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Nina Power, filósofa: “Hombres y mujeres son impulsados unos contra otros como enemigos”

Una charla con Nina Power, la pensadora del momento, que levantó polvareda con su libro ¿Qué quieren los hombres? al proponer desandar algunas ideas del feminismo, para promover el encuentro y la unión con los varones amando las diferencias y sin luchar.

Por Luz Martí

“Este es el momento adecuado para intentar una reconciliación general entre hombres y mujeres”, escribe en su libro ¿Qué quieren los hombres? (La masculinidad y sus críticos), la filósofa y pensadora inglesa Nina Power. Doctora en filosofía de la Universidad de Middlesex, Inglaterra, actual investigadora principal en el Centro Global de Estudios Avanzados (GCAS), estudiosa del feminismo al que considera, sin duda, una de las revoluciones más lentas y más grandes de la historia humana, trae a la escena del debate filosófico preguntas acerca de lo que significa en realidad ser modernos y a dónde nos lleva una adhesión ciega a teorías que, centradas en producir cambios radicales, han dejado de lado “valores y virtudes antiguas” que nos ayudan como sociedad. 

Nina defiende —y eso la hace “arrojada” entre los pensadores de hoy— algunos de los méritos del vilipendiado patriarcado, como la actitud de cuidado y protección del hombre responsable. Y frente a una masculinidad asustada por el embate de las conquistas femeninas, propone repensar las cosas y reemplazar las actitudes beligerantes por acciones que intenten comprender, para “amar nuestras diferencias y a partir de allí construir un mundo de equidad y entendimiento entre mujeres y hombres”

¿En qué momento de ese encuentro estamos? “Nuestra época parece haber borrado los roles y los estereotipos de género. Podríamos muy bien estar entrando en una fase de neotradicionalismo que supere tanto la revolución sexual como las reacciones en su contra”, dice. Pero, si bien reconoce absolutamente el valor de las campañas como #MeToo, que nos llevan a pensar lo que es apropiado y lo que no lo es, observa que, al mismo tiempo, crean una atmósfera de temor que no facilita la convivencia, y por eso nos lleva a preguntarnos qué quieren los hombres, pero también las mujeres, en mutua compañía.

¿Cuál fue la motivación que te llevó a explorar la pregunta “¿qué quieren los hombres?” con esa mirada tan particular, que imagino habrá resultado incómoda para tus pares?

—Muchos de mis compañeros son hombres y entienden que, si bien el espíritu de mi propuesta es serio, en su presentación hay un toque lúdico. Quise detenerme a mirar a los hombres por varias razones. Primero, porque estaban siendo demonizados y sufriendo por ello. Los medios liberales hablaban, por un lado, de “masculinidad tóxica” y atacaban a los INCELS (acrónimo de célibe involuntario o involuntary celibate, en inglés; hombres en su mayoría jóvenes, con un fuerte sentimiento de rechazo hacia las mujeres y una manifiesta incapacidad de establecer relaciones sexuales con ellas). Y, por el otro, encontramos una alta tasa de suicidios y depresión masculina que indicaría que pocos hombres se encuentran en posiciones de poder.

Hombres y mujeres son impulsados unos contra otros como enemigos a través de una retórica que apuesta a separarlos del entendimiento mutuo como seres humanos. Quería escribir una reflexión acerca de los hombres que mirara tanto los extremos, por ejemplo, partes de la manosfera (N. de la R.: red de sitios web, blogs y foros que promueven la masculinidad enfatizada, la hostilidad hacia las mujeres o la misoginia), donde los hombres fantasean con la separación de las mujeres. Pero también reconocer y apreciar que mujeres y hombres no van solos a ninguna parte y tienen que convivir. Es por eso que enfatizo en la reconciliación y el perdón como características positivas para nuestra vida heterosocial y mixta.

¿Por qué pensás que las generaciones jóvenes, que ya disfrutan de muchos logros del feminismo, se han vuelto tan agresivas, radicales y poco inclusivas?

—Creo que la mayoría de las personas continúa febrilmente con su vida y que con solo un momento de reflexión descubriría que hay hombres a quienes aman y viceversa: un padre, un hermano, una pareja, un hijo o un amigo. Pienso que muy pocos hombres o mujeres detestan al otro sexo de una manera genuina y patológica. Una mala experiencia en el pasado, en una relación, por ejemplo, puede inclinarnos a generalizar, pero la realidad es, como siempre, mucho más compleja que eso. Existe una polarización creada por los medios que presenta al mundo como un juego competitivo de suma “0” en el cual uno gana y otro pierde. Pero esta no es la realidad. 

Hay un nuevo “moralismo” que reprime cualquier tipo de agresión en nombre de un aparente “parecer bueno”, cuando la verdad es que todos somos incompletos y cometemos errores. Este nuevo moralismo tampoco enfatiza la idea de que todos, tanto hombres como mujeres, podemos mejorar, ni repara en que necesitamos perdonar y aceptar sabiendo que, de lo contrario, lastimaremos a alguien o seremos lastimados, lo cual convierte a esa idea en una posibilidad aterradora.

¿Será este individualismo extremo de “ser yo mismo y seguir mi deseo”, un deseo moldeado por la sociedad de consumo a través de medios y redes y no producto del autoconocimiento, la causa de tanta soledad, falta de comunicación y una ausencia de intercambio de ideas que no ayuda a una comprensión clara de la realidad?

—En el libro hablo de inmadurez. El sujeto consumidor es el modelo dominante contemporáneo que crea esta imagen de un individuo demandante y aislado, pero la realidad es que siempre estamos en relación más o menos cercana con el otro y dependemos de él. El hecho de que hombres y mujeres estén impulsados a desconfiar acerca de las intenciones del otro, hace más difícil ver nuestros intereses comunes y, por sobre todo, nuestra compartida falta de conocimiento mutuo. Elegimos descansar mecánicamente en el sistema, volviéndonos dependientes de él, olvidándonos de que también podemos confiar en los demás. Tanto la soledad como la atomización son inmensos problemas contemporáneos y en cuanto a criaturas sociales debemos aprender a vivir juntos para no morir a causa del aislamiento.

—¿Se ven distintas reacciones con respecto a este tema en las sociedades sajonas y latinas, en las sociedades del mundo desarrollado y subdesarrollado?

—No me siento en una posición como para generalizar acerca de otros países, pero me parece bastante claro que en las sociedades capitalistas existe más aislamiento y división, no a causa de falta de objetos materiales o distracciones sino, más bien, en aspectos ligados a conflictos relacionados con crisis espirituales o humanas para los que las personas no encuentran soluciones. En esos casos, les resulta probable convertirse en seres demasiado individualistas, y no hablo acá de desarrollar una personalidad o carácter propios, lo que es positivo y deseable, sino de la pérdida de la propia identidad que puede resultar de ello. No existimos fuera de nuestras relaciones, uniones o lazos.

¿Existen actualmente otros referentes, otras voces que apoyen tus ideas? ¿Qué dicen los hombres al respecto?

—Sí, hay otras voces que concuerdan con la mía. Mujeres y hombres que están cuestionando las secuelas de la revolución sexual, ahora, unos sesenta años después. Algunos son religiosos, otros feministas, y algunos ambas cosas. Hay una sensación creciente de que el abrupto abandono de toda tradición nos llevó a salidas extrañas e inaceptables. Hay muchos hombres con ideas contraculturales, algunas de las cuales atacan directamente a las mujeres. Pero pensadores más amplios logran ver que existen muchos más matices y sutilezas en la relación entre mujeres y hombres en distintos contextos como el histórico, el económico y el tecnológico. 

¿Cómo ves a los varones integrar lo femenino en sus vidas? ¿Creés que eso está ocurriendo?

—Por supuesto que está ocurriendo. Todos estamos constituidos por fuerzas masculinas y femeninas y no creo que sean nuestros intereses los que nos hagan necesariamente hombres o mujeres. Me interesa expandir esas categorías sin negar la realidad básica. Para entender nuestras diferencias y así apreciar cuán bellas son, debemos empezar por ver la realidad de cada uno. Hombres y mujeres cuidan y toman responsabilidades por igual, pero las maneras en que lo hacen son distintas. Ambas son valiosas. Debemos valorar cada cosa en esa diferencia. 

A lo largo de la historia, el hombre reconoció como válida su posición de proveedor. Al desdibujarse hoy ese “poder/capacidad”, ¿pierde un poco el parámetro de su esencia?

—Sí. En mis estudios acerca del suicidio y la depresión masculinas aparece claramente la falta de un rol familiar y social como un motivo de gran peso. Es muy difícil vivir con la sensación de que uno no es necesitado ni tiene un rol que cumplir respecto a los demás. Esta falta de propósito los hace sentir solos en el universo. No quiero decir que las mujeres no sufran o se entristezcan por falta de sentido en sus vidas, pero nosotras tenemos más capacidad para construir lazos sociales beneficiosos. Podríamos decir que esto es un error masculino, pero existen razones económicas más amplias que aparecen cuando la sociedad tiende a reemplazar las tareas industriales en favor de la “economía del conocimiento».

En tu libro  proponés “volver a las viejas verdades de una manera nueva”. ¿A qué verdades te referís?

—En principio, debemos ser realistas acerca de lo que somos antropológicamente. La modernidad busca, de algún modo, encontrarnos distintos de los seres humanos que nos precedieron. Las verdades a las que me refiero se basan en el conocimiento real de las diferencias sexuales —no de género—, las distintas maneras de amar y compatibilizar y los propósitos más elevados de cada uno, que incluyen a la familia y a Dios.

Algo tan simple y difícil de lograr como la buena relación a través de la comprensión mutua ¿es la finalidad de esta búsqueda de encuentro? 

—Creo que mucha gente tiene buenas relaciones, pero no escuchamos tanto acerca de eso porque somos afectos al drama y a la complejidad. Internet premia las posturas extremas y las personas se convierten en un rebaño que sigue recetas de cómo conquistar mujeres u hombres, o cuál es el secreto de las mujeres o de los hombres, pero no se trata exactamente de secretos: lo que hay son diferencias y es eso lo que debemos conocer para comprendernos.

Puede sonar ridículo, pero la filosofía del hippismo de paz y amor en la que crecieron las generaciones de padres o abuelos de los jóvenes de hoy, ¿puede estar en las antípodas de este conflicto?

—Pienso que el movimiento hippie fue altamente individualista, aun en su propuesta comunitaria y su oposición a la guerra. Fue, en realidad, la ideología de Silicon Valley la que tuvo una verdadera influencia en la sociedad y finalmente redujo la imagen del individuo a la de un ser que se mediatiza a través de la tecnología, lo que se reinterpreta como sinónimo de «libertad». Al pensar así, se deja de tener en cuenta que, habitualmente, nos convertimos en las herramientas de las herramientas que usamos, olvidándonos de la paz y el amor.

La paz proviene, también, de aceptar que habrá malos entendidos, dificultades y antagonismos que deberemos superar. En vez de escapar de esas incomodidades, deberíamos aprender a enfrentarlas e intentar ubicarnos en una posición más elevada respecto de ellas. El amor es crucial, pero no debe confundirse con aplicar una amabilidad generalizada que se nos impone desde arriba, como un intento de repudiar o desconocer los desacuerdos y las diferencias. 

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