Miedo a envejecer: cómo dejarlo atrás para recuperar la sabiduría que traen los años - Sophia Online

BUENA VIDA

Miedo a envejecer: cómo dejarlo atrás para recuperar la sabiduría que traen los años

El temor a la vejez se instala antes de las primeras canas, alimentado por estereotipos asociados a la pérdida. Te damos una brújula para habitar la edad.

POR Flavia Tomaello

“Hic sunt dracones” (“Aquí hay dragones”, en latín) rezaban ciertos mapas medievales. La frase era la marca que los cartógrafos dibujaban sobre los océanos todavía inexplorados. Bastaba trazar un dragón entre las olas para que generaciones enteras de navegantes prefirieran costear cerca de la orilla conocida, antes que aventurarse hacia esas aguas. 

Con el correr de los siglos, expediciones curiosas descubrieron que buena parte de esos territorios temidos escondía costas fértiles, rutas comerciales y civilizaciones enteras. El peligro, muchas veces, existía apenas en el trazo de la tinta, en el relato heredado de quien jamás se animó a cruzar esa frontera.

Algo semejante sucede con el paso del tiempo. Trazamos, sin darnos cuenta, un mapa interior donde marcamos «aquí empieza la vejez» y dibujamos junto a esa línea toda clase de criaturas amenazantes: la enfermedad, la soledad, la irrelevancia. Tememos ese territorio antes de haberlo pisado, guiados por relatos ajenos, por publicidades, por la mirada compasiva con que a veces observamos a quienes ya lo habitan. Pero ¿por qué no explorar esas aguas con una brújula propia?

Yasmin Bellani, psicóloga especializada en gerontología y diplomada en neuropsicología aplicada en adultos mayores, ubica el origen del temor bastante antes de la primera arruga. Según explica, «a lo largo de toda la vida vamos incorporando una idea de la vejez construida socialmente que asocia envejecer con perder, enfermarse, depender o dejar de ser útil. Cuando ese es el único relato disponible, resulta lógico que aparezca el miedo».

Ese temor anticipado, señala la especialista, termina condicionando la manera en que efectivamente envejecemos. “Quien pasa la vida esquivando el paso del tiempo suele descuidar justamente aquello que favorece un buen envejecimiento: los vínculos, los proyectos, la salud física y cognitiva, el aprendizaje de nuevas habilidades«. Bellani resume esta idea con una frase que funciona casi como principio de trabajo en su consultorio: «La manera de envejecer se define en el modo en que atravesamos las décadas anteriores a los 65, mucho antes de llegar a ellas».

La psicopedagoga y coach ontológica Alicia Rozenblum, coautora de La Nueva Longevidad (Vergara), coincide en que «el temor surge menos por la cercanía real de la vejez, que por la representación que construimos de ella«. Y recuerda que, «según investigaciones internacionales sobre estereotipos asociados a la edad, las personas mayores con percepciones positivas del propio envejecimiento muestran mejor desempeño físico y cognitivo con el correr de los años. Esa evidencia sugiere una idea potente: las creencias suman o restan años de vida«.

El periodista y escritor Sergio Sinay, formado en sociología y psicología existencial, propone correr el eje de la pregunta. «Aquello que realmente exige ser afrontado es el miedo a morir —advierte—, ya que envejecer implica simplemente acercarse a ese punto inexorable. Mientras evitemos admitirnos mortales la energía quedará puesta en escapar de la muerte antes que en explorar el sentido de la vida». 

Citando a la médica suiza Elisabeth Kübler Ross —reconocida por sus trabajos acompañando a pacientes que atravesaban el proceso de morir— y haciendo foco en su idea de la rueda de la vida, Sinay entiende a la vejez «como el testimonio de una ascendencia, jamás como una decadencia». Es decir, como una nueva oportunidad. 

Los mitos que sostienen el miedo

Bellani identifica varios prejuicios profundamente arraigados que alimentan ese temor. «Uno de los más frecuentes es pensar que todas las personas mayores resultan parecidas entre sí —relata—. Cuando en verdad ocurre justo lo contrario: la vejez constituye la etapa más diversa de la vida, la de mayor heterogeneidad”. 

Otro mito extendido, según la especialista, asocia envejecer con deterioro cognitivo inevitable, “aunque el envejecimiento normal trae cambios esperables que distan bastante de la pérdida de memoria o de una demencia, cuadros que pertenecen al terreno de las enfermedades neurodegenerativas”, destaca.

Además, explica que “persiste también la idea de que, pasada cierta edad, deja de haber lugar para aprender, emprender, enamorarse o iniciar proyectos, una creencia que la neuroplasticidad desmiente a diario, ya que el cerebro conserva capacidad de adaptación durante toda la vida”.

Milagros Abud, psicóloga y también coautora de La Nueva Longevidad, advierte que “trabajar con las creencias asociadas a la vejez implica revisar la historia personal y los modelos que nos rodearon. Es un proceso de observar cuánto esas ideas nos limitan o nos habilitan, y cómo nos posicionamos frente a ellas. Muchas veces el miedo aparece antes de tiempo porque heredamos relatos que nunca cuestionamos”.

El escritor y periodista Sebastián Catalano, promotor activo de envejecer con vitalidad, aporta una mirada complementaria desde la historia social.

Recuerda que «la adolescencia misma constituye una construcción reciente, apenas de principios del siglo XX, ligada a la extensión de la educación y al aumento de la expectativa de vida». Algo parecido ocurre hoy con una nueva etapa que una nota de Harvard Business Review bautizó «mediana edad prolongada», definida por la negativa: aquella franja que va entre los 45 y los 65 años, aproximadamente, en la que una persona deja de sentirse joven sin sentirse todavía vieja. 

Catalano subraya que «esa etapa funciona como apertura y jamás como cierre, un tramo en el que suele sobrar vitalidad física y cognitiva para reinventar la carrera laboral o replantear proyectos personales«. Prefiere hablar de «recableado» antes que de reseteo, como «la idea de aprovechar toda la experiencia acumulada de una manera distinta». Y suma el concepto de envejecer con gracia, tomado del profesor de la Universidad de Harvard Arthur Brooks, como “la habilidad de soltar a tiempo aquello que funcionó en otra etapa de la vida, para dar lugar a lo que la nueva exige”.

Catalano y Bellani coinciden, además, en la importancia de entrenar el cuerpo y la mente cuanto antes. Catalano habla de una verdadera mentalidad de longevidad: «Pensar desde joven en el bienestar de los próximos ochenta o noventa años, sumando fuerza, equilibrio y entrenamiento cognitivo como quien acumula interés compuesto». Cita, en ese sentido, al economista David Galenson, que estudió la curva de genialidad creativa en pintores, escritores y directores, y encontró que suele ubicarse alrededor de los 65 años. 

Bellani coincide desde la clínica, ya que observa que «la evidencia científica confirma un enorme impacto del aprendizaje, la estimulación cognitiva, la actividad física, la participación social y el sentido de propósito sobre la calidad del envejecimiento«. Catalano agrega un concepto potente: “Los vínculos pesan incluso más que la alimentación o el tabaco a la hora de proyectar una vejez saludable”.

Desde su experiencia clínica, Abud observa “una diferencia enorme entre quienes llegan a la vejez con recursos emocionales y quienes lo hacen con angustia”. Según dice, los factores protectores son claros: “Estar conectados con los propios intereses, sostener actividades que estimulen lo físico, lo intelectual y lo manual, y sobre todo participar de espacios donde haya otros. La soledad y el aislamiento son, sin duda, los mayores factores de riesgo«.

Aprender a envejecer con sentido

Para la escritora y periodista Fabiana Fondevila, «el temor al paso de los años esconde, en el fondo, miedo a la invisibilidad, a perder la función social asignada». Sin embargo, plantea que «el camino espiritual ofrece otro derrotero posible, jamás disminución sino expansión”. 

Para ella, “lo que la mente pierde en rapidez, lo gana en profundidad, y lo que el cuerpo pierde en destreza lo gana en capacidad de sostener, abrazar y abrirse a lo que vive. El torbellino emocional de las primeras décadas cede paso de a poco a un estado de mayor equilibrio y hasta liviandad».

Sinay profundiza esa misma paradoja desde la filosofía existencial. Sostiene que «la vida resulta valiosa precisamente porque es finita, ya que la inmortalidad volvería plano cualquier tránsito, sin pérdidas ni ganancias que valoren el tiempo”. Aceptar la finitud, sostiene, “equivale a comprender el valor de cada etapa y asumir el compromiso de dejar una huella propia en el mundo y en otras vidas. Juventud, madurez y vejez pueden atravesarse como simples datos cronológicos o vivirse como estaciones de un viaje en busca de sentido, y esa elección queda, siempre, en manos de cada persona».

Rozenblum suma la dimensión de los mandatos familiares y culturales. “Cada familia transmite, junto con su historia, una determinada relación con el paso del tiempo, y haber visto padecer a abuelos o padres suele asociar la vejez al sufrimiento y a la decadencia. A eso se agregan los mandatos sociales que, en el mundo occidental, depositan el valor supremo en la juventud, un esquema que hoy resulta anacrónico frente a una expectativa de vida muchísimo mayor que la de generaciones anteriores».

Propone, entonces, revisar esos mandatos uno por uno. «Decidir cuáles vale la pena sostener y cuáles conviene soltar, para abandonar el viejo esquema de tres etapas: estudiar, trabajar, jubilarse, y adoptar una lógica más flexible, con aprendizaje continuo y vínculos entre generaciones». 

Abud profundiza en esa idea. “El concepto de vejez que cada uno tiene está profundamente ligado a los modelos de vejez que vimos en quienes nos criaron. Si crecimos cerca de personas que envejecieron con sentido, con proyectos y con una narrativa vital, solemos tener un pronóstico emocional mucho más favorable. En cambio, cuando los modelos transmitieron que envejecer era una condena o un deterioro inevitable, esas creencias se vuelven un límite que conviene revisar».

Bellani cierra esta conversación con una reflexión: «La creencia de que envejecer implica perder valor jamás nace de una persona en soledad, sino que resulta del edadismo, una forma de discriminación por edad profundamente naturalizada. Y advierte que ese edadismo, muchas veces, deja de venir de afuera para instalarse adentro, en frases aparentemente inofensivas como «ya estoy grande para estudiar» o «a mi edad eso dejó de tener sentido», que ponen límites bastante antes que la propia vivencia cronológica. 

Para empezar, propone desarmar el temor, cambiar la pregunta habitual, y en lugar de indagar en cómo evitar envejecer, sugiere preguntarse: ¿estoy viviendo plenamente la edad que tengo hoy?

Porque algunos gestos simples, sostenidos en el tiempo, ayudan a transformar el miedo en una guía concreta para vivir mejor cada etapa, estas son algunas de las propuestas de los especialistas:

Entrená el cerebro. Aprender protege la cognición a cualquier edad.

Movete todos los días. Bailar, caminar o hacer gimnasia cuida el cuerpo que va a acompañarte varias décadas más.

Sostené tus proyectos. Tener motivos para levantarte cada mañana protege más que cualquier medicamento.

Cultivá los vínculos. La evidencia ubica a la soledad entre los factores de riesgo más determinantes para la salud.

Permitite reinventarte. Quienes mejor envejecen aceptan que cada etapa exige nuevas formas de vivir.

Revisá tus propios mandatos. Elegí cuáles mantener y cuáles soltar, en lugar de repetirlos por costumbre y sin cuestionar.

Cambiá la pregunta. En vez de buscar cómo frenar el paso del tiempo, preguntate si estás habitando plenamente la edad que tenés hoy.

1 COMENTARIOS

  1. Excelente lectura, motiva a la reflexión, introspección y a tomar conciencia sobre los conceptos sobre la edad que tenemos y transmitimos .

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