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Artes

29 junio, 2016 | Por

Los diseños con identidad de Araceli Pourcel

En los talleres de estampado, bordado, tejido y joyería de Casa textil, la diseñadora promueve el hacer libre rescatando técnicas ancestrales desde un punto de vista contemporáneo. Experimentar es su juego favorito y lo comparte en su casa y en las aulas.


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Martes de otoño. Frío y lluvia sobre la vereda. Entrar a la casa-taller de Araceli Pourcel (45), en el Bajo Belgrano, cambia el estado de ánimo y el humor hasta atravesar una experiencia que convoca a cualquier persona con ganas de soltar la sensibilidad, el trazo, las manos y la posibilidad de crear.

La mañana y la consigna invitan a crear textiles, objetos o piezas de arte, no desde un patrón fijo, como hacían nuestras abuelas, sino desde la libertad, vinculando elementos (lanas, hilos, plásticos, ramas y palabras) y hasta donde la imaginación y la necesidad las lleven. No a nosotras –cronista y fotógrafa, apenas testigos de lo que pasa–, sino a ellas, las alumnas del taller anual de “Identidad textil” que han ido llegando y ya trabajan, laboriosas, sobre telas y piezas de colores.

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La profesora y dueña de casa nos muestra un poco de la dinámica del grupo mientras da vueltas alrededor de una mesa que está rodeada de joyas, cuadros o bordados de su autoría, y de referentes o artistas amigos. Primero reparará en una textura, una cuenta de color o una técnica, para pasar a contarnos que se formó como diseñadora de indumentaria en la Universidad de Buenos Aires, además de estudiar cine, fotografía, pintura, vestuario, escenografía y escultura. En otros tiempos, fue diseñadora de vestuario en Pol-ka, trabajó desarrollando colecciones de indumentaria y accesorios para marcas locales, y exhibió sus diseños en muestras y desfiles. Hasta que abrió los talleres de Casa textil, este espacio de enseñanza que coordina desde 2010.

Claro que fue en la infancia donde todo comenzó y Araceli pasó sus primeros años en una escuela de Belgrano como pupila. En esas aulas y días largos dio sus primeras puntadas e hizo sus primeros bordados, pero sobre todo fue allí donde se despertó su gusto por aprender. Todavía hoy, cuando no está acá, sale a dictar clases en otros espacios (como la cátedra Martin de la UBA, a la que fue invitada días atrás), y toma clases de pintura, escultura y arte textil porque “nunca va a dejar de estudiar”. De investigar y reinventarse para probar vías alternativas que la llevan a concentrarse en un metier u otro, pero dentro de un mismo camino de expresión que combina con la docencia, más allá de los servicios de diseño y trabajos que hace como vestuarista y hasta como protagonista de un cortometraje que, por estos días, preproduce el director Federico Serafín.

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“Hace seis años que nos juntamos para compartir experiencias”, sigue Araceli desde su rol de maestra en Casa textil. “En las clases rescatamos técnicas artesanales ancestrales mezcladas con otras súper contemporáneas, y de allí salen  cosas nuevas. La idea es que puedan construir obras desde el textil, y eso no es solo tejer y bordar sino componer, entramar elementos y con eso construir imágenes. Busco transmitirles el amor del trabajo manual porque las nuevas generaciones están más acostumbradas a proyectar y diseñar a través de la pantalla. Con el trabajo manual suceden otras cosas. Se piensa diferente y eso es lo que me interesa; sensibilizar el espacio creativo y que puedan tomar contacto con un hacer que puede no tener un objetivo o un fin utilitario”.

Araceli busca las palabras para compartir algo de lo singular o sensible que ocurre entre estas paredes y yo vuelvo la mirada sobre las chicas del taller: Nicole, Rosario, Rosita, Dina y Guillermina. Todas juntas, casi sin darse cuenta, arman un intercambio intergeneracional rico a la hora de compartir anécdotas y transmitir(se) saberes mientras crean formas que pueden empezar con una superficie lisa a la que le aparecerán agujeros, brillos, y de ahí saldrá un tubo, o una flor, o estrellas. Eso, entre otras magias inesperadas que las convocan y mantienen lejos de las rutinas, de las demandas de los hijos o trabajos, y en un quehacer que las ha llevado a colaborar unas con otras.

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Es el caso de aquella alumna que hacía zapatos y colaboró con la muestra de textiles de su maestra, o de esta otra que hace sombreros o pinturas, y de allí hasta la poeta Gabriela Bekerman, que se acercó al taller para compartir lo que le pasa con las palabras, invitó a las alumnas a escribir y luego esas creaciones fueron plasmadas en los bordados que Araceli las ayudó a concretar.

Araceli Pourcel suele compartir sus hallazgos en las cuentas de Casa textil en Facebook e Instagram. Allí pueden verse obras de Louise Bourgeoise, diseños de Houssein Chalayan, tejidos de Christine Meinderstma y bordados de Izziyana Suhaimi, algunas de sus fuentes de inspiración.

Ese taller hoy se llama “Poesía textil” y la misma Araceli rescata palabras y poemas en sus creaciones. En una de las paredes sobresale una frase que no pasa desapercibida; “Protegida, libre de todo lo que es vulgar y ahoga el espíritu”, se lee en uno de los bordados, y ella se enciende: “Eso está en el final de una carta que le escribió Dostoievski a Anna Grigorievna mientras estaba escribiendo El jugador. Al final le dice esas palabras preciosas y me pareció tan fuerte que lo bordé. Quise que esa frase me acompañara también a mí toda la vida”.

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Del diseño de autor al arte, y de allí a la docencia, Araceli agrega: “El hacer libre desde la técnica textil es desestructurante. Es lindo poder hacer por puro disfrute y ver cómo, en ese hacer, aparecen cosas nuevas. El trabajo con las manos activa zonas del cerebro, genera habilidades nuevas y sensibiliza, porque uno no está acostumbrado a realizar cosas de motricidad tan fina. Vas entrando en un tiempo diferente y no es solo saber hacer sino que se juega algo más espiritual: podés ser transformada por ese nuevo conocimiento. Lo que uno hace es un tesoro y eso ya es transformador”.

–¿Qué te da a vos el trabajo con las manos, ya sea para plasmar un vestido, una pintura, una joya o una instalación?

–No sé… siento amor cuando hago las cosas y esa felicidad de poder estar en tiempo presente. Si además puedo compartir esa experiencia introspectiva con otros, aún mejor. La docencia es para mí un vínculo con el otro donde hay un ida y vuelta muy afectivo. Además me gusta empezar a trabajar con materiales nuevos y poder contar algo nuevo. Ahora estoy dedicada a las instalaciones, y trabajo con acrílico, textiles, alambre, lanas, plásticos, pinturas y vajilla. Cuando miro para atrás, veo que fui cambiando. Los primeros diez años me dediqué al vestuario. Los segundos diez años hice diseño, y ahora estoy dedicada a la docencia y el arte. Después, qué sé yo lo que vendrá.

Por Agustina Rabaini. Fotos: Estefanía Landesmann.

1 de 5 Sus discípulas aprenden técnicas textiles.
2 de 5 La maestra y sus alumnas, en pleno trabajo
3 de 5 Elementos de trabajo, para desplegar la creatividad-
4 de 5 Una pieza de bordado.
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