Marina Charpentier: «El verdadero despertar es reconocer que uno solo no puede» - Sophia Online

Compromiso

Marina Charpentier: «El verdadero despertar es reconocer que uno solo no puede»

Fotos: Clara Gabrielli

En esta charla, la mamá de Chano, líder de Tan Biónica, comparte una historia de lucha contra las adicciones y la decisión de ayudar a otros en temas de salud mental.

POR María Eugenia Sidoti

Fotos: Clara Gabrielli

Es jueves. Y, como todos los jueves, Marina Charpentier —la mamá de Santiago “Chano” Charpentier, músico y líder de la banda Tan Biónica— tiene grupo. Un espacio donde recibe, escucha, acompaña y guía a madres y padres de hijos que se encuentran en situación de consumo como la que “Chano”, su propio hijo, atravesó durante décadas. Fe y esperanza se llama ese lugar en el que la presencia manda y se habla de todo, en especial de lo que duele, incomoda, da culpa y vergüenza. Cosas que, al cobijo de quienes comparten la misma experiencia, brindan sostén y quedan a resguardo. 

Cerca de ochenta personas se juntan en estos encuentros de los jueves. Las madres son mayoría. Mujeres que vieron a sus hijos cambiar de amigos, de conductas, de hábitos y más tarde descubrieron la razón que había detrás: drogas. “Estoy sumamente preocupada por lo que está pasando con los jóvenes”, dice Marina, activa a la hora de impulsar la modificación de la Ley de Salud Mental vigente, que requiere nuevas formas de enfocar y tratar trastornos como las adicciones, pero que aún aguarda definiciones en el Congreso de la Nación. 

La charla transcurre en su casa, un espacio que habla de su necesidad de ponerse manos a la obra para que la luz pueda entrar. Como el ventanal que diseñó y que da al patio, donde están esas plantas que tanto cuida y en el que cuelgan, también, las coloridas obras que creó uniendo y pegando pequeños fragmentos de coloridos mosaicos. Un arte que conoce bien: ella misma tuvo que juntar sus propios pedazos muchas veces.

Madre de Santiago, Gonzalo y Samanta, conoció el infierno junto a Chano, su hijo mayor. Todo comenzó, recuerda, como empieza siempre: restos de marihuana en los cajones, en los bolsillos de la ropa. Primero una vez, luego otra. Todas las respuestas, aun con sus matices, dice que se parecen. “Eso no es mío”. “Fue solo una vez”. “No va a volver a pasar”.

Cuando supo por fin que su hijo consumía, el viaje de descenso recién había comenzado. La travesía incluyó internaciones, salidas, nuevas internaciones, momentos de oscuridad, de frustración, de distancia. “Yo ya no duermo en paz”, expresó en medio de aquella pesadilla que duró años. Hasta que, en 2021, Chano quedó al borde de la muerte: luego de una crisis de consumo, y frente a un sistema de salud que no respondió, recibió el disparo de un policía y pasó varios días internado, en coma. “Y ni siquiera esa fue la última tormenta”, reconoce su mamá. Hizo falta, todavía, otra internación. 

A dos años de enviudar de su segundo marido tras una larga enfermedad, Marina reconoce que ese gran dolor coincidió, paradójicamente, con el inicio de una etapa luminosa: su hijo tomó la decisión de estar “limpio”, de no consumir más. Eso ocurrió en medio de su noche oscura, el momento en el que sintió que ya no tenía fuerzas y le pidió ayuda a la Virgen de Luján. “Le dije que no podía sola y le entregué a mi hijo. Ella lo salvó”, dice emocionada. 

—Antes de ser mamá estudiaste Trabajo Social, ¿sentís que hubo un llamado que te preparó para lo que estaba por venir?

—Siempre hubo en mí una necesidad de servicio. Sin embargo, cuando decidí especializarme en adicciones en aquel momento no supe por qué. Más tarde la vida me llevó por ahí, y hoy miro hacia atrás y entiendo: me estaba preparando. Yo coordino familias de adictos desde antes de que me tocara estar del otro lado del mostrador. A través de mis propias equivocaciones aprendí mucho y toda esa experiencia es la que busco compartir.

—¿Qué pasó cuando te tocó pedir que te ayuden?

—Por mi trabajo sé lo difícil que es pedir ayuda, pero yo la pedí inmediatamente porque enseguida me di cuenta de que había un problema en casa. Claro que, como madre, todo lo que había aprendido profesionalmente no me servía: estaba tan frágil y mareada como cualquiera. Por eso siempre comparto lo mucho que me ayudó Al-Anon, que son grupos anónimos y gratuitos para familiares de adictos. Es un programa espiritual que te transforma. Los doce pasos son una herramienta maravillosa para conocerte, aprender qué es la adicción y también sobre la codependencia, que es la enfermedad de la familia.

—¿Cómo son los encuentros en el grupo que coordinás?

—Impresiona la cantidad de gente que entra, nunca hay menos de cincuenta personas. Lo coordino junto a dos psicólogas y quienes vienen dicen siempre: “A mí el grupo me rescató”. Porque encontrarse con otros que están pasando por lo mismo ya es de por sí sanador. Y es fabulosa la energía de tantas mamás: de lucha, de perseverancia, de amor incondicional. La energía femenina es muy poderosa y tenemos que ponerla en acción, las mujeres somos muy valientes.   

—Sabemos que nadie se salva solo. ¿En la adicción esto se ve más claro todavía?

—En esta enfermedad el grupo es fundamental. Si bien hasta que el adicto no se reconoce él mismo como tal no puede abrirse a otros para pedir ayuda, una vez que lo hace la comunidad se vuelve clave, porque el grupo es un espejo: alguien ya estuvo en tu lugar y te va a transmitir su experiencia. Entonces vas a resonar con eso, le vas a dar un sentido y vas a ir perdiendo la vergüenza de ser adicto o de tener un familiar adicto. 

—¿Sentís que sigue existiendo estigmatización o eso está cambiando?

—Para mí no está cambiando, la estigmatización continúa. La gente sigue sin entender que la adicción es una enfermedad y no un tema de voluntad. Incluso hay padres que llegan al grupo y no pueden decir “mi hijo está enfermo” o “mi hijo es adicto”. No entienden, creen que no deja porque no quiere. Por eso es tan importante entender que es una patología que te enferma el cerebro, el corazón, todo… Los adictos no hacen daño porque quieren, sino porque están dormidos, anestesiados. 

—Una enfermedad que te quita el alma. 

—Absolutamente. Es como escribió mi hijo en una canción: “Mi alma hizo las valijas y se fue”. El cerebro recibe todo el tiempo un químico que altera sus funciones. Cuando consumís, tu cuerpo deja de fabricar dopamina, que es lo que te produce bienestar, y necesitás que venga de afuera. Al tiempo se dañan las neuronas, el sistema nervioso, la memoria, la capacidad de aprendizaje, se adormecen los sentimientos. Es una pérdida total de la libertad, porque en un momento la droga deja de dar placer y se convierte en una cárcel. Ese proceso no puede detenerse sin internación: además de la psicología deben intervenir la medicina, la farmacología y los grupos o comunidades terapéuticas. 

—¿Qué es lo que pasa en la familia de la persona que consume?

—La familia toda es disfuncional, ya estaba enferma de antes y el adicto es el emergente que viene a decir “acá pasa algo”. Tal vez porque es más sensible, más vulnerable. Como dije alguna vez sobre mi hijo, a los adictos les duele el mundo. Y muchas veces tapamos ese dolor, ese agujero espiritual, con sustancias o con personas, que es la codependencia. 

—Hay otra canción de Chano que dice: “Algo para poder tapar, mi gran agujero espiritual, mis ilusiones rotas”. 

—Tal cual. Muchas veces las madres ahogan a sus hijos con tanto amor y se preguntan por qué les pasó lo que les pasó, si ellas les dieron todo. Y es que no había que darles “todo”. Había que soltarlos y ponerles límites. Si vos le solucionás los problemas, le pagás el choque, las deudas o le conseguís un trabajo, no lo estás ayudando, solo le hacés sentir que no es capaz. Tenemos padres de 80 años que vienen por sus hijos de 40 o 50. Han estado la vida entera con un adicto, tratando de cambiarlo, mirá qué pérdida de tiempo. Por eso el programa te dice que empieces por cambiar vos, para que no le pidas al otro lo que no estás dispuesto a hacer. 

—¿Qué hay que hacer, entonces?

—Tenemos que entender que los hijos no nos pertenecen y que hay que dejar que se caigan. Estando ahí, al costado, para darles una mano que los ayude a levantarse. Pero si no los dejás caer, cuando la vida los enfrente a perder un trabajo, una ilusión o una pareja, no van a tener herramientas para reponerse. Cuando los padres llegan al grupo, les pido que respondan a esta pregunta: “¿Qué tengo que ver yo con tener un familiar adicto?”. Ahí empiezan a mirarse y se dan cuenta de que los sobreprotegen. 

Activa luchadora por la modificación de la Ley de Salud Mental vigente, asegura que hace falta una decisión politica.

—¿Qué significa tener un hijo que consume?

—Que ya no volvés a dormir en paz, ya no vivís. Es una pesadilla y lastima mucho. Hay cosas tremendas: madres que dicen que se acuestan con la billetera en la bombacha para que no se las roben, o que cuentan que sus hijos ataron sábanas para bajar el televisor por la ventana y lo vendieron para comprar droga. Lo importante es llegar al punto de decir basta, aun cuando eso signifique que tu hijo va a ir a vivir a la calle. Muchos chicos recuperados hicieron el clic porque sus padres tomaron decisiones, dijeron basta. El primer paso es poner en palabras lo que duele y, sobre todo, poner reglas claras: acá no se consume, se va al médico, se hace el tratamiento. Hablar y poner límites es la puerta hacia la recuperación. Y también ayudarlos a recuperar el sentido de la vida, la vocación.

—¿Cómo se empieza a marcar ese límite en el día a día?

—Se empieza por no ordenarle el cuarto, por no lavarle la ropa. Si se cree capaz de saber lo que quiere hacer de su vida, que se haga cargo de sus cosas. Si vos le das dinero va a ir a comprar droga. Es hacer que empiece a ver el sufrimiento que está sembrando a su alrededor. Nadie sabe con certeza si va a salir ni cuándo, porque es algo que no depende de nadie más que del adicto, la decisión es solo suya. Aunque también siento que todo está en manos de un poder superior y que el verdadero despertar está en tener la humildad de reconocer que uno solo no puede.

—Por eso vos decidiste encomendarte a la Virgen de Luján. 

—Sí, porque ella es una madre. Después mi hijo también se aferró a ella y ese fue su clic. También tiene que ver con la edad, con el crecimiento, con los aprendizajes. Y con hacer el tratamiento, porque al camino de la recuperación hay que sostenerlo. Desde que empezó a consumir, él estuvo muchos años en recuperación: entraba, se internaba, estaba limpio dos o tres años, salía, recaía. Ahora por fin está bien, gracias a Dios. 

—Sos referente de la lucha por una nueva Ley de Salud Mental. ¿Qué es urgente decir sobre este tema?

—La ley es una decisión política y, para que la haya, tiene que haber presupuesto. Se trata de política y de dinero, no de salud: les importa más quién va a ganar las elecciones el año que viene. En la Argentina, si tenés plata, podés conseguir tratamiento, pero si no no: todo está colapsado y las becas de Sedronar son una broma. Además, los familiares pedimos que el que firme la internación, pero sobre todo la externación, sea un médico psiquiatra. La ley actual iguala al trabajador social, al psicólogo y al psiquiatra y entonces lográs internar a alguien, lo desintoxican tres días y si dice que se quiere ir, la psicóloga puede firmar su salida. Hay que saber que un brote psicótico puede durar un mes o un año, tiempo en el que hay que tratar a esa persona holísticamente. Del otro lado, están los que quieren que cierren hospitales como el Borda o el Moyano, porque creen que siguen funcionando como los manicomios de los años 70, y no es así. Es fundamental que existan esos lugares especializados, porque los enfermos psiquiátricos necesitan espacios y cuidados que otros hospitales no tienen. Por eso las ONGs nos comprometemos con el paciente, con la familia, y acompañamos en la judicialización, la internación, el seguimiento, porque el Estado no los protege.

—Hablemos también de los nuevos consumos de los jóvenes.

—El mayor drama sigue siendo la marihuana y el alcohol, que se han naturalizado y mucha gente queda atrapada. Los chicos empiezan con el alcohol a los 12 o 13 años y muchos jóvenes sufren de psicosis cannábica. Otro gran problema es la adicción a la tecnología y a las apuestas online, que están destruyendo a las familias: los chicos les sacan las tarjetas a los padres, se endeudan y ha llegado a haber suicidios porque no pueden pagar. El tema es que podés aislar a alguien de la cocaína, pero no del celular. El TikTok es una prisión: te necesita sin ganas de hacer nada para mostrarte sus videos, se llama síndrome amotivacional. Devolverles el ocio sin dispositivos es clave: los padres tenemos que tolerar que se aburran. 

—¿Cómo ves hoy a tus hijos?

—Ahora los veo como mamá, como cualquier padre: cenamos o almorzamos juntos, cuido a mi nieto, pero nada más, no estoy encima. Puedo decir que por fin duermo tranquila, porque solté y entendí que las cosas que tengan que pasar van a pasar igual y que yo no controlo a mis hijos. Los veo felices, trabajando, creando, no te puedo explicar la felicidad que me da. Pasaron muchas cosas y siento que se lo merecían, porque son lindas personas, dulces, sensibles, talentosos; todos los chicos de la banda lo son. Chano y Gonzalo tienen una hermandad total: son mejores amigos y compañeros de vida, dan todo el uno por el otro. Han sabido crear juntos una melodía milagrosa. 

—Por último Marina, después de tantos momentos difíciles, ¿cómo estás hoy?

—Estoy aprendiendo. Cuando perdés el rol de esposa, de compañera, de madre, es duro. Ahora tengo que encontrarle una vuelta de rosca a la vida para levantarme contenta. Me apoyo en mis hijos, en mi nieto, en mis amigas. Y en mi propósito, que a esta altura no tengo dudas es el grupo: acompañar a las familias es lo que hoy hago exclusivamente. Vuelvo tarde y cansada, porque se mueven muchas cosas, pero el grupo es mágico: te ayuda a renacer. 

Sus hijos, al final de un show. «Una vez más ella estuvo cuidándonos a todos», publicó Marina en referencia a la Virgen de Luján.

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