14 de abril de 2026
Ruth es una mujer que va a la ópera con amigas, toma clases de arte por Zoom, conversa con los hijos, mira a sus nietas crecer desde lejos. Sybil se sienta casi todas las mañanas a la misma hora a escribir cartas: a su hermano, a su mejor amiga, al rector de la universidad que no le permite asistir como oyente a unas clases que desea cursar, y hasta a la escritora Joan Didion para contarle qué piensa de sus últimos libros. Mischka vive en un asilo de ancianos y casi todos los días la visitan amorosamente Marie y Jérôme, dos terapeutas que la ayudan a encontrarle palabras a su vida y sentido a sus días.
Hay algo que une a estas tres mujeres de la ficción: ellas iluminan y dan visibilidad a un tema que durante mucho tiempo no se le dio demasiado espacio en la literatura. La vejez y el deterioro del cuerpo, la necesidad de acompañar —y de ser acompañados—, y la mirada, a veces irreparable, hacia el pasado, son algunos de los temas que aparecen en Ruth, La corresponsal y Las gratitudes.
Sus autoras, Adriana Riva, Virginia Evans y Delphine de Vigan no se conocen entre sí, pero sí parecieran haber percibido algo lo que habla la autora junguiana, Clarissa Pinkola Estés, en Mujeres que corren con los lobos: “La Vieja, La que Sabe, está dentro de nosotras… Es la guardiana del Alma”. Ellas lograron recrear tres obras totalmente diferentes, en tres idiomas también totalmente diferentes. Pero hay algo en la literatura (hete aquí parte de su magia) que atraviesa continentes, rompe barreras idiomáticas y llega a ese lugar que nos termina uniendo como lectores y como personas.
Ya todo está escrito, ya todo está dicho. Pero cada vez que alguien lo vuelve a decir de una manera nueva, nos vuelve a resonar y a tocar algo adentro. La literatura transforma, conmueve y, sobre todo, da forma a través de las palabras a historias verosímiles que merecen ser contadas. Ruth, La corresponsal y Las gratitudes son algunas de ellas. Como un hilo invisible que une un poco más a estas novelas, la palabra escrita y el arte aparecen como dos elementos clave en la transformación de los personajes. Cualquier similitud con la realidad, no es casualidad.

Ruth (Seix Barral), de Adriana Riva
Adriana Riva es argentina y tiene 45 años. Ruth es su segunda novela y la tapa de la foto del libro es su propia madre, de espaldas, mirando un Rothko. En casi todas las entrevistas que le hacen sobre su obra cuenta que toma cosas de ella, pero que también inventa mucho.
Ruth vive en un departamento en Recoleta y es la voz que narra esta historia donde conviven sus pensamientos, las cosas que nunca se animó a decir en voz alta y los recuerdos de su vida pasada. No sabemos bien su edad, pero imaginamos que está cerca de los 80.
“Lo último que tengamos para decir, al menos lo último, ¿valdrá la pena? Yo me inclino más bien por algo como: un vaso de agua, por favor”, escribe la narradora, viuda, que insiste más de una vez en que, desde que murió su marido, su lugar preferido en la casa es la cocina.
Mientras avanza la historia, van a aparecer sus hijos, sus nietas, y sus amigas, que tienen un lugar central en la novela. Los que también se cuelan, como pinceladas tiradas al azar, son fragmentos de un curso de Historia del Arte que la protagonista está haciendo por Zoom, ¡y que obligan a leer con Google a mano para rastrear a cada artista que menciona!
Adriana Riva tiene la capacidad de hacer reír y llorar en una misma oración, y de poder comparar una vela derretida con los surcos en la cara de una mujer envejecida. Hay algo de fragmentario en esta novela/diario que habla del paso del tiempo en todas sus formas: “Camina, creo yo, para frenar el día”; “Y la espera; hablo para aplacar la espera”; “El tiempo se alarga para quienes esperan despiertos”. Excéntrico y luminoso es este personaje de Adriana Riva, que desde hace unos meses también llegó al teatro, en la piel de la cuentista y actriz cordobesa Ana María Bovo.

La Corresponsal (V&R), de Virginia Evans
Sybil Van Antwerp podría ser una prima lejana de Ruth. Hay algo parecido entre estas dos mujeres, además de la cercanía en edad. Algo de acidez, algo de dulzura, y algo de profundidad que la narradora muchas veces cubre de ironía y de hermetismo.
Lo más curioso que tiene la primera novela de Virginia Evans, que se convirtió en un fenómeno editorial y llegó a la lista de best sellers del New York Times, es que toda la historia avanza a partir de las cartas que escribe la protagonista. A sus hijos, a su hermano, a su amiga íntima, a un joven estudiante fascinado con la historia de su vida, a la escritora Joan Didion, al rector de la universidad a la que quiere asistir como oyente y a una persona a la que nunca le manda las cartas.
“¿Acaso no estamos siempre tratando de regresar a los tiempos más felices?”, escribe la narradora en una de sus tantas cartas, que sí envió. Leer entrelíneas nunca estuvo tan bien dicho: en cada una de ellas hay rastros de su historia, de su manera de pensar, de sus vínculos pasados y presentes, de secretos que finalmente quedan desentrañados al final del libro (así que paciencia, sí: se resuelve el misterio de las cartas nos mandadas, y todas las preguntas quedan respondidas).
Sylbil es madre, abuela, esposa, abogada jubilada y una ferviente lectora. Es a través de estas cartas que avanzan en el libro, que vemos cómo la protagonista encuentra consuelo y compañía en la posibilidad de escribir y de dar forma a todo lo que le va pasando por la cabeza (y por el corazón).
Bravo, Virginia Evans, por esta obra epistolar que vale la pena leer.

Las gratitudes (Anagrama), de Delphine de Vigan
“Adónde van las palabras/ Que resisten/ Que desisten/ Que razonan/Y emponzoñan/[…]/ Adónde van las palabras/ Que nos hacen y deshacen/ Que nos salvan/ Cuando todo nos abandona?”.
Así empieza Las gratitudes, el libro que publicó en 2019 la autora francesa Delphine de Vigan sobre lo importante que es poder dar las gracias a aquellas personas que nos ayudaron a lo largo de la vida, y que recién en 2021 fue traducido al español.
A través de tres personajes centrales (Marie, Jêrome y Michka), la obra habla de cómo los gestos más chiquitos, los de todos los días, pueden hacer mucho por otra persona. También habla de empatía, de nobleza, de los achaques del cuerpo, de la imposibilidad de decir (afasia) y del cuidado de las personas mayores.
“Sabe que no volverá. Que no hará nunca más esos gestos tantas veces repetidos: encender el televisor, alisar la colcha, fregar la sartén, bajar las persianas para que no entre el sol, colgar la bata en el gancho del cuarto de baño, sacudir los cojines del sofá para que recobren esa forma perdida a lo largo del tiempo… sabe perfectamente que está soltando amarras”.
Con una prosa simple y austera, casi minimalista, De Vigan logra emocionar y hacer sentir cariño por los tres personajes de una manera diferente. ¿Qué los une? El valor por los gestos pequeños, la palabra dicha a tiempo y la certeza de que nunca es tarde para dar las gracias.
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