Mujeres que acompañan la Resurrección: relatos de vida, muerte y trascendencia - Sophia Online

Sabiduría

Mujeres que acompañan la Resurrección: relatos de vida, muerte y trascendencia

En medio del dolor por la pérdida, hay mujeres que sostienen y nos muestran que acompañar desde el amor es abrir paso a la nueva vida.

POR Luz Estela Castro

En la historia de la Resurrección de Jesús, las mujeres ocupan un lugar fundamental. Fueron ellas quienes no huyeron ante el dolor, quienes permanecieron junto a la cruz, quienes envolvieron el cuerpo herido y quienes recibieron primero el anuncio del sepulcro vacío. A través de su amor, su valentía y su fe, abrieron caminos para que la vida venciera a la muerte. 

Hoy, esas semillas de resurrección siguen vivas.

Como mujeres, acompañamos muchas veces en silencio, pero con una presencia profundamente activa a quienes parten. Ayudamos a trascender, sostenemos a quienes lloran, devolvemos sentido en medio del dolor.

Esta es la memoria de algunas de esas historias: procesos de resurrección donde, sin nombrarlo siquiera, hemos sido testigas, cuidadoras, tejedoras de vida más allá de la muerte.

Abuela María El primer umbral.

Cuando era niña, conocí por primera vez la muerte en el cuerpo pequeño de un niño que se había ahogado en la pila de su abuela, Doña Anselma.

Mi abuela María, quien cuidaba con devoción la capilla del Santo Niño de Atocha, fue llamada por la madre y la abuela del niño.

Ellas… y yo, como testiga muda de apenas siete años, envolvimos aquel cuerpecito en un gesto profundamente ritual: lo vestimos con el hábito del Santo Niño.

No había palabras suficientes, pero sí había manos, fe y ternura. Mi abuela, sin nombrarlo, actuó como sacerdotisa. Canalizó consuelo, sostuvo el dolor, ofreció un lenguaje espiritual a una comunidad herida.

Muchos años después comprendí que ese momento fue una siembra.

Acompañar la muerte también es anunciar la resurrección.

Don Chava Giner: la palabra que da permiso

Don Chava trabajaba en la empresa de perforación de pozos de mi padre y madre, donde crecí.

Siendo yo adolescente, me sentaba con él cada semana en la mesa de nuestra casa para enseñarle a leer y escribir.

Años después, cuando agonizaba en el hospital militar, su hija Lupita me llamó.

Don Chava deliraba. Gritaba. Su alma parecía no encontrar reposo.

Me acerqué, tomé su rostro entre mis manos y le dije:

Soy Lucha… la maestra.

Algo en él reconoció esa voz.

Entonces vinieron las palabras que no se enseñan en ninguna escuela: palabras de despedida, de agradecimiento, de permiso para partir.

Días después murió en paz.

Su hija me lo dijo con una frase que aún resuena:

«Desde que se fue la maestra, mi papá no volvió a gritar».

Y entendí, una vez más, que acompañar la muerte es también un acto de amor que siembra descanso… y vida.

Juan, mi padre: el aprendizaje de dejar partir

Cuando a mi padre le diagnosticaron cáncer avanzado en Estados Unidos, la noticia llegó como un golpe, pero también como una revelación. El médico que nos habló no solo nos dio un pronóstico de dos meses de vida, sino que nos ofreció un consejo profundamente humano. Su propio padre había muerto hacía apenas unos días, y nos dijo:

«No dejen que su padre muera en un hospital. Que su última mirada no sean focos sobre su cabeza ni médicos y enfermeras rodeándolo».

Esa frase nos abrió un camino.

Decidimos que muriera en casa. Y en ese acto, que parecía una decisión no muy adecuada, se escondía una verdad espiritual: devolverle la muerte al territorio de la vida.

Sus hijas, cuñados, nietas y nietos lo rodeamos. No como parientes alrededor de un enfermo, sino como familia alrededor de un ser amado que se despedía.

Un día me llamó y me preguntó:

«Oye hija, dime, ¿cómo es el cielo?».

Sonreí. No dudaba. Sabía que iba hacia allá.

Le hablé de un túnel, de dejarse llevar, de no tener miedo, de una gran luz que marcaría la llegada.

Me tomó de la mano y me dijo:

«Bueno… ya no tengo miedo». Y comprendí que acompañar también es ayudar a confiar.

Y confiar es otra forma de resurrección.

Berta Arvizo, mi suegra: la comunidad que despide

Cuando mi suegra Berta estaba muy grave, surgió la duda: ¿llevarla al hospital o dejarla en casa?

Compartí la experiencia de mi padre. La familia decidió que se quedara.

Dicen que el oído es lo último que se pierde. Pero también sabemos que el amor encuentra caminos incluso en el silencio.

Sobrinas, sobrinos y amistades comenzaron a llamarla. Le acercaban el teléfono al oído. Le hablaban, le agradecían, la nombraban.

Y ella… sonreía.

Murió en paz. Con una paz que no era solo ausencia de dolor, sino plenitud de vida vivida.

Porque Berta fue una de las personas más bondadosas que he conocido. Una mujer con un grado de santidad que se expresaba en su forma de amar.

Aprender a morir: una responsabilidad amorosa

Con todas estas experiencias voy comprendiendo algo que nuestra cultura evita: la muerte sigue siendo un tabú.

Se le esconde, se le medicaliza, se le arranca del hogar, se le priva de comunidad, de palabra y de rito. Se convierte en un hecho técnico, cuando en realidad es un momento profundamente humano y espiritual.

Y, sin embargo, es lo único seguro.

Por eso, así como enseñamos a vivir con dignidad, también es nuestra responsabilidad y un acto radical de amor enseñar a morir con dignidad. Mi entrañable amiga Marisa Noriega fue un gran ejemplo de esa enseñanza.

Texto publicado por Tras las huellas de Sophia

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