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Artes

26 junio, 2010

«Los escritores somos ladrones de la vida»


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Vlady Kociancich*

A lo largo de cuarenta años, Vlady Kociancich escribió libros de género fantástico, novelas policiales y textos intimistas. “Tomamos de la vida lo que necesitamos”, dice de su oficio. Por Agustina Rabaini. Fotos: Eulogio Ramírez.

Las novelas que escribo son como largos sueños de los que puedo entrar y salir”, dice Vlady Kociancich con una taza de café negro en la mano y una belleza impactante a la que, además de su gracia natural, se suman los años de experiencia vivida. La autora, que escribe desde el amanecer hasta el mediodía –la hora en la que está más lúcida, según cuenta– acaba de hacer una pausa en la revisión de su nueva novela, Cuadro de una muerte dudosa. Ahora está sentada en una reposera de respaldo tan antiguo como algunos de los libros de su biblioteca –una selección de textos de los mejores autores del mundo– que va repasando como si se tratara de grandes amigos de la vida, compañeros de un viaje que empezó cuando aprendió a leer a los 3 años y medio.

Esas decenas y decenas de libros favoritos son, para Vlady, habitantes de una patria –la de la lectura– tan querida para ella como la ciudad en la que nació y vive, Buenos Aires, otra vieja cómplice que aparece en sus historias y a la que elige entre todas las capitales del mundo.

En esta ciudad Vlady, que es descendiente de eslovenos, estudió Letras y se formó muy cerca de dos maestros de lujo: Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. A los 21 años se casó y tuvo a sus dos hijos varones.

La obra de Vlady empezó con La octava maravilla, que publicó cuando tenía 40 años, y siguió con otros textos en los que abordó el género fantástico, la novela policial y narraciones intimistas. En todos sus libros, a lo largo de los años, asoman temas recurrentes como la soledad, la incertidumbre, la muerte, el amor y el dolor, que ella reconoce como propios.

Una vida de aventuras

Vlady cuenta que comenzó a escribir con la ilusión de quedarse a vivir para siempre en las aventuras que le proponían las historias que leía, y también para desafiar aquel destino prefijado que tenían las chicas de su época: el de casarse y seguir, a lo sumo, una carrera convencional, como Abogacía o Medicina. Afortunadamente, tanto ella como sus profesoras del secundario supieron rápido “que estaba hecha para las letras”. Su vida siguió hasta que se encontró con Borges y Bioy Casares, y pudo redoblar la apuesta, probarse entre lectores apasionados e incansables como ella.

“A Borges lo conocí en la Facultad de Letras porque era mi profesor de Literatura inglesa. Como él quería estudiar inglés antiguo –una lengua medieval que había que empezar a estudiar de cero–, me propuso acompañarlo y así empecé a leer y traducir poemas espléndidos”.

–¿Cómo conociste a Bioy Casares?

–Estando cerca de Borges fue inevitable conocerlo porque eran muy amigos. Teníamos largas conversaciones y hablar de libros con ellos significaba hablar de la vida. Como no eran académicos y tenían un gran sentido del humor, en las charlas aparecían personajes, situaciones, y hacían bromas todo el tiempo. Compartir esas reuniones con ellos, aprender de los libros que me acercaban y escucharlos me dio muchísima confianza para seguir estudiando, aprendiendo, probando. Y para no asustarme. Yo, como ellos, con o sin éxito, nunca dejé de escribir.

–Ya en la infancia habías mostrado una confianza enorme al enviar un primer cuento a la revista Billiken, esperando que lo publicaran…

–Bueno, a los 9 años escribí mi primera novela policial, y a los 10 u 11, traté de vender un cuento a Billiken con la fantasía de que alguien podía escribir un cuento de la noche a la mañana y hacerse rico y famoso. En aquella época, lo que me interesaba era esa posibilidad de vivir una vida de aventuras. Yo era hija única y pasaba mucho tiempo adentro porque sufría de asma y no podía salir. Mi mejor aventura estaba en lo que leía y escribía.

–¿Qué leías?

–Me encantaban Las aventuras de Tom Sawyer y Tarzán, pero creo que lo que más quería, en realidad, era ser como Jo, una de las hermanas de Mujercitas. Quería ser esa chica que salvaba a la familia del hambre y la pobreza. Eran tales la revelación y el consuelo que me daban esos libros, aquella sensación de libertad, que yo también me puse a escribir. Con el tiempo, vinieron otros autores que hoy son mis maestros, como Joseph Conrad y Anton Chéjov, y si tuviera que elegir a una autora, diría que me hubiera gustado ser como Agatha Christie. Siempre me apasionaron la historia y la arqueología, y en sus cuentos ella combinó con maestría la arqueología y los viajes.

–No deja de llamar la atención que la primera novela que escribiste a los 9 años fuera de género policial…

–Bueno, creo que quería ser detective (se ríe), y como no había mujeres policías, pensé que lo que me quedaba era hacer esto. Mi padre leía policiales y también las novelas del oeste que eran muy famosas en la época. Yo debo de haber leído esas novelas.

–Vos contaste que, cuando mandaste ese primer texto a Billiken, pensabas que podías convertirte en rica y famosa…

–Sí, completamente (sonríe). Eso me hace acordar a una época muy divertida. Cuando tenía 20 años, mientras estudiaba, uno de los trabajos que hice fue en una agencia de artistas. Venían Palito Ortega, Violeta Rivas y Mercedes Sosa flaquísima… Como en el lugar había una sala de música, oía a cantantes como Sasha Distel, Paul Anka y Luigi Tenco. Ahí conocí el mundo que hay detrás del espectáculo.

–Vlady, dentro de tus grandes temas, además de los viajes, aparece la idea del asombro como motor de tu obra.

–Sí. El escritor inglés Thomas Hardy, autor de novelas espléndidas como Tess, decía que frente a las experiencias de la vida, él era un first timer, alguien que siempre vive todo por primera vez. Eso es así, se llega por primera vez a todo, y yo tengo esa sensación muy despierta. Además, soy incansablemente curiosa. No puedo dejar de husmear en todo y de seguir aprendiendo y estudiando. A veces, creo que esa avidez por lo que puede ofrecer la vida viene de haber tenido una infancia de hija única y niña enferma.

–¿Hija única y niña enferma?

–Sí, de chica tenía asma, y no pude ir a la escuela pública hasta los 9 años, cuando mis padres tuvieron que llevarme casi moribunda a las sierras de Córdoba. Tal vez por eso, para mí, las sierras tienen un efecto curativo. Sigo yendo seguido, tengo una casa en La Cumbre.

–¿Cuánto te marcaron esos años de pasar tanto tiempo puertas adentro?

–Con el tiempo pude salir muy bien, pero fueron muchos años de invalidez y reclusión. Al no poder salir a jugar al aire libre con otros chicos, aprendí a leer muy temprano. Me enseñó mi abuela materna, que tenía que encontrar algo para tenerme quieta. La lectura me abrió una puerta a la libertad que le agradezco hasta hoy. La puerta a los libros, al conocimiento y a los sentimientos…

–¿Dónde vivías en la infancia?

–Vivía en La Lucila, que en esa época era un barrio casi de campo. Después, en San Isidro y Martínez. Una vez que entré en la facultad, descubrí la ciudad de Buenos Aires y me enamoré de ella con todos sus problemas. Buenos Aires es mi patria, podría vivir en otras ciudades, pero no podría escribir fuera de Buenos Aires.

–Tus libros están signados por los viajes. ¿Cuándo empezaste a viajar?

–Empecé a viajar como editora de una revista de turismo cuando tenía 28 años, y dejé cuando tenía 30 y pico para concentrarme en la escritura. Cuando dejé de viajar por la revista pensaba: “Qué lástima, nunca más voy a poder ir a Roma ni voy a volver a pisar Moscú”. Afortunadamente, con la publicación de mi primera novela, La octava maravilla, empezaron las traducciones de los libros y volví a viajar. Por entonces, ya tenía cerca de 40 años y estaba tan desesperada por escribir que cuando decidí ser una escritora full time, escribí una novela tras otra en poco tiempo.

–En tus libros desfilan los personajes solitarios y vulnerables, los antihéroes … ¿Hay una inclinación especial por esos personajes?

–No es una inclinación, es simplemente que la vida es dura. No hay ficción optimista y alegre, como no hay poesía que celebre la existencia en sí, con la excepción de Walt Whitman, que la cantaba. Toda narración implica un inconformismo y una queja. En mis libros, los que aparecen una y otra vez son los personajes solitarios y desilusionados, tal vez porque sus ilusiones eran demasiado ambiciosas. Por eso, tal vez, mi libro favorito de Dickens sea Grandes expectativas…

–¿Cómo dirías que te fue a vos con tus propias expectativas?

–Cruzo los dedos, pero me fue demasiado bien. Quería ser escritora y lo soy, después de pagar el precio que eso significa y de renunciar a muchas otras cosas. Creo que a uno se le conceden los deseos cuando no los pide todos juntos, cuando tenés dos o tres cosas. Quise tener hijos y los tengo. Tengo nietos y los disfruto. Nunca tuve la menor duda de que eso era lo que quería. Quise viajar mientras leía sobre aquellos viajes en el Misisipi, en un barco de ruedas sobre el que iban Huckleberry Finn y Tom Sawyer, y un día, a los 26 años, estaba arriba de uno de esos barcos en Nueva Orleans. De chica era imposible que pudiera ir más lejos que Mar del Plata y un día, de pronto, estaba en Bucarest…

–¿En qué momento conociste a tu marido?

–Era muy jovencita, tenía 21 años, y me enamoré y me casé enseguida. Los chicos nacieron poco tiempo después. El primero nació cuando tenía 22 y el segundo dos años después. Tuve dos maridos. Mi segundo marido falleció. Y ninguno de mis amores fue del mundo de las letras… No somos fáciles los escritores (sonríe).

–¿Hubiera sido demasiado?

–La verdad es que el amor, como el arte, suceden. Uno no sabe de quién se va a enamorar, cómo se va a enamorar ni por qué. No hay nada que podamos forzar, y por eso nuestros amigos siempre se casan con las personas que no nos gustan. No es que la otra persona sea desagradable, antipática o mala persona. Uno simplemente se queda con una especie de asombro…

–Antes decías que, así como pediste deseos y pudiste cumplirlos, hubo cosas que resignaste. ¿Qué quedó en el camino? ¿Sufriste desilusiones?

–No, desilusionarme nunca. Resigné cosas que tuvieron que ver con ciertas frivolidades que hacen al gusto de la vida. Soy una persona naturalmente sociable, pero si tuviera más vida social, no escribiría. Mi oficio es muy solitario y me aísla. Cuando yo era muy joven, mientras las personas de mi edad participaban en manifestaciones contra la guerra de Vietnam o se enloquecían con Los Beatles, yo participaba aisladamente porque tenía que quedarme en casa. Por lo demás, soy una persona que disfruta muchísimo de los momentos de alegría.

–¿Por ejemplo?

–Cuando era más joven, me lo pasaba bailando y todavía bailo a veces cuando estoy sola. Después están los hijos y los nietos, que también son una fuente de alegría. Aunque con los hijos, además de las alegrías y las conversaciones, las madres compartimos siempre los problemas. A ellos también me une la pasión por los viajes. Mis hijos han sido muy viajeros.

–En una nota hablabas de las tentaciones que, desde ahí afuera, amenazan con distraer los ratos de escritura…

–Sí, son muchas las tentaciones… Todos los que defendemos una vocación tenemos que renunciar a algunas cosas. Una de las cosas que resignás es el tema económico. Para no salirse del oficio cuando uno es joven, uno de los consejos que puedo dar es no aceptar trabajos bien pagos haciendo otras cosas. Ahí tenés una tentación. A mí en una época me costaba ganarme la vida. Trataba de mantenerme escribiendo notas y como empleada: de una joyería, de una biblioteca, de un agente de artistas, pero siempre tuve claro que lo hacía para poder escribir mis libros. Y hay otras tentaciones… Si salís de noche y volvés tardísimo, a la mañana no tenés ganas de hacer nada. Además, la vida siempre interfiere con la literatura: uno se resfría, tiene trámites que hacer, trabajos que entregar o conferencias que dar, y se enamora, se desenamora, se ríe, discute…

–¿La vida sólo interfiere en la literatura o también la alimenta?

–No. Somos los escritores los que tomamos de la vida lo que necesitamos, y no al revés. Los escritores somos ladrones de la vida, incluso de bagatelas, de detalles sin importancia aparente que después convertimos en otra cosa. La vida lo que hace es tentar al escritor. Y la mayoría de los escritores no tenemos una vida de aventuras. Estamos encerrados en nuestras casas, tenemos horarios precisos y necesitamos de una disciplina… Siempre hay un esfuerzo de voluntad y no eso que llaman el deseo, la inspiración o la compulsión. Finalmente, hay que armar un libro y hacer algo coherente.

*Vlady Kociancich nació en Buenos Aires en 1941. Estudió Letras e inglés antiguo con Jorge Luis Borges. Se destacó como escritora, periodista, crítica literaria y traductora.

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