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“Nosotros”, la palabra más difícil del amor

Nunca es fácil el encuentro con el otro. Menos en estos tiempos "líquidos" que nos toca vivir. Pero ¿y si intentamos hacer de la vida de a dos una apuesta superadora? La clave estará en encontrar el verdadero significado del verbo amar...

Por Sergio Sinay

Uno de los mayores desafíos, si no el mayor, de la vida en pareja es el de convertir los pronombres Yo y en un Nosotros pleno de contenido y significado. Siempre fue así, pero lo es más en tiempos de narcisismo, de hedonismo y de individualismo, como los que transitamos. Tiempos que el sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman (1905-2017) llamó “líquidos”, en los que casi nada se consolida ni echa raíces, en los que hay urgencia de resultados y desprecio por los procesos necesarios para llegar a las metas, en que lo descartable se impone sobre lo permanente y los deseos individuales desplazan a las necesidades colectivas. Tiempos, en fin, en los que, como machacan las publicidades de todo tipo de productos y servicios, la satisfacción debe ser inmediata. Tiempos sin paciencia, con más presencias virtuales que de cuerpo presente, en que la ansiedad impide la construcción de compromisos. Tiempos en los que se quiere llegar sin viajar.

Todas estas características de la época se reflejan en la vida de las parejas, que tiende a ser cada vez más corta e insatisfactoria. El acento en el Yo, en el , en lo que quiero, en lo que considero que es mi derecho (aunque solo se trate de un deseo) convierte al otro en un instrumento y lleva a pensar en esa persona en términos de “me sirve” o “no me sirve”, como si se tratara de un celular, un lavarropas, un par de zapatos o una cacerola. La palabra pareja deriva de par. El diccionario define a par como un conjunto de dos personas o dos cosas de la misma especie. Esto significa que, o ambas son personas y se tratan entre sí como tales (con respeto, acompañamiento, escucha y aceptación), o ambas son cosas y se tratan mutuamente como simples objetos. En el primer caso es posible que de un Yo y un emerja un Nosotros significativo. En el segundo no habrá relación de amor, sino de uso.

La palabra fundadora

Para el filósofo austríaco-israelí Martín Buber (1878-1965) Yo y Tú constituyen una sola palabra, porque sin la otra cada una de ellas pierde su sentido y es inconcebible. Nada significa “Yo” si no hay un “Tú”, y al emitir esa palabra me convierto de inmediato en el “Tú” de quien está ante mí. Por este motivo Buber designaba a Yo-Tú como “palabra primordial”. El vocablo en el que se funda la experiencia humana. Sin comprender la íntima y profunda relación entre ambos términos “Nosotros” será una expresión vacía. Solo se carga de contenido y trascendencia cuando cada “Yo” registra la existencia del “Tú” presente, cuando lo acepta como diferente de sí, cuando respeta esa diferencia (solo las de valores son irreconciliables), cuando puede recibir hospitalariamente sus palabras, comprender sus necesidades, atenderlas y no descalificarlas. Este es, queda dicho, un camino de ida y vuelta que requiere tiempo, presencia, paciencia y aprendizaje, porque no siempre se puede y se sabe de inmediato cómo descifrar el lenguaje de la otra persona, su manera de sentir y el alcance de aquellas necesidades. Y de esta manera es posible construir, con aportes paritarios, un “Nosotros”, que no sea mera declaración y que no resulte una fusión disfuncional en la que desaparece lo individual y la riqueza que aporta la diversidad, lo diferente.

«Uno de los mayores desafíos, si no el mayor, de la vida en pareja es el de convertir los pronombres Yo y Tú en un Nosotros pleno de contenido y significado. Siempre fue así, pero lo es más en tiempos de narcisismo, de hedonismo y de individualismo, como los que transitamos».

Los relatos románticos y la creencia en el final feliz y lleno de perdices para comer eternamente siempre atentaron contra la idea de que el amor es un punto de llegada y no de partida y que, por lo tanto, se construye paso a paso, atravesando todo tipo de situaciones, dolorosas y gozosas, escribiendo juntos una historia propia y única. El psicólogo Scott Stanley, de la universidad estadounidense de Denver, define como “nosotridad” a una relación en la que dos personas, sin perder su individualidad, construyen una relación profunda y sólida a través de la cual alcanzan un sentido de identidad compartida. Esto estimula y fortalece la empatía en ambas. En su libro Claves para resolver conflictos y prevenir el divorcio, Stanley explica que entonces “la relación ya no es un mercado cambiario en el que dos individuos compiten entre sí sino una relación no competitiva que puede maximizar los resultados conjuntos”.

Creando un número nuevo

Para ser verdaderamente tal, un vínculo amoroso requiere trabajo, no se hace solo ni es producto de la magia. En todo caso será a raíz de la tarea cotidiana, y no al margen de ella, que se podrá vivir como mágico. Y no siempre, sino en momentos. Cuanto más comprometida sea la presencia y la labor, más serán esos momentos, aunque no eliminarán los tramos de desencuentro y desconcierto que son parte de toda relación humana. Los ingredientes necesarios han sido mencionados en este texto, pero viene al caso repetirlos: presencia, tiempo, paciencia, escucha, aceptación, comprensión. Podríamos agregar capacidad de quitar la mirada del propio ombligo (y de las pantallas, las redes, Netflix, etcétera) y dirigirla a la otra persona y a la pareja en conjunto.

En un texto publicado en The New York Times, Michal Leibowitz, asistente editorial de ese diario, cuenta los ensayos y errores que ella y su marido, David, debieron experimentar a lo largo de su vida de pareja hasta encontrar ese punto en el que dieron con la equidad y la integración entre sus visiones y necesidades. La columna se titula Lo más difícil del amor fue pasar del ‘yo’ al ‘nosotros’, y en ella Leibowitz concluye: “Creo que nuestro ´nosotros´ es más una acumulación de pequeños momentos. La balanza se inclina, entras a otro marco de referencia y el mundo parece el mismo pero diferente. Por ejemplo, el lenguaje del sacrificio no tiene sentido. No puedes sacrificarte por algo que ya eres. Su alegría no solo es importante para ti porque él es importante para ti. Es tu alegría. Los límites no se disuelven, se vuelven porosos”.

Durante 2020, según cifras oficiales, 4.480 parejas disolvieron su vínculo conyugal en la ciudad de Buenos Aires y solamente 3.861 se casaron. De acuerdo con el Registro Provincial de las Personas, en la provincia de Buenos Aires se registraron más de 24 mil divorcios en 2021. Podrían explicarse estos datos con el argumento de que las personas hoy están menos atadas a las formalidades a la hora de convivir y más liberadas de mandatos y prohibiciones en el momento de elegir cómo ser felices. Aunque también podrían tomarse como un síntoma de la prevalencia de la satisfacción individual por encima del desafío de trabajar en la construcción de un Nosotros en el cual uno más uno no sea dos, sino la creación de un número nuevo, inédito, trascendente. Cada uno sabrá cómo es o cómo fue su experiencia.

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FRASE DEL DÍA

"El amor es una cadena de amor, como la naturaleza es una cadena de vida".

Truman Capote