Sophia - Despliega el Alma

Vivir bien

4 agosto, 2020

Volver a reír

En esta época de penas compartidas y distancia social, una invitación a recuperar el noble ejercicio de la risa, de la mano de un recorrido a través de pensamientos y emociones para volver a conectar con la propia alegría.


Por María Eugenia Sidoti. Fotos: Pexels.

La ciencia asegura que es un acto instintivo y saludable. Pero a veces pasan los días, o los meses, y caemos en la cuenta de que no hemos logrado reírnos fuerte, con auténticas ganas. Sobre todo en tiempos complicados como estos que nos toca atravesar hoy, reírnos puede ayudarnos a sobrellevar la incertidumbre, las derrotas, la distancia, la tristeza…

Claro que no siempre es fácil y a veces incluso nos cuesta hacerlo. Pero intentarlo veremos que es como andar en bicicleta: uno nunca se olvida.

Si hace demasiado tiempo de tu última carcajada, te propongo un ejercicio: encontrar en la vieja caja de los recuerdos la foto donde te veas más feliz. Esa en la que estás con todos los dientes a la intemperie, dispuestos en una enorme sonrisa. Esa donde tus ojos brillan más que nunca, o distinto de otras veces. Tal vez sea la imagen de una celebración, de un viaje, de una tarde en familia bajo sol… O la de tu cumpleaños de 8, como esa donde yo me reconozco con una alegría que no me entraba en el cuerpo, por una hermosa razón: había podido invitar al festejo a todos mis amigos (en la época de la hiperinflación ese era un lujo que uno no siempre se podía dar).

Pero en aquel entonces, cuando éramos chicos, ¿qué importaba que no alcazara para comprar galletitas y hubiera tostadas de pan del día anterior para merendar? Nos reíamos igual, a carcajadas, esos sábados en los que cantábamos canciones de ABBA sin acertarle a la letra. O esas tardes tardes en las que había guerra cosquillas, mis favoritas, y aunque gritaba siempre: “¡Socorro, ayuda, por favor!”, en el fondo deseaba que esa loca contienda entre hermanas (cosquillas versus almohadas) durara hasta la eternidad.

El tema de risa y el humor es un tema muy serio. En la historia del pensamiento, autores muy importantes se han ocupado de eso. Desde Platón en adelante, pasando por Aristóteles, Hobbes, Kant, Schopenhauer y muchos otros dedicaron páginas a la risa y el humor. Dijo Nietzsche: ‘El animal más sufriente de la tierra se vio obligado a inventar la risa‘. Es conocida la frase de Pascal: ‘Burlarse de la Filosofía es verdaderamente filosofar‘. Y Wittgenstein: ‘Podría escribirse una obra filosófica buena y seria compuesta únicamente de chistes'”, escribió tiempo atrás el filósofo Augusto Klappenbach en un trabajo al que tituló Filosofía de la risa, con la intención de dar valor a una del prácticas que distingue a los seres humanos de otras especies.

Es que, como resume Klappenbach, la risa no es un tema menor de la existencia y Aristóteles fue uno de los primeros pensadores en ponerlo en palabras: “El hombre es el único ser viviente que ríe“, señaló, haciendo hincapié en la importancia de ese acto que muchas veces confundimos con un ejercicio liviano, superfluo. Y aunque es cierto que otras especies también sonríen (¡de sobra lo saben quienes comparten la vida con los animales!), el hombre es el que ha logrado hacer de la risa un ritual capaz de desafiar los momentos más difíciles, para llevarlos a una dimensión simbólica capaz de volverlos menos amargos.

Así, dicen que mientras Demócrito no paraba de reírse, Heráclito lloraba todo el tiempo, en esa compleja composición de alegrías y tristezas de las que está hecha la vida que tan bien retrató la incónica doble máscara del teatro. “¿Qué sentido tiene reír si, en definitiva, todos moriremos?”, se preguntaron luego también tantos otros, conscientes de que el hondo espesor de la existencia consiste en un irrevocable viaje hacia la finitud y, por eso, nuestro andar por el mundo no puede tener nunca consuelo.

Pero a lo mejor sea cuestión de preguntarnos: ¿cómo no elegir transitar el trayecto, dure lo que dure, con una sonrisa?

Reír como cuando éramos chicos

Eran épocas en que lo hacíamos porque sí, con ganas, con fuerza, con decisión. No había preguntas, sino ganas de hacer de la risa una práctica sostenida, sistemática, hasta lograr que dolieran la mandíbula, la panza, las costillas. Un juego, un tropezón, una caída, un trabalenguas, una película, un acertijo, un chiste y hasta una gruesa metida de pata podían terminar de igual manera: entre carcajadas.

¿Cómo recuperar aquella noble capacidad de reír?

Curiosamente, para algunos aprender a reír es, por diversas razones, un verdadero ejercicio del espíritu: a veces por dolores que marcaron el ánimo, otras debido a cierto temperamento melancólico que oficia de base, pero en la mayoría de los casos la causa tiene que ver con vivir de manera equivocada, por haber exiliado a la alegría. Cualquiera sea la razón, recuperar la capacidad de mirar la vida con un humor afectuoso es parte del equipaje que necesitaremos para transitar la vida. Y el secreto será el tener la capacidad de reírse desde el desapego, practicando la capacidad de desdramatizar“, dijo alguna vez la psicóloga transpersonal Virgina Gawel en una columna para Sophia.

Sí, reír siempre vale la pena. Y si durante la Edad Media la risa se veía como algo inadecuado y sospechoso, confundiéndose por entonces alegría con sarcasmo o incluso rebeldía, con la Ilustración la capacidad de ejercitarla comenzó a ser considerada un signo de inteligencia. Sigmund Freud indagó en las causas de la risa y en la necesidad de ejercerla como un lúcido derecho y, a la vez, como una forma de reconocimiento y defensa de la realidad. O, por ponerlo en términos poéticos, en la pluma del gran artista de las palabras Oscar Wilde: “El humor es la gentileza de la desesperación”.  

Si vamos a todas las risas que nos regalaron grandes momentos de pequeños (esos arco iris que sacaban a relucir sus colores en medio de la tormenta), el tesoro que encontraremos en ellas puede ser tan brillante como el sol: reíamos porque queríamos ejercitar nuestro contento, educarnos y crecer en él, como si fuera un músculo capaz de desarrollarse con el tiempo. ¿Acaso no lo es? O mejor dicho, reíamos porque, aun teniendo miedo a la oscuridad, elegíamos creer en nuestra capacidad de ver amaneceres infinitos.

Hay investigaciones que señalan que un chico puede reír hasta 400 veces por día, mientras que un adulto promedio lo hace, con mucha suerte, no más de unas 25. ¿Dónde, en qué tramo del camino, perdimos las ganas de reírnos más? Sin duda, crecer implica la pérdida de ese humor espontáneo y simple que caracteriza al mundo de la infancia. Pero también es cierto que renunciar a reír es perder una gran batalla que no distingue edad.

Entre el cielo y la tierra, una sonrisa

El tiempo que pasa uno riendo es tiempo que pasa con los dioses”, reza el conocido proverbio japonés, aunque para Nietzsche la risa haya sido un invento mundano destinado a ayudar al hombre a sobrellevar los padecimientos de la vida. Entre el cielo de los dioses y la tierra de los hombres, las risas suenan como ecos lejanos, cantos de sirenas que detienen en seco con su hipnótico poder para recordarnos que nosotros también podemos hacerlo. ¡Solíamos hacerlo!

Hay quienes se horrorizan hasta el escándalo ante los que no pueden parar reír. Pero hay también tantos otros no pueden evitar sucumbir a seguirlos, víctimas de uno de los más maravillosos contagios: el de una alegre risotada compartida.

En este tiempo de penas y pandemia, te propongo, entonces, que al tomar esa foto donde la risa era plena, sientas que es posible volver a alcanzarla. Probemos juntos: uno, abrir la boca; dos, achinar los ojos; tres, arrugar la nariz. Y así, entrar nuevamente en la nítida imagen de la alegría, muy de a poco, trepando por los costados del papel (o de los píxeles, si se trata de una captura digital), hasta caer en la escena misma de la imagen y sentir una comunión con aquella o aquel que una vez creyó que esa risa era un refugio al que siempre podría volver.

Ante el fracaso, solo es cuestión de volver a intentarlo las veces que haga falta. Quizás te ayude este fragmento escrito por Charles Dickens para darte el coraje necesario y no detenerte ante cualquier atisbo de seriedad “Es una ley de la compensación justa, equitativa y saludable, que así como hay contagio en la enfermedad y las penas, nada en el mundo resulta más contagioso que la risa”. ¡Felicitaciones desde ya por intentarlo!

Por cierto, qué gusto da volver a verte sonreír.

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