ante las consecuencias habrá nuevas decisiones, elecciones y acciones. Y así nuestra vida va dibujando su sentido, su razón de ser. Aún en situaciones de enorme limitación somos dueños y responsables de nuestras respuestas. No podemos culpar a nadie. La responsabilidad desplaza a la culpa. Y si bien no podemos controlar todas las variantes de la vida (en realidad tenemos control real sobre muy pocas), somos responsables absolutos por nuestras respuestas.

Podemos examinar hoy cómo fuimos respondiendo a las grandes preguntas de 2020. Y podemos despertar y expandir nuestra conciencia para disponernos a responder en 2021. Nunca sabremos cuándo termina nuestra trayectoria existencial, pero sí que finalmente el sentido de nuestra vida (la de cada uno) estará signado por las respuestas que dimos cuando las preguntas se presentaron.

Fotos: Pexels.

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