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Deco

11 mayo, 2015

Los hilos de Adriana

Adriana Torres fusionó sus estudios en arte y diseño con su pasión por el tejido en crochet, para crear Miga de Pan. Hoy sus bellas creaciones se venden y exhiben en tiendas y museos del mundo.


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Adriana Torres tiene un ritual. Antes de empezar a trabajar sube a su estudio –una habitación luminosa en la planta alta de su casa–, quema ramas de canela, pone música japonesa y medita. Para ella, crear es conectarse con su interior, dejar de lado la cabeza, la exigencia y el tiempo. “Trabajo desde adentro: desde los sueños, la infancia, la naturaleza y la memoria”, dice la creadora de Miga de Pan, la marca de muñecos tejidos al crochet que dio la vuelta al mundo.
El estudio de Adriana es un universo paralelo donde conviven criaturas de todo tipo: hay elefantes de orejas gigantes, miniaturas de leones-budas que bailan sobre un lienzo, una gatita en ropa interior, sillas con pulóveres floreados, un conejo-maceta llamado Osvaldo, una tijera con forma de pájaro que trajo de Valencia, y un sinfín de cajas y cajitas llenas hilos de colores. “Soy una buscadora compulsiva de hilos”, dice. “Cada vez que viajo busco distintas hebras, colores y épocas. Llegar a casa con un hilo nuevo me da una alegría que no puedo explicar. Siento que fui bordadora en otra vida”.

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Que sepa abrir la puerta para ir a jugar

La pasión de Adriana nació casi por casualidad. Navegaba por Internet cuando vio una instalación de muñecos en Japón y quedó fascinada. En ese momento tenía un estudio de diseño gráfico con su marido. Además de diseño, había estudiado arquitectura, dibujo, escultura, cerámica y fotografía. “Vi la instalación y aluciné; había algo de los muñecos que me dio ganas de probar”, cuenta.
Tiempo después, en 2009, nació el primer muñeco, cuando estaba embarazada de su hija, Felicitas. “Me sentía inspirada y disfrutaba sin culpa de quedarme bordando todo el día. Empecé con una silla con pulóver y después diseñé animalitos de la selva con la idea de hacer un móvil para la cuna de mi hija. No tenía el objetivo de crear una marca, hacía cosas para Feli y, poco a poco, mis amigas empezaron a hacerme pedidos para ellas y sus hijos”.
La vorágine del éxito la alcanzó rápido: Adriana presentó en Cancillería unos muñecos y almohadones tejidos para participar en la feria Tokio Rooms y, para su sorpresa, la colección fue distinguida con el Sello de Buen Diseño por el Ministerio de Industria. Poco después viajaba a Europa para presentarse en el 100% Design London. Allí la empresa italiana Seletti le ofreció tener una licencia de sus muñecos y, desde entonces, sus criaturas viajaron –y viajan– por el mundo entero: fueron tapa de la revista Modern Decoration Home de Hong Kong, formaron parte de la feria Maison&Objet Paris y Pitti Bimbo en Italia, están en las tiendas de Anthropologie en Nueva York, París, Corea, China y Taiwán. Además, Adriana dicta seminarios intensivos de bordado en Estados Unidos y Europa, y en 2013 recibió el primer premio del Fondo Nacional de las Artes en el rubro Muñequería Textil Contemporánea. ¿El premiado? Coco Terráqueo, un tatú carreta que parece salido de un sueño de Alicia en el país de las maravillas.

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Que la inspiración te encuentre trabajando

Además de hilos y muñecos, en el estudio de Adriana hay lápices de colores, herramientas de cerámica, pinceles y acuarelas. Todo está ordenado y prolijo, no hay nada olvidado al azar, como si su lugar de trabajo fuera también una de sus obras. “Antes de bordar, dibujo. En realidad, yo quería ser ilustradora. Estudié muchas cosas y pude ir condensándolas y unificar las inquietudes que ya tenía en el taller de mi maestra, Silvia Mato. Tomé clases con ella durante siete años: los sábados me levantaba temprano y viajaba de Haedo a Florida. Silvia fue mi guía, la persona que me ayudó a descubrirme”.
El tiempo pasó y ahora, durante las horas del día, cuando no se ocupa de sus tareas como mamá, Adriana pasa horas en soledad. Y es que no todo es bordar y diseñar muñecos: ser emprendedora también requiere organización y trabajo administrativo. “Me lleva tiempo responder los mails. No logro bajar de los doscientos pendientes”, dice. “Es el precio que hay que pagar si uno quiere convertirse en una empresa. No quiero abrir un local, elijo vender por catálogo y estar en mi estudio sola o con las tejedoras que, a veces, me vienen a ayudar. Otras veces me junto a bordar con mis amigas. Viajar también me gusta: me sirve para salir del encierro del taller; me hace bien conocer gente y la naturaleza me inspira. Hace poco fui a la montaña y traje semillas y hojas para dibujar”.
El bordado, ese arte que practicaban las mujeres ya en tiempos remotos, era para nuestras abuelas casi como cocinar, lavar la ropa de los hijos y ocuparse de las tareas domésticas: un deber. “Una vez mi abuela hizo un mantel y después ya no quiso bordar más”, cuenta Adriana. “Hoy la tarea está revalorizada y cada vez son más las mujeres que quieren probar y hacer sus propios diseños. El bordado está en pleno furor y se pueden cruzar técnicas y trabajar con materiales diversos, crear texturas nuevas y, sobre todo, podés equivocarte y volver atrás. Nada se arruina; si algo no te gustó, deshacés el punto y se acabó el problema. El bordado me enseñó a perder el miedo, a sentirme libre”, agrega.
Adriana acomoda los elefantitos de crochet sobre la biblioteca mientras su hija juega con un rinoceronte llamado Van Renoster. “Cuando toda la casa y todos los negocios del universo estén llenos, ¿vos vas a seguir haciendo muñequitos?”, le pregunta Felicitas, la nena que creció rodeada de juguetes. Su mamá, lista para hacer un diseño más, ríe.

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Por Leila Sucari. Fotos: Estefanía Landesmann

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