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Medicina del estilo de vida: ¿cuánto de cambiar hábitos puede mejorar tu salud?

De la mano de la doctora Julieta Barrado, te invitamos a conocer el novedoso enfoque de esta especialidad médica, y a seguir sus propuestas para mejorar tu calidad de vida.

Foto: Pexels

Por Luz Martí

Observar nuestra vida como un todo, dejar de partirnos en distintos “yoes”, abrazarnos como seres integrales y no fragmentados: esa es, a grandes rasgos, la mirada que propone una nueva disciplina de la medicina tradicional arribada recientemente a la Argentina, la llamada Medicina de estilo de vida (MEV). Uno de los principales postulados de esta especialidad consiste en el desafío de aprender a conocernos más y a no tomar como natural algo que no funciona bien en nosotros. Propone, esencialmente, no acostumbrarnos a convivir resignados con afecciones que, si bien no nos impiden avanzar por la vida, entorpecen y desmejoran su calidad. Migrañas, estreñimiento o cólon irritable son solo algunas de esas “molestias” que, como una gota que cae incesantemente, van horadando nuestro bienestar.

“La medicina de Estilo de Vida (MEV) es una especialidad médica de la medicina convencional, basada en evidencia científica. Está alineada con las recomendaciones médicas de las guías de práctica clínica y de las principales sociedades científicas a nivel internacional”, explica a Sophia Julieta Barrado, una de las primeras representantes en el país de esta especialidad. Médica egresada de la Universidad de Buenos Aires y postgraduada en Medicina de estilo de vida, en Medicina del estrés, en Alimentación basada en plantas y en Microbiota intestinal, señala que la MEV nació en los Estados Unidos en los años 90 cuando los médicos y científicos investigaron los hábitos de vida de pacientes en distintos tratamientos. «Notaron que, al cambiar la alimentación, incorporar actividad física y, por ejemplo, realizar prácticas como mindfulness, se iban sumando ejes de salud que lograban revertir ciertas dolencias”, apunta. En diálogo con Sophia, Julieta Barrado respondió a preguntas cuyas respuestas abren un nuevo horizonte en la forma de abordar nuestra salud.

—¿Cuál es el objetivo de la MEV?

—El objetivo es modificar los terrenos sobre los que se desarrollan las enfermedades crónicas de mayor prevalencia en la población: diabetes, enfermedad cardiovascular, enfermedad renal crónica, enfermedades autoinmunes, neurodegenerativas como Parkinson o Alzheimer, cáncer. Todas ellas tienen puntos en común: la inflamación crónica de bajo grado, a la cual están dirigidas nuestras intervenciones. Son enfermedades que hoy podemos prevenir, detener e incluso remitir con intervenciones en los hábitos de vida.

—¿Estamos enfermando cada vez más y a edades más tempranas?
—Sí. Hoy no nos sorprenden las consultas pediátricas por diabetes de tipo 2, obesidad, colesterol elevado, enfermedades que antes eran consideradas como del adulto mayor. Modificar esto lleva un trabajo de educación, de acompañamiento y de sostén del consultante que necesite mejorar sus hábitos para sentirse y vivir mejor. De todo esto, y más, nos ocupamos los especialistas en MEV

—¿Cuáles son los ejes en los que pone el acento un médico con esta especialidad?
—La MEV trabaja sobre seis ejes básicos de salud: la nutrición médica antiinflamatoria, el movimiento físico adecuado, la mitigación del estrés, el descanso adecuado y suficiente, la prevención de hábitos tóxicos y la mejora de las relaciones interpersonales. Todos ellos se integran en un plan individualizado según la necesidad y recursos de la persona en ese momento, acompañando la progresión que cada uno puede hacer.

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—¿Qué papel desempeña la nutrición según esta especialidad?
—La nutrición juega un rol fundamental, junto al resto de los ejes. Buscamos una nutrición integrativa, ya que no solo prestamos atención a qué comer, si no al cómo y al cuándo. Especialmente en los últimos años, los aportes del estudio de la microbiota humana y de la cronobiología han sumado estrategias muy importantes para el abordaje de estas enfermedades, así como para su prevención.

—¿Cuánto puede aportar un cambio de dieta a nuestra vida cotidiana?
—Mucho más de lo que podemos imaginar. Una alimentación antiinflamatoria y fisiológica, junto a otras intervenciones, mejora la calidad de vida de las personas sanas y enfermas y ayuda a requerir menor medicación reduciendo el riesgo de efectos adversos por el uso crónico. Sin embargo, no contábamos previamente con una especialidad médica que se ocupara de establecer las indicaciones y seguimiento de este eslabón fundamental.

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—El caso del cáncer es un inmenso tema en sí mismo. ¿Qué pasa allí con la alimentación?
—En el caso del cáncer, es fundamental el cambio de alimentación a una alimentación antiinflamatoria, entre otras intervenciones. Y, sin embargo, muchas personas que viven con esta enfermedad no tienen indicaciones precisas sobre qué alimentos incorporar y sobre cuáles evitar, así como de suplementos que mejoran la tolerancia a los tratamientos y el pronóstico de la enfermedad. El abordaje médico sigue aún muy enfocado únicamente en la farmacoterapia. Es algo difícil de comprender porque las indicaciones están, pero no llegan a los pacientes, al menos no como desearíamos.

—¿Aparecen sus médicos en una cartilla de obra social, pre- paga o servicios de hospitales públicos?
—Por más que es una disciplina que pertenece a la medicina convencional todavía no aparece en las cartillas porque es muy nueva, tiene apenas unos cinco años en la Argentina. Creemos que no tardará en adoptarse. Hoy en día trabajamos con consultas particulares.

—¿Cómo llegan a ustedes los pacientes?
—Algunos médicos nos derivan pacientes, seguros de que la MEV puede sumar a su mejoría. También funcionamos por recomendaciones de otros pacientes que hayan logrado cambios positivos.

—¿Cómo funcionan estos cambios?
—Somos seres integrados y el funcionamiento de distintos ejes en conjunto con la nutrición, potencia el resultado terapéutico. Son cambios complementarios a la medicina convencional y resultan un eslabón necesario para devolverle la funcionalidad que una persona a lo mejor perdió hace años o décadas. En casos más severos, aunque la enfermedad no logre revertirse, se logran mejoras en la calidad de vida. Trabajamos con los médicos de cada paciente y sabemos, también, que cuando un órgano está dañado no se puede evitar la medicación.

—¿Somos desconocedores de las posibilidades de mejorar nuestro estilo de vida?
—Absolutamente. Lo vemos a diario, y, en alguna medida, la MEV nace para remediarlo, apuntando a potenciar el funcionamiento de nuestro organismo, alinearnos con los ritmos biológicos y volver a poner en marcha mecanismos de reparación y funcionamiento que hoy se ven entorpecidos por el estilo de vida actual.

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—¿Qué lugar le da la MEV a las emociones?
—Un lugar de muchísima importancia. Sabemos que los altos niveles de cortisol, la hormona del estrés, sostenidos en el tiempo son pro-inflamatorios y perjudican el funcionamiento de nuestro organismo porque el estrés produce esa indeseable inflamación crónica de bajo grado. Ese estado de estrés o alerta permanente entorpece las funciones vitales y a largo plazo, las daña. Para controlar nuestra liberación de cortisol proponemos algunos cambios de hábitos que incluyen actividad física, descanso y la práctica de meditación, mindfulness o atención plena, que ha dado prueba de ser la herramienta más fuerte en la gestión del estrés, aumentando distintas áreas del cerebro como las de la concentración, la compasión y la empatía.

—¿Qué sucede cuándo tapamos o aplazamos el contacto con nuestras emociones?
—Por lo general nos conocemos poco. Nuestras consultas duran más de una hora porque es necesario que el paciente reconozca qué le pasa y hasta donde está naturalizando algo que le hace mal. Necesitamos que aprendan a interpretar síntomas que, si bien no les impiden seguir con la vida cotidiana, la entorpecen: migrañas, estreñimiento, colon irritable, cansancio, desgano. En especial proponemos un registro de su estrés para bajar el cortisol. Construimos distintas estrategias que lo hagan conectar con su cuerpo, y descubrir lo que le hace bien.

—¿Qué enfermedades son, en alguna medida, producto de un estilo de vida poco saludable?
—La diabetes tipo 2, los problemas cardiovasculares, las enfermedades autoinmunes, las neurodegenerativas como Parkinson o Alzheimer, las desmielinizantes y las enfermedades de la esfera psicoemocional, como depresión y ansiedad.

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—¿Qué aconsejarías, como comienzo, para mejorar nuestro estilo de vida?
—Más allá de la dieta saludable y de la actividad física, el sueño ejerce funciones indispensables para, por ejemplo, regular el sistema endocrino, el metabolismo de glúcidos y de lípidos. También nuestro sistema inmune se regula durante el sueño produciendo melatonina gracias a su función antiinflamatoria natural que, frente a la luz azul de las pantallas —¡atención! — se bloquea.

—¿Qué pasa con la difusión excesiva y con cientos de propuestas no comprobadas de vida sana con las que nos bombardean a diario? ¿Cómo encontrar el punto medio y seguro para manejarnos con eso?
—Cuando buscamos cambios beneficiosos para nuestra salud muchas veces quedamos a merced de la industria alimenticia que nos aconseja qué comer, y nos indica sus productos “bajos en” “light”, “fortificados con”. Allí vamos, entonces, tras los paquetes verdes sin saber que, generalmente, esos productos ultraprocesados cronifican las enfermedades o las acentúan. Por otro lado, la industria farmacéutica nos propone todo tipo de suplementos, aminoácidos y complejos multivitamínicos que probablemente no necesitemos, “medicalizando” la salud. También las redes y los medios están plagados de gente que aconseja sin tener ninguna formación en nutrición médica que, además, es algo cuyos parámetros se estudian y se van modificando constantemente. Tanto médicos como científicos estamos aprendiendo todo el tiempo. La MEV no trabaja para no enfermar sino para vivir bien, con la mayor calidad de vida posible. Consideramos que una persona no es un enfermo, sino que padece una enfermedad con la que puede vivir bien, aun teniéndola.

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