Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

18 marzo, 2020

Nosotros y el miedo

Se trata de una emoción que hoy está más presente que nunca, de la mano de una humanidad que ve caer una a una sus certezas. ¿Cómo manejar el miedo en tiempos complicados? ¿Por qué es tan importante aprender a gestionarlo?


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Por Sergio Sinay

Si fuéramos inmortales no tendríamos miedo. Pero ocurre que lo somos y nuestro bien más preciado es la vida (de ahí que cuando ella transcurre en el sinsentido, en el vacío, en la superficie de las cosas, sobreviene la angustia existencial), tememos perderla.

Y luego, en cadena, están todos los miedos.

A la enfermedad, al dolor, a la pérdida de seres queridos, al desamor, a que nuestros sueños no se cumplan, al rechazo. Y la lista puede ser interminable, ya que a los miedos comunes a nuestra condición humana, cada quien agrega los propios.

¿Se puede vivir sin miedo?

Hay quienes prometen que sí y hasta ofrecen fórmulas y entrenamientos. Tanto tememos al miedo que muchas veces nos proponemos luchar contra él y vencerlo. Creo que es imposible. El miedo, al final de cuentas, es una emoción, como la alegría, la ira, la vergüenza, la tristeza, la ternura. Las emociones vienen en nuestro equipaje existencial. Y cumplen funciones: las de la ira son, entre otras, transformar aquello que la provoca, poner justicia en la injusticia, transmitir necesidades no atendidas, etcétera. La de la vergüenza, hacernos revisar la imagen que tenemos de nosotros mismos, actualizarla para no desvalorizarnos ante los demás. La de la alegría, celebrar lo conseguido, compartir un cierto estado de gracia y bienestar, ver la luz del mundo. Y así con cada una.

¿Para qué nos sirve el miedo?

Una función esencial del miedo es la de advertirnos acerca de un peligro, otra es la de inducirnos a revisar si nuestros recursos son acordes a la situación que enfrentamos. Así, a veces el miedo nos rescata llevándonos a tierra firme y otras nos induce a reforzar herramientas y conocimientos, a prepararnos mejor para lo que viene.

Puesto que el miedo es un órgano de nuestro cuerpo emocional, pretender vencerlo o erradicarlo equivaldría a una especie de guerra civil en la cual la mente (una provincia de nuestro territorio) lucha contra esta emoción (otra provincia). En las guerras civiles todos pierden (como en todas las guerras). Nadie piensa en luchar contra el hígado cuando éste emite síntomas, ni en cortarse la mano izquierda porque es diestro, nadie se pregunta si es posible vivir sin alegría o sin ternura.

¿Por qué entonces despreciamos el miedo en lugar de aprender a entender sus señales, a gestionarlo de una manera funcional?

Desde mi punto de vista, quien asegura que nunca tiene miedo no es valiente sino inconsciente, y que me disculpe, pero jamás me subiría a su auto, porque me daría miedo viajar con quien ignora las señales. Los verdaderos valientes lo son porque conocen el miedo, lo admiten y aprenden a convivir con él sin que los paralice. Porque así como el miedo puede ayudarnos a evitar riesgos inútiles, a estar mejor equipados para las incertidumbres de la vida, a atravesar situaciones difíciles con ojos y mente abiertos, también puede inmovilizarnos, llevarnos a hacer elecciones injustificables, a perder oportunidades valiosas.

Pero eso no es culpa del miedo, sino responsabilidad de quien lo siente y de lo que hace con él.

No caer en la paranoia

No está de más pensar en estas cosas. No temerle al miedo, animarse a incursionar en él, permitirse comprender sus mecanismos y funciones es un buen antídoto contra la paranoia, una enfermedad muy extendida en estos tiempos. Creemos que nos toca vivir el momento más peligroso de la historia y, más allá de todo lo que nos acecha día a día, creo que no es así.

Cada generación en la historia humana creyó, en algún momento, que vivía en el momento más peligroso y difícil.

Y tenía razón. Era, en efecto, el más peligroso y difícil en su experiencia, pero no en la experiencia de toda la humanidad. Cada uno vive lo que le toca y habla de eso. Pero no hay manera de comparar, porque los riesgos que otros corrieron antes que nosotros (plagas en la Edad Media, rayos y bestias en la prehistoria, la bomba atómica en Hiroshima, la pandemia de poliomielitis en los años 50, etcétera) nos llegan por lecturas, relatos, películas.

Aunque seamos empáticos, nos son ajenos.

Jamás tendrán, en nosotros, la intensidad de los que nos tocan en vivo y en directo. Pero lo cierto es que los peligros (esperados e inesperados, conocidos y desconocidos), la incertidumbre y el miedo son parte de la existencia humana. Con ellos hemos vivido y viviremos. Siempre habrá peligros inevitables, que responden a lo imponderable, a lo aleatorio. Eso es así.

Lo que no tiene por qué ser así es lo atinente a los peligros autoinfligidos, fruto de la capacidad humana para la violencia, para la pérdida de la razón. Algunos de esos riesgos se llaman inseguridad por falta de ley y justicia, crimen, terrorismo, otros se llaman contaminación, manipulación genética, fundamentalismo, odio étnico y racial. El miedo que todo esto provoca es tóxico y disfuncional. El otro es parte de la vida. Y la vida, dice un querido maestro del cual mucho aprendí, es una inversión de riesgo. Quien invierte en ella no tiene seguridades absolutas, pero cuenta con más posibilidades de entender el sentido de su propia existencia.

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