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Mitos, miedos y restricciones a la hora de comer: ¿hay realmente alimentos prohibidos?

Con el exceso de información no es raro que, frente a la góndola del supermercado o de la verdulería, sintamos temor a consumir ciertos alimentos. Que si tienen grasas trans, pesticidas, sodio, o si habrán perdido la cadena de frío. ¿Cuál es el punto de equilibrio para no volvernos locos?

Foto: iStock

Por Viviana Álvarez

“Dejé las harinas hace un mes”. “Ya no tomo leche”. “Cocino todo sin aceite”. La doctora Claudia Maroncelli, especialista en clínica médica y medicina del deporte, está acostumbrada a que, algunos de sus pacientes proclamen con orgullo estos cambios. El entusiasmo se diluye cuando ella se encarga de hacerles entender que, a menos que padezcan una condición de salud particular como intolerancia o alergia, estas restricciones que perciben como un mérito, no son necesarias. “La mayoría toma estas decisiones siguiendo supuestos consejos médicos que ven en las redes sociales donde hay demasiada charlatanería nutricional e intrusismo profesional. Las harinas, la carne, la leche y el aceite tienen nutrientes que son necesarios y no hay evidencia científica de que causen daños”, afirma Maroncelli.


La especialista sostiene que vivimos en una época de exceso información, de consumo y de restricciones que tiene su correlato en los hábitos alimentarios. Como resultado, perdimos el vínculo con la comida y, fundamentalmente, con lo que ella define como “la comensalidad” que es el hábito de reunirse en torno a la mesa para charlar y compartir un momento.

Para tener una dieta equilibrada, Maroncelli sugiere que, del 100% de lo que comemos el 80% debería provenir de la naturaleza y el 20% de productos industriales, teniendo claro que nada de lo que compremos en un supermercado nos va a hacer mal. “Es importante lograr un pensamiento crítico. Sin educación, vamos a seguir cayendo en la trampa de la industria y de las redes sociales que un día hablan en contra de la leche, otro día del azúcar y a veces hasta cuentan con la colaboración de profesionales que generan confusión. La clave está en la moderación y la variedad. No hay que endiosar o demonizar productos. Tampoco hay alimentos súper poderosos, mágicos o perjudiciales”.

«Aunque la mercantilización de los alimentos es un problema global, su solución es local y personal. Podemos comer de forma cuidadosa y moderada, con ayunos y banquetes ocasionales y apropiados. Podemos seleccionar nuestra comida para que esté en consonancia con nuestros valores, prepararla nosotros mismos con placer y atención, y presentarla teniendo en cuenta la belleza, su religiosidad natural y el deleite sensual. Entonces podríamos conocer el poder de la comida para crear mágicamente intimidad, convivencia y comunidad», Thomas Moore, psicoterapeuta, autor de El cuidado del alma.


Comer sin miedo

El doctor Gabriel Vinderola es investigador del Conicet, profesor de Microbiología de la Universidad Nacional del Litoral y un gran divulgador científico a través de su cuenta de Instagram. En uno de sus populares reels, filmó el buffet de un hotel y registró 18 alimentos muy tentadores, relacionados con mitos, miedos y restricciones: maíz que podía ser transgénico, pan con gluten, leche con caseína, vegetales que tal vez tenían restos de pesticidas, cereales sin activar, pescados con metales pesados, maníes con microtoxinas, carne de cerdo con hormonas, por mencionar algunos. Cuando le preguntamos si había comido algo de lo que había en ese posteo que cuestionaba la creencia en mitos sin sustento científico, la respuesta fue: “Por supuesto que sí. Que un producto o alimento contenga algún elemento que sea polémico, no quiere decir que te vaya a enfermar. El cuerpo tiene procesos metabólicos y la capacidad de desintoxicarse. Todo depende de la dosis, la frecuencia y de lo variada que sea la alimentación”.

“No somos cazadores ni recolectores, vivimos en ciudades con millones de personas y no podemos esperar que todo sea agroecológico, activado o biodinámico. No es relevante que la fruta sea orgánica, sino comer fruta”. Respecto de las restricciones de algunos alimentos, Vinderola opina que, además de que no tienen sustento, generan un impacto negativo en la vida social de las personas que se sienten excluidas al tener que decir: «No como esto, y esto tampoco…”.

“Si está comprobado que una persona no tolera la leche se entiende que no la consuma, pero si deja los lácteos y los quesos que son tan variados y tan ricos por una moda, creo que le espera una vida muy triste”, advierte.

Acera de la demonización de los de los productos industrializados, explica: “No es lo mismo un yogur con azúcar que una gaseosa. Lo que importa es la constitución nutricional”.

También destaca la necesidad de tener buenos hábitos. “Cuando salimos de vacaciones y la mente está tranquila, comemos cualquier cosa y nada nos cae mal. Si comemos mientras miramos las noticias en la tele, las redes sociales o leemos un mail de trabajo, el impacto será negativo porque las emociones y el estrés repercuten en el intestino”.

Nutrición infantil

“Hoy en día hay mucha confusión en relación al etiquetado frontal, que en realidad llegó para traer más información sobre los productos. Sin embargo, los adultos le tienen miedo a todo aquello que tenga un octógono de exceso en calorías o azúcares, sin tener en cuenta la frecuencia o el momento en el que se come ese alimento”, describe la licenciada en Nutrición Soledad Laiolo, que trabaja con niños. “No se puede decir que un niño que lleva un paquete de galletitas a la escuela tiene un mal hábito porque de esa forma se crea un pensamiento restrictivo y la división entre alimentos buenos y malos”. Laiolo sugiere que es importante que los adultos transmitan mensajes claros respecto de la relación con la comida. Por ejemplo, cree que suprimir un alimento, como la harina, responde a una conducta dietante y a la creencia de que un solo producto puede ser responsable del cambio físico.

“La comida atraviesa muchas situaciones de nuestras vidas. Si aprendemos a gestionar esos productos que no aportan tantos nutrientes, pero son placenteros, se reducen los riesgos de desbordes. Es el típico caso de los chicos que tienen prohibidas las papas fritas en casa y cuando van a un cumpleaños las comen sin freno”, describe.

Como alternativa, propone construir la relación con la comida a través de la palabra. “Se puede decir: ‘Hoy vamos a comprar un paquete de papas fritas, que a todos nos gustan tanto, las dejamos en el centro de la mesa para compartir, las comemos de a poco y las disfrutamos’. La comida no va a enfermarnos ni a cambiar nuestro cuerpo porque un día elijamos eso que nos da placer”, asegura.

Con criterio propio

 “La palabra ‘saludable’ no debería significar ninguna prohibición y sí muchas texturas y colores, un reencuentro con los ingredientes de estación y un criterio siempre en formación, muy atento a los gustos y las necesidades de cada uno”, declara Natalia Kiako, comunicadora clara y locuaz que divulga sus saberes a través de su cuenta de Instagram y desde hace años se dedica a dar clases de cocina doméstica.

Sin embargo, nota que la abundancia de información desde perspectivas muy diversas y no del todo criteriosas son un rasgo de época. Desde su perspectiva, observa que “algunas personas eligen organizarse en torno a prohibiciones que les brindan cierta seguridad porque no hay que pensar demasiado. Por otro lado, escuchamos testimonios que proclaman: ‘Soy otra, me siento bien, tengo energía, me cambió la vida, bajé de peso’ y resulta muy tentadora la idea de que, al cancelar algo, resolvemos todos los problemas”, señala.

Autora de tres libros con recetas e información para una nutrición saludable, rica y casera, Kiako opina que, a diferencia de las prohibiciones, lo que funciona es reestructurar la cocina en torno a lo que sí se puede comer, incorporar aquello que nos estamos perdiendo y recuperar la variedad.

En constante ebullición

Una forma de reencontrarse con una alimentación equilibrada es cocinar sin esclavizarse. La propuesta de Natalia consiste en recuperar la metodología que fuimos perdiendo (desde la organización de las compras hasta aprovechar lo que tenemos en la heladera) a medida que le cedimos lugar a la industria y caímos en el acto de ir a comprar todo resuelto. Kiako compara la dinámica de la cocina con las piezas de un engranaje que siempre está funcionando. “Cada rueda es un conjunto de alimentos: frutas, legumbres, cereales, y los dientes de esos engranajes son los alimentos que tenemos disponibles en casa para hacer diferentes preparaciones que se resuelven rápido, sin tener que salir a comprar y gastar de más”, explica.

La alimentación de los primeros años

En los primeros años de vida, el sistema inmune y digestivo está inmaduro para responder a las reacciones que producen algunos alimentos. Para aclarar dudas, estos son los que hay que evitar:

-Huevos
-Pescado
-Miel
-Carne picada de vaca o pollo
-Durante los primeros 5 años, la Organización Mundial de la Salud sugiere no agregar azúcar ni sal a las preparaciones.

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"Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, ese algo es lo que nosotros somos".

José Saramago