Sophia - Despliega el Alma

14 octubre, 2013

“Me interesa salir del lugar común de las dicotomías y las trincheras”


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Tomás Abraham es un filósofo diferente. Dice que el futuro del país no depende de la discusión ideológica, que el verdadero “problema educativo” es la falta de voluntad para estudiar, y que la única idolatría contemporánea es mercantil y política. Jaque mate a las frases fáciles, los eslóganes políticos y la modorra del pensamiento. Por Fabiana Fondevila.  Fotos: Martín Pisotti.

La Argentina no debe ser un país fácil para un filósofo. Historias que se repiten, crisis que se perpetúan, dicotomías que interfieren con el debate de ideas, demagogias y antagonismos por doquier. Ante este panorama, algunos pensadores prefieren obviar la realidad política por completo y encerrarse en el claustro. No es el caso de Tomás Abraham, librepensador aguerrido y tenaz. Él se rehúsa a ponerle cepos a su mirada, aunque esto le valga epítetos como “polémico” o hasta “provocador”, término que él rechaza con contundencia: “En todo caso, yo ‘me provoco’, para no anestesiarme con los lugares comunes y el conformismo disimulado con novedades”.

Los padres de Tomás emigraron a la Argentina desde Rumania en 1948, cuando el niño tenía un año y medio. Se asentaron en Flores, aprendieron español y fundaron una fábrica textil que aportaría al folclore argentino las medias Tom y Ciudadela y los hilos Tomasito. De joven, Tomás militó en la izquierda, y decidió dejar el país tras la Noche de los Bastones Largos. En Francia vivió en carne propia el Mayo Francés, se formó como filósofo y realizó maestrías en Filosofía y Sociología; pasó luego un tiempo en Japón, y regresó a la Argentina en 1972. Desde entonces, dicta cátedras varias –hoy, en el CBC de la UBA–, escribe libros que ganan premios y se dedica a despeinar las ideas reinantes con sólidos argumentos.

En esta entrevista, Tomás dialogó con Sophia sobre el momento que vive el país, las trabas que ve para el crecimiento y los desafíos por conquistar.

–¿Cómo ves a la Argentina que se apresta a votar en octubre? ¿Te preocupa la coyuntura, o intentás mirar más allá?

–Se vive en la coyuntura, pero también se piensa en el futuro. Es imprescindible pensar en el futuro. Sin embargo, los intelectuales críticos, los universitarios, los politólogos, cuando piensan en los cambios que deberían acontecer, abstraen la lucha de sectores, grupos y corporaciones que hay en la Argentina, y siembran en un campo llano y fértil a disposición de sus ideas. Hacen del país una maqueta y se autodesignan como sus ingenieros. Debe de ser una tendencia derivada de nuestro paisaje pampeano. 

Lo que más me preocupa es el futuro. Lo que sucederá en octubre es importante pero volátil. La diferencia entre agitación y movimiento me ha servido para trazarme una imagen de la evolución de nuestro país. Octubre sirve para la agitación, pero no necesariamente mueve algo.

–¿Qué ideas o autores te inspiran para pensar una posible Argentina del futuro?

–No encuentro pensadores totales. Cada uno de nosotros arma su botiquín hermenéutico (N. de la R.: interpretativo) y sale a la calle con lo que tiene. La mayoría de los autores o de las ideas que circulan se disputan el pasado, tanto el del siglo XIX como el de hace cuarenta años. Respecto del futuro, me interesa en especial el punto de vista de los economistas y el de los ecologistas. Pero sin nombres propios. Tanto la producción de bienes como la protección de recursos es materia obligada y prioritaria para un país productor de commodities inserto en el mercado mundial. De todos modos, tengo mis faros; Domingo Faustino Sarmiento es uno, Jorge Luis Borges es otro, Fernando Fader, Pío Collivadino y Tulio Halperín Donghi. Cuando me presente en el cielo –si Dios es compasivo conmigo– y San Pedro o Jeremías me pregunten de dónde vengo, les diré que es del país de estos cinco nombres.

–En ese futuro hipotético, ¿le ves alguna salida a la Argentina dicotómica de hoy?

–Me interesa salir un poco del lugar común de estos últimos años que habla de dicotomías y trincheras. Creo que nos hemos instalado cómodamente en la idea de que si juntamos las orillas todo va a ir mejor. Por mi parte, temo que ni las orillas se juntarán –ya que pueden hacerlo bajo las aguas y no es conveniente– ni que ese sea el problema. Voy a ser más simple: tenemos agua limpia, tierra fértil, gases ocultos, metales andinos, una rica plataforma submarina… esos elementos estratégicos son el oro del futuro; el petróleo y el caucho que posibilitaron la Revolución Industrial. Para que ese regalo de la naturaleza favorezca el desarrollo del país y el bienestar de sus habitantes se necesita capital, tecnología y recursos humanos. Evitar la contaminación, la desertificación, el saqueo de minerales y de la pesca es una misión ineludible. La política para llevarlo a cabo y cómo conseguir financiación y conocimiento es en lo hay que hay que pensar. A eso le llamo futuro, y sobre eso debe girar la discusión política.

Si ignoramos esta meta y creemos que todo debe decidirse en la defensa de derechos, profundizaciones de modelos, invitaciones al diálogo, himnos a la equidad, lamentos por la pobreza y loas por una mejor educación, seguiremos igual.

–¿Hay algo que los intelectuales puedan o deban hacer para ayudar a zanjar esa brecha?

–Creo que no se trata –lo digo nuevamente– de colmar brechas, sino de cambiar el terreno de la discusión. Una política del futuro se encuentra con resistencias poderosas de la sociedad argentina. No me canso de repetir que el pregón por la necesidad de cambios, de modificar la matriz productiva, de reformar la educación, de una política fiscal progresiva, de la salud universal y de la plena ocupación no tiene por obstáculo al Estado ni el gobierno de turno, sino a la misma sociedad.

Los intereses privados y corporativos mandan y se ponen de acuerdo para no ceder terreno y reforzar posiciones. Cuando luego de las PASO la Presidenta llama a dialogar a los verdaderos interlocutores de su gobierno, convoca a la dirigencia empresarial y a la sindical. No hace como antes, que se llamaba a la Iglesia y a las Fuerzas Armadas; en eso hemos mejorado. Pero no invita a los partidos políticos. Más allá de la chicana evidente del rito, muestra cómo se mueve el poder en la Argentina. Cuando hay elecciones hablamos de lo que quiere la gente; para gobernar, hablamos con los que pueden hacer y deshacer.   

–Hablaste más de una vez de la “estafa ideológica” creada por el Gobierno. ¿Cuánto tiempo es posible perpetuar una ilusión?

–Una estafa no es una ilusión, es bien real. Este gobierno se sostiene moralmente por su política de derechos humanos, a la vez que ha hecho un desfalco monumental a favor de los bolsillos de quienes nos gobiernan desde el 2003. La militancia, al no poder resolver estos problemas de mala conciencia, se vuelve cada vez más agresiva y fanática al no poder hacer una autocrítica que la llevaría a replantearse todo nuevamente.

La decepción que tenemos cuando se cae un ideal puede llevarnos a pensar y crecer, si tenemos el coraje de asumirla, pero también puede generar odio en quien no acepta perder esa autoestima ideológica que lo hizo sentir superior.

–Alejándonos de la coyuntura, si pensamos que el patriotismo hoy se asocia a menudo con la xenofobia, el miedo y la exclusión, ¿tiene sentido seguir sosteniéndolo como un valor a rajatabla?

–No se trata, desde mi punto de vista, únicamente del patriotismo. Más aún, creo que hoy en día la lealtad patriótica está subordinada a la identidad religiosa. Es la religión la que guía las voluntades en términos de identidad. Sin duda, no hay identidad si no se crea la imagen del otro. En un mundo de un solo país, no existiría el patriotismo.

Es muy difícil, casi imposible, que se pueda pensar en una idea de patria sin la presencia de un enemigo real o imaginario. Las naciones no surgieron por una creación burocrática, sino por el despedazamiento sangriento de imperios, y luchas entre etnias y pueblos.

Hoy la globalización financiera, el mundo corporativo trasnacional, la velocidad de las operaciones, la diseminación y privatización de armas nucleares hacen que hablemos de Estados fracasados o débiles, Estados que carecen de moneda y de control de la violencia en su propio territorio.

Entonces, hablamos de civilizaciones y de religiones, de guerras santas y de choque de civilizaciones. La idea de patria queda algo anacrónica y lo apreciamos en la interdependencia de mercados y en la voluntad de no aislarse.

–¿Cuál es la Argentina que te reconcilia con la idea de patria y nación?

–Pienso en términos de sociedad e individuos, no de patria y nación. Nací en Rumania, soy judío, ciudadano argentino y mi formación filosófica la hice en Francia. Mi lengua materna es el húngaro. De patrias tengo bastante.

–Sin embargo, la filósofa Martha C. Nussbaum subraya que el patriotismo sigue siendo importante para aunar a una nación en torno a proyectos colectivos, y aboga por un “patriotismo compasivo y cosmopolita”. ¿Hay lugar para un concepto semejante?

–No creo en la bondad ilustrada, ni en la maldad necesaria, sino en políticas que pueden tener éxito o fracasar. Sostener que se está a favor de un patriotismo compasivo y cosmopolita es propio de conferenciantes internacionales. Sin desmerecer el pensamiento de Nussbaum, creo sí en que hay gente idiota y peligrosa y otra que es generosa e inteligente.

Yo soy hincha de la selección argentina de fútbol, pero no odio a ninguna otra selección; una persona que quiere pensar con libertad tiene sentimientos ambivalentes con su aldea. La ama y la odia, depende de la hora. Tiene una relación pasional, y a las pasiones, se sabe desde Aristóteles, no se las reprime, se las administra. Pero, además, se las compensa con la identificación con el semejante, el punto de intersección con el dolor del otro.

El gran invento de la civilización occidental greco-judeo-cristiana es la presencia del prójimo, eso que llaman “otro”. En ese sentido, acepto la idea de Nussbaum: compasión, pero no en términos de patria, sino de vínculo personal con nuestro semejante.

Para el pensamiento oriental –el budista o el hinduista-, al descartar la realidad del yo, al pregonar la abstinencia y el no necesitar nada, también disuelven al otro en el mundo de la ilusión cósmica. Los occidentales –si existe una entelequia que se pueda llamar mundo occidental– hemos aceptado el egoísmo, el instinto de conservación, el mundo de los intereses y el narcisismo primario y secundario. Estamos preparados para el altruismo. 

Menos retórica y más realidad

–Hoy muchos políticos y medios atribuyen el problema educativo a la falta de oportunidades. Como profesor universitario, ¿cuál es tu visión?

–Lo que me interesa es el tema del estudio. La palabra “estudiar” debería estar en boca de todos. Es algo maravilloso estudiar. Es lo mismo que experimentar, innovar, crear, pensar, hacer… todo eso es estudiar. Esto exige esfuerzo, concentración, compromiso, un cierto grado de soledad, coraje para soportar las frustraciones. La relación entre un maestro y un alumno de cualquier nivel, en especial desde la adolescencia hacia delante, es un vínculo en el que ambos recorren y descubren el mundo. No tiene nada de romanticismo. Es real. Aprender en qué país vivimos, su geografía, su historia; incursionar en el mundo de  la vida, del modo en que nacemos; estudiar las estrellas, la formación de los cristales; ser capaz de sumergirse en el mundo de la imaginación matemática…

Es decir, tener una idea de infinito que nos hace habitantes del mundo, con conciencia de dónde estamos en este período que nos toca vivir. No hay cultura del estudio, ni en los mayores ni en los jóvenes. Todo es “derechos”, un “a mí me corresponde”, la altanería estéril, y un coro que habla de educación para barrer y ocultar el desperdicio bajo la alfombra.

–¿Cómo ves la situación de la mujer en la Argentina? ¿Estamos cerca o lejos de una verdadera equidad de géneros?

–No existe “la mujer”, hay mujeres. No existe “el niño”, hay niños. Se quema a mujeres, se viola a niños, se golpea a ancianos. La lucha y la denuncia es contra la miseria humana y el sadismo. No hace falta hablar de equidad de géneros y otras justicias retóricas. Hay leyes y estas nos hacen iguales en trato y sueldos. Respetar las leyes que nosotros mismos impulsamos es lo que hay que hacer. Para eso se necesita una autoridad fuerte que las haga cumplir, y una sociedad que tenga la costumbre de respetarlas.

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