Lo que perdemos al elegir: cómo sentirnos en paz con nuestras decisiones - Sophia Online

BUENA VIDA

Lo que perdemos al elegir: cómo sentirnos en paz con nuestras decisiones

Cada elección abre un camino, pero cierra otros. El desafío será aceptar lo que dejamos atrás, sin anclarnos en la ilusión de la vida que pudo ser.

POR Nina Rusconi

Toda elección implica una pérdida. Cuando aceptamos un trabajo, dejamos otro atrás. Cuando elegimos una ciudad para vivir, una pareja, una carrera o incluso una forma de organizar nuestros días, estamos diciendo “sí” a una versión de nosotros mismos, pero también “no” a muchas otras posibles. Quizás por eso decidir resulta tan difícil: porque sabemos que elegir siempre implica una renuncia.

A veces —muchas veces— esas vidas que fuimos invitados a vivir regresan como una pregunta silenciosa: “¿qué hubiera pasado si…?”. Pero ese es un interrogante que no podemos responder: forma parte de la experiencia de tomar decisiones. La profesión que no elegimos, el lugar al que nunca nos mudamos, la relación que no prosperó o el proyecto que quedó a la espera del momento indicado, pueden convertirse en fantasías que volverán una y otra vez. Quizás por eso necesitamos aprender a hacer las paces con el presente que estamos eligiendo construir.

Vivimos en una época que nos invita a creer que existe una decisión perfecta. La relación correcta, el puesto ideal, el momento oportuno. Como si, con suficiente información y análisis, pudiéramos saltearnos las dudas, las culpas y los arrepentimientos. Sin embargo, la experiencia humana parece decirnos otra cosa: no existen elecciones libres de incertidumbre. Aceptar que las sombras también forman parte del camino quizás sea una de las formas más amables de habitar nuestras decisiones. 

El psiquiatra y filósofo estadounidense Irvin Yalom afirma que la libertad es una de las grandes fuentes de ansiedad de nuestra existencia, porque ser libres significa que nadie puede elegir por nosotros. Yalom plantea que la libertad, entonces, no es sólo un privilegio, sino que también tiene su espesor. Porque cada decisión nos vuelve responsables de las consecuencias. 

Quizás por eso tantas veces nos demoramos en tomar determinaciones importantes. Permanecemos durante años en puestos de trabajo que ya no nos representan, sostenemos vínculos que se agotaron o postergamos proyectos que, aunque nos entusiasman, también nos llenan de dudas. No siempre porque ignoremos qué es lo que realmente queremos, sino porque intuimos que esas elecciones tendrán como consecuencia un duelo. 

El costo emocional de elegir

Hay una verdad que pocas veces se menciona: incluso las buenas decisiones duelen. Aceptar una oportunidad laboral implica abandonar una rutina que brindaba seguridad. Apostar por una relación es sacrificar parte de nuestra antigua independencia. Convertirnos en madres o padres, por más maravilloso que sea, es despedirse de una forma de vivir para dar lugar a otra totalmente nueva. Elegir siempre abre horizontes pero, al mismo tiempo, cierra otros paisajes posibles. Y reconocer esa pérdida no vuelve equivocada una decisión, sólo exige madurez. 

Mudarnos a otro país puede ser un buen ejemplo del costo que tienen nuestras elecciones. María Berardi, counselor y coach ontológica especializada en duelo migratorio señala que casi todas las personas que eligen vivir en el extranjero pasan por un momento de dolor, sin importar cuán decididos estaban de irse ni lo contentos que se encuentran en el nuevo lugar. Según explica, siempre hay un sentimiento relacionado a lo que se pierde. “Cuando nos vamos a vivir afuera atravesamos un duelo, y no es cualquier duelo, es uno muy especial, porque representa muchos duelos en forma simultánea. Dejamos atrás el idioma, la cultura, la forma de vivir, nuestra familia, el medio social, el clima, hasta la comida”, destaca y hace hincapié en la importancia de reconocerlo para poder avanzar.

La verdadera cuestión no es elegir sin equivocarnos. Tampoco evitar toda pérdida. El desafío es otro: ¿cómo convivimos con aquello que dejamos atrás sin quedar atrapados en la nostalgia de lo que pudo haber sido? James Hollis, referente en psicología junguiana, suele recordar que una vida auténtica requiere el coraje de tomar decisiones alineadas con nuestra verdad interior, aunque no exista ninguna garantía sobre el resultado. Y acá entra en juego nuestra intuición, por eso es tan importante aprender a escucharnos y a ser fieles con aquello que dictan nuestras emociones. Porque la pregunta es si estamos dispuestos a perder aquello que debemos dejar ir para acercarnos a la vida que queremos.

Tal vez por eso, en los momentos de grandes decisiones, muchas personas sienten la necesidad de apoyarse en algo que las trasciende. Algunos rezan, otros meditan, consultan un texto sagrado, salen a caminar en silencio o simplemente buscan un momento de recogimiento para escuchar con más claridad aquello que la razón no alcanza a responder. Es que elegir también puede ser un acto de fe, si confiamos en que podremos darle sentido a lo que venga. A veces la serenidad no nace de saber qué ocurrirá, sino de creer que, cualquiera sea el resultado, contaremos con los recursos y con la ayuda necesaria para atravesarlo.

La psicóloga Sandra Vorobechik afirma que tomar decisiones siempre es una tarea difícil. “Elegir entre distintas opciones significa perder algo y no se puede tener la certeza de que lo que dejé no era más valioso que lo que elegí. Por eso, una elección siempre pone en jaque la tolerancia a la frustración, porque es aceptar que uno no puede tenerlo todo. Es, a su vez, confiar que lo que elijo es más valioso para mí. La tolerancia a la frustración y la confianza, dos procesos que se construyen desde la infancia, resultan fundamentales al momento de decidir. Nunca podemos tener la certeza de haber tomado la decisión correcta, pero sí es muy importante confiar en lo que elegimos. Eso nos dará tranquilidad a la hora de repasar la decisión tomada”.

La sabiduría de la intuición

En ocasiones no podemos explicar racionalmente por qué una decisión nos atrae. Algo dentro nuestro simplemente lo sabe. Clarissa Pinkola Estés, autora del libro Mujeres que corren con los lobos, describe esa fuerza como la voz de la “mujer salvaje”: una sabiduría profunda, intuitiva, que se percibe antes de que la mente logre ordenar argumentos racionalmente. 

Tal vez todos hemos vivido experiencias así. Un trabajo que se veía desafiante, pero atractivo. Una mudanza que no terminábamos de justificar. Una relación que sentíamos correcta antes de que comience. Con frecuencia, el sentido aparece después. Cuando miramos hacia atrás, comprendemos que aquella decisión en su momento impulsiva, nos condujo hacia aprendizajes o transformaciones que nunca hubiéramos imaginado.

Como escribió el filósofo Víktor Frankl: “Nuestra última libertad humana consiste en elegir la actitud con la que respondemos a las circunstancias de la vida. Elegir es, en definitiva, participar activamente en la construcción de significado”. 

Las vidas que no fueron

Por supuesto, una y otra vez imaginamos y nos preguntamos qué habría ocurrido si hubiéramos tomado otro camino. ¿Y si aceptaba esa propuesta? ¿Si terminaba esa relación antes? ¿Si me animaba a volver a empezar?

Las preguntas son inevitables. El problema surge cuando convertimos esas posibilidades en versiones idealizadas. Las vidas que no vivimos suelen parecer perfectas precisamente porque nunca tuvieron que enfrentarse a la realidad. No conocemos sus frustraciones, sus pérdidas ni sus límites. Sólo vemos el brillo de lo posible, y eso nos confunde.

La maestra budista Pema Chödrön propone una mirada compasiva sobre aquello que no pudo ser. En lugar de aferrarnos a escenarios imaginarios, invita a permanecer presentes en la vida que sí está ocurriendo, en aquello que es nuestro aquí y ahora. Porque ninguna existencia puede desplegar todas sus posibilidades al mismo tiempo. 

Convivir con la duda

Tomar una decisión importante no significa eliminar para siempre la incertidumbre. La duda suele acompañar incluso las elecciones correctas. Quizás la verdadera madurez no consista en encontrar certezas absolutas, sino en desarrollar la capacidad de aprender a caminar sin ellas. 

Además, en muchas ocasiones, una elección acertada pudo haber tardado días, meses e incluso años en aparecer. Quizás porque para llegar hasta ahí, antes tuvo que pasar por decisiones equivocadas que enseñaron que no era eso lo que se buscaba.

Abrirse a la idea de que nunca tendremos toda la información, es clave. También a que algunas respuestas recién aparecen después de actuar. Porque la comprensión de una decisión no siempre se revela en el momento en que la tomamos, sino que puede sorprendernos mucho más tarde, cuando por fin observamos la trama completa.

Después de todo, una vida significativa no se construye a partir de decisiones perfectas. Se construye a partir de elecciones sostenidas con responsabilidad, confianza y valentía. No se trata de dejar de mirar los caminos que quedaron atrás; también forman parte de nuestra historia y merecen ser honrados. Pero ninguna de esas vidas imaginadas puede reemplazar la única que tiene la posibilidad de volverse real y que es la que elegimos habitar cada día.

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