Sophia - Despliega el Alma

Punto de Vista

30 diciembre, 2009 | Por

Los muros del alma

Aunque el más famoso es el muro de Berlín, existen otros, y no son solo físicos. Si logramos percibir a los demás como nuestros semejantes, podremos tenderles la mano. Pese a la desunión que suele caracterizar a nuestra sociedad, hay gente que no acepta estar dividida en el alma y derriba los muros a través de su amor al prójimo.


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Mientras escribo estas líneas, se está celebrando el vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín. Los analistas políticos destacan que aún hoy subsisten muchos muros que dividen comunidades por su raza, su religión o simplemente por su riqueza: Ceuta y Melilla, de sus vecinos africanos pobres; turcos y griegos en Chipre; israelíes y palestinos en Cisjordania; Corea del Norte y del Sur; Estados Unidos y México; India y Cachemira; Arabia Saudita y Yemen.

Hay muros más sutiles. Nacer en un país del primer mundo o del tercero es un abismo en cuanto a la expectativa de vida. Las fronteras de los países ricos y sus requisitos legales son muros invisibles, pero igualmente efectivos que otros, a la hora de separar a las personas.

También en nuestro país hay muros. En el conurbano bonaerense y en varias provincias, los countries y los barrios cerrados están cercados por muros, protegidos por empresas de vigilancia privadas. Los vidrios de los autos y las puertas se blindan, las casas de barrio tienen rejas y alarmas; los departamentos, cámaras de televisión y custodios privados. En esta kirschnercracia la disolución del tejido social ha alcanzado niveles nunca vistos antes.

Largos años de políticas públicas erradas, inoperancia gubernamental, corrupción endémica, descontrol institucional y jurídico; de oposiciones anémicas y de una obscena sumisión de los otros dos poderes republicanos al Ejecutivo han llevado a millones de argentinos a situaciones de extrema pobreza y a vivir en condiciones casi infrahumanas. No hay un proyecto común de país y ni siquiera la intención de “constituir la unión nacional” (como dice el Preámbulo) detrás de una utopía colectiva de progreso para todos los argentinos: sólo una lamentable y mediocre alternancia de gobiernos partidistas, defensores de intereses sectoriales, encaramados en el poder para atacar y saquear a los sectores “enemigos”.

No es bueno negar la realidad so pretexto de ser optimistas. Para cambiar, antes hay que aceptarla, por dura que sea. Tenemos que admitir que entre nosotros, los argentinos, hay una profunda desunión nacional. Alguien sembró la división, el egoísmo, la irresponsabilidad social, el antagonismo estéril, la codicia. Jesús advierte que el Enemigo, el diablo, siembra la cizaña entre el trigo. Sembrar cizaña es sinónimo de sembrar división. Y para sacar esa cizaña, zanjear esa división, antes es preciso verla, tal vez también en nosotros.

Hay “otros”

La primer semana de noviembre fue de terror. Hubo una alarmante seguidilla de robos y asaltos a mano armada, violaciones y asesinatos, salpicados de tráfico de drogas y acompañados del caos en la ciudad: cortes de la Panamericana, piquetes frente a las redacciones de los diarios, carpas en medio de la 9 de Julio, paro del subte, agresiones entre sindicalistas, desnudos en la Plaza de Mayo. Confieso que me angustié mucho, como nunca antes. El clima era tan asfixiante que por primera vez en mi vida llegué seriamente a fantasear con irme del país. ¿Yo? ¿Autoexiliarme? Evidentemente, debía de estar muy rayada: saturada de violencia, asqueada de sangre. Recé mucho, mucho. En el medio de mi día laboral, dejé todo para zambullirme en una misa porque no aguantaba tanta sensación de negrura y desesperanza. Todo me parecía siniestro y oscuro. Me sentí físicamente mal, al punto de somatizar toda esa angustia y estrés, y enfermarme. Caí derrumbada en cama con antibióticos todo el fin de semana. El silencio y el reposo obligado me hicieron recuperar la paz interior y recordar algo que hace rato sé, aunque no siempre me resulta evidente: que la realidad que observamos nunca es toda la realidad ni la única. Es sólo una parte, puede ser la más caótica o la más oscura, pero siempre hay otras realidades. Sólo Dios es Único. Hay otros hechos, otros actores. Y se me hizo la luz al mirar mi agenda de la semana siguiente y ver esta otra Argentina.

Primero me tengo que ir al sur, cerca de Junín de los Andes, para la inauguración de la ruka de Ceferino Namuncurá, donde finalmente descansan sus restos. Ese día los pobladores rurales de la zona, mayormente mapuches pero también algunos winkas como yo, estaremos unidos en una misa celebrada por el salesiano Antonio Mateos, y luego todos, mapuches y cristianos, estamos invitados por el cacique Celestino Namuncurá, sobrino del Beato, a comer un asado de cordero patagónico en su ruka. Es cierto que hay mapuches que queman banderas argentinas, impiden el ingreso a una capilla y pretenden dividir el país. Sí, pero estos son otros mapuches, distintos. Estos celebran la vida y se sienten unidos con todos los argentinos, sin diferencias étnicas, culturales ni religiosas.

Dos días después de volver del sur, tengo planeado viajar al norte, a Añatuya, en Santiago del Estero, a otra inauguración, esta vez del nuevo centro CONIN de lucha contra la desnutrición infantil, que lleva adelante Catalina Hornos, nuestra reciente entrevistada, con la Fundación Haciendo Camino. Estará también el grupo de voluntarias y voluntarios, jóvenes como ella de la Capital Federal, que todo el año dedican parte de su tiempo a apoyar el proyecto consiguiendo donaciones y que mensualmente viajan en “bondi” a Añatuya por el fin de semana, para visitar personalmente a cada una de las familias que participan del programa. Es cierto que hay jóvenes delincuentes, protagonistas de hechos de violencia en el país. Sí, pero también están estos otros jóvenes, que saltan los muros de la vida cómoda y protegida en la que nacieron para acercarse a ayudar a los más pobres y vulnerables: mujeres y niños desnutridos, a más de mil kilómetros de sus casas.

La tentación de dividir

Me volvió la paz. Entendí que la división es una tentación del diablo y, en mi caso, se tradujo en la fantasía de emigrar, separarme, escindirme de mi comunidad. Pero también entendí que esa tentación de poner distancia y muros siempre empieza en el alma. Sólo después se expresa en muros de hormigón. Esta lección me la dio un cura en la capilla de un pueblito perdido del Caribe hace muchos años.

Estaba de vacaciones con mi familia y fuimos a misa. Los asistentes, mayormente de raza negra, estaban vestidos casi de fiesta. Las mujeres, con camisas blanquísimas, polleras floreadas y muy coloridas, collares y unos espléndidos sombreros de paja. Los varones, de punta en blanco, con saco, pantalones y zapatos, a pesar del calor. También había algunas familias de apariencia europea, de tez muy blanca, rubios y de ojos claros, vestidas sencillamente pero con cierta formalidad. Flores increíbles asomaban por las ventanas abiertas de par en par y adornaban tanto el altar como los sombreros.

El sacerdote era joven, negro y hablaba en un impecable inglés, mientras la audiencia lo seguía atentamente, y sólo se movían los abanicos de las mujeres y algún niño en el fondo de la capilla. No recuerdo la homilía, pero sí el clima general. Se respiraban serenidad y paz, además de un perfume increíble. Lo que me quedó grabado fue la frase final que dijo el sacerdote después de la bendición, con una sonrisa, a modo de exhortación de despedida: “… and let us not be divided in our souls”, que sería algo como “no dejemos que nuestras almas estén divididas”. Así de simple, así de verdadero.

En un pueblo donde convivían distintas razas, lenguas y culturas, y seguro distintos patrimonios, lo principal era no estar divididos o separados en las almas. Porque las divisiones empiezan ahí, dentro de nosotros, en el alma, y sólo después se expresan afuera con exclusiones y barreras.

Me alegré pensando que hay muchos argentinos, como los jóvenes de CONIN, los mapuches descendientes de Ceferino, y tantos otros anónimos, que no aceptan estar divididos en el alma. No tienen miedo de sus prójimos ni sienten odio por ellos, sino amor. Y el amor no levanta muros. Los derriba.

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