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Género

6 julio, 2016

Mujeres argentinas: de espectadoras a protagonistas

Un recorrido histórico para seguir de cerca a las mujeres que en tiempos de la colonia y la independencia, marcaron un avance, lento pero firme, que comenzó en el siglo XX y continúa hasta hoy.


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Cuántas veces competimos en el colegio por ser elegidas para representar a las damas antiguas en los actos. Nos fascinaba la idea de manejar el abanico, ponernos esos vestidos larguísimos con miriñaque, varias capas de enaguas, y peinetones que para mantenerse requerían la destreza de un malabarista. Pero ¿qué sabemos realmente de las mujeres argentinas de la colonia, más allá de esas imágenes distantes y casi etéreas que vemos en los cuadros de la época o del estereotipo de la negrita mazamorrera siempre cantando y de buen humor? Ahora queremos saber. ¿Cómo vivían esas mujeres que transitaron el siglo XIX? ¿Qué obligaciones y qué libertades tenían para trabajar, para educarse, para amar? Para emprender este viaje al pasado conversamos con Dora Barrancos, historiadora, investigadora del Conicet y autora del libro “Mujeres en la sociedad argentina”. Una historia de cinco siglos, entre otras obras dedicadas a las mujeres. Con ella hablamos del largo recorrido de las mujeres desde entonces y hasta nuestros días. “La vida colonial del Río de la Plata transcurrió con mujeres de mundos contrapuestos y, más allá de las diferencias que las separaron y hasta las enfrentaron, estuvieron igualadas por la subordinación al orden patriarcal”, dice Barrancos para comenzar la charla y la pregunta inicial surge al ver los cuadros de la Primera Junta de Gobierno…

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–¿Por qué no hubo mujeres en la Primera Junta de Gobierno?

–Por la misma razón que hoy no abundan las mujeres en los cargos decisivos. En ese momento, se esperaba que la mujer acatara religiosamente las reglas del buen desempeño hogareño. Que cumpliera con el mandato de la maternidad, cuidara de la prole y acompañara al marido. De ningún modo podían aspirar a cargos públicos, pero esto no quiere decir que no hubiera una expresión política femenina.

–¿Cómo era esa expresión?

–Era muy interesante y muy intensa. Hubo un grupo de mujeres que se dedicó a defender la revolución y que reunía a la clase política en sus salones durante las clásicas tertulias. Una de las figuras centrales fue Anita Perichon de Vandouil, una joven francesa, muy seductora y muy criticada porque hacía lo que quería y no le importaba el qué dirán. En sus salones se reunía la clase política y allí pasaba de todo: discusiones, intercambio de información, intrigas; se dice que muchos hombres iban sólo para verla a ella. La otra figura importante fue Mariquita Sánchez de Thompson, una mujer muy culta, que también abrió su casa para muchos encuentros culturales y políticos de los criollos.

–Para las mujeres, ¿cómo era la vida social?

–La costumbre de reunirse para comer, hablar mal o bien de los demás, discutir, bailar o escuchar música está presente en el Río de la Plata desde la época de la colonia. A la noche, la gente salía a la vereda para tomar fresco y se mezclaban todas las clases sociales. Pero las mujeres tenían restricciones: no podían salir solas a la calle ni entrar en las pulperías o los cafés. Tampoco iban al mercado, aunque sí tenían permiso para asomarse en el alféizar de la ventana. Con estas limitaciones, las solteras debían desplegar sus encantos para encontrar un candidato porque no había nada más deplorable que una soltera en la familia.

–¿Y cómo se las arreglaban?

–Parece que las chicas se las arreglaban muy bien porque, en sus crónicas, los viajeros extranjeros decían que, aunque no eran cultas como las inglesas, eran vivaces, encantadoras y observadoras, con gran destreza para expresarse con la mirada y el abanico. Había ocasiones de encuentros, como las tertulias, las galas de teatro, las misas, las procesiones, las corridas de toros, pero nada era tan efectivo como los bailes, donde además había contacto físico.

–Se decía que si una mujer quedaba soltera, su destino era el convento. ¿Esto era así?

–Las solteras eran un problema, y si la familia no veía un camino seguro al casamiento, el destino era el convento. Pero, además, las familias poderosas llevaban a sus hijas al convento para no tener que fragmentar su fortuna ante un casamiento. Las jóvenes también optaban por los hábitos para escapar de matrimonios no deseados.

–¿Cómo era la vida en el convento?

–Para ingresar había que pagar una dote y de acuerdo con lo que pagaban, las religiosas ocupaban distintos lugares en el convento. Las llamadas “religiosas de velo negro” tenían más jerarquía y se dedicaban a los rezos. Las de velo blanco hacían tareas domésticas y más pesadas.

–¿Cómo era la relación de las mujeres laicas con la Iglesia?

–Las mujeres casadas y solteras se volcaban a la vida religiosa porque también era una forma de socializar. La asistencia a misa era un ritual cotidiano; las mujeres iban de negro, con la cabeza y los hombros cubiertos, y las que no cumplían con este requisito eran víctimas de comentarios feroces.

–¿Cómo era la vida de las mujeres casadas?

–Las mujeres estaban sometidas al orden patriarcal y se dedicaban exclusivamente a la atención de los hijos, del marido y de las rutinas domésticas, así que eran muy poco ociosas. El día comenzaba muy temprano y se iba a misa, luego pasaban la mañana cosiendo o bordando. Después venía el almuerzo y la siesta infaltable. A media tarde llegaba la hora del baño y de arreglarse para la noche, porque era obligación cambiarse para la cena. Cuando empezaba el fresco llegaban las visitas o se salía a la vereda. Por supuesto, las clases acomodadas contaban con personal doméstico, así que las señoras tenían tareas mucho menos pesadas que las pobres lavanderas que lavaban en el Río de la Plata.

–¿Qué pasaba en los sectores populares?

–Estaba implícito que las negras, las chinas o las mulatas eran descarriadas. Estas mujeres eran víctimas de prejuicios monstruosos y sólo las mujeres humildes que perdían sus maridos en la guerra eran consideradas decentes.

–¿Se rebelaban las mujeres ante esta inequidad?

–La mayoría acataba porque era muy duro vivir sola, mantenerse y soportar la condena social de no cumplir con el mandato del matrimonio. Algunas muy valientes huían. Tanto en los sectores elevados como en los populares, había mucha violencia doméstica. La iglesia anulaba el matrimonio cuando los malos tratos hacían peligrar la vida de una mujer, pero no me parece que ésa fuera la falta más sancionada, o no tanto como la mezcla se sangre.

–Podemos decir que la doble moral de los hombres era aceptada.

–En las clases altas había una alta tasa de hijos ilegítimos. Si los padres decidían reconocerlos, los separaban de sus madres y los llevaban a vivir a sus casas con sus familias legítimas. Se trata de un siglo donde a todas luces ha germinado la doble moral. Las chicas no podían salir solas, pero esto no tenía que ver con cuidar a la mujer, sino con la hipocresía, porque ese mismo señor que transmitía preceptos morales estrictos no vacilaba en abusar de su personal doméstico.

–¿De que trabajaban las mujeres en el siglo XIX?

–El censo de 1778 reveló que el 19% de los hogares estaba a cargo de mujeres, así que se ve que eran bastantes las que trabajaban y de los sectores bajos. La mayoría se dedicaba a la elaboración artesanal y venta de alimentos, velas, jabones. Había costureras, modistas, bordadoras, tejedoras, guanteras, mujeres que trabajaban en telares. Dentro de las casa se empleaban como mucamas, cocineras o lavanderas. También había mujeres parteras, comadronas, curanderas, nodrizas y maestras en la Casa de Huérfanas.

–¿De qué manera se atendía la salud de las mujeres?

–En la ciudad de Buenos Aires había algunos médicos, pero las más consultadas eran las curanderas. Los riesgos en los partos eran muy altos, sobre todo porque era común tener unos diez hijos. Lo notable en la Argentina es que las mujeres disminuyen lentamente el número de nacimientos de sus hijos hacia finales de siglo XIX, tal vez por la información sobre control de natalidad que traen las inmigrantes de Europa, y eso es una experiencia social devenida por la voluntad femenina, porque si fuera por los varones, no pasaba.

–¿Cómo evoluciona la imagen de la mujer en la segunda mitad del siglo XIX?

–En la segunda mitad del siglo XIX, con la victoria de los unitarios y las ideas liberales-conservadoras, queda claro que la función fundamental de la mujer es administrar la vida doméstica. Las mujeres fueron catalogadas como débiles y menos inteligentes, aptas sólo para parir, criar y asistir al cónyuge. En cambio, los hombres fueron indicados como fuertes y más inteligentes, idóneos para producir, realizar descubrimientos científicos y gobernar.

–¿De dónde sale la idea de la mujer menos inteligente?

–A medida que se moderniza el mundo científico, se expande la creencia sobre la inferioridad de la mujer. Una consecuencia de las teorías evolucionistas de Darwin o Wallace llevadas a la banalidad pone a las mujeres a la par de las razas inferiores y uno de los paradigmas del momento es que, debido a la pequeñez craneana de la mujer, su inteligencia es menor. Por otro lado, se sostenía que a las mujeres no se les podía enseñar matemáticas porque su cerebro estallaría y que el goce sexual era un signo de escasa inteligencia.

–De esta misma época es la sanción del Código Civil. ¿Cómo impactó en la vida femenina?

–El Código Civil sancionado en 1869 fue obra de Dalmacio Vélez Sarsfield. Su mayor colaboradora fue su hija Aurelia, muy amiga de Sarmiento. El Código pone a la mujer en una condición de inferioridad con respecto al hombre. Sostenía, entre otras cosas, la capacidad relativa de la mujer y que el hombre era el único administrador de los bienes de su esposa. Además, la mujer casada debía pedir permiso para educarse, tener un negocio o iniciar un juicio. A partir de 1924 ya no fue necesario pedir autorización para estudiar, pero el hombre seguía manejando los bienes conyugales y mantenía la patria potestad.

–En este contexto, ¿cómo se educaba a las mujeres?

–Las mujeres aprendían a leer y escribir en la casa, en los conventos o en la Escuela de Huérfanas de la Sociedad de Beneficencia, pero siempre en las clases altas; en los sectores populares, la mayoría eran analfabetas. En la segunda mitad del siglo XIX, los liberales se convencen de que las mujeres tienen que ser instruidas, pero para cuidar mejor el hogar, no para que sean diputadas, por ejemplo. De todas formas, hay que reconocer que una marca fuerte de la política liberal tiene que ver con la igualdad de educación para ambos sexos, algo que no ocurría en el resto de América latina. En este proceso es fundamental la figura de Sarmiento, que capta las virtudes extraordinarias de lo femenino, sus capacidades de cuidado, el afecto, la ternura.

–¿Cuándo ingresan las mujeres a la universidad?

–La Universidad de Buenos Aires comenzó a admitir mujeres en 1880. La primera carrera que se abrió a las mujeres fue Medicina, porque se creía que era una continuación de las capacidades de cuidado propias de las mujeres.

–¿Quiénes fueron las primeras universitarias?

–La primera mujer universitaria fue Élida Paso, hija de un farmacéutico y graduada en esa carrera en 1885. Élida fue rechazada de la Facultad de Medicina y, después de iniciar un pleito para que la admitieran, finalmente fue aceptada, pero murió antes de recibir el título. Así, Cecilia Grierson fue la primera graduada en Medicina y se dedicó al cuidado de madres y niños de escasos recursos.

–En esos años también llega el feminismo. ¿Cómo fue esa experiencia en nuestro país?

–En la Argentina, las primeras feministas son socialistas. En 1902 hubo una manifestación masiva para reclamar el divorcio, que protagonizan las feministas socialistas. Debemos destacar que nuestro feminismo es de corte relacional, no es individualista. Esto quiere decir que la mujer no reclama sólo por sus derechos, sino también por los de otros; se plegaban a la causa mayor de la justicia social.

–Y así como se empieza a reclamar por el divorcio, se comenzó a reclamar el voto.

–Ricas o pobres, durante el siglo XIX, ninguna mujer alcanzó el grado de ciudadanía. Es más, cuando en 1821 se sancionó el voto universal para los varones, las mujeres fueron excluidas. Desde principios de siglo XX, las mujeres reclamaron con fuerza el voto femenino, pero había discusiones entre las propias mujeres sobre qué tipo de sufragio: ¿universal?, ¿calificado? Recién en 1947 con el impulso de Eva Perón, el Congreso aprueba el voto femenino.

–A partir del siglo XX, ¿qué lugar ocupó la mujer en el campo laboral?

–El trabajo femenino fue siempre menospreciado. Había que quedarse en el hogar, y si una mujer trabajaba no era por su autonomía, sino para ayudar a la economía familiar. Las trabajadoras no tienen derechos y esto se da en todos los sectores. Para la izquierda, la mujer no debía trabajar porque la explotación era patética y para los conservadores era patético el abandono del hogar. En el medio, había mujeres que ganaban menos del 50% que los hombres y además tenían que hacerse cargo de la crianza de los hijos, del marido y de las tareas domésticas.

–¿Qué cambios trajeron las guerras mundiales y el comienzo del peronismo?

–El período de entreguerras trajo más osadía en el comportamiento de las mujeres, que comienzan a salir solas, van al cine, compran libros, se van de vacaciones, usan pantalones, fuman en público. Con la llegada del peronismo, los trabajadores tienen mayor acceso al consumo y eso también se reflejó en más y mejor educación para las mujeres que ingresaron al secundario y a la universidad. Por supuesto, de este período se destaca la imagen de Eva Perón, de la que no se podía ser indiferente porque encendía pasiones tanto a favor como en contra.

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–Las libertades que surgieron en los años cincuenta se profundizaron más en los sesenta. ¿Qué podés decirnos de esa década?

–La década del 60 es una de las más interesantes del siglo XX. Por un lado, fue una época de elevada politización y radicalización, con hechos como la Revolución Cubana. En la Argentina, las mujeres salen a la calle y participan activamente en los debates sobre “laica o libre” en las universidades. En la esfera privada se alejan cada vez más de la influencia familiar, se dan más casos de separaciones y las solteras se animan a vivir solas. Estos factores no están para nada desconectados de la libertad sexual que llega con la píldora anticonceptiva que separa los vínculos afectivos y las relaciones sexuales de la obligación reproductiva. La aparición de la píldora generó un debate intenso: los sectores conservadores y religiosos se oponían al uso de la píldora, y las izquierdistas de sectores medios adoptaron el método, pero no veían bien que los sectores bajos limitaran la natalidad.

–Desde entonces, ¿qué avances femeninos podemos mencionar?

–Una reforma fundamental fue la promulgación del divorcio vincular en 1987 y la de la patria potestad compartida un poco antes, en 1985. En 1993, hubo una reforma provisional que reconoció el derecho de pensión aunque no hubiera casamiento. Y un año más tarde, la reforma constitucional de 1994 introdujo el cupo femenino que establece un mínimo del 30% de participación femenina en los cargos de representación pública. Además, la Argentina adhiere a la Convención sobre la Eliminación de Todas la Formas de Discriminación y Violencia de las Naciones Unidas.

–Suena auspicioso, pero ¿qué falta por hacer?

–El sistema de derechos todavía nos debe mucho a las mujeres, en parte porque los interlocutores que deben aplicar el derecho están muy lejos de conocer las necesidades femeninas. La discriminación sigue operando en todos los niveles. Sin embargo somos las mujeres las primeras que tenemos que aumentar nuestra capacidad reivindicatoria; cada una debe ser una agente de reivindicación de sus derechos.

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