Sophia - Despliega el Alma

Punto de Vista

10 septiembre, 2010 | Por

Los hijos de la violencia


Creo que el caso de Carolina Píparo fue como la gota que desbordó el vaso. Algo dentro mío se quebró. Es que no podía digerir la violencia de la escena: una mujer embarazada de ocho meses y medio, tendida en el piso, habiendo ya entregado su cartera con la plata, clama por su vida y la de su hijo a un delincuente que, sin piedad y gratuitamente, le dispara al cuerpo. No me entra en la cabeza: los ladrones roban, y los asesinos matan, por alguna razón que motiva el crimen. ¿Pero esto qué?

Vengo acumulando una mezcla de indignación y agotamiento. Policías y civiles acribillados, toma de rehenes, jóvenes padres asesinados frente a su familia, salideras bancarias con motochorros, asaltos en los negocios, en los barrios cerrados, secuestros express. Siempre he mirado el lado positivo de las cosas. Pero confieso que con lo de Carolina sentí que estaba frente a algo demasiado perverso que ya no podía seguir explicando con las categorías habituales de “delincuencia”. Empecé a pensar, a hacer un balance de los casi sesenta años que tengo y de golpe tomé conciencia de algo que, por ser tan habitual, no había podido formular con toda su crudeza: he vivido toda mi vida en un país violento, expuesta a la violencia, como se puede estar expuesto al sol o a la radiación.

Desde antes de nacer, mientras mi madre guardaba reposo absoluto porque tenía pérdidas, mi padre fue baleado en la calle durante una manifestación y casi pierde una pierna. Según los relatos, a ella le ocultaron el hecho y hubo que esconder las toallas ensangrentadas para evitar que las viera y pudiera perder el bebé, o sea, yo. Antes de cumplir dos meses, ya estaba exilada en España. De vuelta en el país, crecí a la sombra de los sucesivos golpes militares. El de Onganía, en el 66, me encontró en la casa de una amiga del colegio. Esa noche no pude volver a la mía. Los tanques atravesaban la ciudad, las radios y la TV sólo emitían marchas militares, la gente compraba fideos y velas y trataba de sintonizar radio Colonia. El férreo “toque de queda” nos mantenía encerrados a todos.

Siguieron los turbulentos años setenta, mientras estudiaba Física en la Ciudad Universitaria. Casi a diario la facultad estaba tomada o detenían a algún “compañero”. Cambié de universidad y de carrera, pero afuera, la violencia aumentaba. La vuelta al orden constitucional en el 73 no mejoró mucho las cosas. El traumático regreso de Perón con la masacre de Ezeiza, y su posterior presidencia, trajeron más violencia. Mientras los montoneros eran echados de la Plaza y asesinaban a Rucci, yo seguía estudiando y me probaba mi traje de novia. La vida seguía…

El último golpe militar, en el 76, al que le siguieron los años más trágicos de toda nuestra historia –incluida la absurda guerra de las Malvinas–, me dejó en lo personal amigos guerrilleros desaparecidos, otros exiliados justo a tiempo, un joven teniente suicidado, y miles de anécdotas terroríficas. Fueron años de oscuridad y de horror, cuya verdadera dimensión sólo salió a la luz mucho tiempo después. Empezó a amanecer con la llegada al poder de Alfonsín, aquel inolvidable 10 de diciembre de 1983. Ese día yo cumplía apenas 32 años.

La violencia endémica

Pero la violencia y el autoritarismo no terminaron ese día, como creí ingenuamente. El germen estaba bien enquistado. Alfonsín tuvo que soportar trece paros generales de la CGT y dos levantamientos militares, y no pudo concluir su mandato. Menem violó las reglas pactadas: indultó a los comandantes y a los guerrilleros condenados, nombró una Corte adicta y forzó la modificación de la Constitución para conseguir su reelección. Poco después llegó el fatídico diciembre de 2001: la caída del gobierno de la Alianza, otra vez la violencia en la calle, treinta muertos, el saqueo a los supermercados, cinco presidentes en dos semanas, el país en llamas.

Pero tal vez lo más grave para las instituciones desde el retorno de la democracia sea el estilo de gobierno de los Kirchner. Lejos de respetarlas y fortalecerlas, se caracterizó por reavivar temerariamente los fantasmas de nuestro pasado más violento, encarnando una perversa caricatura del autoritarismo militar que creíamos desterrado: desprecio por el Congreso, abuso de los decretos, control de los jueces, persecución a los medios y a los periodistas, amenazas a los opositores, manipulación de las estadísticas, amparo a los violentos, el gobierno por el miedo.

Ciertamente, la estrategia pegó en un punto débil de la sociedad y por eso ha logrado su objetivo durante estos años: atemorizar a muchos y anular los mecanismos de defensa. Porque todo reclamo o intento de aplicar el rigor de las leyes existentes ha sido interpretado como coacción a la libertad y desactivado ideológicamente. El espectro del pasado de represión ilegal impide evaluar objetivamente el presente y poner límites. Por eso, por esta debilidad estructural de nuestra sociedad, la reivindicación de la violencia como método no se detuvo en el gobierno K ni en la clase política. El desprecio por la ley se ha ido contagiando a toda la sociedad, en especial entre los más jóvenes, siempre dispuestos a imitar los modelos de los mayores. Hay violencia en los estadios de fútbol, los recitales, las aulas, las rutas, los cortes ilegales de puentes internacionales, las discotecas, las calles y hasta en las redes sociales en Internet. Y en los delincuentes, que ya no se conforman con robar: disparan gratuitamente contra una embarazada indefensa tirada en el piso. La mayoría de los argentinos observamos con horror e impotencia esta nueva forma de guerrilla urbana, angustiados e incluso paralizados por el miedo. Como antes. Como siempre.

Aceptar para rehabilitarnos

Llegué a la conclusión de que los argentinos nos parecemos mucho a una gran familia disfuncional y violenta. Nacidos y criados –por varias generaciones– en la violencia y la intolerancia políticas, conservamos patrones de conducta de la violencia familiar, como el autoritarismo, la agresión irracional o el sometimiento por el miedo. Más allá del amor y los vínculos afectivos que sin duda nos profesamos y que se pueden observar en las múltiples actividades solidarias, religiosas, y aun en los eventos deportivos o en los festejos patrios, como se vio en el Bicentenario, todavía convivimos con la violencia en la política y en los medios, toleramos pasivamente las transgresiones a la ley y los atropellos cotidianos a las instituciones. Por eso se perpetúan. ¿Cómo explicar, si no, la permanencia en el gobierno de un funcionario como Guillermo Moreno?

A diferencia de nuestros países vecinos, los argentinos hemos sido incapaces de construir consensos democráticamente, acordar políticas de Estado a largo plazo y llevar adelante una convivencia cívica en paz. Esta beligerancia continua no es natural ni inevitable. Es una conducta aprendida luego de décadas de autoritarismo. Somos hijos de una cultura política violenta y por eso adictos a los liderazgos “fuertes”, como un alcohólico al vino.

Hace diez años que conozco de cerca a un matrimonio que padeció la violencia familiar y que se rehabilitó haciendo un profundo camino de conversión y espiritualidad. Rosa y José Gigena contaron su terrible historia de amor y violencia en un libro y, desde entonces, recorren el país y las cárceles coordinando talleres para varones golpeadores, criminales y adictos, y para mujeres golpeadas, violadas y sometidas. Ellos dan el testimonio de que con la ayuda de Dios y de la comunidad, y con mucho esfuerzo, pudieron recuperarse y salir del infierno de la violencia familiar. José relata que la rehabilitación de todo el grupo familiar sólo empezó cuando Rosa juntó coraje, llamó a la policía y lo echó de la casa. Antes hubo psicólogas, sacerdotes y grupos de autoayuda que fueron mostrándole a ella su parte de responsabilidad, hasta que pudo aceptarla y enfrentar a su marido con firmeza y sin temor. A la fuerza de mis golpes, ella puso, frente a mis ojos y mis narices, la fuerza de la ley, sus derechos, contó José en el libro.¹

Los especialistas en violencia familiar coinciden: No hay un solo motivo que justifique el uso de la violencia. Nadie debe vivir con miedo, lastimado, insultado o amenazado dentro de su propia familia. La conducta violenta puede controlarse y dominarse. La violencia no es una enfermedad, es una conducta aprendida. El que ama no destruye ni maltrata.²

Hoy me siento como si fuera Rosa. Soy una hija de la violencia política de mi país. Quiero decir “basta”. Quiero poder cambiar esta cultura que corre por mis venas, desde el vientre de mi madre, y que me ha impedido ver con claridad los estragos que produce. Quiero poder aceptar con honestidad que me dejé tentar por políticos seductores –como era José– que terminaron siendo autoritarios. Porque el autoritarismo y la violencia son un demonio con siete cabezas que los argentinos no hemos logrado erradicar de nuestras almas, como la vinchuca o el dengue, y que retorna, una y otra vez, bajo distintas figuras.

Y como hizo Rosa, quiero pedirle a Dios que me ayude a rehabilitarme y a no dejarme embaucar más por líderes “fuertes” y mesiánicos, que apelan a la violencia, en el discurso o en los hechos. Por muy ínfima que sea su expresión. Hace rato que los alcohólicos recuperados saben que no pueden probar ni una copa de vino. Nunca más.

1 y 2. Roberto Peregrino Salcedo, Rosa y José. Una historia de violencia y amor, Editorial San Pablo, 2000.

ETIQUETAS autoritarismo violencia

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