10 de abril de 2026
Desde muy chica sentí adoración por los animales y por la naturaleza en todos sus sentidos. Tal vez porque me lo transmitió mi madre. Ella nació en una aldea en Galicia y se crio en una finca rural donde convivía con vacas, cerdos, caballos, gallinas, pollos y terneros a los cuales cuidaba con mucho amor. Los consideraba sus mejores amigos. O quizás porque mi padre, aunque nació y se crio en un barrio urbano de Buenos Aires y no tuvo contacto directo con la naturaleza, me inculcó el respeto por el ambiente y el cariño por los animales.
Recuerdo la sensación de felicidad que me producía ver a mi papá llegar del trabajo con el fascículo que salía todos los jueves de la colección del oceanógrafo, explorador y conservacionista Jacques Cousteau. Llevo grabado en mi corazón el momento en que leíamos juntos cada texto y observábamos las imágenes de las ballenas.
Ya adolescente quería estudiar biología marina, pero la vida me llevó por otro camino y estudié Derecho. Lo que no sabía en aquel entonces, es que ese amor por el mundo natural iba a ser clave en mi proceso para sanar cuando entré en una profunda depresión mucho tiempo después.
Yo tenía poco más que 30 años cuando a mi única y adorada hermana, María Eugenia, le detectaron un tumor. Ella tenía tres hijos muy pequeños, dos varones y una beba de diez meses. Yo tenía una beba de once.
El cruel e inminente diagnostico la obligó a cortar el período de lactancia y yo continué dándole el pecho a mi sobrina y a mi hija, ambas a la vez. Mi hermana pasó por muchos tratamientos, pero luego de una lucha sin treguas, murió. Era el 26 de julio de 2011 a las 7 de la mañana. A partir de ese momento, mi vida cambió por completo.
No hubo tiempo para el duelo. La familia tuvo que rearmarse para afrontar el desconsuelo y el dolor que nos atravesaba el alma, mientras yo encaraba la crianza los niños. Seguí trabajando de abogada como pude y cumplí con todas las obligaciones diarias, impulsada por el amor de mi familia, por el permanente resolver y el no querer fallarle a nadie. Hoy pienso que si me hubiera ido a vivir a Puerto Madryn para estudiar biología marina, no hubiera podido acompañar a toda mi familia.
Durante casi veinte años llevé adelante una vida sin parar. Me había convertido en una máquina de hacer, resolviendo obstáculos sin tiempo para sentir. Esta situación se convirtió en una forma de vida que, llegada la madurez, terminó enfermándome psicológica y emocionalmente.
Cerca de mis cincuenta años, quebré emocionalmente. No podía poner en palabras lo que sentía y lo llevé al cuerpo. Comencé a sufrir ataques de pánico, vivía con el pecho apretado y sentía que me iba a morir. Entré en un túnel oscuro en donde no veía la luz en ningún momento. Pero seguí adelante, tal como estaba acostumbrada a hacer, sin prestarle atención a los mensajes.
Pronto se movió toda mi estructura y me derrumbé hasta quedar desintegrada. En principio justifiqué que era una cuestión “hormonal” propia de la edad. No quería ver lo que pasaba y temía perder el control. Durante más de un año sentí que buceaba en el fondo del océano, donde no hay luz ni ningún ser vivo, la oscuridad absoluta sin horizonte. Muchas veces no tenía fuerzas ni para levantarme, ni quería estar en este mundo. Me sentía invisible.
Hoy descifro que la vida me estaba mostrando que tenía que parar y mirar: aquellos niños que había criado, ya habían crecido; mi padre había fallecido y yo no había tenido el espacio para hacer el duelo; mi madre envejecía de manera dolorosa; mi matrimonio, que siempre fue un sostén, también había sufrido cambios después de 30 años de convivencia. Mi trabajo en la oficina dejó de motivarme y ya no lo podía disimular. Tenía que reconstruirme desde el ser y no desde el hacer.
No soy muy amiga de los procesos; me considero demasiado ansiosa, no sé darle lugar al silencio, al espacios, a permitir que los temas decanten por sí mismos. Siempre quiero resolver. Pese a esa característica tan marcada de mi personalidad me di cuenta, a la fuerza, que esa crisis era una gran oportunidad. No podía hacer una transformación profunda en diez minutos. Tenía que ir al fondo oscuro y deshabitado para subir de a poquito, rearmada.
Sin entender por dónde empezar, comencé a acercarme a las mujeres.
Inicié una terapia de regresión a mi infancia, donde volví a ver imágenes muy nítidas de mi niñez que tenían que ver con la naturaleza. Recuerdo que la terapeuta, una mujer llena de paz y sabiduría, me guio hasta que llegué a un momento que pude identificar con una palabra: inocencia.
Abracé a la “Marcela niña”, y la llevé a un lugar de paz. Es así como la “adulta” y la “pequeña” nos fuimos a la naturaleza, mi lugar primario y predilecto. De a poco ese apretón de pecho permanente que me asfixiaba hacía años, fue cediendo.
Luego de esa experiencia tan intensa, una amiga muy querida, Gloria Juri, me invitó a su campo en Carmen de Areco, un espacio maravilloso lleno de árboles y animales. Su deseo era acompañarme en ese proceso que yo estaba atravesando y compartir conmigo unas jornadas de coaching y sanación con caballos que ella dictaba. Me instalé en su casa de campo todo el fin de semana, lejos de mi familia por primera vez, sin desear más que entregarme a la compañía de la naturaleza junto con Gloria, una mujer llena de luz.
El primer día de la sanación, durante varias horas no se me acercó ningún caballo. Yo no estaba presente. Sentía, todo el tiempo, que tenía que hacer algo. Lentamente empecé a abrir mi espacio interno, a respirar hondo y a conectar con mi interior y los animales comenzaron a acercarse. Me llene de sensaciones, observé obrar a la naturaleza en paz, armonía y silencio.
Cuando terminó el encuentro, sentí una fuerte desolación y una necesidad de llorar a gritos. Tenía una espada clavada en mi pecho. Gloria, siempre atenta, me escuchó, se acercó, y dijo: “Hacé lo que sientas, es momento de liberar los sentimientos que tengas atrapados”.
Ese instante fue revelador. Las lágrimas reprimidas desde hace años fluyeron libremente. Sentí el permiso a para derrumbarme sin juicio. Pude sentir cómo se expandía mi pecho y pensé, “esto lo que necesito”: la naturaleza como lugar de refugio y una amiga con quien compartir, la escucha, la empatía, la comprensión y la contención. Esa experiencia fue mi segundo nacimiento.
La vida continuó, y años después tuve la gran oportunidad de viajar a Ruanda a visitar a otra amiga muy querida. Ella había organizado sumarse a una visita guiada para ver a los gorilas en su hábitat natural.
Toda mi vida había querido vivir esa experiencia. Una vez más percibí que eran las mujeres y su fuerza inigualable la que me impulsaba a reconectar con mi sentir. Viajé sola, sin saber mucho de la organización, confiando ciegamente en el instinto femenino y en la generosidad de la naturaleza que siempre nos da más de lo que podemos ver con nuestros propios ojos.
Mi amiga y yo nos metimos en el medio de la jungla, con un guía lugareño. Sentí la necesidad de estar muy cerca de él y de captar todas las sensaciones y emociones y olvidarme del mundo. Quedé realmente impactada cuando, al correr un montículo de arbustos, apareció el primer gorila: un macho enorme que estaba comiendo tranquilamente. No le molestó nuestra presencia.
A partir de esa gran conexión entre el animal y nosotros, no pude dejar de observar cada situación: una hembra con su bebé casi recién nacido, acariciándolo y dándole de mamar, protegiéndolo con suavidad y delicadeza, mirándolo con atención y dándole contención y cuidado, junto a otras hembras, algunas preñadas. A unos metros, un par de ejemplares más jugando, independientes y bruscos. Al costado, un macho grande rodeando a la manada, atento a los peligros.
La experiencia fue tan impactante, que no me salían las palabras. Pasadas unas horas de pura observación y profunda sensibilidad, pude ver mi vida reflejada en esa escena tan clara que me regalaba una vez más la generosa naturaleza. La armonía de ese sistema me recordó a la armonía que subyace a toda la vida. Me sentí feliz y en paz.
Hoy comprendo que las mujeres y la naturaleza fueron clave para mi proceso de recuperación, de volver a creer en mí, de conectar más con el sentir que el hacer, y que ese miedo que estaba atrapado dentro de mi pecho, tenía que ver con lo que no se podía decir para no fallar.
Y por sobre todas las cosas, pude comprender que esa gran crisis fue una oportunidad para empezar a reconstruirme día a día, rodeada de mi familia que ya está criada y madurando, y volviendo a poner el foco en mis pilares que me llevan a la luz que son la naturaleza y todas aquellas mujeres que fueron, y son, mi sostén.

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Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
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Gracias por compartir esta experiencia. Yo tengo una afinidad increible con los arboles. Me pierdo viendo sus troncos, sus hojas. Por suerte tengo varias plazas y parques donde vivo y voy siguiendo su transformación según el clima y estaciones. Estoy buscando esa paz.