19 de junio de 2026
¿Hay algo más triste para un ser humano que haber perdido el sentido de la vida, dejándose arrastrar en automático por las rutinas, por los mandatos y por el tedio? ¿No es justamente entonces el gran momento de animarse a cambiar de rumbo, de creencias, para dar un auténtico salto de fe? ¿Cuánto pesan los miedos y cuánto los anhelos profundos del alma, a la hora de elegir cómo queremos pasar por este mundo? ¿Por qué a veces cuesta tanto escuchar esa voz interior que dice “es ahora o nunca”, refiriéndose a la oportunidad de recuperar el brillo de los días?
Pero Agneta es una mujer de cuarenta y nueve años que no se hace demasiadas preguntas. No, al menos al principio de este film. Está casada con Magnus, un corredor compulsivo que hace rutinas deportivas a diario junto a una mujer más joven que él. A Agneta eso no le molesta, al contrario: celebra que su marido no la busque como compañera de maratones, porque prefiere quedarse en la comodidad de su casa viendo novelas francesas. En verdad, mirando y degustando a escondidas todo lo que proviene de Francia: su sueño es poder vivir algún día en ese país, comer baguette y dejar la vida sin matices que tiene en Suecia.
Entonces, una situación inesperada la enfrenta de pronto con el poder de su propio deseo. Cuando se queda sin su trabajo aburrido de décadas, con el que pensaba pasar pronto a retiro, la protagonista de esta historia debe decidir qué es lo que hará: ¿conseguir otro empleo que no le permita brillar, o embarcarse en una aventura de la que no tenga ninguna certeza? Por suerte gana la segunda opción, y Agneta emprende un viaje que la lleva hasta un pueblo de la campiña francesa. Allí será la cuidadora de Einar, un viejo excéntrico con el que construye una relación épica.
Él, un creativo director de teatro ya retirado de los escenarios, tiene un dolor muy antiguo que necesita sanar. Ella, de cara a la crisis de la segunda mitad de la vida, tiene que tomar una decisión: desplegarse de manera auténtica, o vivir disfrazada de la mujer de siempre, esa que creyó ser durante la mayor parte de su existencia, pero que ahora descubre que no es y que nunca fue. De cara a esa difícil verdad, ¿tendrá el coraje de animarse a mostrar todos los colores que lleva adentro?
En un lugar de ensueño y con actuaciones memorables, que regalan personajes tan rotos como bellos, Me llamo Agneta es un regalo que quienes estén suscriptos a la plataforma Netflix se pueden dar. Ciento trece minutos que entretejen un relato cargado de emotividad, en el que las máscaras caen para dar lugar a la expresión de lo amoroso y lo auténtico. Porque es en el encuentro genuino entre dos seres humanos que la belleza de la vida se hace posible.
Atención: no se trata de una de esas películas cómodas llamadas «pochocleras». Hay que entrar a la historia con honestidad, para observar a Agneta y cómo su cuerpo voluptuoso, los atuendos deslucidos que lleva y una expresión en el rostro que la hace parecer mayor, reflejan como un espejo aumentado los temores, la vergüenza, la culpa, las frustraciones y los sueños jamás cumplidos que —en mayor o menor medida— gran parte de las personas vamos escribiendo a lo largo de nuestra biografía. Y nos lleva a preguntarnos cuándo fue que nos rendimos a la hora de ejercer el enorme poder que todos llevamos dentro de amarnos y amar a otros sin hacer juicios de valor.
Basada en la novela Je m’appelle Agneta de la escritora Emma Hamberg, con la dirección de Johanna Runevad y la actuación principal de Eva Melander —que se luce personificando la transformación de Agneta—, la producción sueca logra remover casi todo el óxido de los clichés y las fórmulas conocidas (algunos quedan, nada es perfecto), para apostar a una propuesta divertida, desafiante, tan llena de claroscuros como de ternura, en la que todos los espectadores pueden encontrar alguna referencia de sí mismos. Es lindo, cada tanto, encontrar una película que mantiene la atención hasta el final, que arranca sonrisas y alguna que otra lágrima. Un banquete al que todo aquel que lo necesite puede sentirse convocado.
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La disfruté de punta a punta, personajes entrañables