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“Lustro, limpio y canto”: retrato de un hombre actual

Un muchacho como vos, que sabe cuánto cuestan las labores domésticas compartidas. Un tipo servicial, padre de una hija, cantante de puertas adentro y totalmente amateur. Un relato cotidiano sobre la vida misma que seguro te saca una sonrisa.

Por Mauricio Koch

Soy un mal cocinero. No, ni siquiera eso. Ojalá lo fuera. Lo concreto es que no sé cocinar. Y hay que decirlo así, con todas las letras. Me limito a lo básico y obligatorio, sobre todo desde que soy padre: milanesas con puré, churrasco con ensalada de verduras populares y ortodoxas (nada de kale, ruibarbo o bok choy, esas plantas exóticas de nombres difíciles y hojas duras y pinchudas que además los chicos no comen, no seamos farsantes). Yo entiendo el esfuerzo de los nutricionistas, y lo comparto, trato siempre de estar del lado del bien. Pero los chicos no son tontos y descubren enseguida ese ente extraño que les estás queriendo infiltrar cual caballo de Troya. Mi hija detecta incluso si el pedazo de carne fue rozado por una brizna de zanahoria y lo aparta del plato como si de una cría defectuosa se tratase.

No es fácil, señores. También hago fideos con manteca o a lo sumo acompañados de una salsa de tomate elemental (pero cumplidora). Un par de huevos duros. No me inspira la cocina, no tengo paciencia (soy muy paciente en la vida en general y en casi todo lugar, excepto en ese rectángulo de la casa). Me gusta, eso sí, y ya que estamos en un plan de sinceramiento hay que decir lo malo pero lo bueno también, preparar el desayuno. Me gusta levantarme temprano, mientras las chicas de la casa duermen, y poner la cafetera para tomar un café recién hecho; hago tostadas, preparo el mate para mi mujer, pelo y corto frutas y cuando todo está listo (solo me falta poner una flor en el centro de mesa cada mañana, pero no quiero presumir), las llamo a desayunar. No compensa, ya lo sé, pero algo es algo. 

Igual mi intención era hablar de otra cosa, pero como de costumbre no puedo evitar dar mil rodeos. Lo que yo quería decir es que soy malo cocinando pero bueno limpiando. Y no solo bueno, muy bueno. Y además de bueno, me pone de buen humor. Es una actividad que disfruto. No en el sentido que le dan los maratonistas a la palabra, que dicen disfrutar de una carrera de 42 kilómetros. Eso es mentira, quién les va a creer, nadie puede pasarla bien cuando le duele hasta el último rincón de la musculatura y la mente no para de repetir durante dos horas seguidas basta ya, por favor. Esa persona es masoquista de manual o en realidad disfruta al final, cuando ve su logro realizado. Eso parece más creíble. Pero mientras tanto, no hay manera. En cambio yo disfruto mientras limpio, y no solo cuando veo que la casa queda preciosa, gracias a mi maravilloso y meticuloso esfuerzo. 

La mañana del sábado o del domingo las dedico a pleno a esa actividad: abro ventanas, cambio sábanas, doblo toallones, paso el plumero, aspiro los rincones, friego los azulejos de la cocina, del baño, cepillo los accesorios, lustro y encero. El señor Miyagi estaría orgulloso de mí. Me arrodillo para fregar la bañera, la enjuago con esmero, le paso el trapo al piso con desinfectante de lavanda o de verbena, le dedico una hora a mi biblioteca: aspiro el polvo de los libros, les busco ubicación a los nuevos, reacomodo los de siempre. Las horas vuelan cuando uno se mete de lleno en estos quehaceres, y en una casa donde hay hijos siempre hay desorden, objetos con los que uno tropieza y después de contener (o no) el insulto, se agacha y los levanta porque si no nadie lo hará; cosas amontonadas en rincones sin ningún criterio o con criterios insondables: envases de yogur rellenos de algo verde y gelatinoso llamado slime al lado de unas medias (muy) usadas que han perdido a su par; compases, reglas y transportadores arriba de la cama junto a restos de durazno o sánguches a medio comer; cintas de empapelar usadas para sujetar bombachas de muñecas caídas en desuso.

Dichas así, este tipo de cosas pueden parecerle una exageración al neófito, pero aquellos que son padres o madres saben que es apenas una muestra gratis del día a día. Porque a eso hay que sumarle los pedidos de “por favor, hija, ordená”, “cuidá un poco”, “no lo hagas por mí, hacelo por vos”, totalmente inútiles, vacuos, desperdigados en el éter, energía desechada no renovable. Yo no dejo de asombrarme de la capacidad de desorden y caos que puede tener un ser humano tan diminuto, que por otra parte no es tan inquieta. No es un torbellino, como dicen las abuelas, creo que es vaga nomás. Tiene la tendencia al “donde cayó, quedó”, o a “soltar” (esa tendencia tan actual, ¿no?) Bueno, ella usa y suelta. Ayer, sin ir más lejos, a media tarde fui a la cocina a servirme un café y la encontré grabando un “video de cocina” (necesito más comillas acá), tenía un bol de metal en la mano y adentro había mezclado harina con champú para la caspa y condimento para pizza. Esto es verdad, no se rían. Llegué justo en el momento en que le informaba a la teleaudiencia de su canal de YouTube que estaba “a punto de poner el ingrediente principal”, y ahí fue entonces un largo chorro de champú turquesa como el mar caribe y caro como todo hoy en día.

Pasé por adelante de la cámara y le pregunté (osé preguntarle) qué estaba haciendo. Me arruinaste el video, papá. Volví a preguntarle. ¿No ves lo que estoy haciendo, papá? Sí, veo, pero no sé qué es ni qué va a resultar de todo eso. Es un juego, papá, ¿me dejás jugar tranquila? ¿Lo vas a limpiar después? Obvio que lo voy a limpiar (obvio es una palabra que usa mucho: obvio que lo voy a hacer, obvio que me lavé los dientes, obvio que no usé tu celular). Obvio que no lo limpió. Cuando se cansó, o se le antojó seguir con otra cosa, migró de la cocina y soltó. Hashtag soltar. Sobre la mesada quedó: el bol tapado con un repasador, el champú abierto, harina espolvoreada a los cuatro vientos, restos de orégano a modo de decoración. Y frente a ella: un padre desolado. Pero vuelvo al tema de la limpieza, que por cierto no abandoné: no es que me guste tanto, ahora que lo pienso mejor después de lo que acabo de contar. En realidad, creo que lo que me gusta es escuchar música, y limpiar es la excusa perfecta para escuchar música a todo volumen. Aunque no cualquier música, porque no cualquier música es buena para limpiar.

Hablo de mí, ojo, habrá quienes se inspiran con Motörhead para cepillar el inodoro, o encuentran ánimo en sonidos del altiplano al momento de encerar los muebles. No, la música que yo pongo cuando limpio no es la que escucho habitualmente, sino “la música de limpiar”. Tiene esa categoría. Y no es muy variada: está compuesta básicamente por dos o tres nombres de lo que hoy se conoce como guilty pleasures, ese tipo de consumo que da vergüenza reconocer. Pero a esta altura de la vida, ya con las rodillas crujientes (una operada, incluso) y una calvicie indisimulable, sería absurdo o muy tonto andar ocultando los gustos. Así que yo a mis sábados o domingos de limpieza los musicalizo con Mis 30 mejores canciones, un disco de José Luis Perales que de chico escuchaba con mi mamá, y cantábamos juntos. Pero no es por nostalgia que lo escucho, aunque tal vez un poco sí; prefiero creer que lo pongo porque me gusta y me resulta luminoso, y es tan naif, tan inverosímil el amor al que le canta Perales que es como si me transportara a otro mundo, un mundo donde la gente se quiere y mientras la luz llega hasta el último rincón de la casa gracias al trabajo de mis manos, y las motas de polvo tarde o temprano me harán estornudar, yo canto a viva voz “Ya no recuerdo cómo fue/ Si me buscaste o te busqué/ Si me encontraste o te encontré/ Se me olvidó”. O mi favorita: Me llamas/ Para decirme que te marchas/ Que ya no aguantas más/ Que ya estás harta…”.

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"Hay mucha belleza, verdad y amor a nuestro alrededor, pero pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma para apreciarlos".

Brian Weiss