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María y Paula Marull: «La gente tiene necesidad de conectar con las emociones»

Las hermanas Marull quedaron en el corazón del público y la crítica por “Lo que el río hace”, la obra que escribieron, dirigieron y protagonizaron el año pasado. Una historia con fondo de pueblo y río, viejos amores, preguntas por el sentido de la vida y el tiempo, tortitas negras, deseos y pasos de chamamé, que vuelve a escena en marzo.

«Lo que el río hace», se llama la obra que volverán a presentar desde el 6 de marzo en el Teatro Astros.

Por Agustina Rabaini

Hay algo del “y volver, volver, volver” de la famosa canción. Hay chamamé, río y carasucias (¡tortitas negras!) y un cariño profundo por el pueblo de Esquina, Corrientes —el lugar que las vio crecer— en la obra de teatro que María y Paula Marull escribieron, protagonizaron y dirigieron en el Teatro Astros, sobre la calle Corrientes. Y que el 6 de marzo regresa a ese mismo escenario. 

En “Lo que el río hace” hay, también, una protagonista que se embarca en un viaje relámpago al pueblo (dejando hijos y trabajo, estresadísima) y en unas pocas horas se reencuentra con su pasado, con un viejo amor y con preguntas que habían quedado anestesiadas, casi negadas. 

Por todo esto, el viaje de Amelia modifica a la protagonista y también nos vemos transformados los espectadores, cautivados por ese ambiente de Fiesta Nacional del Pacú y río, pero sobre todo por un impulso poético nacido de vivencias propias y un rescate de lo bello, lo simple y lo importante. 

Con esta obra, las hermanas Marull recuerdan a su padre —fallecido en 2010— y dejan en el aire preguntas preciosas: “¿Y si esa que fuimos existiera? ¿Si un día se nos presenta? ¿Si de tanto perseguirnos nos alcanza? ¿Qué haríamos con ella? ¿La reconoceríamos? ¿La abrazaríamos? ¿Las palabras que no dijimos existen todavía? Las que no escuchamos, ¿se volverán a pronunciar para nosotros? ¿A dónde se esconde el tiempo?”. 

Flotando en el aire queda, también, la alegría de un par de mellizas embarcadas en crear y compartir días de trabajo como solo pueden hacerlo dos que nacieron juntas, con esa ligazón. A veces hablan en tándem, con anteojos parecidos y una mirada común, aunque las diferencias también se irán revelando, sutilmente, a lo largo de la charla. 

Al comenzar dicen, por ejemplo: “Nosotras nacimos en Rosario, vivimos ahí hasta los veinte, pero nuestros papás se separaron cuando teníamos dos años y papá se fue a vivir a Esquina. Fuimos durante años a visitarlo, nuestros hermanos nacieron allá y tenemos muchos amigos…”. 

“Lo que el río hace” fue muy bien recibida por el público y por la crítica. ¿Cómo viven ustedes el viaje a través de las funciones?

Paula: La obra, gracias a Dios, fue bárbaro, estuvimos haciendo cinco funciones por semana y estuvimos mucho ahí. Es un privilegio poder estar tanto tiempo conectadas con una ficción que tiene que ver con nuestro mundo interior, con lugares donde estuvimos, con nuestro padre y con el río. Empezamos en una sala más pequeña —la Sala Cunill del San Martín— y pasamos al Astros, con una capacidad para 500 personas. Yo siento que recibo mucho más de lo que doy: en el momento del aplauso, el público está conmovido y a veces nos hacen algún gesto de la obra o nos cuentan cosas. La otra vez nos reíamos porque una chica al pasar nos dijo “Ay, yo vi la obra y me encantó, mi papá también se fundió, un beso, chau” (se ríe). Cada uno recorta algo, le llega en un lugar diferente. 

Suena un chamamé de Tarragó Ros, los personajes se reflejan unos a otros en una canoa sobre el río y la emoción se libera, pero además hay algo artesanal puesto en juego, una apuesta por la economía de recursos.… 

María: Sí, en general las obras nacen de preguntas que nos hacemos con Paula y de las imágenes que vienen de nuestra infancia. El teatro es el mundo donde nos gusta estar, nos reímos, nos apasionamos y buceamos en cosas de nuestro pasado. En esta obra, en particular, pasan cosas. Una vez, por ejemplo, sabíamos que venía un amigo de nuestro papá. En un momento, me estaban maquillando y me emocionó pensar que a todo esto, de algún modo, nos lo dejó nuestro papá.  

Hay cosas que uno sabe o va sabiendo en el momento, y otras que recién comprende después. Pero además, en este personaje de Amelia, hay algo muy actual porque es una mujer de ciudad que hace muchas cosas a la vez, que trabaja y tiene hijos y se ha ido desconectando de su origen…

María: Suele pasar que en los materiales que abordamos hay cosas que necesitamos comprender. Acá hay algo en relación al tiempo, porque ¿cómo hacemos para hacer todo cada día; para ocuparnos de la maternidad, el trabajo y lo demás? Esta sensación de que el tiempo se nos va entre los dedos y cómo aprovecharlo mejor, de no estar todo el tiempo corriendo detrás de cosas. Cuando empieza la obra, el personaje tiene mucho de nuestro presente, esa sensación de abrir los ojos y ver que en el celular tenés treinta cosas que entregar, cosas que te olvidaste de mandar, el supermercado que te pide una clave, el consorcio. A veces son cosas simples, pero arman un nivel de alienación y exigencia enormes. 

Paula: Hay algo que le pasa al personaje y es que dejó de mirarse, como si en un momento hubiera querido ser de determinada manera y encajar en un molde: vivir en determinado lugar, tener una pareja… Y aunque el personaje tiene mucho que ver con nosotras, hay que aclarar que construimos una curva bien de ficción. Hay un hotel en Esquina que el personaje empieza rechazando, y para nosotras es como nuestra casa. Amelia tuvo que alejarse de su naturaleza y, al volver al pueblo, ahora tiene la oportunidad de recuperarlo, de ver ciertas cosas desde una mirada más amorosa. Entonces se reencuentra con la naturaleza, pero sobre todo con su propia naturaleza.

Las hermanas Paula y María Marull, unidas desde siempre por esa ligazón única de quienes nacieron juntas.

En sus obras hay una marca poética y conexión con lo sutil, el oxígeno de la poesía.   

María: Sí, hilvanándolo con esto de la alienación, es como cuando te ponés a leer un buen libro y hay una ventana que se abre y decís: “Ah… yo podría estar acá”. Hay algo así con lo poético, con la música y el teatro. La poesía está más cerca de lo que uno cree, si la puede tomar. No hay que tenerla en un lugar inalcanzable sino vivir con una mirada poética, tratar de mirar lo simple, cómo está el cielo, hacer un poco de espacio y tener un poquito de esa disposición cada día. 

Paula: Para mí la poesía es ese lugar al que podés ir sin moverte y vivir de otra manera, sentir otras cosas, una máscara de oxígeno que podés ponerte cuando todo está lleno de agua; es un libro, una manera de mirar, es conectarte con una canción… Me parece que está bueno entrenar esta posibilidad de ver poesía en lo cotidiano y elegir qué mirar. Con esta obra nos damos cuenta de que la gente tiene una gran necesidad de conectar con otras cosas, con las emociones y lo artesanal, con lo que se puede hacer con las manos y el corazón.

María: Hay algo que me parece muy hermoso, un descubrimiento: no hay que subestimar al espectador. En este caso, esta obra que es tan pequeña y cotidiana, de sensaciones artesanales y de cosas chiquitas, el público la ha aceptado y no solo eso sino que la celebra, se llenan las funciones sin ninguna fórmula comercial ni parafernalia de publicidad ni de nada. 

 

Las mellizas junto a su papá, en quien se inspiraron para contar una historia llena de amor y poesía.

¿Siguen jugando a lo mismo que cuando eran chicas? Y de chicas, ¿que querían ser?

Paula: ¡Cantantes, como Los Parchís! María era Yolanda y yo, Gemma. Queríamos ser cantantes famosas, ¡cantar para mucha gente! Parchís, Cantaniño, armábamos situaciones y a veces pienso que la vida se parece a armar ese juego, ahora armemos la panadería, ahora una casa… En esa época no había disfraces como ahora y jugábamos con lo que teníamos a mano. Para nosotras, el teatro tiene mucho de eso y mientras se pueda contar con menos, es más valioso. Esa es la gracia del teatro: lo que se pueda simplificar, lo simplificamos.

María: Esa es una decisión y nos gustan los detalles… Me acuerdo de una profesora de yoga que me decía que “ahí donde ponés la atención, las cosas crecen”. Encontrar detalles y cuidarlos, hacerlos crecer, es lindo eso. En “Lo que el río hace”, la copa del final de la Fiesta del Pacú es un trofeo real, está la servilleta con forma de cisne, hay una remera… ¡Todo lo que pasa en las ciudades más chicas, que es tan lindo!  

Me interesó que rescataran una frase de Mauricio Kartún: “Uno es el poeta que puede y no el que quiere…”.

María: Sí, esa frase nos la dijo una vez Kartún y nos quedó. Creo que tiene que ver con lo genuino y con no estar mirando por ahí. Hay obras que nos encantan, pero nuestra poética es otra, diferente; hay que poder ser fiel al propio universo. En el proceso de escribir, que uno por ahí está lleno de inseguridades y no encuentra su voz, es muy aliviador o reconfortante poder decir “yo soy esto” y buscar la mejor versión de esa poética y universo. Lo que uno puede ser, eso es, no hay otra cosa, 

Paula: Buscar la propia voz, ¿para qué vivir como otros, si ya están ellos? Las necesidades artísticas o expresivas son personales y hasta egoístas; es uno el que necesita ese espacio. Entonces, si uno lo hace desde su lugar, más sentido tiene y el resultado es mejor. Vivimos tan cargados de mandatos y exigencias que es fácil desdibujarse con esto de que “todos tenemos que ser de una manera”. 

María: Como cuando te dicen que tenés que estudiar algo para que te vaya mejor, y no sé si existen esas fórmulas, ¡hacé lo que te gusta! En este momento en el que hay tantas estadísticas y especulaciones y para que una obra “funcione” tenés que tocar tal tema o contratar a tal actor, o la obra tiene que durar una cantidad de tiempo, para mí eso es empezar por el final en vez de por el principio. 

Las hermanas aparecen en escena, en esta obra que escribieron, dirigen y también actúan.

La pregunta del “qué hubiera pasado si”, también aparece. Cuando miran para atrás, ¿hay algo ahí que haya quedado pendiente?

Paula: Sí, eso es parte de la obra, también. A lo largo de la vida uno va cambiando y el personaje de Amelia vuelve a ese lugar donde el camino se bifurcó. En todas las vidas han quedado cosas inconclusas y me interesa cómo vamos recordando o editando nuestros recuerdos. A medida que nos alejamos, ya no sabemos si fueron así o cómo las habrán vivido los otros. 

María: En la obra queda flotando esto de qué hubiera pasado con ese amor de la juventud, si Amelia se hubiera quedado en el pueblo, y creo que hay algo que pasa y es que uno vive bastante en el plano imaginario. A veces en el plano del recuerdo, y otras veces en el de la imaginación. Muchas veces yo misma me encuentro diciendo: “¡Mirá si hubiera seguido tal camino!”. Uno es un collage de recuerdos, de fantasías e invención, y hay capas que está bueno habitar, nombrar o sentir.  

Nos armamos relatos, el tiempo cobra otra espesura…

Paula: Sí, las otras realidades. A mí me pasa con los lugares. Nosotras, por ejemplo, volvemos siempre a Rosario y a Esquina, y yo siento que hay una Paula que siguió viviendo allá y cuando voy, a veces encarno ese personaje, como si uno tuviera diferentes personalidades y volviera, y como si los que ya no están siguieran estando de algún modo, porque uno los siente, los recuerda, habla con ellos.

Hay algo de honrar a los padres y a los abuelos cuando pasan los años y ya no están, y también de hacer algo más que quedarnos en la nostalgia, ¿no?

Paula: ¡Sí! Yo a mi abuela siento que por ahí la escucho y está conmigo en las cosas cotidianas, de todos los días, como cada vez que prendo el horno o caliento el pan. 

María: Cuando tenés hijos, a veces no hay tiempo para reflexionar, porque tenés que levantarte y llevarlos al colegio y hacer, hacer y hacer. Pero hay algo de la nostalgia que se pone muy vital, también. Nuestra abuela fue muy importante para nosotras y lo que valorás con los años es el tiempo. ¿Cuántas veces nos tomamos el tiempo para hacer scones como los que hacía ella? Ahora a veces me propongo darles ese tiempo a los chicos.  

¿Hay algo más por delante, un proyecto o algo que quieran compartir?

María: Estamos muy dedicadas a la obra ahora, y tenemos otras obras escritas que esperamos estrenar, y también un proyecto que tiene que ver con la escritura. En este momento tan complicado, lo que nos gustaría recordar es que no se trata solo de ser felices, sino de darnos cuenta. Poder celebrar esta posibilidad que nos da el teatro. Agradecer el encuentro con otros, poder formar parte de este ritual de compartir un mismo techo con todas esas personas que vienen a vernos cada noche. 

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