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¿Necesitás descanso corporal, social, mental o espiritual?

El agotamiento que sentimos a diario responde a diferentes factores. Y, para repararlo, podemos recurrir a cuatro tipos de descanso. Te contamos cuáles son y cómo ponerlos en práctica.

Por Paz Berri

Hace unos meses, circuló en Instagram un texto muy lindo que decía: “¿Cómo sentirte mejor? Si estás cansada, dormí una siesta. Si estás triste, hacé ejercicio. Si estás ansiosa, meditá. Si estás enojada, escuchá música. Si en tu cabeza hay muchos pensamientos, escribí. Si te sentís saturada, leé. Si te encontrás apabullada, usá menos las pantallas. Si estás estresada, caminá”.

“Si estás cansada, dormí una siesta”, quedó resonando en muchas de nosotras. Y el sentimiento que nos despertó fue claro: todo es más simple de lo que pensamos. Se trata de escucharnos más, y accionar a favor de nuestras necesidades. Sin olvidar que somos un todo, y que mente, cuerpo y emociones se conectan entre sí, y se modifican mutuamente.

“A la hora de hablar de descanso, debemos saber que existen varios tipos (no solo se trata de tomarse vacaciones), y que no necesitamos siempre el mismo, ni todos nos restauran por igual. ¿O nunca te pasó de levantarte después de ocho horas completas de sueño y sentir que tenés el mismo cansancio de cuando te acostaste?”, reflexiona Delfina de Achával, psicóloga, PhD. en Salud Mental y especialista en Neurociencia, Mindfulness y Bienestar.

El cansancio físico, por ejemplo, aparece en el cuerpo como una señal de que éste debe parar y recuperarse. “Es una respuesta natural del organismo al esfuerzo físico, al estrés emocional, la falta de sueño, la mala alimentación, a ingerir poca agua, al sedentarismo, a la falta de vitaminas y/o a los desequilibrios hormonales”, explica Lucía Etcheverry, profesora de yoga y coach profesional. Y agrega: “Hay señales como dolores musculares, articulares, sensación de agotamiento, pesadez, estrés y falta de energía, que dan cuenta de esto. Lo ideal es atenderlas a tiempo. Está en nosotros prevenir o curar”.

Es cierto que la jornada no nos da tregua. Que entre el trabajo, las corridas con los hijos, las compras, y los compromisos, sentimos que si nos detenemos “no llegamos”. Pero también es real que no es sano vivir así. Debemos tratar de frenar cada tanto para resetearnos: “Hacer algunas respiraciones a conciencia durante el día, ayuda a aumentar la oxigenación en el cuerpo y equilibrar el sistema nervioso. No olvidemos que un sistema nervioso acelerado genera dolor de cabeza, molestias musculares, falta de energía y sensación de pesadez, entre otras señales”, comenta Etcheverry.

¿Qué otras rutinas pueden ayudarnos? Alimentarnos de manera saludable (ingerir más frutas y verduras), tomar dos litros de agua por día, realizar ejercicio físico tres veces por semana y salir a caminar. ¿Un dato? No olvides hacerte un chequeo médico anual para saber si necesitás alguna vitamina o te hace falta hierro.

“Hacer algunas respiraciones a conciencia durante el día, ayuda a aumentar la oxigenación en el cuerpo y equilibrar el sistema nervioso. No olvidemos que un sistema nervioso acelerado genera dolor de cabeza, molestias musculares, falta de energía y sensación de pesadez, entre otras señales”, explica Lucía Echeverry.

Descanso social, modo on

Hay cierta gente que parece robarnos la energía, con la que nos sentimos «drenados» después de pasar un rato. Y esto, que se conoce como cansancio social, se caracteriza por un estado de agotamiento mental y emocional que suele aparecer, generalmente, luego de una intensa jornada compartida o después de un evento social. “Algunos de los síntomas que pueden aparecer son irritabilidad, nerviosismo, dolor de cabeza o dolores musculares. Todo a raíz de la tensión que produjo el período de socialización”, dice la licenciada María Laura Lezaeta, psicóloga infantil y co-autora del libro EmocionadaMENTE.

Aunque no nos demos cuenta, son muchos los recursos cognitivos que ponemos en práctica cuando socializamos: prestar atención a las señales verbales y no verbales al hablar y escuchar, pensar en lo que vamos a decir y en cómo vamos a responder, entre otros. “Además, hay veces en que este tipo de interacciones se dan en entornos con muchos estímulos presentes (luces, sonidos, y otras personas compartiendo el mismo espacio), y esto también agota”, destaca Lezaeta. Y de Achával agrega: “Vivimos en un mundo de estímulos constantes, y en ocasiones requerimos silenciarlos, o por lo menos ordenarlos. Para esto propongo darnos una ducha o hacer una caminata consciente, con el foco puesto en los cinco sentidos: vista, olfato, gusto, tacto y oído. También pasar tiempo en soledad, meditar, y rodearnos de personas que nos inspiren y sean un espacio de calma”.

Descansar mente + espíritu

Según estudios científicos, se estima que tenemos más de 60 mil pensamientos diarios. El dato es que estos pensamientos actúan directamente sobre nuestro estado emocional, y por eso están ligados al estrés y la ansiedad: “Nos estresamos/cansamos porque pensamos demasiado. Nuestra mente es como si fuera una computadora con muchas ventanas abiertas, entonces se enlentece y se tilda. Y en el cuerpo podemos sentir palpitaciones, taquicardia, sudoración. Cuando llegamos a este punto de sobrecarga mental, resulta muy difícil salir”, detalla de Achával.

¿Qué hacer? Empezar a tomar cierta distancia de los pensamientos, para ver cuáles vamos a tener en cuenta y cuáles no. No todo es tan importante. “No se trata de poner la mente en blanco o dejar de pensar. De hecho, mientras más luchamos por callar la cabeza, menos lo logramos. Tenemos que tratar de poder tomar perspectiva y no quedar ‘pegados’ a la mente pensante”, explica Javier Cándarle, escritor, docente, terapeuta cognitivo, y entrenador de instructores de mindfulness. Y subraya: “Anclarnos al momento presente es la clave para vivir mejor”.

Entonces, cuando sintamos que nuestro cerebro va a estallar, podemos centrarnos en algún ejercicio de atención al cuerpo o a la respiración, meditar, o practicar mindfulness. Así, la actividad mental puede empezar a hacerse más lenta (bienvenido descanso mental): “Es importante que frente a un pensamiento nos preguntemos: ¿Tiene evidencia esto? ¿Es lógico? ¿Sirve para algo? Y así, de a poco, vamos a ir pudiendo filtrar a cuáles pensamientos les vamos a dar curso y a cuáles no”, subraya Cándarle.

No hay dudas, nos cuesta mucho bajarnos de la calesita mental. Tenemos pendiente la lista del súper, los materiales del colegio de los chicos, la nota para la maestra, el turno médico, la plata que no alcanza, la factura que se vence, cuidar a nuestros papás y hasta la preocupación porque una amiga nos miró o contestó mal. Pensar no es gratis. Dejar de hacerlo no es fácil. Pero conectar con algo más grande que nosotros puede ayudarnos a calmar el frenesí de este mundo en el que vivimos. Y eso es posible a través del descanso espiritual.

“Si uno es creyente, puede ser conectar con la espiritualidad o la religión. Si no, embarcarnos en alguna actividad que le de sentido de propósito a nuestra vida, como algún acto de voluntariado”, explica de Achával. Y profundiza: “Está comprobado que cuando estamos muy ensimismados en nuestros problemas, el descanso espiritual nos ayuda, porque nos saca del lugar del ego. En vez de pensar ‘por qué a mí me pasa esto’, podemos pensar ‘por qué no a mí’, si soy un ser humano como todos. Acá el ego se disuelve. Y ganamos mucha paz”.

¿Qué necesitás hoy?

Hace un tiempo, Daniela Villalba, que guía tribus de mujeres alrededor del mundo para vivenciar el libro El Camino del Artista, de Julia Cameron, hizo un posteo en donde formulaba esta pregunta: ¿Qué necesitás hoy? La invitación era a frenar y a accionar sobre lo que queremos y necesitamos. Te dejamos esta guía para reflexionar:

¿Qué necesitás hoy? ¿Un matecito tranqui? ¿Un abrazo? ¿Un te quiero? ¿Un te extraño? ¿Caminar sin rumbo? ¿Hacer orden? ¿Una siesta? ¿Apagar el celular un rato? ¿Dejar de procrastinar? ¿Tomar una decisión? ¿Soltar el enojo? ¿Soltar el control? ¿Poner límites? ¿Respirar profundo? ¿Estar en silencio? ¿Bailar y mover tu energía? ¿Aflojar con la exigencia? ¿Leer un rato? ¿Reír más? ¿Disfrutar tu sexualidad? ¿Cuidar tu jardín (o balcón)? ¿Mirar al cielo? ¿Estar en casa? ¿Salir de casa? ¿Llamar a una amiga? ¿Ponerte las pilas? ¿Darte un baño de inmersión? ¿Empezar de nuevo? ¿Sostener lo que empezaste? ¿Decir no? ¿Decir sí? ¿Unas flores? ¿Una señal? ¿Perdonar y soltar? ¿Pedir perdón y seguir? ¿Dar un nuevo paso? ¿Dar un paso al costado? ¿Animarte a crecer? ¿Pedir ayuda? ¿Estar para alguien? ¿Ir a tu propio ritmo? ¿Valorar todo lo que lograste? ¿Ponerte como prioridad? ¿Mimarte más?

Tres ejercicios para descansar cuerpo, mente y espíritu
1. Respiración a conciencia: inhalá profundo en tres tiempos por nariz elevando los brazos. Retené el aire tres segundos (cerrando los puños de las manos), y exhalá por nariz soltando los brazos y relajando las manos. Repetí tres veces.
2. Postura del niño o Balasana (asana de yoga): ponete de rodillas sobre tu mat o en la cama. Inhalá bien profundo, y exhalando llevá la cola a los talones. Apoyá tu pecho en las rodillas, y tu frente en la mat o en la cama. Llevá los brazos paralelos al cuerpo y hacé entre 10 a 20 respiraciones en esa posición.
3. Postura de la pinza: sentate en el suelo con las piernas estiradas y la espalda erguida. Apoyá las manos a un lado, flexioná tu torso hacia adelante y bajá hasta donde puedas. Si no tenés mucha flexibilidad, flexioná las rodillas. Mantené la asana de cinco a 10 respiraciones, y regresá a la posición inicial.
Fuente: Lucía Etcheverry, profesora de yoga y coach profesional.

Más info: Delfina de Achával @delfinadeachaval | Lucía Etcheverry: @rebalanceatwork + @luciaetcheverrycoach | María Laura Lezaeta: @juegologia | Javier Cándarle: @javiercandarle | Daniela Villalba: @caminoentribu

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