14 de agosto de 2025
Muchos la siguen desde hace más de diez años en las columnas de Sophia y en las del diario La Nación, o compran sus libros, porque entre sus textos encuentran un faro, una guía. Donde hay un tema de crianza que inquieta a padres, madres, abuelos o educadores, el nombre de Maritchu Seitún es puerto seguro: licenciada en Psicología, terapeuta de niños y adolescentes y orientadora de familias, es una de las voces argentinas más respetadas en cuestiones de crianza. Autora activa y, sobre todo, alerta, su publicación más reciente, Criar con empatía en la adolescencia (Grijalbo, 2025), llega en tiempos en que el cuidado y la educación de los adolescentes es una papa caliente en manos de los adultos.
Pantallas, bullying, apuestas, consumos problemáticos, trastornos de la conducta alimentaria, ansiedad, depresión e incluso suicidio juvenil atraviesan hoy la vida de muchas personas. Y allí está Maritchu Seitún (70) con sus radares encendidos, la palabra siempre concreta, el sentido común y la solidez de la experiencia: es mamá de tres hijos y abuela de diez nietos de entre 5 y 16 años.
–Después de 40 años acompañando a niños, adolescentes y familias, ¿cuál dirías que es hoy es “el gran tema” de la crianza?
–En otra época hubiera dicho “los límites”, pero hoy digo que es el fortalecimiento de las personas, de los chicos. Estoy viendo chicos con muy pocos recursos para desenvolverse en la vida, y si bien tiene que ver con los límites, no es lo único. No saben esperar, no saben esforzarse, no saben frustrarse. Los papás no los acompañan en el dolor, porque están muy contaminados de una sociedad de todo yo y todo ya. Hoy es lo que más pesa en la consulta: acompañar a los papás a acompañar a sus hijos en todo eso.
–¿De qué son el emergente estos chicos sin recursos emocionales?
–Para mí son el emergente de un grupo de papás que a su vez fueron hijos de padres permisivos y de otro grupo de papás que compra la idea que venden las redes y la sociedad de consumo, de que la felicidad pasa por por tener y no por ser. Nos llenan la cabeza subliminalmente. Nuestros padres no hicieron las cosas bien porque eran mejores papás, sino porque no estaban contaminados, hacían lo mismo que habían hecho sus papás y listo. Hoy los adultos se hacen tantas preguntas que al final se dejan llevar por los mensajes de “gastá, gastá, gastá”, “consumí, consumí, consumí”.
–En el libro hablás de la importancia de que padres y madres estemos disponibles para nuestros hijos. ¿Por qué insistís en esa idea?
–Este tiempo está marcado por el puro placer y el todo ya. Trabajamos más horas, estamos con el teléfono todo el tiempo en la mano, siempre calmando nuestras ansiedades con un solitario o con un jueguito, o tratando de tener menos mensajes de WhatsApp pendientes sin contestar. Hoy en casa siempre hay una urgencia, una emergencia, algo más importante que atender. No estamos tan disponibles, y esto a los chicos les hace sentir “No me quiere”, “No le intereso”, “No le importo”. Es grave no estar disponibles. No estoy diciendo que hay que estar disponibles todo el tiempo, sino que hay que tener ratos de disponibilidad para los hijos.

–El desafío de estar atentos, “en vigilia”, como decís.
–La vigilia está buena porque te permite estar ahí, atento, mirando: “Y… le veo la cara, lo veo tristón”, “La veo preocupada…”, “La veo entusiasmada”. Me parece que está bueno mirarlos un poco más, en esa vigilia atenta que no es vigilancia, porque vigilancia me suena a desconfianza. Vigilia consiste en que, como es tu hijo, tu hija y te importa, te fijás a ver si te parece que necesita algo y no te lo está pidiendo. Por eso es importante estar disponibles. Hay que poder decir “Te escucho”, aunque nos venga pésimo el momento que eligieron para hablar o contarnos algo.
–Para darnos cuenta de si estamos o no estamos disponibles con nuestros hijos, también tenemos que estar atentos a nosotros mismos como adultos.
–Si vos tenés la cabeza teñida de crianza respetuosa malentendida y alguien te dice que apenas tu hijo llora, te tenés que ocupar, que lo que te pide se lo tenés que dar, que tenés que estar ahí siempre, siempre, siempre, que nunca sufra, finalmente vos terminás descuidándote y dejás de poder cuidarlo, porque uno tiene que tener energía para poder cuidar. Hoy veo a los papás agobiados, superados, agotados, exhaustos. ¿Cómo hacés para cuidar en ese estado? Tenés que tener tu rato de ir a hacer gimnasia, de hacer cosas que te hagan bien para poder seguir cuidando. Somos como la gallina de los huevos de oro que tenemos que cuidarnos para poder seguir cuidando. Eso será así por muchos años, entonces tenemos que estar bien alimentados, bien dormidos, de buen humor, y ojalá que bien en pareja.
–Hay un límite muy fino entre querer darlo todo como padres y, a la vez, no quedar agotados entre sus agendas y las nuestras.
–Ahí es donde yo digo que la sociedad nos lava el cerebro y nos convence de que para nuestros hijos todo, y que si no les damos todo se van a enojar con nosotros y no nos van a querer, y eso es tremendo. A nuestros papás no les temblaba el pulso si nos tenían que decir que no, y enojate nomás. Obvio que hay que lograr un término medio. Cuando yo me cuido, también le enseño a mi hijo a cuidarse, a no entregarse de más, a no decir demasiadas veces que sí, a saber proteger su propia persona. Eso también lo aprenden de nosotros.
–Una de las cosas que nuestra comunidad en Instagram quiso preguntarte fue qué hacemos con el enojo de nuestros hijos.
–Lo primero que tenemos que hacer es trabajar nuestra autoestima para que el enojo de nuestros hijos no nos dañe, porque que los hijos se enojen es inherente a ser papá y a ser mamá. Andá a bañarte, vení a comer, no te levantes de la mesa, estudiá, entrá, salí, abrigate. ¿Cómo no se van a enojar? Se enojan 500 veces por día. Por eso, además de tener la autoestima alta, necesito no ofenderme, no desilusionarme, no tomármelo personal. Si mi hijo no quiere dejar la PlayStation, entonces me tengo que parar, lo tengo que ayudar a apagarla y se va a enojar, y está bien que se enoje, y está bien que yo se la apague, porque ya estuvo el tiempo suficiente y ahora tiene que hacer otra cosa. Enojarse lo va a fortalecer y va a aprender que no todas las cosas son como uno quiere. Para mí, la mejor ecuación es que los hijos se enojen un montón y los papás se enojen un poquito. Yo digo mucho una frase y la gente se ríe: “Comprendo, comprendo, comprendo. Pero marche preso”. Como comprendo, no me enojo. Entiendo tu fastidio, pero te tenés que bañar.
–¿Ayuda entender que hasta después de la adolescencia hay cuestiones orgánicas que aún se están desarrollando?
–Sí, en la adolescencia pasan muchas cosas. Primero, cada vez integran mejor su cerebro y cada vez se dan más cuenta de que están en manos de sus papás y tienen que hacer caso y eso les da mucha rabia. Y por otro lado, nos tienen que desidealizar para saber quiénes son ellos, necesitan vernos los defectos y criticarnos todo el tiempo. Hay que ser muy sólido para acompañar adolescentes, porque además hoy no tienen pelos en la lengua, lo que te quieren decir te lo dicen.
–Hay que comprenderlos hasta cuando nos piden dejarlos en la esquina y no acompañarlos hasta la puerta del colegio porque les damos vergüenza.
–Claro, yo me puedo ofender. También puedo decir obvio, tiene 14, se muere de vergüenza de que su mamita le dé un beso en la puerta del colegio. Entonces le doy el beso en la puerta de la casa y chau. Nosotros pasamos por ahí también y nos acordamos que mamá o papá nos daban vergüenza. Si nos piden no reírnos fuerte delante de sus amigas –y recuerdo que eso a mí me daba vergüenza ajena y a mi mamá no le importaba, e igual se reía fuerte y yo lo pasé mal– entonces no me río fuerte y chau, ¡es un ratito!
–Vivimos en un mundo de consumo en exceso de todo tipo, desde contenidos hasta compras online.
–Sí, y es una enorme responsabilidad enseñarles a distinguir lo que vale de lo que no vale, las piedras de colores de los diamantes. Y es una tarea dificilísima, porque los primeros adictos somos los grandes. Los primeros adictos a Shein somos nosotros. Cada vez escucho a más mamás que me dicen “Mi hija tiene 43 cosas en la lista de Shein y yo no se las quiero comprar”, pero la primera que compró en Shein es la mamá. Entonces es re complicado. De manera subliminal te están diciendo “lo necesitás, lo necesitás”. Con la ludopatía pasa igual. El problema es que uno se defiende del que ataca de frente, pero del que te ataca por abajo de la puerta no te podés defender tan fácilmente. Entonces, papá y mamá tienen que entender bien estos mecanismos subliminales y después explicárselos a sus hijos con santa paciencia.
–¿Cómo hacemos para protegerlos del mundo real y digital y a la vez evitar que crezcan en una caja de cristal?
–Tenemos que ir enfriando las prestaciones de la incubadora. Cuando sos chiquitito te cuido y te protejo un montón. Y después te voy acompañando en las cosas que pasan. Otra vez: necesitamos chicos muy fuertes para resistir y saber que son valiosos aunque no tengan tal cartuchera o no los hayan invitado a la pijamada, que además sale en Instagram con los detalles de lo que hicieron o la película que vieron, y los que se quedaron afuera están envenenados porque no fueron invitados. Entonces los chicos necesitan más recursos para enfrentar ese tipo de cosas, recursos que tienen que ver con el ser, no con el hacer o el tener.
–¿Tenemos que perderle el miedo al no?
–Sí, es así. El no fortalece, es el primer organizador. El bebé conoce el no antes que el sí.
–¿Qué destacarías como cosas muy buenas de esta generación de padres y cosas muy buenas de esta generación de niños y adolescentes?
–Lo bueno de los chicos es que hablan sin filtro y dicen cosas que nosotros jamás nos hubiéramos animado a decir, también exigen cosas que no nos hubiéramos animado a exigir. Y eso está buenísimo, pero implica que papá y mamá tengan mucha fortaleza interna, porque no es lo mismo decirle que no a un chico que te diga “ok”, a que te diga “¡Ni pienso, hago lo que quiero, vos no me mandás!”. Los papás tienen de buenísimo que descubrieron la capacitación emocional, el valor del vínculo seguro. Son todas cosas fabulosas que hoy los papás sabemos, pero antes era más fácil decir que no. Te pongo un ejemplo: si yo me quería comprar unos zapatos de tacos muy altos y a mamá le parecía que no eran para mi edad, me decía “No son para vos, no tenés edad, el año que viene hablamos”. Hoy decimos “Me da pena, la amiga los tiene”, etcétera. Nos ponemos tanto en el lugar de nuestros hijos que es más difícil decir que no.
–¿Cuál sería una respuesta posible de la mamá a su hija en ese caso?
–“Sí, claro, cómo no te van a gustar. Y encima tu mejor amiga los tiene y qué rabia te da eso, pero a mí me parece que no estás lista para caminar con esos tacos y enojate todo lo que quieras, pero no te lo voy a comprar”. Ese es el paso que hay que dar. Los papás y mamás de hoy llegaron a la empatía, que es fabulosa, pero no llegaron a decir que no cuidando.
–Otra pregunta de nuestra comunidad en IG es qué hacer cuando el grupo de padres es más adolescente que los propios adolescentes.
–Cuando los papás me preguntan por los colegios para mandar a sus hijos, les digo que se paren en la puerta del secundario y vean el producto terminado. No solo al adolescente de 17, sino también a los otros papás. Uno se mete en una comunidad cuando elige un colegio y a veces se equivoca de comunidad. Los papás hoy también están muy “lo que yo quiero”, en posición de joven eterno. Los adolescentes tienen que romper límites, asumir riesgos y diferenciarse. Si papá y mamá son adolescentes, para diferenciarme voy a tener que ser más que ellos, y eso significa que se van a poner en riesgo. Ese es un gran motivo para que los adultos sean adultos.

–Hay situaciones del presente de las que hablás en tu libro, como la adicción a las redes, la sexualización temprana, el acceso a la pornografía, los trastornos de alimentación, que quizás en algún momento nos toque vivir con nuestros hijos. ¿Cómo nos preparamos para ello?
–Prepararnos implica entender cómo se meten esas cosas en las vidas de nuestros hijos. En tu vida y en mi vida se metían muy poquitas cosas, hoy se meten por montones de resquicios. Entonces los papás tienen que formar a sus hijos como nunca antes en los temas de sexualidad o del valor de tolerar lo que me pasa sin buscar una solución rápida. Hay que hablar de estas cosas con los chicos para que sepan lo que pensamos. Hoy, si papá y mamá no formamos a nuestros hijos, la sociedad, sin que nos demos cuenta, los de-forma. Si yo, como mamá o papá, cuando quiero hablar mi hijo me dice “no sabés”, “no tenés idea”, “sos una antigua”, “ahora es distinto”, quiere decir que llegué tarde. Creo que los papás tienen que ocuparse de formar a sus hijos para que por lo menos tengan la alternativa de decir “Esto aprendí en mi casa, esto me están vendiendo, ¿yo qué elijo hacer?”. Si no, solamente la opción es la que le están vendiendo desde afuera.
–La adolescencia es una etapa de mucha vulnerabilidad. ¿Cuándo empezamos a formar un adolescente?
–Tenemos que formar a los niños de escolaridad primaria para que lleguen un poquitín más preparados para la adolescencia. Hay que empezar con los chicos más chiquitos armando equipo con otras familias y con el colegio, porque estamos todo el tiempo diciendo “tu maestra no tiene idea, qué divague lo que dice el colegio”. Necesitamos autoridad, el colegio es el socio que nos podría ayudar un montón en la formación de nuestros hijos.
–¿Cuál es la disposición con la que es conveniente acercarse al colegio?
–Hay que ir a ofrecer ayuda y nuestra opinión. Hay que ir a sumar. No a quejarse, no a criticar.
–Vos hablás del concepto de buen amor de los padres para con los hijos, ¿qué es?
–Viene de la teoría del apego. El buen amor tiene que ver con que los papás cuidan y los hijos son cuidados. El amor de los papás es incondicional, generoso. Los papás están dispuestos a sacrificarse por sus hijos porque los quieren… Esa capacidad del amor adulto, maduro, que puede tener en cuenta al otro, tiene que ser del adulto. Los chicos no tienen esa capacidad y si yo no ejerzo ese buen amor, los chicos lo van a ir a buscar a otro lado.Y lo van a buscar en otro que es su par y que es tan tan egoísta y tan egocéntrico como él. O en una red que quiere sacarle plata o hacerle consumir algo. Así que es muy importante ofrecer ese buen amor y que sigamos siendo brújula y faro, para que no necesiten desesperadamente ir a buscar a otro lado porque se sienten solos y no bienamados. Porque por más que nos digan “Callate, no sabés”, igual nos siguen mirando.
Si te interesa profundizar en esta tema, Maritchu brindará el 10 y 17 de septiembre de 2025 un taller en dos encuentros, con formato presencial y virtual, titulado Ser abuelos en tiempos desafiantes. En esta nueva propuesta de Sophia, te invitamos a nuestra redacción para reflexionar, compartir y crecer en el abuelazgo desde el amor y la consciencia. Hacé click en este enlace para más información.
¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
Mientras madres y padres nos perdemos en las exigencias de la vida cotidiana, estas son las pequeñas cosas que nos llevan a recuperar la calma y la presencia.
En una etapa tan compleja, y aunque cueste, los chicos necesitan pautas precisas, escucha amorosa y adultos que puedan acompañarlos.
En tiempos donde la adolescencia se ha vuelto desafiante, la psicóloga Patricia Faur propone estar presentes sin invadir, escuchar sin juzgar y ser ese lugar seguro al que siempre quieran volver.
Necesitás registrarte para disfrutar contenidos en audio
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
Muy bueno y como siempre acertado… Estaba viendo la Película de la vida entre Argentina y Holanda: „MAXIMA“ y sentí lo que debe haber sentido ella con su padre …….. cuál hubiera sido el camino que su padre debia haber tomado en aquellos años y en esa situación triste con para esa hija?.
Me gusta recibir Sophia por lo buena y muy especial que esta revista es,
Josefina