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Mauricio Dayub: “La emoción es lo único que nos puede hacer cambiar”

El actor repasa los recuerdos familiares que lo llevaron a crear El equilibrista, la obra que escribió y protagoniza, con varias temporadas a sala llena. De encontrar su propósito en la vida y mantener los valores que lo guiaron siempre, nos habla en esta nota.

Por María Evangelina Vázquez

Desde repartir volantes en la Costa Atlántica para promocionar sus obras, aplaudiendo como si se hubiera perdido un niño, hasta buscar un hotel por un rato para poder bañarse. De tener conflictos con su familia por no seguir una carrera universitaria, a “pegarla” con una obra que se llamó El primero y más tarde recibir un gran reconocimiento por una obra donde interpretó al poeta Miguel Hernández. 

El camino fue diverso, pero siempre hubo un propósito: poder actuar. Hasta que llegó a plasmar, finalmente, sus deseos al escribir sus propias obras, como El amateur y ¡Adentro!, Mauricio Dayub tuvo una vida plena de experiencias, siempre poniendo el corazón en primer lugar. Su libro Alguien como vos, lo pinta de cuerpo entero con anécdotas de su infancia, adolescencia y juventud.

Sobre el escenario, Mauricio se emociona con frecuencia y se nota que todo lo que cuenta lo atraviesa en cuerpo y alma. En El amateur, una historia de superación personal, decidió hablar sobre todo el esfuerzo que significa poder sobrevivir. Y El equilibrista, un éxito que está actualmente en cartel en la calle Corrientes, cuenta la historia de su familia y revela un secreto guardado durante décadas. 

Dueño de la sala El Chacarerean, incursionó en la escritura cuando vio que la industria, en cierta forma, lo rechazaba o no le daba los papeles que él quería hacer. Desde hace años, quien supervisa sus obras es el reconocido dramaturgo Mauricio Kartún, con quien tiene un vínculo entrañable. 

Mauricio Dayub muestra su carácter solidario en cada gesto: es padrino de la Asociación Argentina para el Síndrome de Tourette (luego de haber hecho la obra Toc Toc) y también está en contacto con la asociación Argentinos por la Educación, que ayuda a los chicos que no entienden lo que leen, un fenómeno cada vez más común. “Cuando uno conoce de verdad al otro no solo cambia la vida de esa persona, sino que cambia la de uno también”, señala.

Ese mismo encuentro se potencia en la sala, con un juego: a quien no se vaya satisfecho luego de ver El equilibrista, el actor asegura que lo buscará en el hall del teatro para devolverle el dinero de la entrada. Pero nadie le reclama el reembolso; por el contrario, mucha gente lo espera a la salida de la obra para saludarlo, felicitarlo y sacarse una foto con él. 

A la hora de hablar de sí mismo, se define como una persona de bajo perfil y asegura que no lo reconocen por la calle. De hecho, se involucra en muchos aspectos de sus producciones, como realizar las promociones, por ejemplo. En el estudio de Palermo donde trabaja, a su vez comparte espacio con su familia. Hace veintidós años que está en pareja con la actriz y directora Paula Siero, con quien se casó en pandemia “para que fuera poca gente”, una decisión fiel a su bajo perfil. Juntos tienen un hijo, Rafael, de 11 años.

Todavía hoy no es común ver que un hombre se emocione públicamente o hable sobre lo que siente. ¿Sentís que tenés una sensibilidad diferente a otros varones?

—No, diferente no. Tengo muy a mano la sensibilidad, me conmuevo fácilmente, te diría. Creo que es un momento al que se llega un poco por una comprensión del mundo, por advertir lo injusto que es el mundo y las pocas perspectivas que tiene de cambiar. Me parece que eso es lo que más me sensibiliza: advierto que la fragilidad me aparece por ese lado, cuando veo que en mí o en otros opera esa especie de injusticia, de maldad generalizada, el no mirar a la otra persona y verla como si fuera “una más”. 

¿Y te emocionás luego de cada función?

—Me emociono durante, a veces me emociono antes. Te digo la verdad: anoche estaba ahí atrás, tenía el sombrero y el acordeón ya para salir a escena y veía la sala llena… y me dije: “¡Qué hermoso! ¡Qué posibilidad extraordinaria! ¡Qué suerte que se me haya dado que lo que a mí me gusta coincida con lo que le gusta al espectador!”. Poder estar al mediodía en mi casa, almorzar con mi hijo, con mi mujer y después darme una ducha y rumbear hacia el lugar que me permite hacer lo que yo quería hacer cuando era chico, es un privilegio absoluto.

¿Sentiste o dijiste en algún momento “este es mi propósito en la vida”?

—Sí y lo agradezco muchísimo. Tenía menos de diez años y ya sabía lo que quería, sin conocer demasiado en qué consistía, porque supe muy chiquito que quería ser actor, pero solo por ver la parte de atrás de los diarios donde estaban todos los teatros, uno atrás del otro, y algo de eso me ilusionaba, me incentivaba. A los trece vi una película que se llamaba Melody, que se trataba de un grupo de chicos que tenían la edad que yo tenía en ese momento, y no entendí por qué habían hecho esa película sin convocarme, empecé a preguntarme dónde se filmaban, por qué yo no estaba ahí, por qué esos pibes no eran amigos míos. Me acuerdo de haber seguido varios días a una chica por la calle con un corte de pelo parecido al de la protagonista hasta ver si era o no… Enseguida supe que esto era lo que me gustaba.

¿La escritura vino después?

—Todo vino después, porque desde el actor, al ver que nadie me ofrecía nada y cada vez era más lejana la posibilidad de que alguien me convoque, me tuve que poner a escribir para ver si yo tenía una propuesta para ofrecer. La sensación era que había venido a ofrecer mi corazón y que nadie me miraba entendiendo esa posibilidad, así que me puse a escribir.

Mauricio escribió y finalmente alcanzó su sueño. Sus obras llenan salas noche tras noche. En El equilibrista, la historia que más llama la atención de ese árbol genealógico que la historia narra, es la de su abuela Giuseppina. Ella, que vivía en Italia, se había enamorado de un hombre que la dejó embarazada. Con la promesa de volver luego a buscarla, él vino a la Argentina para encontrar trabajo. En vano intentó contactarse con ella por carta: los familiares de Giuseppina ocultaron todos los envíos. Hasta que, finalmente, ella consiguió un pasaje para venir a nuestro país con su hija, donde se enteró de la verdad. Ya había pasado mucho tiempo, pero nunca le perdonó a su familia haberle ocultado esas cartas y dejó de tener contacto con ellos. Mauricio revela sobre el escenario este secreto familiar.

¿Era de carácter muy fuerte tu abuela?

—Muy cerrada, jamás iba a un cumpleaños, a un bautismo, a un casamiento. Siempre nos decía: “Ahora voy, vayan ustedes primero”, y nunca venía. Creíamos que era indiferente, que no se terminaba de entregar y claro, se había entregado una vez y había tenido esta experiencia. Fue muy, muy potente. Una vez fui a filmar una película a Yugoslavia y de ahí fui al pueblo de donde venía mi abuela. A partir de mi trabajo, descubrí a toda una familia en Italia y le llevé esa “novedad” a mi abuela y lo mismo a los hermanos de mi mamá. Entonces encontré un secreto que nadie conocía y que fue muy importante para todos, porque estábamos viviendo una realidad que no era. De algún modo, siento que la familia me lo agradece siempre sin decírmelo.

¿Qué otras mujeres te han influenciado, han cambiado tu vida de alguna manera?

—La Teli, que fue la chica que nos crió y vivió en mi casa toda la vida, fue una mujer muy importante para mí y para todos mis hermanos, un símbolo de dignidad, de trabajo, de seriedad, de encarar las cosas de la mejor manera posible. Compartí mucho toda mi actividad manual con ella, aprendí a hacer muchas cosas con las manos, a resolver, a arreglármelas solo con lo que había. La Teli es una mujer que, después de mi mamá, ha sido muy significativa para mí.

¿De tu madre qué aprendiste? 

—Te diría que el trabajo, la valoración de las cosas. Mi mamá trabajaba muchísimo y me enseñó a valorar que, con muy poco, no nos hacía faltar nada. Más de grande me fui dando cuenta de cómo se las arreglaba para que eso fuera así. También me heredó una especie de condición natural de sentirte feliz con lo que había: ella hojeaba una revista de viajes y terminaba contenta como si hubiera viajado, como si hubiera vuelto de las vacaciones, y después seguía con las actividades del día. Aprendí a ser muy consciente de lo que tengo, eso es muy de mi mamá.

¿Tu familia se opuso a tu vocación? 

—Mi familia era italiana, toda gente de trabajo, de oficios duros, pintores, albañiles. Por eso, que dejara mi ciudad, Paraná, Entre Ríos, para ir a ser actor en Buenos Aires, era como casi de vago. 

¿Cómo atravesaste las épocas de penurias económicas hasta que llegó la posibilidad de mantenerte con el teatro?

—El deseo es muy potente, genera una energía enorme. Cuando identificás tu objetivo y vas detrás de eso, es como si no vieras las cosas negativas que te pasan. No recuerdo haber vivido con nostalgia la pobreza ni las pensiones; me sentía libre, estaba donde quería estar, me había sacado de encima lo principal, que era estar donde no me gustaba, estudiar lo que no quería. Tenía un mundo por descubrir y no paraba de ser feliz aprendiendo algo más, conociendo a alguien, o viendo una pequeña posibilidad futura en mi profesión. Eso me incentivaba muchísimo… Habrán pasado diez años, más o menos, hasta que empecé a vivir de la profesión. 

Mucho tiempo…

—Sí, diez años es mucho tiempo para no tener dónde vivir bien: iba cambiando, me mudaba cada dos o tres meses, tenía dos valijas, me las iba arreglando y viviendo las vicisitudes de laburos que no eran de lo mío. A la tarde me daba una ducha donde podía, a veces en hoteles: pagaba cinco pesos en uno cerca del estudio de Carlos Gandolfo, donde tomaba clases. No sé por qué, pero mentía: decía que era de Córdoba y que estaba por un trabajo y necesitaba darme una ducha; igualmente me cobraban. No le contaba a nadie que ni tenía gas, trataba de aparentar que todo estaba bien, iba a las clases con Gandolfo y ya me cambiaba la vida. Eso me mantenía, me generaba la energía que necesitaba para soportar los momentos difíciles.

¿Cuál fue la obra con la que la pegaste, la que cambió todo?

—Se llamó El primero y tenía un perfil muy interesante. Ahí dejamos de ser unos chicos que estudiaban para pasar a ser “los que habíamos hecho El primero”. Recuerdo que andaba siempre con una crítica publicada en Clarín que tenía una foto mía, donde decía: “El primero renueva los caminos del arte teatral”. Ese diario estaba gastado porque lo llevaba a todos lados, existíamos gracias a esa publicación.

Contanos de tu escritura de El amateur, tu primera obra. ¿Es una historia de superación personal?

—La escribí para darle sentido al momento que estaba viviendo, porque entendí que para existir en esta ciudad iba a tener que hacer un esfuerzo muy grande, sentía una indiferencia muy fuerte. Yo venía de una ciudad pequeña donde todos me conocían, donde la mayoría de la gente que me rodeaba sabía cuál era mi deseo, mi interés. Y acá había empezado a participar de una multitud a la que no le importaba ni quién era, ni qué quería, ni de dónde venía. Sentí que el esfuerzo que le había visto hacer a los trece años a un ciclista que intentaba batir un récord de permanencia en bicicleta, se parecía al que yo tenía que hacer todas las mañanas para levantarme, darme seguridad, ponerme la mejor ropita que me había lavado el día anterior e ir a llevar fotos a una productora, a un canal, tomar clases, tratar de existir, de desarrollarme, de ser. Empecé a escribir a la mañana temprano para darle sentido a ese momento, nunca pensé en ponerla arriba del escenario, ni que después iba a hacer una película, ni que iba a ganar diecisiete premios. Cada mañana ya me quedaba tranquilo si había logrado plasmar eso que veía como una analogía del momento que estaba viviendo.

Alguien como vos es un libro donde también se habla mucho de las emociones ¿no?

—Sí, y es un lugar en el que estoy. Leo el diario todas las mañanas y digo: “¿Pero cómo puede ser que estemos así? ¿Cómo puede ser que haya pasado esto?”. No entiendo cómo nos hemos dejado estar tanto como para que el mundo sea algo imposible, un error imparable. ¿Cómo no se para por esto? Tenemos que pararlo, si se ha podido parar la pandemia, paremos porque tiraron misiles, no se puede tirar un misil… Y también creo que la emoción es lo único que nos puede hacer cambiar lo que no está bien y que, cuando nos emocionamos, somos lo más parecido a lo que somos de verdad. La diaria nos hace endurecernos para llevar adelante lo que necesitamos, lo que queremos, pero al mismo tiempo nos va alejando cada vez más de lo que éramos cuando éramos chicos. Entonces me gusta apuntar ahí, porque contribuyo a que vuelva el sentido común; creo que estamos perdidos porque los límites se tornaron muy difusos y ya no se sabe qué está bien y qué está mal, vale todo, con tal de no tomar posición. Y es tan amplia la vida que así no nos vamos a encontrar, eso es lo que pienso.

¿Notaste alguna diferencia a la salida de El equilibrista entre el público femenino y el público masculino en la recepción del espectáculo?

 —La mayoría del público es femenino y lo que noto es que la mujer viene directamente a decirme lo que le pasó y el hombre se justifica diciendo: “Mirá, yo nunca hice esto, pero a vos te quiero decir…”, como si fuera una excepción todo. Es como que necesitan una excusa. Y la mujer viene directo a decírtelo claramente, porque advierte que le hace bien y lo quiere compartir; y a mí me parece bárbaro, porque me hace bien a mí tener esas devoluciones todas las semanas, tengo un sobre donde anoto las frases que me dicen porque son inolvidables.

Contame, si querés, cómo impactó la paternidad en tu vida y cómo hacés equilibrio entre el trabajo, que te debe insumir mucho tiempo, y la vida familiar.

—Cuando estoy, porque viajo mucho, soy lo más padre que puedo y lo más pareja que puedo, estoy a disposición. Hoy que estoy acá, por ejemplo, ahora voy a buscar a mi hijo a la escuela, lo llevo a inglés, después volvemos a casa, cenamos juntos, hago todo el periplo. Me las arreglo para estar lo máximo posible. A la mañana me levanto temprano nada más que para estar en el desayuno y compartir, porque si no es otro momento que pierdo.

Hay un cuentito que siempre cuento de mi hijo: desde que nació, a la noche tengo función. Son quince años de corrido: los nueve y medio de Toc Toc, los seis de El equilibrista. Entonces, cuando se fue a hacer su primera pijamada, creo que tenía cinco años, a la tarde vio que el papá del amiguito estaba en la casa (esto me lo contó el papá después) y escuchó que le preguntó a su amigo: “León, ¿tu papá no tiene funchón?”, porque él creía que todos los padres a las seis de la tarde tenían función. Y desde ahí nos quedó “funchón” y esté donde esté siempre tengo un mensaje: “¡Buena funchón!”.

—Tu familia te acompaña. 

—Hay una cosa que está buena y es que ellos, los dos, me entienden, y entienden que esto es lo que a mí me gusta, lo que yo hago. Han venido conmigo a vivir la función, la previa de la función, el post función, el aplauso, la cena posterior, los viajes y sienten que está bueno que lo haga yo porque a mí me gusta, pero no es algo que eligen hacer cotidianamente. Por eso, cuando me toca ir de gira son ellos los que me dicen: “Te acompañamos” o “No te acompañamos”.

¿Qué les dirías a los lectores de Sophia para que vayan a ver tus obras?

—Les diría que es una obra que estoy seguro que les va a llegar al corazón y que, si no, me esperen en el hall que les devuelvo el dinero de las entradas.

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