Sophia - Despliega el Alma

Artes

6 julio, 2009

«No se puede vivir sin vivir»


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Ángela Becerra*

A los 40 años dejó la publicidad, donde tenía un nombre y una trayectoria, para meterse en el mundo de los escritores, donde no era nadie. Hoy es una de las autoras más leídas de España. Por Marta García Terán. Fotos: Ardiuno Vannucchi, gentileza Planeta.

Esta historia podría contarse a través de los ojos de la niña A, que vivía en una casa con un gran jardín y una pileta, que tenía un cuarto lleno de libros y de juguetes, y se pasaba el día montada en su pony. Pero se va a contar a través de los ojos de Ángela Becerra, una chica tímida y muy observadora, que a los 8 años imaginó a A y la hizo protagonista de sus primeros relatos, esos que escribía en su Cali natal, al sur de Colombia. La niña A tenía todo; Ángela, en cambio, no tenía nada. O al menos eso pensaba hasta el día en que, fascinada por las historias de Peter Pan y los niños perdidos, descubrió que tenía la palabra y que con ella podía crear un mundo en el que fueran posibles tantas vidas como ella soñara.

A fue, cuando tenía 8 años, la protagonista de su primer cuento y Ella, a los 52, la de su última novela. Y entre A y Ella existieron muchísimas Ángelas, porque si hay algo que define a esta escritora que vive en España hace veinticinco años es la entrega. Su corazón late, de una u otra forma, en todos sus personajes. Y eso hace que las cuatro novelas que lleva publicadas se lean en España tanto como los libros de Gabriel García Márquez. Hoy vive en las afueras de Barcelona, con sus dos hijas, de 29 y 16 años, y su marido, Joaquín Lorente, un conocido publicista español. Pasa sus días en una casa rodeada de un bosque en el que se interna cada mañana a través de senderos de piedra y pinos, donde observa a las ardillas, los conejos y los pájaros. Y desde allí vive las estaciones. El silencio despierta sus sentidos, porque Ángela, dice, tiene una vida interior plena.

La suya no es una historia lineal, llena de éxitos y exenta de dolores. Todo lo contrario. Le faltaron muchas cosas, pero nunca le faltó la palabra. Y en la palabra se deja ver, porque es de esas escritoras a las que se puede descubrir poco a poco, a través de sus relatos.

–Ángela, hay personajes casi efímeros en la vida de las protagonistas de tus novelas, que dicen frases como al pasar, pero frases interesantes y llenas de sabiduría. ¿Creés que en nuestra vida nos topamos con este tipo de personas a los que no les prestamos atención?

–Sí, creo que todas las personas tienen cosas interesantísimas para decirnos; el tema es estar dispuestos a escucharlas. Me he encontrado con pescadoras que, mientras te venden el pescado, te dicen unas cosas maravillosas, lo mismo que las peluqueras o los taxistas. Como son personas que tienen una profesión más sencilla, las subestimamos. No nos damos cuenta de que la gran sabiduría en ellos está en vivir; quizá no hayan tenido grandes estudios, pero tienen un sentido común increíble. En lo más simple está la verdad.

–Las protagonistas de tus novelas cargan un inmenso dolor y encaran un proceso de sanación del alma. ¿Por qué te interesa tanto el sufrimiento?

–Me interesa el ser humano en toda su complejidad, porque es una cosa infinita, maravillosa. Cuando tú empiezas a indagar, te das cuenta de que en el fondo nunca nos conocemos, porque llega un momento en el que frente a una situación tú reaccionas de una forma que nunca te imaginaste. A veces las situaciones límite hacen que encuentres otro yo dentro de ti. Si las historias fueran historias de felicidad absoluta, eso no tendrían ninguna importancia, ningún atractivo; en un párrafo empieza y termina.

–Es que la realidad está hecha de otra cosa…

–La realidad está hecha de frustraciones, de dolor, de búsqueda. Siempre hay un motor que nos mueve y es la búsqueda de la felicidad. Puede ser que no la encontremos hasta el final, o nos muramos sin encontrarla, pero el motor ha hecho que durante toda nuestra vida hayamos avanzado. Porque si cerramos ese círculo, si decimos “no me interesa ser feliz”, entramos en una apatía total, mientras que si estamos en esa búsqueda siempre hay un espacio abierto. Son como eslabones que te llevan a más y a más. Por eso, la temática del dolor, y de superar el dolor, es muy atractiva. Porque para mí el tema de las emociones, de los contrastes, de buscar en las sombras de los seres humanos es un punto de fuerza.

–¿En esas sombras nos conocemos verdaderamente?

–Claro, porque cuando conozco a otro, si le quiero caer bien, le vendo que soy maravillosa y el otro me vende que es maravilloso, pero lo que nos empieza a unir no es eso, sino el descubrir ese territorio que está detrás. Por eso, los callados, los tímidos, de repente se vuelven seres tan interesantes. Entonces, ahí esta tu fuerza, en decir “yo soy capaz de encontrar por qué este hombre o esta mujer es tan callada, qué hay detrás, qué es lo que hace que sea así”.

–Se ve que te interesan las personas a las que es difícil llegar. Así son las protagonistas de tus libros. Los que logran conocerlas se acercan y no juzgan, entienden sus tiempos, y a partir de ahí empiezan con mucho amor y comprensión a tratar de ayudarlas. ¿Ésa es la forma?

–Yo creo que sí, que es desde la comprensión, una palabra maravillosa. Si tú te sientes comprendida, inmediatamente te sientes querida. Lo que crea más abismo en una relación es la incomprensión, el que teniendo todo tu mapa emocional, la otra persona no sepa leerlo. Lo primero es tener comprensión, respeto hacia ese mapa que presenta la otra persona, y después, compasión, esa palabra que está tan mal utilizada. Compasión es padecer con el otro, pero no padecer lo malo solamente, sino también lo bueno, estar “con-pasión” con la otra persona.

–Eso implica un grado de empatía muy grande.

–Exacto. Yo creo que muchos de los problemas que se presentan se deben a esa falta de empatía, de comprensión y compasión. Queremos que los demás se amolden a nosotros, que nos comprendan, pero no queremos comprender. Se nos olvida que una vez que cambiamos, todo lo que está alrededor nuestro cambia.

–Hablás de aceptar al otro. ¿Cómo nos va con aceptarnos a nosotros mismo?

–Nos cuesta. Tenía un amigo que murió, muy querido, que decía: “Si tú vas con una camisa manchada, todo el mundo te ve la mancha; pero si tú no la ves, tú no le sacas la mancha a la camisa”. En el momento en que te miras al espejo y ves la mancha, te dices: “¿Pero cómo puedo ir así de manchado?”. Cuando se produce ese “darse cuenta”, la gente se puede transformar.

–En ese sentido, uno de los personajes de tu novela Lo que le falta al tiempo dice una frase muy esperanzadora: “Estas viva y eso te da la oportunidad de corregir”.

–Claro, siempre estamos a tiempo. Mira, no se puede vivir sin vivir. A vivir se aprende viviendo y no hay fórmula, no hay libros que te dicen tú lees esto y ya. No, no, no; a vivir se aprende equivocándose, levantándose, y vuelta otra vez a probar. Lo que pasa es que durante toda nuestra vida hemos llevado unos esquemas, unos modelos… Durante mucho tiempo estuvo muy mal visto equivocarse. Lo bueno es saber que, si estamos vivas, podemos corregir. No hay que darse por vencidos.

–O sea que se puede cambiar a cualquier edad.

–Creo que sí. A mí me llegó a los 40 años. Me miré en el espejo, me encontré la mancha y pensé: “Así no puedo seguir caminando”. Entonces, me dije: “Bueno, a esta mancha hay que limpiarla”.

–Vamos a ese momento de tu vida. Hacía años que habías llegado a España desde Colombia, con tu hija mayor. Te habías casado por segunda vez, con Joaquín –con quien tuviste a tu segunda hija–, habías desarrollado una carrera exitosa y ya eras la vicepresidenta de una agencia de publicidad. ¿Cómo es que hacés el clic y dejás todo para dedicarte a escribir?

–En realidad, nunca había querido hacer publicidad (risas), pero la vida me fue llevando a eso. Me iba muy bien porque ponía toda mi imaginación al servicio de la venta de productos. Vivía con la adrenalina al tope, corría para todos lados, con tres celulares, viajando de acá para allá, trabajando hasta la madrugada… No tenía vida y empecé a enfermarme. Me dio una hernia de hiato, luego algo en la garganta, gastritis, colón espástico y otras cosas. Todo el sistema digestivo se me descolocó. Entonces el médico me dijo: “La próxima vez me vas a venir con un cáncer, estás yendo contra ti, contra tu naturaleza”.

–Tuviste tu “darte cuenta”.

–Sí (risas), de repente vi la mancha en la camisa y dije: “Yo con esto no puedo seguir”. Sabes que la niña se me despertaba a las cuatro de la mañana todas las noches, porque era la única forma en que me encontraba. Además, tuve una crisis de pareja y dije basta. Así que paré y justo me salió un viaje a la India sin pedirlo.

–¿Por qué sin pedirlo?

–Una amiga se iba y yo me sumé. Iban a hacer un curso de crecimiento espiritual y fuimos sin nada, porque la idea era desprenderse de las cosas. Durante quince días lloré, lloré y lloré. Me abrió el mundo, empecé a caminar conmigo, me encontré y para mí eso fue definitivo. Hacía rato que había vuelto a escribir mis diarios; todas las cosas que sentía las volcaba allí, cuadernos y cuadernos de notas. Entonces, durante el viaje me decidí. Me dije: “La escritura es lo mío y hacia allí voy”.

–¿Cómo tomó tu marido este cambio?

–Pues no entendía nada, pero cuando vio que yo realmente quería eso, y que me estaba enfermando, ahí me apoyó.

–Imagino que no habrá sido fácil arrancar en la literatura, cuando estabas acostumbrada a ser alguien importante en el mundo de la publicidad.

–Es muy duro, porque pasas de haber estado arriba de todo a no ser nadie. Yo creí mucho en mí y eso me ayudó. No me di por vencida; porque, si no, hubiera tenido que volver a la publicidad. De los amores negados, mi primera novela, me la rechazaron nueve editores en España. Luego me fui a Colombia y hubo uno, de los muchos editores que vi, que entendió la novela y la publicó.

–Así fue que pateaste el tablero. Pero no fue la primera vez en tu vida. Ya lo habías hecho a los 28 años, cuando te separaste en Colombia de tu primer marido, con el que te habías casado muy joven…

–Sí, a los 16 me enamoré y me casé para irme de casa, porque yo tenía un padre al que adoraba, pero era muy estricto. Ya casada empecé a estudiar Economía y luego Comunicación y entré a trabajar en una agencia. A los 21 años tuve a mi primera hija y mi matrimonio era un desastre, pero yo estaba criada a la antigua, tenía que aguantar. Empecé a trabajar en una agencia de publicidad, donde me empezó a ir muy bien.

–¿Qué decía tu marido de todo esto?

–No le gustaba. Pero yo sabía que mi independencia profesional era mi independencia emocional. Para poder zafarme de aquel matrimonio terrible, necesitaba mi independencia económica y cuando la conseguí, a los 28 años, me separé. Me fui a vivir con mi hija a Bogotá, como directora creativa de esa agencia. A los seis meses, fui a un seminario sobre creatividad, a cargo de un publicista muy exitoso que venía de España, que era Joaquín, mi marido (risas). Yo le dije que me fascinaba la manera en que hacían publicidad y él me invitó a ir como trainee durante tres meses a su agencia.

–¿Te fuiste con tu hija?

–Sí, me vine con ella por tres meses y me quedé para siempre, porque nos enamoramos perdidamente los dos.

–Sos una persona con una vida interior, una espiritualidad fuerte, ¿no?

–Bueno, desde muy pequeña fui muy observadora y muy callada. Siempre me ha gustado la observación; creo que en la observación y en silencio aprendes muchísimo, y a mí el mundo interior, el vivir por dentro, me llama mucho más la atención que lo que hay fuera, porque fuera hay mucho ruido y al final no hay nada.

–Decís que eso viene de tu infancia. ¿Cómo fue tu vida en Cali? ¿Cómo es tu familia?

–Somos siete hermanos, cinco mujeres y dos varones, y todos viven en Colombia, salvo yo. Con dos de mis hermanas hablo casi cada día. Somos muy unidas. Desde muy pequeños fuimos una familia numerosa. Éramos pobres y, entonces, nos unimos en esa pobreza y todo lo compartíamos, las pequeñas cosas las disfrutábamos y mi vida quedó marcada para siempre en esa unidad.

–¿Aprendiste a valorar lo esencial?

–Sí, si yo te contara las cosas que hemos compartido… Algún día escribiré la historia nuestra de pequeños, porque llegaba un momento en que nos crecían los pies pero no había dinero para zapatos. Entonces, mi madre cortaba la parte delantera de los zapatos para que los dedos pudieran salir (risas). Por eso, el día que teníamos algo, éramos felices y nos montábamos en los árboles, nos comíamos los mangos y nos lo repartíamos. Era otra manera de vivir.

–¿Ibas al colegio en Cali?

–Sí. No tenía ni para comprar la cola, el pegamento. Qué gracioso, esto no lo he contado, pero juro que es así. Lo que yo hacía era agarrar unas frutitas de un árbol que tenían un juguito pegajoso adentro y usaba ese juguito para pegar las figuritas en el cuaderno del colegio. Anécdotas de esas tengo miles.

–Ese ingenio al que debías recurrir debe de haberte ayudado a superar un montón de situaciones en tu vida.

–Pero sí, claro. Cuando pasa eso, no te desesperas por algo que tiene solución.

 

*Es escritora y tiene 52 años. Está casada y es madre de Ángela y María, de 29 y 16 años. Nació en Cali, Colombia, pero vive en España desde hace 25 años.

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