Lucas Raspall, psiquiatra y psicoterapeuta: “Ubicarnos como amigos de nuestros hijos es un pésimo negocio” - Sophia Online

Crianza

Lucas Raspall, psiquiatra y psicoterapeuta: “Ubicarnos como amigos de nuestros hijos es un pésimo negocio”

Foto: Silvina Salinas

El especialista comparte cuatro pilares para una crianza positiva sin perder la asimetría de roles y habla de la gran fortaleza que tiene esta generación de madres y padres.

POR Paz Berri

No hay escuela para padres. Tampoco manuales de recetas infalibles a los que recurrir frente a cada desafío que se nos presenta. Los hijos no vienen con instrucciones bajo el brazo, y aunque a veces quisiéramos que así fuera, la crianza rara vez se mueve entre blancos y negros: está llena de grises.

Pero hay una buena noticia. El médico psiquiatra y psicoterapeuta Lucas Raspall destaca que esta generación de madres, padres y cuidadores tiene una gran fortaleza: la capacidad de mirar hacia adentro. Una cualidad clave para construir una forma de criar más consciente y significativa.

Raspall es también docente universitario y autor de varios libros centrados en la crianza positiva. En su última publicación Calmar la mente (Grijalbo), busca —mediante ejercicios fáciles y prácticos— ayudar a serenar la agitación mental, eliminar el ruido y ensanchar el campo de consciencia.

Con una mirada abierta y empática, en esta charla propone reflexionar acerca de qué cosas sí estamos haciendo bien como padres, cuáles podríamos revisar y qué valores es positivo que sigamos cultivando.

–Lucas, ¿cuáles creés que son los principales desafíos de la crianza actual?

–Desafíos hay muchos, siempre los hubo. Pero si tuviera que destacar uno, me quedaría con la baja disponibilidad que tenemos hoy. Me refiero a estar verdaderamente atentos a las necesidades de nuestras hijas e hijos y mostrarnos accesibles para acompañarlos. Es sabido que, a mayor estrés parental, cuanto más demandados, exigidos y frustrados nos sentimos —no sólo por la crianza, sino por todas las áreas de nuestra vida—, menor es la sensibilidad y la disponibilidad para el cuidado. En estos tiempos, creo que ahí se define una alarma muy particular a atender.

–¿Cómo hacer para poder estar más disponibles, en este mundo que va tan rápido?

–Dentro de las posibilidades de cada una y cada uno, más cuando la cantidad de tiempo es escasa, procurar que la calidad sea alta. Antes de arrancar con todo lo que nos queda aún por hacer, ordenar o corregir, buscar momentos para conectar. De esto se trata estar conscientes en la crianza, atentos para evitar que las reacciones automáticas ganen la escena.

–¿Qué cosas sentís que sí estamos haciendo bien como madres/padres?

–¡Un montón! Somos una generación que se anima a deconstruir conceptos que venían cargados de mandatos contrarios a las necesidades de los niños. Promovemos relaciones basadas en el respeto y los buenos tratos, y procuramos que los ambientes y situaciones que generamos sean convenientes para el desarrollo. No siempre, claro, pero de verdad que estamos revisándonos como mamás y papás, haciéndonos conscientes de nuestros propios modelos de crianza, dispuestos a no repetir lo que no estuvo bien y sostener lo que sí.

–¿En qué casos nos animamos a deconstruirnos?  

–Muchas formas de maltrato hoy ya no pasan inadvertidas. Y no me refiero sólo a los tironeos, empujones o golpes, sino también a las amenazas y los chantajes. Lo mismo a la hora de poner límites: volcamos las explicaciones del caso cada vez más, no para justificarnos, sino para que entiendan las razones del “no”. Y eso no es un gesto de debilidad, sino educativo.

–¿En qué estilos de cuidado creés que es positivo que sigamos profundizando? 

–Si lo planteamos desde el enfoque de los estilos, diría que debemos dejar atrás el modelo autoritario —fijando las reglas con dolor y sin mediar explicaciones—, para llegar a uno democrático en el que cada pensamiento, sentimiento, preferencia o interés sea reconocido, respetado y validado. Esto no significa hacer o definir “de acuerdo a su voluntad”. Hay una regla: siempre que sea posible, acompañemos la necesidad. Y cuando no sea posible o conveniente, entonces hagámonos cargo, tomando agencia de la situación. De otro modo, el riesgo es que el estilo parental devenga en permisivo o negligente, categorías que dan cuenta de un borroneo de nuestro rol, perdiéndose allí esos límites que cuidan, esas barreras que son fundamentales para el desarrollo.

–¿Podrías ampliar esta idea?

–El estilo democrático no se explica en “cada voto vale uno”, porque sino seríamos pares. Lo democrático está en que las opiniones y sentimientos de ambas partes importan y son validadas y respetadas. Pero el voto de la figura cuidadora deberá primar en muchos casos. Ahí está el punto. Si no fuera así, entonces estaríamos en una misma altura, cuando lo natural de esta relación es la asimetría. Es ahí cuando el péndulo se pasa de lado y caemos en prácticas permisivas y hasta negligentes.

–Si tuvieras que detallar una especie de “listado para criar hijos en tiempos difíciles”, ¿cuáles serían los primeros tres o cuatro grandes consejos que darías?

–Podríamos empezar por ser sensibles: esto es, ser capaces de reconocer sus necesidades. También mostrarnos disponibles: una vez interpretada la necesidad, lo que sigue es disponerse para acompañar en su resolución o cancelación, para lo cual hace falta empatía, ganas y tiempo. La tercera sería no perder de vista la natural asimetría de roles: nos toca ser los adultos en la relación, quienes deben ser más sabios, bondadosos y fuertes. Así como vamos a escuchar y asesorar, en ocasiones nos toca tomar decisiones que pueden ser contrarias a sus deseos. De no hacerlo, los estaríamos descuidando. Y la cuarta, disfrutar: porque la crianza no se trata sólo de poner límites o enseñar cosas, sino de aprovechar y gozar cada momento, jugando, conversando, riendo. Esos son los mejores recuerdos que podemos guardar en el cajón de su memoria.

–Hoy se habla mucho de la crianza respetuosa y a veces se la asocia a “dejar a los chicos libres, que decidan”. ¿Cómo ves este tema? 

–Es una forma habitual de confundir lo que enseña la crianza respetuosa y positiva. Quiero ser claro en esto: quien no pone límites, descuida, maltrata. El punto pasa, entonces, en cómo es conveniente fijar los límites. Claro que siempre va a ser conversando, escuchando lo que tienen para decir, debatiendo cuando sea posible, tomando contacto con lo que sienten y validando, dando lugar. Pero, finalmente, nos tocará a nosotros decir “sí” o “no”. Es lo que se espera de nuestro rol, explicando las razones, claro que sí. ¿Cómo aprenderían si no?

–Retomando el tema de la asimetría de roles. ¿Creés que somos una generación de padres muy laxos? 

–Todos los movimientos culturales son pendulares, y es cierto que el péndulo se ha corrido muchas veces a esa laxitud a la que hacés referencia, confundiendo lo positivo (que favorece el desarrollo de capacidades cognitivas, emocionales y sociales), con permisivo o hasta negligente. Creo que esto tiene dos raíces fundamentales: una es no repetir viejos modelos autoritarios (y muchas veces violentos); la otra, evitar tensiones o roces, como si tuviéramos miedo de que no nos quieran o tengan una mala impresión de nosotros porque se enojan. El punto es, que, si nos ubicamos como amigos de nuestros hijos, ellos pierden un padre o una madre: pésimo negocio.

–¿Cuál es tu propuesta en cuanto al tiempo de obligaciones y ocio en los chicos?

–Que en la agenda siempre quede espacio para ser niñas y niños: para aburrirse, imaginar algo, crear y jugar. De otro modo, terminarán estresados, como nosotros, agotados de cumplir horarios y obligaciones.

–¿Y con respecto a las pantallas?

–Ahí debemos salir de la preocupación y la queja para hacernos cargo. Porque, al final, es el tema número uno en las situaciones de conflicto en casi todos los hogares, casi a cualquier edad, pero es muy poco lo que se hace. Me llevaría un libro este tema, pero propondría retrasar lo más que podamos el uso de dispositivos digitales —celulares, sobre todo—, regular el tiempo de uso, monitorear los contenidos, firmar acuerdos de uso —con reglas y consecuencias claras ante las transgresiones—, utilizar herramientas de control parental y, ante todo, educar para un uso seguro, responsable, ético, crítico y creativo.

–¿Cuáles creés que son las fortalezas de esta generación de mamás y papás?

–Mirarnos dentro: somos una generación que observa su propia historia, que busca reconocer sus luces y sombras, no para juzgar ni culpar a quienes nos criaron, sino para modelar cómo queremos ser nosotros como mamás y papás. Eso es una gran fortaleza.

–¿Por qué es importante cultivar la espiritualidad en los niños? 

–Porque se trata de una arista tan humana como la biológica, la psicológica o la social. Y tiene que ver con reconocernos como este conjunto de seres integrados a una comunidad y a un universo. Porque allí también se guardan ciertos imperativos que vienen perdiendo terreno, como la compasión y el sentido colectivo.

–¿Qué sentís que podemos hacer en la niñez para que en la adolescencia, a pesar de cuestiones típicas de la edad, la crianza se haga más llevadera?

–Sin garantías de nada, porque cada etapa está cruzada por distintas variables, lo mejor que se puede hacer en las etapas previas a la adolescencia es fomentar espacios de conversación, conocernos, saber que podemos hablar con honestidad (sin que resulte un peligro hacerlo). Enseñar que, más allá de cualquier cosa, estamos allí para acompañarlos en sus necesidades. Procurar también que el sentido de compromiso y responsabilidad ganen fuerza, así como enseñar que los límites se marcan siempre desde el convencimiento, aun cuando podamos no estar de acuerdo. Finalmente, calibrar nuestras expectativas a la realidad de la etapa, no pretender lo que no es, y dar lugar a lo que sí debe ser: una etapa de tensiones, transiciones, desafíos, ciertas cuotas de rebeldía, exploraciones, nuevos conflictos, muchos aprendizajes y, también, creatividad, riqueza, proyectos y enormes alegrías.

–¿Un mensaje final que quieras dejarnos?

–Me quedo con algo que mencioné antes: no nos centremos tanto en corregir, en estar encima de cada cosa que hacen mal o que creemos que deberían haber hecho distinto. Cambiemos las proporciones: busquemos más momentos para conectar y disfrutar, que los años pasan rapidísimo.

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