Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

7 julio, 2020

Los cuerpos y las almas tienen sed

Tocarnos, abrazarnos, compartir la certeza de la mutua existencia junto al otro. Nuestros cuerpos se extrañan y, a la distancia, añoran el contacto de la piel. A las almas sedientas no les alcanza con encontrarse a través de las pantallas: esperan con ansias las caricias que solo unas manos queridas, tibias, pueden darles...


Podés escuchar esta nota haciendo clic acá:

Ir a descargar

Foto: Sebastián Voortman (Pexels).

Por Sergio Sinay

En 1938 apareció en el horizonte literario latinoamericano una novela cuya lectura conmueve y asombra aun hoy. En apenas 70 páginas la escritora chilena María Luisa Bombal (1910-1980), que en ese entonces tenía 28 años, bucea hasta el fondo en la vida, los sentimientos, las sensaciones y la psicología de una mujer que, durante el relato, yace muerta pero tiene plena conciencia de su propio velorio, de quienes asisten a él y de aquello a que cada una de esas presencias la remiten. Desde esa distancia entre onírica y fantasmática despliega una mirada en perspectiva sobre su propia vida y la de los otros, redescubre el mundo en el que estuvo viva y comprende sutiles matices de las relaciones que mantuvo con sus padres, sus hijos, su marido, sus amantes.

El título de la novela (un clásico no solo de la literatura chilena, sino de la de habla hispana) es La amortajada, fue calurosamente elogiada por Borges, quien en principio no creyó que una historia así pudiera ser narrada, y fue convertida en una serie de 20 capítulos en 1971 por la televisión de Chile. 

María Luisa Bombal, iluminada e inspirada, despliega allí un estilo propio, incomparable (de hecho, La amortajada no cabe en ninguna de las corrientes de la literatura latinoamericana), de una precisión y una belleza que por momentos cortan el aliento de quien lee y empobrecen las palabras para definirlo. Además de todo esto, la novela admira por la inteligencia conque, más de 70 décadas atrás, percibe y describe los modelos, mandatos y paradigmas de la relación mujer-hombre y los costos y mutilaciones afectivos, psíquicos y emocionales pagados por unos y otras en esa vinculación. Sin declararse feminista, y con un talento y una sensibilidad que encandilan, Bombal da en todas las teclas de la cuestión sin necesidad de discursos obvios y binarios.

Mensaje para el presente

En un momento del relato la amortajada, a través de su emocionante y revelador monólogo interior, piensa: “¡Oh, Dios mío, insensatos hay quienes dicen que una vez muertos no debe preocuparnos nuestro cuerpo!”. Ese cuerpo, ya inerte para los vivos, tiene, sin embargo, una última necesidad: disgregarse “serenamente, honorablemente”, entre ordenados cipreses, “en la misma capilla donde su madre y varios hermanos duermen alineados”. En cambio, piensa ella desde su féretro, a través de autopsias y otros métodos, se acostumbra a seguir profanando los cuerpos.

A la luz de las cuarentenas sin fin, de la obsesión por achatar curvas (sin que nunca se sepa bien cuánta es la chatura necesaria), de disparar cifras en filminas confusas que deben corregirse permanentemente a causa de sus errores, de discutir de una jurisdicción a otra arrojándose cifras y porcentajes como si estas no representaran vidas y personas, este pasaje de La amortajada adquiere una inesperada presencia. Nos recuerda, con la belleza conque puede hacerlo el arte, que los cuerpos existen, que desean, que sienten, que necesitan y que piden respeto. Porque, en definitiva, nuestros cuerpos no son un simple soporte de nuestras mentes. Somos criaturas en las que cuerpo, mente y alma se integran. Una sagrada mixtura en la que ninguno de estos aspectos puede faltar sin desintegrar nuestra identidad. Cuando se aísla, separa y confina a nuestros cuerpos, enviándolos fuera del mundo, a un exilio interminable y, partir de cierto momento, inexplicable e insostenible, sufren nuestra mente y nuestra alma.

Después de más de un centenar de días de ese extrañamiento nuestros cuerpos piden contacto, abrazos, besos, caricias, palmadas, apretones, el calor, la textura, el aroma de otros cuerpos, en principio de cuerpos queridos, pero también de esos cuerpos con los que estamos acostumbrados a cruzarnos en diferentes espacios (así sea por un instante) y que nos certifican y garantizan la existencia y la presencia del otro, del prójimo. Esa presencia que, con su mirada, su escucha, su voz, su cercanía palpable, nos asegura que también nosotros existimos. Porque existir es hacerlo con otros.

Más que sobrevivir, vivir

Nuestros cuerpos, y nosotros que somos ellos, no quieren solo sobrevivir. No les basta conque se los preserve para una existencia vegetativa, temerosa, escondida, que achate curvas descritas en jergas de expertos. Necesitan vivir para algo, junto a otros, ser partícipes y portadores de sueños, de proyectos, estar incluidos en el sentido de nuestras vidas. No ser recordados solo cuando enferman o cuando pretendemos lucirlos (a través de dietas, rutinas absurdas, inscripciones y dibujos que laceran la piel) como vidrieras. Nuestros cuerpos tienen hoy sed de otros cuerpos, porque cuando se encuentran los cuerpos encarnan el amor, la fraternidad, la alegría, la compasión. Cuando los cuerpos se encuentran es posible repartir la tristeza y multiplicar el regocijo, calmar el dolor y avivar el disfrute. Cuando nuestros cuerpos se encuentran, se abren las puertas de la jaula de la soledad. Cuando nuestros cuerpos se encuentran se riegan unos a otros y, como las plantas sedientas, florecen, se elevan.

Hay algo que quienes manejan cifras, trazan políticas y toman medidas sin comunicar ni inspirar esperanza parecen no comprender. Que vivir es más que sobrevivir y que no solo se muere al dejar de respirar o cuando la sangre ya no circula en nuestras venas. También se puede morir sin dejar de respirar y con la sangre en circulación. Lo saben nuestros cuerpos y, con ellos, nuestras mentes y nuestras almas. Nuestros cuerpos tienen sed. Los cuerpos de abuelos tienen sed de nietos y los nietos de abuelos. Los cuerpos tienen sed amigos. Sed de vecinos. Hay hijos que, como nunca, tienen sed de padres y madres. Padres y madres con sed de hijos. Cuerpos de comerciantes tienen sed de los cuerpos de clientes y los clientes con sed de comerciantes, no solo por el intercambio económico, sino por la relación humana. Las manos de tu peluquero tocan tu pelo. Dos cuerpos se comunican. Pero ahora no pueden y se extrañan. La sed de los cuerpos está en las ausentes, pequeñas, casi inadvertidas relaciones cotidianas. ¿Cómo explicarlo a quien no siente esa sed, a quien parece haberla anulado, y con ella anuló tantas otras cosas? ¿Cómo explicarle a quien pretende acallar esa sed de los cuerpos, las mentes y las almas con explicaciones que no explican, que no mitigan?

Cuando llegue el momento, porque el momento llegará, de que sea posible calmar la sed de los cuerpos, quizás seamos como niños que tienen que aprender lo nuevo. Aunque, curiosamente, lo nuevo será lo viejo, lo negado a los cuerpos confinados. Habrá, quizás, que reaprender a conocerse, a abrazarse, a estrechar una piel con otra, a compartir espacios sin temor y sin sospecha, a confiar, a recibirnos, a olernos, a revolcarnos juntos. No basta querernos con el recuerdo, con la voz mediatizada por el celular o la computadora, con la imagen en una pantalla. No basta con eso para apagar la legítima sed de nuestros cuerpos. Que es la legítima sed de nuestras almas. Vamos a tener que calmar esa sed de unos a otros. Con cuidado, con amor, con respeto, con paciencia. Como se le da de beber, y como se bebe, después de haber cruzado el desierto.

Leé también El perdido arte de esperar

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

Comentarios ()