4 de marzo de 2026
Necesitaba vacaciones. Con nueve días libres por delante elegí, sin pensarlo demasiado, ir a conocer Ciudad de México. Estaba cansada, había trabajado meses en una investigación periodística para Un precio que tenemos que pagar, el documental de Ricardo Preve sobre la muerte del periodista Ignacio Ezcurra.
En 1968, Ignacio Ezcurra fue enviado especial del diario La Nación a cubrir la guerra de Vietnam. Tenía veintiocho años, una hijita de un año y medio y una esposa embarazada. A pocos días de llegar fue asesinado en Cholón, el barrio de Saigón que cobijaba a los integrantes de las fuerzas de Vietnam del Norte, a quienes se les atribuyó el crímen.
La familia reconoció en una foto su cuerpo muerto, tirado en en la calle junto a otro hombre. Pero nunca logró recuperarlo. Con insistencia, sus allegados reclamaron a la Cancillería argentina que se ocupara de investigar y de darles una respuesta.
Finalmente, el Ministerio de Relaciones Exteriores envió a un diplomático de su embajada en Tailandia —la más cercana a Vietnam en ese momento— a investigar y elevar un informe. El informe se hizo, pero nadie lo recibió ni se encontró jamás un solo rastro en los archivos oficiales. Todo se convirtió en un misterio y en la pesadilla de una familia que hizo lo que pudo para cerrar semejante episodio de dolor.
La búsqueda de material para el documental sobre lo ocurrido con el reportero argentino empezó en la Argentina, con los Ezcurra. Muchos habían muerto, el resto no colaboraba demasiado y hubo quienes incluso pusieron palos en la rueda durante la investigación.
A través de la hija de una amiga que vive en DF supe que Rosario Ezcurra, la hermana menor de Ignacio, y madrina de su hija, Encarnación, vivía en México hacía muchísimo tiempo y pasaba largas temporadas en Londres. Ya había tratado de contactarla por Instagram, sin resultado. Luego supe que Rosario no le hace demasiado caso a las redes sociales.
Descarté dejarme ganar por la idea de conocerla, aunque reconozco que tuve que hacer un gran esfuerzo. Iría de vacaciones y mi intención era clara: no conectar con el trabajo.
Apenas llegué a Ciudad de México, salí a conocer el centro. Caminé horas, me detuve en el Zócalo y entré en el maravilloso Museo del Templo Mayor. Agotada, me senté a descansar en el banco de una sala casi en penumbras, donde luces direccionadas iluminaban a los dioses prehispánicos. De repente, sentí en el pecho una urgencia, un llamado. Algo que no tenía nada que ver con la quietud de ese momento.
“¡Tengo que hablar con Rosario Ezcurra!”, pensé. No puedo irme de acá sin hacerlo.
Había estado tan inmersa en esa historia durante meses, que no quería dejar pasar la oportunidad de averiguar cosas que nadie más que un familiar puede saber. Y si bien no había viajado hasta allí para eso, intentar un encuentro me atraía de una manera poderosa.
Así, gracias a la intervención de la hija de mi amiga, una noche me encontré sentada en el living de la casa de Rosario. Lograr la conversación que buscaba iba a ser difícil. Ella sabía de mi trabajo en la película y de las investigaciones paralelas que se hacían en Estados Unidos y en Vietnam para Un precio que tenemos que pagar.

Al conocernos, Rosario se acercó y me preguntó directamente algunas cosas acerca del rodaje. Me contó que había intercambiado mensajes con el director, Ricardo Preve. Dijo que estaba agradecida de que alguien rescatara la memoria de su hermano. “Ya hablaremos más tranquilas”, agregó.
Pensé que ya no hablaríamos más, que esa era nada más que una frase del tipo “a ver cuándo nos vemos”. Yo, al menos, había hecho mi intento. Volvería a recorrer los museos, las pirámides y el Bosque de Chapultepec.
Al día siguiente salí a desayunar temprano. En la cafetería encendí el celular y encontré un mensaje de Rosario. “Ayer no podía dormir pensando en todo lo que quisiera oír. Es una historia que nos merecemos conocer, pero nunca llegó”.
Nos citamos en el café de la librería El Péndulo. Rosario quería escuchar todo lo que yo tenía para contarle. Era su hermana, y si alguien tenía derecho a saberlo, era ella.
Sentí que, una vez más, estaba cruzando la frontera del mundo vacacional para volver a meterme en el trabajo. Me equivoqué. No era solo eso.
Me conmovió verla sacar una libreta y un lápiz.
“Voy a anotar todo, quiero compartirlo con mis hermanos. Igual me voy a acordar, mi memoria todavía es buenísima”, señaló.
Rosario tenía los ojos de su hermano. La mirada intensa y decidida que vi en Ignacio en las pocas fotos que existen de él. Me escuchaba sorprendida y atenta. Escribía. Mientras hablábamos, yo dudaba acerca de cuál debía ser mi lugar en ese diálogo. Yo sabía mucho más que ella acerca de un tema demasiado sensible para su familia. Entonces comprendí que no estaba recibiendo información, como esperaba, sino dándola.

Al día siguiente llegó a visitarme desde Estados Unidos una de mis mejores y más antiguas amigas. Venía a México a un congreso. Cenamos poniéndonos al día acerca de nuestras vidas, riéndonos como siempre. Le conté de mi trabajo, de mis vacaciones y del encuentro con Rosario. Después de oírme, hizo silencio, pensó un poco y me preguntó: “¿Y vos a qué viniste a México?”.
Al principio no capté la sutileza, la diferencia entre ese “a qué viniste” de un “por qué viniste”. Pero ella es licenciada en Letras, PHD en Literatura Latinoamericana y profesora universitaria. Nunca se equivoca cuando habla.
No supe bien qué responder acerca de mi elección, tan arrebatada. Le hablé de los nueve días libres, un lapso demasiado breve para viajar más lejos. Le conté de mi poco interés por la playa y cosas así.
“No —dijo categórica—. Vos viniste a contarle a esta gente una parte de la historia de su familia que les falta. Nunca fuiste una fan de México, no sabés nada de las culturas prehispánicas y no creo que nadie elija una ciudad de 22 millones de habitantes como lugar ideal para descansar. Estás acá por otra cosa”.
Me reí porque su descripción de mis gustos era cierta. A la tercera serpiente emplumada, todas me parecían iguales. Los nombres en Náhuatl, imposibles de recordar. La ciudad, un caos fascinante, pero abrumador. Quizá tuviera razón y yo hubiese venido a darles a los Ezcurra, a través de Rosario, piezas valiosas del rompecabezas para su historia de dolor.
De verdad me había obsesionado con saber acerca de esa familia y llegar lo más profundo posible de esa historia. Yo, tan poco perseverante en algunas cosas, me había empecinado en averiguar y en contar. A pesar, incluso, de las trabas que aparecían constantemente: nadie quería publicar mi nota sobre el rodaje, nos fallaban los contactos, nos acercaban pistas falsas o algunas tan jugosas como imposibles de probar.
Sentí incomodidad. Estaba cumpliendo, sin saberlo ni haberlo planificado, una misión que desconocía y en la que era sólo el canal, sin entender el propósito. La periodista curiosa moría, para dejar nacer a una emisaria cuya tarea era entregar a otros información que revelaría partes de un pasado oculto durante cincuenta años. Algo fuerte estaba pasando, aunque no sabía muy bien de qué se trataba. Aún así dejé que las cosas sucedieran, sin intervenir.
La noche siguiente Rosario me llamó y se acercó a mi hotel. Traía una bolsa con fotos familiares donde aparecía Ignacio con sus padres y el resto de sus hermanos. Estaban enmarcadas desde hacía muchos años. Tuve la sensación de conocerlos a todos: a esa altura sentía que, de algún modo, era parte de la familia. Juntas les quitamos a los retratos los marcos y los vidrios con muchísimo cuidado, para poder volver a fotografiarlas en una calidad suficiente para que pudieran aparecer en el documental.
A través de su colaboración, Rosario hacía explícito su apoyo al proyecto del que yo formaba parte. Traer los cuadritos había sido una muestra de su gratitud.
Al día siguiente llegué temprano al aeropuerto. Pasé migraciones y me senté a tomar algo para hacer tiempo y agregar datos a mi diario de viaje. A medida que escribía, el sentido completo de lo sucedido empezaba a aclararse.
Demasiadas casualidades. Las piezas encajaban en una trama sutil y perfecta. Mi viaje no había sido una vacación, como otras. Me sentía, de algún modo, la protagonista de algo muy fuerte, de un acto de amor insospechado que le devolvería a una familia parte su historia perdida para permitirle hacer las paces con ese pasado.
Me alegró sentirme elegida para esa misión y haber seguido los pasos que el destino me marcaba, recorriendo miles de kilómetros para entregar, no para recibir.
Comprender que todos somos parte de una trama de emisarios que pueden convertirse en ayuda para otros fue una hermosa forma de autoconocimiento, un ejercicio donde el ego estuvo ausente. Animarme a seguir caminos inesperados, con fe y perseverancia, el premio.

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