Sophia - Despliega el Alma

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27 marzo, 2011 | Por

Marcas de la vida


Es posible que haya sido Adán el único que no lo tuvo, dado que su nacimiento fue muy peculiar. Tampoco Eva, se me ocurre, por la misma razón.

Salvo esas dos excepciones, todos los demás humanos han tenido ombligo.

Al ombligo nadie lo toma demasiado en serio. Se habla de los abdominales, de la panza chata o abultada, de todo lo que hay por allí, rodeándolo; pero no de él, pobre.

Sin embargo, esa marca puede ayudarnos a la hora de recordar que somos fruto de una herida que nos dejó una cicatriz, que es el ombligo que supimos conseguir.

Debe de haber sido lindo aquel tiempo amniótico en la panza de nuestra madre. Uno no se acuerda, pero se lo imagina. Aquel flotar tibio, sin siquiera tener la preocupación de ser y sobrevivir; sólo flotar e ir agregando células a lo que luego llamaríamos cuerpo. Lindo era…

Pero después vino el terremoto de pujos y aparecieron la ley de gravedad, la necesidad de oxígeno, el frío y un sinfín de cuestiones que nada tenían que ver con lo previamente vivido. Entre esas cuestiones estaba la despedida con un compañero de ruta que antes sentíamos como parte nuestra: el cordón umbilical. De él, nuestro amigo del alma, sólo nos queda un recuerdo, el ombligo.

El ombligo pareciera decirnos que no es un “error de diseño” el hecho de que, cada tanto, venga un terremoto de vaya a saber qué grado y lo que creíamos que era de una manera pase a ser de otra, con el dolor del caso. Estamos hechos para soportar heridas y desde ellas crecemos, como nos lo recuerda esa cicatriz que sufrimos cuando éramos lo más frágil que supimos ser, pero aun así, sobrevivimos.

Si sobrevivimos antes, cuando éramos tan chiquitos, ahora, con otros recursos, es posible pensar que podremos soportar cualquier pena si nos acordamos de nuestra fortaleza de entonces y la hacemos presente en el hoy.

Hay algunos que son nostálgicos y añoran a rabiar aquel tiempo de Nirvana flotante. Intentan volver a él a través de re-crear aquella tibieza en la que todo les era provisto y su tarea era la de recibir, recibir, y nada más. Lo hacen a través de lo que en el barrio llaman “mirarse todo el tiempo el ombligo” y los del gremio psicológico llaman “narcisismo”. La suya es una manera de evitar el mundo para perdurar en aquel estado de completud, precaria, pero completud al fin. No es que esté mal que deseen lograr aquella paz tan plena; lo que pasa es que equivocan el método y la dirección. Atrasan en vez de adelantar, y van hacia su ombligo (al que creen el centro del mundo) en vez de tenerlo como punto de partida para un recorrido que debe ser hecho con los nuevos compañeros de ruta: los otros, los semejantes.

Ya no será lo mismo verlo, allí, en nuestra panza. Es hora de reconocer sus servicios. Reciba el ombligo, entonces, este justo homenaje, agradecidos como estamos por lo que nos recuerda de nuestras propias fuerzas, sobre todo, cuando la vida nos hiere y nos hace nacer a realidades inesperadas. 

ETIQUETAS superación

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