Sophia - Despliega el Alma

Sabiduría

16 julio, 2018

Los árboles, nuestros sabios gigantes

Son los seres vivos más viejos y más altos del planeta. Representan la conexión con lo sagrado y con los ciclos vitales. Recuperar esa mirada es restablecer el lazo que nos une en nuestro recorrido existencial. 


Por Carolina Cattaneo y Lina Vargas. Fotos: Beth Moon.

El primer disparo ocurrió en 1999 en el distrito de Lincolnshire, Inglaterra. Beth Moon se paró frente a un viejo roble y presionó el obturador de su cámara. Así empezó esta fotógrafa nacida en los Estados Unidos un vínculo estrecho que aún mantiene con los árboles más antiguos, más grandes y más significativos del planeta. En realidad, como casi todas, la historia de este lazo empezó en su infancia. “Desde que me levantaba hasta la noche, cuando me llamaban para volver a la casa, jugaba afuera. Los árboles eran mi refugio. Buscaba los mejores para poder treparme, sentarme en una rama y ver el mundo desde allí arriba”, contó a Sophia por mail. Hoy, a los 61 años, es reconocida a nivel internacional por sus fotos, algunas de las cuales ilustran esta nota. “Caminar en los bosques puede ser sanador y curativo en muchos aspectos. A mí, hacerlo me despeja la mente, me inspira y me da calma”.

Beth Moon podría ser una de esas personas a las que la psiquiatra estadounidense Jean Shinoda Bolen, autora del best seller Las diosas de cada mujer (Kairós, 2001), llama “personas árbol”, aquellas que sienten una atracción especial por un árbol en particular y empatía por la especie en general. La propia Shinoda Bolen, en su libro Sabia como un árbol (Kairós, 2012), se reconoce como tal y reconstruye el dolor que sintió cuando, por capricho de un vecino, fue talado un añejo pino de Monterrey que se erguía frente a su casa.

En el planeta viven 3 billones de árboles, una cifra descomunal que incluye 12 ceros detrás del 3. A diferencia de otras especies de seres vivos, que solo se dejan ver en regiones vírgenes o muy silvestres, ellos están alrededor, en nuestra proximidad más cercana. Podemos verlos en las metrópolis o en los pequeños pueblos, desde la ventana de un rascacielos, a bordo de un tren o desde la cama, en el silencio de la noche, bañados por la luz de la luna. Su presencia, de tan común, a veces se hace invisible. Apenas sabemos que echan hojas en otoño y que reverdecen en primavera; con suerte, todavía podemos identificar algunos por sus nombres. Los ignoramos. Esto no sucede entre quienes experimentan atracción por ellos, como Beth Moon, quien dice vivir en estado de asombro ante su majestuosidad y supervivencia.

“Hubo árboles antes que hubiera libros. Y acaso, cuando acaben los libros, continúen los árboles. Y tal vez llegue la humanidad a un grado tal de cultura, que no necesite ya de libros, pero siempre necesitará de árboles. Y, entonces, abonará los árboles con libros”.

Miguel de Unamuno (1864-1936)

Para quienes encuentran esa conexión con los árboles, la comunicación que se da es silenciosa y no requiere, según el psicoterapeuta Thomas Moore, de argumentos racionales. “No necesitamos explicar cómo se da este diálogo, sino simplemente encontrar el camino de vuelta hacia un mundo encantado en el que somos una comunidad con la naturaleza y ella deja de ser muda”, escribe en su libro The Re-Enchantment of Everyday Life (El reencantamiento de la vida cotidiana), publicado por Harper Collins en 1996.

¿Quién de niño no encontró alguna vez refugio en un árbol para leer historias de aventuras? ¿Quién no fantaseó con una casita sobre sus ramas? ¿Quién no sintió alivio al sentarse bajo su sombra generosa en días de calor ardiente? ¿Quién no se adormeció en el césped con el arrullo del viento entre las hojas?

“Todo esto –dice Moore– nos indica que los árboles no son meros objetos materiales, sino que tienen cuerpo, alma y espíritu”.

Y todo, gracias a ellos 

En alguna montaña del Bosque Nacional de Inyo, al este de California, vive Matusalén, un pino de 4848 años. No está permitido publicar fotos de él ni revelar su ubicación exacta, para protegerlo de actos vandálicos. Matusalén, esculpido por los feroces vientos a tres mil metros de altura, ya estaba ahí cuando Neil Armstrong pisó la Luna, cuando los mayas construyeron las pirámides, cuando Virgilio escribió La Eneida, cuando, en el año 965 antes de Cristo, el rey David murió y lo sucedió su hijo Salomón. El tejo de Fortingall, en Escocia, tiene 5000 años; 4000 el ciprés de Abarkuh, en Irán; 3600 un alerce milenario en Chile. Las cifras sobre árboles son así de escandalosas. No existe otro ser vivo más viejo ni otro más alto. Tampoco más generoso: gracias a su entramado biológico, convierten el dióxido de carbono en el oxígeno que necesitamos para respirar, nos brindan alimento, materia prima para construir casas y celulosa para transformar en papel. Nos dan el fuego. Aun así, cada año se talan unos 150.000 millones de especímenes. Como nos recuerda el historiador británico Thomas Pakenham, cada árbol tiene un diseño distinto y todos están vivos, algo tan evidente y, sin embargo, tan usualmente pasado por alto.

Símbolo universal

Los vikingos se hicieron famosos por su conocimiento de las mareas y por aventurarse a tierras nuevas, aunque no tanto por su enorme caudal simbólico: ellos concebían al universo como un gran fresno, el Ygdrassil. Ese árbol era su casa y la de los dioses; las ramificaciones representaban la unidad en la diversidad, y las raíces, el tronco y la copa, el mundo subterráneo, el mundo terrestre y el mundo celeste, respectivamente. Los veneraban tanto que, cuando tenían que cortarlos para usar su madera, les pedían permiso.

“El árbol es un símbolo universal, muy ancestral, una matriz simbólica que han tomado todas las tradiciones para representar un esquema del cosmos y su lugar en él”, le explica a Sophia la antropóloga Ana María Llamazares, autora de Del reloj a la flor de loto (Del Nuevo Extremo, 2011). “En las tradiciones orientales, el árbol aparece también como símbolo de totalidad y como lugar de iluminación”. Llamazares agrega que las distintas culturas fueron vistiendo con distintos ropajes a esa matriz simbólica.

Desde tiempos remotos, al árbol como representación de algo más lo llamamos “árbol cósmico” o “árbol de la vida”. Su figura, coinciden muchos autores, es arquetípica, lleva la marca de agua con la que, de acuerdo con el psiquiatra Carl Gustav Jung, los humanos venimos al mundo. Como explica Shinoda Bolen, el arquetipo es una conexión establecida intuitivamente que surge de una fuente común. El árbol, entonces, no es solo un árbol, sino algo más: un tilo es simplemente un tilo, un ciprés es simplemente un ciprés, hasta que le otorgamos un significado más profundo.

“El símbolo permite hacer visibles cosas invisibles. Podemos acceder a ellas desde un lenguaje metafórico, poético y artístico”, dice Llamazares. “El árbol como símbolo hace visible muchas cosas. Hace visible, por ejemplo, la interconexión entre el cielo (la copa), la tierra (el tronco) y el inframundo (las raíces); entre el individuo y la divinidad o lo sagrado. Como eje del mundo o axis mundi. También lo asociamos con los ciclos vitales, porque dentro suyo están representadas las cuatro estaciones, que son una vuelta completa de la vida: la primavera como nacimiento y renacimiento, el invierno como muerte, el otoño como incubación, el verano como florecimiento”.

“El árbol como símbolo hace visible muchas cosas. Hace visible, por ejemplo, la interconexión entre el cielo (la copa), la tierra (el tronco) y el inframundo (las raíces); entre el individuo y la divinidad o lo sagrado”. Ana María Llamazares, antropóloga.

Para Jung, las formas comunes con las que la humanidad ha asociado al árbol son el despliegue físico y espiritual, el crecimiento, lo maternal, la vejez, la muerte y el renacimiento y la transformación. “Un árbol es símbolo del Sí-Mismo (…) –escribe Shinoda Bolen–, un término genérico para las incontables maneras en que experimentamos tener un sentimiento de propósito que crece de dentro hacia afuera. La conexión con el Sí-Mismo es como tener una brújula interior que se ve atraída por el imán de la divinidad o de la sabiduría”.

La mirada del árbol como algo sagrado parece haberse apagado. Poco subsiste de esa idea ancestral en la que los seres humanos se concebían en comunidad con la naturaleza. ¿Dejamos algo en el camino? ¿Nos estamos perdiendo un aspecto de la vida? ¿Estamos pasando por alto una dimensión esencial?

“En la actualidad, nuestra cultura ha rechazado este mundo de la simbología. Se ha adentrado en una faz económica y política donde los principios espirituales son descartados por completo. Puedes tener una ética práctica y ese tipo de cosas, pero no hay espiritualidad en ningún aspecto de nuestra civilización occidental contemporánea”, se lee en el libro Mitos de la luz (Marea, 2017), del mitólogo estadounidense Jospeh Campbell.

Acampar bajo las copas

Beth Moon acampó debajo de los baobabs en Botsuana y de árboles del dragón en Socotra, en el Cuerno de África. “Fue inolvidable. Jamás me sentí más vibrante y más viva”, dijo a National Geographic. Ella, que viajó a Yemen, Israel, África, Camboya y distintas partes de Europa en busca ejemplares de características únicas, dice que siempre sintió una conexión con los árboles a nivel profundo. Contó a Sophia que este trabajo, al que proyecta darle continuidad, surgió como un desafío profesional y como un llamado espiritual: “A menudo pienso que estoy haciendo lo que debo hacer”. Los criterios que tiene en cuenta para fotografiar árboles son su edad, su inmensidad y su historia. En el periódico británico The Daily Mail, dijo que a través de la fotografía busca capturar y traducir el asombro que siente ante la naturaleza: “No quiero simplemente documentar, sino retratar la belleza y el entusiasmo que siento ante ellos”.

 En el principio creó Dios el cielo y la tierra

En el tercer día de la creación, Dios quiso que la tierra produjera vegetación, hierbas que dieran semillas y árboles que dieran fruto. “Y todo eso ocurrió”. En el sexto, creó al ser humano, “macho y hembra los creó”. Los puso en el Jardín del Edén, en cuyo centro había dos árboles: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. Prohibió a Adán y Eva comer los frutos del segundo porque, si lo hacían, serían expulsados del paraíso. Ellos desobedecieron y comieron de él. Por su desobediencia, Dios los expulsó del Edén y los castigó: a ella le dijo que pariría con dolor, y a él, que ganaría el pan con el sudor de su frente. Después de echarlos, puso al Ángel de la Espada Flamígera para proteger al árbol de la vida, representación de la vida eterna. El relato del Génesis, primer libro de la Biblia, narra hechos que, a lo largo de la historia, fueron interpretados como la caída del ser humano en el pecado.

Sobre la mesa del living hay café y agua fresca. Inés Olivero, psicóloga y presidenta de la Fundación para la Asistencia de Personas Adictas a Personas, ofrece su mirada de esos pasajes: “El árbol del conocimiento del bien y del mal simboliza al intelecto, a la razón; es el que discierne, el que distingue y separa para conocer. Representa lo masculino. El árbol de la vida es el que no juzga y para el que no hay ‘bien y mal’; es el de la integración de los opuestos, de lo femenino y lo masculino. Pero para acceder al encuentro con el árbol de la vida es necesario, previamente, ‘caerse del caballo’, reconocer las limitaciones del conocimiento racional y aceptar la Sombra, a través del empoderamiento de lo femenino y el uso de la intuición”.

En el Apocalipsis, un libro por fuera del Nuevo Testamento, el árbol de la vida vuelve a escena: “En medio de la plaza, a otra margen del río, hay un árbol de vida que da fruto doce veces, una vez cada mes; y sus hojas sirven de medicina para los gentiles (22:1-2). Y no habrá ya maldición alguna” (22:3). También dice: “Dichosos los que laven sus vestiduras, así podrán disponer del árbol de la vida y entrarán por las puertas en la ciudad” (22:14).

“El árbol del conocimiento del bien y del mal simboliza al intelecto, a la razón; es el que discierne, el que distingue y separa para conocer. Representa lo masculino. El árbol de la vida es el que no juzga y para el que no hay ‘bien y mal’; es el de la integración de los opuestos, de lo femenino y lo masculino

“Lo femenino de la humanidad ha sido asediado desde el comienzo; vivimos en la supremacía del intelecto, el que cree saber todo y el que denosta la intuición. Pero sin lo femenino activo, se genera un daño difícil de reparar: nos impulsa a negar y hasta destruir el potencial de la intuición como manifestación femenina de la mente. ‘No es bueno que el hombre esté solo’ remite a la herida que causaría el menoscabo de la intuición, algo que existe tanto en hombres como en mujeres, ya que, en unos y otros, determina el potencial de nuestra creatividad”, dice Olivero.

Para ella, el ser humano empieza su tránsito con un árbol –el del conocimiento del bien y del mal–, equivalente a la razón, a lo masculino; luego llega al Calvario y la Crucifixión, como la muerte del poderío racional, y se encuentra con la importancia de los símbolos y la apreciación de las señales de otro orden que orientan a la integración. El Apocalipsis nos muestra el camino de vuelta hacia el árbol de la vida. Este árbol incluye ambos potenciales humanos (masculino y femenino) y abraza los opuestos. Es el viaje de retorno a la fuente, al origen. El Apocalipsis, entendido como revelación y no como caos, es una escala hacia otro destino: “El hombre nuevo debe surgir de la integración de lo femenino y lo masculino interno, religando y no confrontando. En el mundo del nihilismo, del consumo, hay inquietudes que no sabemos cómo formular ni resolver y que desgastan nuestras mejores cualidades; de pronto, acceder a mitos como el viaje del héroe y a las manifestaciones de las distintas religiones nos hace entretejer hilos hasta encontrar un sentido”.

Inspiración

Las manifestaciones culturales entre los humanos y los árboles han sido, y son, prolíficas: al filo de su muerte, Vincent Van Gogh (1853-1850) pintó una serie de cuadros de árboles y bosques. El tríptico El árbol de la vida, de Gustav Klimt (1862-1918), es una de sus obras más conocidas. En El Silmarillion, el escritor británico J.R.R. Tolkien narra el origen de una raza de cuidadores de árboles que tienen, ellos mismos, cuerpos arbóreos. Hadas, duendes y humanos habitan los bosques de Sueño de una noche de verano, de Shakespeare. En los cuentos de los hermanos Grimm, los bosques son morada de criaturas fantásticas y escondites tenebrosos. En la película de animación Mi vecino Totoro (1988), del japonés Hayao Miyazaki, Totoro se presenta como una mezcla de mapache, gato y búho, y es, a la vez, el gran espíritu del bosque. En Avatar (2009), del cineasta James Cameron, la morada de sus personajes en el planeta Pandora es un árbol ancestral y gigante cuyas semillas son espíritus puros.

La metáfora de tu vida 

Nadie es dueño de los símbolos, pero todos lo somos. En sus talleres sobre chamanismo y espiritualidad, Ana María Llamazares toma el símbolo del árbol para reconectar con una trama vital y llena de sentido. Ella explica que personas y árboles compartimos la posición vertical, y eso nos permite identificarnos y acercarnos al autoconocimiento: “Si introyectamos este símbolo, podemos visualizarnos con las piernas enraizadas hacia el inframundo –lo que tenemos negado de nosotros mismos–, y a la vez conectados con la tierra. Al torso lo podemos identificar con el tronco, como canal de conexión, y a los brazos, con las ramas que se expanden hacia arriba. Así podemos experimentar un sentimiento de totalidad dinámica, donde la energía asciende y también desciende. Somos seres encarnados que vivimos en la tierra del medio; entonces, el trabajo consiste en empezar por ir al inframundo para subir a los mundos superiores, después volver al mundo del medio y así integrar cielo y tierra. Este ejercicio es un recurso para escuchar con más fuerza la voz interior”.

Jean Shinoda Bolen dice que la imagen de un árbol es una metáfora para las personas que atraviesan un proceso de desarrollo espiritual. “Ser como un árbol –comenta– es acceder a la iluminación que llega tras las enseñanzas, la oración y la meditación; también es vivir en un universo cooperativo en relación con la vida, como los pueblos indígenas”.

En la misma senda, Thomas Moore propone volver a mirar el mundo como un espacio encantado. Así, sabríamos que no estamos conectados a los árboles en la cadena natural de los seres vivos, sino que nosotros mismos somos árboles. Solo entonces, nos dice, sabremos por qué en los cuentos de hadas la respuesta al misterio de la vida suele encontrarse en los bosques, el lugar donde los árboles se congregan para desplegar su encanto.

 

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