20 de julio de 2026
Hasta los menos futboleros sintieron el impacto: la Selección Argentina, que brilló durante cada encuentro de la Copa del Mundo, se despidió entre lágrimas en la final contra España. Claro que podía pasar. De hecho, esa es la condición de todas las competencias. Algunos pierden, otros ganan. Pero, sea cual sea el resultado, los aprendizajes no se borran jamás. Mucho menos cuando son compartidos.
¿Qué aprendimos esta vez? Infinidad de cosas. Aunque hoy cueste un poco verlo. Volver a alzar el premio mayor era el sueño de todos y, quizás por eso, durante un instante desvió nuestra mirada de lo que tanto importa: la profunda belleza del recorrido que nos trajo hasta acá. En el llanto de los Lioneles —tanto el capitán Messi como el DT, dos líderes positivos dentro y fuera de la cancha— y esa congoja que nos contagió todo el plantel, pudimos ver a los hombres más allá de los jugadores. Fuimos testigos de cómo el alma habla el lenguaje sutil que, sin importar los escenarios, siempre nos conmueve, nos hermana.
«Somos grandes en la victoria y tenemos que ser grandes en la derrota», nos dejó como mensaje Scaloni, con esa capacidad tan suya de no desviar el foco de lo importante. Porque sí, lo hicimos otra vez, y llegar a una final es algo enorme. Sobre todo cuando es a fuerza de paciencia, de entrega, de amor, de trabajo en equipo. Esa es una hazaña que resulta imposible ignorar. Es que la grandeza está, justamente, en aprender a honrar toda la alegría del viaje compartido.

Las críticas, las peleas, las rivalidades, los odios y el “qué hubiera pasado si…” nunca aportaron nada y ojalá podamos soltarlos en el viento. Lo que perdura es, en cambio, el brillo de las miradas que se humedecieron de emoción, los gritos de alegría, los cantos y los bailes improvisados en las calles que reunieron a los corazones alrededor de un fuego tan invisible como sagrado. Ese calor que nace al abrazar a otros porque, en ellos, reconocemos la misma chispa que también habita en nuestros esfuerzos, en nuestros logros y en nuestras derrotas.
La vida irá recuperando el ir y venir de las cosas de siempre, que es la ley de todo «día después». Quedará el agradecimiento de haber sido parte de este tiempo en el que nos conmovieron los gestos nobles, las conductas sensibles y las palabras llenas de humildad de hombres que se animaron a sacarse el traje de superhéroes, para mostrarse ante el mundo como lo que son: humanos. ¿Hay, acaso, un trofeo mayor?
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