María Migliore, politóloga: “Estamos perdiendo la vida en común y eso nos hace mal” - Sophia Online

Sociedad

María Migliore, politóloga: “Estamos perdiendo la vida en común y eso nos hace mal”

La referente en políticas de integración reflexiona sobre la necesidad de liderazgos empáticos que inicien procesos colectivos de transformación.

POR Inés Insúa

El llamado para María Migliore es claro: ¿cómo reconstruir la trama social en un país marcado por la desigualdad de origen? Apasionada de la gestión pública y de la política como herramienta de transformación, su búsqueda —como ella misma sostiene— está nutrida por una profunda mirada espiritual y la pregunta constante por el sentido de su tarea.

Lejos de la creación de brechas y de las falsas dicotomías, Migliore propone una visión donde el Estado y el mercado no compitan, sino que se complementan para levantar el piso de oportunidades para todos.

Después de haber ocupado el rol de Ministra de Desarrollo Humano de la Ciudad de Buenos Aires, hoy reparte su tiempo entre el centro Fundar, un organismo dedicado a la investigación y el diseño de políticas públicas sostenibles más justas, y el movimiento político y cultural Popurrí, que busca re-imaginar la política con el objetivo de generar una transformación positiva y duradera.

En esta conversación con Sophia, Migliore cuestiona los sesgos invisibles de las ciudades, defiende el valor de lo colectivo y explica por qué los liderazgos que necesitamos requieren de la incomodidad y de la riqueza que ofrece la diversidad. 

—Para empezar, ¿qué huellas podés reconocer en tu historia para elegir este camino y, sobre todo, sostener la intención de reconstruir lo colectivo?

—Asocio mucho la vocación con el colegio al que fui. Vengo de una familia de clase media y, desde muy chica, pude entrar en contacto con realidades sociales muy distintas a la mía. Ahí se empezó a activar la pregunta de por qué yo tengo un montón de cosas y otros no; una conciencia de una desigualdad estructural de haber nacido en un lugar con muchísimos privilegios. Yo nunca me preocupé por si en mi casa iba a comer, y hoy lo veo con mis hijas: no está en su mundo de posibilidades no comer a la noche o pensar en tener que salir a trabajar a los 13 o 14 años para ayudar en la casa, como le pasa a muchos chicos en los barrios populares. Reconocer esa desigualdad de origen activó la pregunta: ¿cómo se cambia esto? Elegí la política para que podamos vivir en una sociedad un poco más justa, donde todos tengamos la posibilidad de tener nuestro propio proyecto de vida y que eso sea real. Porque suena bien, pero no es la realidad de muchísima gente en la Argentina.

—¿Qué te mantiene desvelada en este presente? 

—Hay algo que a mí me preocupa y me ocupa mucho: cómo reconstruir lo común. Creo que estamos perdiendo la vida compartida, cada vez nos separamos más, nos segregamos más y estamos más solos. Eso nos hace mal. ¿Cómo reconstruir esa trama, esa vida en común, esos espacios de encuentro que nos hacen mejores? Las personas somos únicas, pero somos mejores y nos desplegamos cuando estamos en comunidad, cuando estamos con otros. ¿Cómo recuperar eso? ¿Desde qué instituciones? ¿Qué quiere decir eso para el mundo de hoy? Es uno de los desafíos más grandes y más lindos que tenemos en este tiempo.

—Solemos escucharte hablar de la necesidad de pasar de una política de «contención» a una de «transformación». ¿Cuáles son los pilares de esa agenda? 

—Para mí lo central es la pregunta de cómo quebrar dinámicas de pobreza, cómo hacer que el lugar donde vos nacés sea una oportunidad y no un condicionante. En otras palabras, cómo hacer para que un chico que hoy nace en el Barrio 31 no tenga las mismas posibilidades que su padre, sino que tenga más. Me gustan las políticas que ayudan a romper la reproducción de la desigualdad. La buena política social es la que levanta el piso para arriba, no la que dice «te asisto en la emergencia y solamente te asisto en la emergencia». Te asisto, por supuesto, pero de manera tal que, cuando el Estado termine de intervenir, tengas más herramientas para integrarte en un ciclo de crecimiento. 

—Un gran debate dentro de la política social es el de las transferencias directas de ingresos. ¿Por qué defendés que haya que cumplir con condiciones para recibirlas en salud y en educación? 

—Está bueno que tengan condicionantes, no porque la gente no vaya a cumplir —ya que la evidencia muestra que, siempre que hay herramientas, las familias acompañan—, sino sobre todo porque te permite levantar alertas y trabajar en red. 

Un buen ejemplo es la Asignación Universal por Hijo (AUH). Es un programa de transferencia en el que se le da plata a familias que están en situación de pobreza y tienen hijos menores de 18 años para poder garantizar lo alimentario. Y tiene dos condicionalidades: que vayan a la escuela y que se hagan los controles de salud. La mejor muestra de que la AUH está bien hecha es que es la única política de Estado en materia social en Argentina hace tiempo: tuvo que ver en el diseño de Lilita Carrió, la aprobó Cristina Fernández en 2009, el gobierno de Macri lo continuó y mejoró, Alberto Fernández le agregó la Tarjeta Alimentar y hoy el gobierno de Javier Milei es el único programa social que aumentó en términos reales. 

—Como ministra te tocó gestionar situaciones de emergencia y políticas de mejora estructural. ¿Cómo se equilibra la tensión entre la urgencia del día a día y la transformación a largo plazo? 

—Primero, es esencial  aprender a lidiar con el límite en la gestión pública: las necesidades en Argentina son mucho más grandes de las que el Estado puede abarcar. Hay que aprender a lidiar con el límite, con los procesos, con lo que se puede cambiar en momentos determinados. Creo que al debate público le falta un poco de verdad: en cuatro años de gestión se pueden abordar algunas cosas y otras no. 

Dicho esto, cuando estás en el Estado la emergencia se puede planificar. Para la familia que perdió todo es una emergencia y un día catastrófico; pero nosotros tenemos que poder prever cuántos accidentes vamos a tener para dar una respuesta muchísimo más rápida. La emergencia y la transformación no son contradictorias, son dos maneras de gestionar que van en paralelo. Manejar mejor la emergencia te permite transformar más grande.

María Migliore es politóloga y referente de políticas de integración urbana.

—Me interesa traer la discusión que enfrenta al Estado y al mercado como enemigos. ¿Es una falsa dicotomía? 

—No creo mucho en las antinomias de «Estado o mercado». Es Estado y mercado. Después podemos discutir en qué proporción, de qué manera y en qué temas. Yo quiero que haya más empresas argentinas y que sean más productivas. El Estado puede ayudar a que eso suceda financiando parte, creando líneas de crédito, invirtiendo en la infraestructura y las rutas que las empresas necesitan para sacar sus productos. Yo necesito crear más mercado, y para eso necesito mejores empresas, no menos. Quien puede facilitar y ayudar a desarrollar eso es el Estado.

—Hablando de mercado, ¿cuál es tu visión sobre el futuro del trabajo en relación con los avances tecnológicos?

—Estamos ante un cambio que tiene la magnitud de la Revolución Industrial y el Estado lo está corriendo de atrás. La reforma laboral de Milei me parece mala por muchos motivos, pero uno es porque es vieja: discute con categorías del pasado. Nos tenemos que hacer una pregunta todavía más profunda: ¿el trabajo va a seguir siendo el gran ordenador social como lo fue hasta ahora? Tenemos que pensar la protección social de otra manera y no vinculada a la cantidad de años de empleo formal que tuviste, porque ya nadie trabaja 30 años seguidos en la misma empresa. Hoy la organización de la sociedad está en función del trabajo; si eso cambia de manera vertiginosa, habría que cambiar también todo lo demás.

—¿Cuál creés que es el rol de los gobiernos locales en los procesos de transformación social?

—Creo que son centrales. Cada vez más, las ciudades son el escenario donde pasa nuestra vida cotidiana. Desde que abrís la puerta de tu casa, la calle que recorrés, el colectivo que pasa o no pasa, hasta cuánto tarda el tren, el tráfico en el que te quedaste atascado, si es seguro o no caminar por la noche. Todas esas son decisiones de política urbana y los gobiernos locales son los que pueden crear formas de participación distintas, de involucrar al sector privado de una manera diferente, de poder dar respuestas en el territorio. Una buena política social es, por ejemplo, tener buenas plazas. Si vos generás espacio público de calidad, la gente va a ir y se va a quedar más tiempo en ese espacio, se va a encontrar. Se van a dar oportunidades para reconstruir lo común. Otra buena política social es la que mejora la inseguridad. Creo que hay un montón de cosas de la cotidianidad de nuestra vida que pueden ser mejores a través de los gobiernos locales. 

—Me interesa pensar en las barreras invisibles que hay en las ciudades. En tu gestión hicieron un experimento social sobre el impacto del domicilio a la hora de buscar trabajo. ¿Qué encontraron? 

—Armamos con el BID cuatro perfiles laborales idénticos en calificaciones y solo cambiábamos el domicilio. Lo mandamos a 200 búsquedas reales. Había un 60% más de chances de que te llamaran a una entrevista si tenías un domicilio formal (en el barrio de Recoleta o en cualquier barrio con dirección tradicional). Si decía «manzana 5, calle 4», ni te llamaban; ni llegabas a la entrevista. Ahí ves un sesgo operando fuertísimo. Nos quejamos de que la gente de los barrios populares no quiere trabajar en blanco, pero primero no hay trabajo en blanco y, segundo, no los llaman. Ese hallazgo nos hizo adelantar una decisión que estaba pensada para el final del proceso de urbanización: ponerle nombre a todas las calles. A veces, el primer paso con esas barreras invisibles es detectarlas para poder actuar en consecuencia.

—¿Qué características creés que necesitan los nuevos liderazgos para encarar este tiempo? 

—Siento que falta empatía. En la política encontrás una barrera donde parece que ser empático fuera contrario a ser firme. Parecería, de hecho, que ser firme es gritar fuerte y romper todo, pero la firmeza tiene que ver con poder conmoverte con el dolor del otro, sostener un proceso y tener una línea clara de trabajo.

Lo segundo es que creo mucho en los procesos colectivos. La política todavía se piensa en función de personas individuales: es una persona y, si no, se agota el mundo. Eso está viejo. Las mejores transformaciones se dan cuando muchas energías se complementan. Ya no creo en personas mesiánicas o salvadoras que llegan un día e inventan el mundo diciendo que todo lo anterior no sirvió. El Papa Francisco tenía una frase muy linda, que decía que para la transformación política importa más iniciar procesos que ocupar espacios. Esa es una gran guía: iniciar procesos que tengan una raíz y saber que te van a trascender.

—Para terminar, te quiero hacer una pregunta que sé que vos también te planteás: ¿para qué hacés lo que hacés?

—Para reconstruir lo común. Realmente lo digo. Tengo dos hijas y son mi fuente de inspiración más grande. Me encanta este país, quiero que ellas crezcan acá. Estoy muy agradecida a la Argentina. Yo estoy hoy acá porque creo que es un país fantástico que me dio todas las posibilidades. Por supuesto que tenemos problemas, pero creo que hay que empezar a contarnos otra historia de nosotros, una que sea mucho más agradecida, mucho más valorativa, una que nos permita revalorizar lo bueno que tenemos y sanar también las heridas. Y quiero que ellas crezcan en un país donde puedan encontrarse con gente distinta, donde sean conscientes de una comunidad más grande que las abraza, que las aloja y también que las potencia. Es lo que quiero para ellas y lo quiero para todos. 

1 COMENTARIOS

  1. Gracias Sophia por esta entrevista TAN INSPIRADORA y ESPERANZADORA… que bueno saber que personas como María están en lugares de gobierno aportando una pequeña pero INMENSA gota de compasión, empatía, de anhelo de fraternidad… Adhiero y creo en ese camino… un camino colectivo, más humano, más transformador desde la base… GRACIAS!

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