Sophia - Despliega el Alma

Punto de Vista

31 octubre, 2009 | Por

Mar adentro

Como desde el primer número, seguimos inspirándonos en esas mujeres conectadas con su espiritualidad que encarnan los valores que nos importan. Como un pescador que se interna mar adentro, así también recogimos en nuestras redes a mujeres sabias, emprendedoras, solidarias y profundas para compartir sus historias con nuestros lectores.


99_2_1

Octubre de 1999. No se puede negar que la fecha de nacimiento de Sophia, a diez años vista, no sería la más auspiciosa. Terminaba el mandato de Menem, De la Rúa ganaba las elecciones. Faltaba todavía la crisis económica e institucional de diciembre de 2001 y sus terribles consecuencias. En el mundo, faltaba la caída de las Torres Gemelas en septiembre de 2001, hecho que cambiaría la historia para siempre. Justo ese mes yo empezaba a escribir en Sophia. Nunca antes había escrito para un medio. Fue para mí un privilegio, sin duda, pero también un desafío, porque se abrió ante mí un abismo desconocido: una página en blanco destinada a mujeres.

¿Qué tendría yo para decirles? Nada, o no mucho, pensaba. Ya estaba todo dicho. Las mujeres en cuanto mujeres no habían sido nunca el foco de mi atención, y la militancia feminista tampoco era un tema para mí, sencillamente porque había sido el leitmotiv de la vida y la obra mi madre. Yo, en todo caso, había aprovechado egoístamente los frutos de las luchas y las conquistas de su generación, tal como los hijos heredan de sus padres algo: como un regalo incondicional, que no implica asumir ninguna responsabilidad al respecto.

Es que estudiar y ejercer sin mayores obstáculos una carrera masculina, casi siempre en contacto con varones, me había confundido. Me había hecho creer que la tan ansiada “liberación femenina”, una vez superadas las barreras del acceso a la educación y al voto, sería un proceso inexorable e irreversible de la historia. Todas las mujeres, más tarde o más temprano, alcanzarían la tan anhelada igualdad de oportunidades, tanto como su autonomía económica e intelectual, por el simple transcurso del tiempo. Poco a poco llegaríamos a ese paraíso perfecto donde mujeres y varones conviviríamos en pie de igualdad, respeto, armonía y cooperación. Y listo. Para las profesionales de mi generación, a finales de los años setenta, el feminismo era una confrontación sin sentido. La guerra contra la dominación masculina, como la llama Pierre Bourdieu, había terminado, las mujeres habíamos ganado y obtenido las reivindicaciones que tanto reclamábamos.

Cárcel de muñecas

Escribir en una revista “femenina” me obligó a hacer un ejercicio que nunca antes había hecho: observar detenidamente a las mujeres, con mirada de género.

Me puse a buscar y mirar mujeres, en todas partes, todo el tiempo, como un detective en busca de datos y evidencias. En especial, busqué en los medios (¿dónde si no ahí?), la publicidad, el cine, el periodismo, la política, la economía, el deporte, las noticias policiales. Todo lo que se me cruzaba era objeto de análisis: imágenes, textos, argumentos, productos, vestimenta, ángulos de la cámara, mensajes; todo empecé a pasarlo por el tamiz del género.

Admito que tuve un shock. Las mujeres, ya comenzado el nuevo milenio, parecían estar a años luz de aquella fantasía de emancipación feminista. La mujer “nueva” que se anunciaba a fines del siglo XIX, en el XXI seguía atrapada como en Casa de muñecas –la genial obra de Ibsen, estrenada tan atrás como en 1876–, incapaz de pegar el portazo de autoafirmación y libertad. Tal vez como Nora, la heroína, la mujer había logrado salir físicamente de la casa, para ir al mundo a estudiar, trabajar y votar. Pero la mayoría seguía atrapada en otra cárcel. Superado el antiguo estereotipo machista de muñeca “bebota”, surgía una versión más aggiornada y con nombre propio: la Barbie. La mujer moderna, como ella, tenía que ser bella, joven, sexy, seductora y esquelética, y, en lo posible, profesional, ejecutiva y autosuficiente.

Eso confirmaban los medios, en la Argentina tal vez como en ningún otro país: mujeres tiranizadas por el imperio de la imagen, la obsesión del cuerpo, sometidas a dietas, bisturí, siliconas o botox, para ser atractivas y cumplir con las expectativas del varón real o el del imaginario cultural. Por algo ostentamos el triste récord mundial de anorexia y bulimia, además del de cirugías plásticas.

Pero esto no fue todo lo que encontré. El panorama era mucho más desolador. Aun bellas, flacas y sexys –o precisamente por eso–, profesionales o no, las mujeres y niñas del mundo eran violadas, acosadas sexualmente, explotadas en redes de prostitución, pedofilia y tráfico de drogas. Otras eran golpeadas, apedreadas y/o asesinadas por sus parejas o varones familiares directos; mujeres enfermas psicológicamente, con ataques de pánico, consumidoras masivas de tranquilizantes y antidepresivos; chicas adolescentes que se automutilaban para calmar la locura, adictas al alcohol, las drogas, las compras. Mujeres que se morían, como moscas, de cánceres y tumores de todo tipo. Mujeres solas con sus hijos a cuestas, estafadas en su dinero y en su buena fe, golpeando las puertas de los juzgados.

Sí, a pesar de los aires de liberación y de los derechos adquiridos, muchas mujeres del mundo seguían sometidas a distintas formas de miseria y esclavitud; en especial, la esclavitud del alma.

Desplegar el alma

Difícil escribir a las mujeres con este panorama, ¿no? Desde Sophia apostamos a que habría otras mujeres, diferentes, más espirituales, más libres. Decidimos confiar en la palabra de Jesús a sus discípulos (Lucas 5) y nos lanzamos, en nuestro minúsculo barquito lleno de ideales, a navegar “mar adentro”, contra los modelos degradantes de la mujer, contra el consumismo y el racionalismo ateo, contra el relativismo y contra el dios “mercado”. Y frente a las amenazadoras olas de la cultura dominante, desplegamos el alma y las velas, y echamos las redes.

Se produjo una vez más el milagro: recogimos una multitud de mujeres maravillosas, sabias, inteligentes, tiernas, emprendedoras, solidarias, creativas, profundas y espirituales. La gran mayoría de ellas no estaba en los medios de comunicación, porque el alma no habita en las aguas superficiales de la frivolidad.

Nos contaron sus vidas ocultas y comprometidas con valores, nos regalaron sus testimonios y muchas quedaron registradas en las páginas de Sophia; otras vinieron de otros medios, quisieron sumarse al proyecto editorial y hoy nos acompañan; con muchos miles más nos encontramos en el kiosco, y nos reconocimos mutuamente como amigas del alma. También en las redes vinieron varones, con valores espirituales y una genuina preocupación por la situación de las mujeres, que nos escribieron, nos apoyaron y algunos hasta hoy nos ayudan mes a mes a hacer la revista.

En todos estos años, muchas veces sentí flaquear mis fuerzas. Me invadía –y aún a veces me invade– una sensación de agotamiento y de impotencia, de estar embarcada –valga la analogía– en una utopía, una lucha desigual contra los gigantescos multimedios, contra un sistema materialista que manipula a las mujeres como objetos de placer y de consumo. Pero cuando me agarra la desesperanza, miro esta pesca milagrosa, a los miles de lectoras como ustedes que nos acompañan mes a mes, que nos agradecen el esfuerzo, que nos hablan del alma y de Dios, que nos piden que no aflojemos, y me parece escuchar la voz de Jesús diciendo como esa vez: “No teman. Desde ahora serán pescadoras de mujeres”. Bueno, tal vez también de varones, por qué no.

ETIQUETAS alma feminismo género igualdad

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Whoops, you're not connected to Mailchimp. You need to enter a valid Mailchimp API key.

Comentarios ()