Sophia - Despliega el Alma

14 septiembre, 2013

Luz, cámara, acción… social


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Martina Gusman – Actriz y productora de cine

Primero se formó como actriz, luego se convirtió en productora muy cerca de su marido, el director Pablo Trapero, y con los años sorprendió con protagónicos en Leonera, Carancho y Elefante blanco. Súper comprometida con lo que pueda aportar desde su lugar a un mundo convulsionado, el año pasado volvió a la facultad a estudiar Psicología. Este mes actúa en La casa de Bernarda Alba y protagoniza una comedia en cine. Por: Agustina Rabaini. Fotos: Nicole Arcuschin.

Algo tiene Martina Gusman para haber logrado el privilegio de integrar el jurado del Festival de Cannes junto a Robert de Niro y Uma Thurman en 2010 y para, a kilómetros de distancia de esa foto y experiencia glamorosa, haber decidido ser una de esas actrices que le ponen el cuerpo y el corazón a todo lo que hacen y en un contexto bien latinoamericano, frente a lo más duro y complejo del tercer mundo. Lo que tiene esta actriz de 34 años es carisma y una sonrisa franca de esas que abren puertas pero, sobre todo, compromiso y convicciones, dos palabras que no abundan en el mundo del showbusiness local.

Todo comenzó cuando Martina llevaba años trabajando como productora de cine junto a su marido, el director Pablo Trapero, y aceptó la invitación de probarse como actriz, su primera vocación y formación al lado del maestro Carlos Gandolfo. En 2006 protagonizó el film Nacido y criado y luego se animó a encabezar el elenco de Leonera, su trabajo consagratorio en la piel de una madre presa. Para encarnar ese personaje, Martina entrevistó a decenas de mujeres privadas de su libertad durante un año. Con ese mismo rigor “empujó” una ley para que muchas de esas madres pudieran tener prisión domiciliaria cuando, por ejemplo, las condenas se demoraban en llegar y al confirmarse quedaba poco tiempo de pena, pero esos niños ya habían pasado su primera infancia entre rejas.

La ley se promulgó, Martina pudo llevar el film a la cárcel para proyectarlo como culminación de un ciclo muy intenso y sintió la satisfacción de haber podido hacer algo más que simplemente actuar. Entonces, se metió en otro proyecto, un segundo gran desafío. Otra vez como actriz y productora ejecutiva de un film de Trapero, pasó seis meses como observadora y practicante en guardias de 24 horas, una vez por semana, en un Hospital de González Catán para lograr darle carnadura real a las ojeras y manos laboriosas de Luján, una médica en el film Carancho. Finalmente, en la última película de  la dupla, Elefante blanco (2012), caminó las villas y acompañó a jóvenes para interpretar a una asistente social y contar una historia tan hostil como conmovedora.

Esta última experiencia, más cercana, le permitió volver a la adolescencia, cuando colaboraba con un comedor del Bajo Flores. Y luego de tomar contacto con el día a día del trabajo social de los curas villeros y abrir mucho la cabeza, un día quiso ver si podía explorar las problemáticas sociales desde la vida real y no solo desde la ficción. A los 33 años, cuando su hijo ya tenía 9, se inscribió en la carrera de Psicología y volvió a empezar. Días atrás, comenzó un nuevo cuatrimestre y está entusiasmada. Ya metió quince materias. “Estudio para aprender más, para entender mejor o como un camino de autoconocimiento que siempre vale la pena profundizar”, cuenta, sentada en un bar, a metros del Teatro Regina, donde viene de estrenar, junto a otras ocho actrices, una versión atemporal y aggiornada de La casa de Bernarda Alba, bajo la dirección de José María Muscari. Este mes también estrena el film Sólo para dos, una comedia dirigida por Roberto Santiago que protagonizó junto a Nicolás Cabré.

Dar voz y vivir mil vidas

A la hora de elegir proyectos, Martina decide con calma y dice seguir la intuición, mostrándose dispuesta a cambiar de género, tono y formato para buscar nuevos horizontes. “Cuando me ofrecieron hacer Sólo para dos, la comedia en cine, me sorprendió que me llamaran porque venía haciendo historias dramáticas, muy ligadas a lo social. Pero eso mismo fue lo que más me motivó. Quería hacer algo diferente y me gustaba el desafío de cambiar o romper con la imagen que tenía hasta ese momento… En la película estoy rubia, muy maquillada, y el guión es interesante, me atrajo desde el comienzo.

¿Cómo fue interpretar el personaje de Sólo para dos?

Fue interesante porque la película habla del absurdo del amor desde un lugar liviano y, tratándose de una comedia, me implicó una gran reflexión. Mi personaje tiene que enfrentar una crisis que la lleva a preguntarse qué quiere para su vida; si quiere ser madre y si es feliz con su marido. La historia transcurre durante una semana en la que todos los personajes se plantean el sentido de sus vidas mientras se producen encuentros y desencuentros y algunas  situaciones extraordinarias. Con todos los personajes que hice, siento que aprendí y me modificaron porque todos me traen nuevas formas de mirar. Es muy rica esta posibilidad de vivir un montón de vidas distintas. Agradezco haber vivido experiencia tan diferentes como pasar dos semanas con Robert de Niro en Cannes, donde integrábamos el jurado –una situación increíble– o pasar un año entrevistando a mujeres presas para filmar Leonera.

En la dupla creativa que forman con Pablo Trapero, la temática social aparece siempre como preocupación central…

Sí, cuando empezamos a armar las películas desde nuestra productora, Matanza, pensamos en historias que tuvieran una connotación social determinada, y desde el comienzo me sentí cómoda porque lo que más me gusta de la actuación es esta posibilidad de ser vocera y darles voz a mujeres y personas que a veces parecen invisibles o que la gente desconoce. Me gusta pensar que, desde las películas, podemos ayudar a otros a reflexionar, provocar pensamientos y hasta generar cambios.

¿Qué cambios o aprendizajes te trajeron a vos los personajes de Leonera, Carancho y Elefante blanco?

Interpretar el personaje de Leonera me hizo plantearme la necesidad de no juzgar a las personas sin tener en cuenta un contexto determinado. No sé qué habría sido de mi vida si hubiese nacido en los zapatos de las mujeres presas que entrevisté en la cárcel, si hubiera vivido en esas casas con sus realidades y situaciones tan complejas. Con esto no digo que todo justifique todo, pero hay algo de sentirme agradecida por la realidad que me tocó, que tengo siempre presente. Después, con Carancho generé vínculos muy diferentes con los médicos y el equipo del hospital al que fui durante seis meses. Tuve la suerte de conocer a personas capaces de todo para ayudar a los demás. Fui a una guardia como observadora y practicante todos los jueves desde las ocho de la mañana hasta las ocho del día siguiente y llegué a conocer ese cansancio que sienten cuando llega la hora 18, y tenés que levantarte para atender situaciones y seguir. Al hospital Simplemente Evita, en el que estuve, llegan personas baleadas, acuchilladas, accidentados muy graves. Antes de vivir esa experiencia, veía que alguien se desmayaba en la calle y me bajaba la presión, no tenía reacción. Cuando tenés la necesidad ahí, hacés lo que haya que hacer, la realidad te modifica. Durante esos meses aprendí a suturar, hice un curso de reanimación y llegué a ser una más a la hora de recolectar dinero o alcanzar elementos durante una emergencia. Las guardias son lugares sórdidos y en medio de  todo eso es fuerte la energía cuando ves al equipo tratar de salvarle la vida a alguien, a veces sin éxito. Cualquiera de los médicos de González Catán podría trabajar en sanatorios y clínicas de otras características y discutir sobre el menú que come la paciente, y, en cambio, toman otras decisiones, que a mí, personalmente, me movilizan mucho.

¿Cómo fue la experiencia de convertirte en una asistente social de Ciudad Oculta para filmar Elefante blanco?

Antes del rodaje estuve cuatro meses entrevistándome con asistentes sociales. Iba a colaborar con ellas en sus lugares de trabajo y esta vez el ámbito no me era tan desconocido porque, al haber atravesado la experiencia de las guardias, había algo del vínculo con la gente y de las consultas que llegaban que me era más familiar. Además, de los 14 a los 17 años participé en un comedor del Bajo Flores… De todos los días en los que estuvimos, recuerdo uno muy puntual, al comienzo, cuando filmábamos una escena de la película, que me marcó y que sintetiza un poco lo que me pasó con la película. El primer día estábamos con Ricardo (Darín) dentro de la villa filmando, y todavía no teníamos seguridad interna ni reglas precisas sobre cómo manejarnos. En un momento en que se filmaba un plano muy largo, se armó un gran caos y me di cuenta de que me habían dejado sola. Había nenes dando vueltas y uno chiquito, de 5 años, me dijo: “¿Te dejaron sola? Yo te cuido”. Para mí fue un golpazo que me dijera eso y que ya tuviera el concepto de que yo estaba corriendo un riesgo y quisiera cuidarme. Le dije que no, que lo cuidaba yo a él, que él era muy chiquito, que hiciéramos al revés. Esa situación resume un poco lo que viene a contar la película. Apenas un reflejo de muchos elefantes blancos que existen en nuestra sociedad y que tantas veces preferimos no ver.   

Luego de la experiencia de Elefante blanco, ¿cómo recibiste la noticia de la designación de Bergoglio como Papa teniendo en cuenta su cariño por el trabajo que se hace en las villas?

Cuando se supo lo de Bergoglio, la prensa internacional lo contactó a Pablo por su experiencia con la película y desde Matanza les transmitimos que nos parecía importante que el Papa se mostrara tan comprometido con los barrios más humildes. Creo que hay que separar a la Iglesia en cuanto a fe y a construcción política, y en este sentido, que un sacerdote con un trabajo social de tantos años pueda llegar a un lugar como el Vaticano supone un avance a nivel mundial muy grande, genera una expectativa de cambio, la esperanza de un cambio histórico concreto.

Última pregunta. Entre la actuación, la producción de películas y la facultad, ¿te vas a  hacer tiempo para volver a ser mamá?

Es algo que me está rondando desde hace tiempo y que venimos hablando con Pablo. Mateo ya tiene 10 años y, luego de haber armado una familia rodante entre los viajes a los festivales y los rodajes (N. de la R: su hijo, Mateo, fue el acreditado más chiquito del Festival de Cannes en 2002), de una forma consciente creo que tal vez está llegando el momento de darle un espacio otra vez a la maternidad. Con tanto ir y venir, trabajo y desafíos constantes, lo íbamos postergando, pero ser padres no se compara a nada que nos haya pasado. Un hijo te transforma la vida para siempre. Ya el hecho de dejar de ser hijo para convertirte en padre te transforma la mirada, y eso es mucho. Por lo pronto, los próximos meses, como voy a estar haciendo teatro de miércoles a domingos y estoy con la facultad, me quedo más tranqui en Buenos Aires.  

En La casa de Bernarda Alba

En el clásico de García Lorca, Martina Gusman es Magdalena, una de las cinco hermanas de la historia dentro de un elenco súper ecléctico que también integran Norma Pons, Adriana Aizenberg, Andrea Bonelli, Mimí Ardú, Florencia Raggi, Valentina Bassi, Lucrecia Blanco y Florencia Torrente. “La obra conserva el espíritu del clásico de Lorca –cuenta la actriz– con estas mujeres encerradas, deseantes, sin hombres, en escena. Mi Magdalena es la que grita las verdades. Con José María Muscari, el director, la jugamos por el lado de la emoción; ella es la que pone las emociones en palabras”. La obra puede verse en el Teatro Regina.

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