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Reflexiones

6 diciembre, 2023

«Nosotros» contra «ellos»: dolores de siempre, silencios de hoy

Encontrar en el otro, en el diferente, a un enemigo, se ha convertido en una de las calamidades máximas de la humanidad. En esta reflexión, un llamado al respeto, a la racionalidad y a la tolerancia.


Por Sergio Sinay

La historia de la Humanidad es la historia de sus guerras. Durante el período neolítico de esa historia (entre los 6 mil y los 3 mil años previos a nuestra era) con el pulimiento de la piedra aparecieron los primeros instrumentos de labranza, que dieron nacimiento a la agricultura y pusieron fin al nomadismo. Se establecieron pequeñas poblaciones, grupos de poco más de un centenar de miembros asentados en un territorio que, para convivir, instituyeron los primeros contratos morales: reglas, normas y hábitos que les permitían reconocerse como miembros de la tribu. También entonces nació, como decía el sociólogo William Graham Sumner en 1906, en su libro Folkways, la noción de “nosotros” y “ellos”. Los propios del grupo y los ajenos. Los de adentro y los de afuera. Los iguales y los diferentes. Y, según apunta Sumner, esto no tardó en transformarse en “nosotros” contra “ellos”.

Ocurre en todos los grupos humanos, desde las familias hasta las naciones, desde los equipos de trabajo hasta las hinchadas deportivas, desde creyentes de una religión a creyentes de otras, o a no creyentes. Como si para afirmar la propia identidad (personal, familiar, nacional, racial, religiosa, de género, etcétera) fuera necesario denigrar a otra. Y, en los casos extremos y trágicos, como si para terminar de ser “nosotros” debiéramos, amparándonos en supuestos mandatos de distinto origen, terminar con “ellos”, borrarlos de la faz de la tierra.

Cuando todos pierden

Desde aquellas flechas iniciales, otra creación del ancestral neolítico, hasta los refinados y atroces armamentos de hoy, producto del desarrollo tecnológico, prácticamente no hubo generación humana sin testigos, víctimas o victimarios en las guerras de cada tramo de la historia. Estas se desatan por motivos raciales, políticos, geográficos, económicos, religiosos y hasta existió una guerra del fútbol entre El Salvador y Honduras, que se desató en julio de 1969 a causa del resultado de un partido entre las selecciones de ambos países y que dejó miles de muertos después de cuatro días de lucha. Hay un polvorín siempre activado en cada rincón del planeta y cualquier excusa suele ser buena para que explote una conflagración.

En las guerras solo hay perdedores. Familias destruidas, ciudades en ruinas, miles de muertos (generalmente civiles, los que no combaten), proyectos de vida abortados, actos de pavorosa inhumanidad. Los vencedores de hoy pueden ser los derrotados de mañana y lo que siempre queda, a veces explícito, a veces larvado, es el resentimiento, el prejuicio hacia el otro, el enemigo, los “ellos”, esperando el momento de la venganza.

Las guerras justifican que un grupo humano deje de considerar a otro como miembro de la misma especie (cosa que no ocurre entre los animales), que cosifique a sus miembros, y que, por lo tanto, se les pueda hacer cualquier cosa. Se clausuran los circuitos emocionales (salvo los del odio y la ira en unos, y los del miedo en otros) y no hay lugar para la empatía, para la compasión, para la comprensión, para la escucha, para la racionalidad, eso que supuestamente nos hace humanos.

El respeto olvidado

No hay que remitirse a libros de historia, a películas, a relatos lejanos, a pinturas, a fotografías para advertir la calamidad de la guerra. Las guerras nunca están en el pasado. Cada generación tiene las propias y a medida que las brutalidades son mayores y las consecuencias más devastadoras (la ciencia y la tecnología tienen mucha responsabilidad en esto y, si no, véase la flamante y extraordinaria película Oppenheimer, de Cristopher Nolan), se suele salir de una guerra diciendo que será la última y que no puede volver a ocurrir.

Pero ocurre y cada vez peor. Así será mientras, como pedía el filósofo idealista alemán Immanuel Kant (1724-1804), un ser humano no honre el mayor de los imperativos morales: respetar la dignidad de cada ser humano, su derecho a existir. Ese respeto, decía Kant, es obligatorio. El amor no lo es, agregaba. Podemos amar a otra persona, o no. El amor es resultado de una historia, es una construcción, no es previo al conocimiento del otro. El respeto, en cambio es, debe ser, previo. Sobre él se edifica el edificio de la moral.

En un lapso corto del presente hemos sido testigos dolientes de dos brutales actos de un grupo humano hacia otro que dieron comienzo, o continuidad según el caso, a guerras de largo e irresuelto origen. La invasión de Ucrania por Rusia y los atroces asesinatos, decapitaciones, violaciones y actos de crueldad inimaginable e inenarrable cometidos por la banda terrorista Hamas en Israel. En ambos casos se les niega a países y a sus habitantes (Ucrania e Israel) su derecho a existir, amparándose para ello en supuestas razones históricas en un caso y étnicas, culturales y religiosas en otro, en todos los casos apoyadas en falacias.

Silencios ensordecedores

Cuando unos humanos niegan a otros el derecho a existir, cuando se proponen eliminarlos como nación, como cultura, como raza o como religión, cualquier tipo de justificación relativista que se use como excusa para no expresarse es un acto de deserción moral. Mujeres violadas, decapitadas, embarazadas a las cuales se les abrió el vientre para matar a su feto; niños matados delante de sus padres; padres asesinados delante de sus hijos; ancianos y bebés secuestrados y maltratados, como ocurrió con Hamas, son razones suficientes para hacer oír la voz, el pensamiento. No hay un “centro” en el cual ampararse para no tomar partido, porque Corea del Centro no existe, es el país imaginario de los desertores morales.

Hay situaciones en las que la “corrección política”, el pensamiento “buenista”, son máscaras patéticas. Lamentable, dolorosamente, salvo algunas muy escasas y honorables excepciones, las organizaciones feministas verbalmente muy activas en otros casos, no dijeron nada de lo que ocurrió con las mujeres israelíes. Organismos internacionales (Unicef entre ellos) que supuestamente velan por el derecho de los niños, emitieron un estridente silencio en el caso de los niños y bebés raptados y asesinados por Hamas. Como si para estos organismos y esas organizaciones estas mujeres y estos niños fueran unos “ellos”. La historia de la humanidad es cruel y es la historia de sus guerras. Y, para bien o para mal, por actos de heroísmo físico o moral, o por lo contrario, las guerras dejan al desnudo a las luces y sombras de la humanidad.

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