Sophia - Despliega el Alma

Mujer y trabajo

31 octubre, 2009

“Me creía más que él”


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Testimonio

Mercedes

Psicopedagoga – 35 años

Ella aportaba el 60% del dinero al hogar. Cuando se convirtió en madre, la crisis se profundizó.

La sensación que yo tuve con Juan desde el día en que lo conocí fue clara. Más allá de las virtudes que tiene y que me hicieron enamorarme de él, mi marido era descuidado con la plata. Hace diez años, él tenía un sueldo de $700 como cronista de un diario y su ingreso aumentaba cuando hacía notas como freelancer.

Cuando empezamos a salir, Juan alquilaba un departamento de un ambiente, y yo también vivía sola. Trabajaba como psicopedagoga en una escuela, con un sueldo de $1600 mensuales que “mejoraba” con dos o tres pacientes por mes. Lo cierto es que me enamoré de Juan como nunca antes y al tiempo nos casamos y tuvimos a nuestro primer hijo. Si tengo que sincerarme, de entrada me sentí más capaz y ordenada que él en todo lo que tuviera que ver con los números y la organización de la casa. En ese momento, yo aportaba el 60% de nuestros ingresos, pero el tema no me preocupaba demasiado.

Todo se puso a prueba como nunca en el 2001, cuando él perdió su trabajo fijo del diario. Al irse, recibió una pequeña indemnización que nos sirvió para compensar el impacto del despido por unos meses. Entonces, Juan decidió dedicarse de lleno a armar una empresa de marketing y prensa con unos amigos. A mí me asustaba su decisión. Pero él me pedía que le tuviera paciencia porque estaba apostando fuerte a lo que realmente quería hacer.

En medio de la crisis, yo también perdí mi trabajo fijo en el colegio donde trabajaba, y nuestra situación económica empeoró. Además, tuve que quedarme más en casa, con el bebé chiquito. Él empezó a hacer más traducciones y notas para medios de afuera mientras seguía armando su empresa. En ese momento, yo sentía que nada de lo que Juan hacía alcanzaba. Necesitaba que hiciera todo lo que estuviera a su alcance y más. Teníamos un hijo que alimentar.

Cuando nuestro hijo cumplió cinco meses, conseguí más trabajo en el consultorio y me moví como nunca para conseguir pacientes. Los meses pasaban. Yo estaba cada vez más agotada y sentía que tenía que poner el lomo, que tenía que poner la plata, y que era la única persona madura y responsable de la casa. Entonces, empecé a tenerle una bronca gigante; mi rabia hacia él crecía y yo no lo podía controlar. Ya casi no teníamos ahorros, y sentía que él no tomaba real conciencia de lo que nos tocaba enfrentar económicamente.

Toda la situación desgastó mucho nuestra comunicación y nuestra intimidad. Decidimos tomar distancia durante un tiempo y consultamos a una psicóloga de pareja. Poco a poco fui trabajando conmigo misma para entender por qué había dejado de admirarlo, por qué no podía ver nada de lo bueno. La terapeuta me dijo: “Tu marido está formando su empresa; no es que esté tirado en una cama sin hacer nada. Pedile que aporte una cantidad fija de dinero por mes, establezcan una suma y vean si quieren continuar”.

Volvimos a estar juntos y más cerca durante algún tiempo. Con los meses, Juan empezó a aportar el 50% de los ingresos. Pero la bronca seguía ahí, aunque más aplacada.

Para ser sincera, si la situación hubiera sido al revés y él hubiera ganado más que yo, creo que no habría habido problema. Se supone que eso es lo normal, ¿no? Ahora me doy cuenta de que para mí la plata era sinónimo de protección y que sin eso me sentía desamparada. ¿Qué hice para modificar un poco la situación? El gran cambio fue empezar a soltar el control y dejar de estar tan encima del trabajo y de los ingresos que yo podía aportar. Me propuse estar más con mis hijos y recuperar tiempo para mí. A partir de que yo hice ese movimiento, ¡a él empezó a irle mejor. Después de todas estas crisis, aún no tengo muchas cosas resueltas, pero pude comprobar que cuando soltás el control del otro, lo dejás crecer mucho más. Yo estaba hiriendo su autoestima porque le hacía reclamos todo el tiempo. Ahora puedo ver mejor sus virtudes, el esfuerzo que hace desde un trabajo que le gusta, su empresa, que logró abrir y donde hoy trabaja como relacionista público. Los chicos fueron creciendo –tengo dos– y la demanda no es la misma que cuando eran bebés. Con el tiempo vamos encontrando un mayor equilibrio.

ETIQUETAS economía familiar independencia pareja roles

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