27 de enero de 2025
Natalia Karbabian es arquitecta y artista. Su actitud inquieta y su mirada sensible la llevaron en 2021 a detenerse a observar lo que sucedía en la Ciudad de Buenos Aires: cientos de casas y edificios antiguos estaban siendo tapiados con un cartel que anunciaba su próxima demolición. Sin saber bien adónde la llevaría ese camino, comenzó a ilustrar esas arquitecturas que se evanecían y a publicar esas obras en tinta y acuarela en las redes sociales. Así nació Ilustro para no olvidar. Con su arte, señaló algo y estableció una conexión con una pregunta que muchos nos hacíamos: ¿qué estaba pasando con la identidad de cada barrio frente al avance de las nuevas edificaciones?
El afecto de Natalia Karbabian por la identidad de Buenos Aires nace en su infancia, que transcurrió entre los barrios de San Nicolás y Balvanera. Guarda en su memoria recuerdos entrañables de caminatas con su abuela para ir a comprar estampillas, luego pasar por Uruguay 14 a comprar café “doble molido” para hacerlo “a la armenia”, y volver a casa con la nariz pegada al paquete de papel dorado, disfrutando de su aroma. Recuerda detenerse en los detalles de la ciudad, las baldosas rotas, las paradas de colectivos, una vidriera de muñecas antiguas… Su familia, de origen armenio, sobrevivió al genocidio y escapó a diferentes rincones del mundo, como Siria, Líbano, Grecia, Rumania, Francia, Brasil.
“Mi abuela Arminé escuchaba a Gardel en Grecia antes de saber que viviría en Buenos Aires. Dos guerras le llevaron a mi bisabuelo llegar a Buenos Aires, poco a poco, todos confluyeron en Argentina, donde encontraron un lugar en el que proyectarse, una ciudad multicultural donde pudieron armar un hogar”, contó Natalia a Sophia, en un café de Belgrano R.

A través de las redes sociales, esta arquitecta, mamá de dos hijos, artista y emprendedora, conectó con otras personas que estaban alzando la voz para sostener un debate sobre la sustentabilidad de las ciudades y el patrimonio urbano. Empezó a interesarse por las historias de las personas que habían habitado esas casas e investigó la obra de destacados arquitectos antes de que sus nombres cayeran en el olvido. Por esta actividad de divulgación del patrimonio de Buenos Aires, Natalia Karbabian recibió el Premio Nacional Soy Arquitecta 2023/2024, entre otros reconocimientos.
Karbabian se formó como arquitecta en la UBA, una carrera que, según afirma, estaba muy orientada a lo contemporáneo. “Empecé a descubrir el patrimonio cuando me recibí y comencé a trabajar en proyectos de reformas”, explicó. Su primera ilustración la hizo en 2022, cuando se topó con un conjunto de casonas realizadas en 1888 por el arquitecto Alfredo Olivari, que estaban por ser tiradas abajo. “En ese momento me condensa una pulsión que traduje en trazos. No entendía la locura de demoler algo que estaba en buen estado y nada podía reemplazar. Era una arquitectura viva, que estaba habitable. Ese día empezó todo”, contó.
La visión de Natalia sobre la sustentabilidad de las ciudades no se opone al progreso. Por el contrario, considera que la ciudad es un organismo vivo y que “el patrimonio no es nuestro pasado, es presente: está siendo constantemente. Cada vez que construimos algo con sentido, si lo hacemos con conciencia, estamos generando patrimonio. Es todo lo contrario a la ciudad del no-lugar, que no nos representa porque no genera ningún tipo de emoción”.
La mirada sobre la ciudad que propone es la de espacios que permitan que sus habitantes se desarrollen en todas sus necesidades. Por eso, se detiene en la importancia de los árboles, que dan sombra, generando menos grados de calor en verano y albergan biodiversidad; y en un diseño urbano con alturas reguladas, con pulmón de manzana, para permitir la ventilación cruzada y que todas las viviendas, ya sean casas o edificios, tengan suficiente iluminación.

“El edificio más sustentable es el que ya está construido. Yo no me opongo construir en altura, pero planteo una altura lógica, en espacios específicos, a conciencia. La arquitectura produce emoción y genera vínculos, espacios donde nos podamos encontrar, que presente un borde entre lo público y privado, una entrega. La horizontalidad nos teje, por eso se llama “tejido urbano”. Hay una afección que sucede en esa interacción con la arquitectura que habitamos, a veces de forma muy sutil”, explicó mientras mostraba algunas de sus láminas con sus más de 100 ilustraciones ya realizadas.
—¿Qué pasa con la belleza en estas ciudades donde se está demoliendo el patrimonio?
—Para mí, belleza es algo que se proyectó con intención sentida y conectada a las emociones, cuando algo traduce el alma de alguien. El concepto de belleza puede ser revisado, tal vez a vos te interpela una forma que a mí no tanto. Sin embargo, si hay una intención clara, un tiempo dedicado, un servicio, un conocimiento, entonces allí habrá belleza. En estas arquitecturas que están siendo demolidas, había una proyección de futuro, formas que venían de cada cultura: casas chorizo, un Virginio Colombo, art nouveau, balcones, ménsulas, molduras. Detrás de cada arquitectura hay personas que querían establecerse en Buenos Aires y trascender. Detalles que nos invitan a detenernos a observar formas geométricas, mayólicas, pérgolas en las que crece una enredadera. Una belleza que se está destruyendo. En la mayoría de los casos, esas bellezas son reemplazadas por no-lugares, ni siquiera le puedo llamar arquitectura, propuestas que no nos producen nada interesante, no entendemos por qué están ahí, no entendemos para quién son. Están deformando nuestro paisaje cotidiano y de repente te sentís nadie en tu tierra de siempre.
—Esta filosofía, ¿se traduce a otros aspectos además de la arquitectura y las ciudades?
—Claro, lo vivo con mis hijos, con quienes bordamos y a quienes trato de transmitirles esto de recuperar, restaurar, revalorizar. Bordar una parte de la ropa que tiene un agujerito. Propongo que antes de consumir, pensemos qué es aquello que realmente necesitamos. Este tiempo, esta exploración, me llevó a reflexionar sobre la idea de que las cosas tienen alma, transmiten una emoción, energía.
Así como Natalia descubría la ciudad con su abuela cuando era pequeña, hoy la recorre de la mano de sus hijos. En sus miradas y preguntas, evoca también su infancia, su historia y la de su familia, y su intención de que esa forma de habitar la ciudad y soñar futuros sea también un legado.
Los habitantes de Quilicura, Santiago de Chile, hicieron visible el problema ecológico que traen los centros de datos, y recuperaron el valor de los vínculos humanos.
Stella Zapata es presidente de una central de energía solar ubicada en la Patagonia y su historia integra tecnología con identidad cultural mapuche.
Meses atrás, las llamas arrasaron este paisaje de ensueño, ubicado en el límite entre Chubut y Río Negro. Pero ahora todo vuelve a brotar. Hablamos con quienes encarnan la fuerza de esta recuperación comunitaria, de cara a una nueva temporada turística.
Necesitás registrarte para disfrutar contenidos en audio
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
0
COMENTARIOS
Necesitás registrarte para realizar comentarios
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN