Sophia - Despliega el Alma

Violencia

4 junio, 2015

Lo que #NiUnaMenos nos dejó

La redacción de Sophia a pleno fue parte de la histórica convocatoria de ayer. Queremos compartir con vos nuestras fotos y sensaciones sobre todo eso que nos pasó frente al Congreso. ¿Nos acompañás a continuar la lucha?


 

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“El camino de la no violencia”

Por Cristina Miguens

La convocatoria me produjo una sensación maravillosa, tantos testimonios dolorosos y únicos, reflejando fuerza y dignidad a la vez, mientras sostenían sus carteles con una actitud de resistencia pacífica. Que las mujeres nos hayamos levantado es la gran señal. “Cuando la gente se harta de sufrir es un buen momento para despertar”, dijo el sacerdote jesuita Anthony De Mello. Hoy me pregunto: con la enorme cantidad de dolor que compartimos ayer a través de cada una de las víctimas de violencia, ¿alcanzará para lograr ese despertar en toda la sociedad?
El Mal es cósmico y no se puede hacer frente a eso de forma individual. Debemos ir juntos, en comunión. Por eso celebro que seamos las mujeres quienes hemos comenzado a andar el camino a dar una batalla pacífica, que debe librarse desde el alma.
Como la revolución espiritual de Mahatma Gandhi, quien venció al poder británico sin disparar una sola bala. Nelson Mandela, Martin Luther King… varones espirituales que han convocado a la humanidad desde otro lugar. Porque es en el terreno de la espiritualidad desde donde debemos dar la batalla cultural.
Además del petitorio a las autoridades, lo que necesitamos todos, varones y mujeres, es un cambio de consciencia. Preguntarnos realmente qué es ser humanos. La humanidad está atravesando una crisis terminal de paradigma y el cambio no necesita de una venda para tapar la herida, sino de una sanación verdadera. Encontrarse para ver al prójimo de otra manera es algo que está sucediendo. Lo vimos ayer en un encuentro que trascendió banderas y fronteras.

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“El tema del género no es un problema de la mujer”

Por Josefina Romero

Me dio alegría y esperanza ver aparecer miles de organizaciones de todo el país que luchan por los derechos de las mujeres y que estaban ocultas: foros, ONGs, organizaciones barriales. Por primera vez siento que este tema se puso en agenda de verdad. Después de media hora de marcha pensé: “Es tremendamente ridículo estar marchando por la igualdad de la mujer a esta altura de la historia”. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Cuántas mujeres tuvieron que morir para que la sociedad tomara conciencia real? El gran desafío es que los varones empiecen a tomar el tema de la problemática de la mujer como un asunto de toda la sociedad y principalmente propio. El tema del género NO es un problema de la mujer. Me resonó una frase que vi escrita en un cartel que decía algo como: “En vez de enseñarles a las mujeres a cuidarse de los violadores, enseñemosles a ellos a no violar”. Creo que eso resume gran parte de la problemática.

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“Ayer estuvimos todas”

Por Agustina Rabaini

Comencé a caminar junto a una amiga muy querida en medio de la ola de gente en Callao y Rivadavia y, por una vez, los empujones parecían amables. Delante mío marchaba una mamá muy joven con su beba en el cochecito, y otro nene de unos tres años que colgaba de su mano, cartel en alto. ¿Cómo hará?, pensé, y vi cómo hacía, porque quería estar ahí. Nadie iba a persuadirla de lo contrario. Había llegado, en familia, para decir presente.
Unos metros más allá, me fui cruzando con familiares de víctimas de la violencia; me sonreí con algún cartel ocurrente, y vi cómo decenas de hombres y chicos de cinco, siete, diez años, levantaban carteles con mensajes en favor de la causa.
En medio, al costado de una vereda, volví a leer los cinco puntos que se reclamaban y pensaba en el pedido de educación sexual ampliada en las escuelas cuando veo que aparece una maestra del colegio de mi hija, que me comparte un mate. Más allá, con los brazos en alto, una colega del diario Página/12 saluda, me cuenta, cómo andás, tanto tiempo, caminemos, y seguimos avanzando juntas, agarradas de la cintura.
Mi colega se llama Ana y ha marchado tantas veces pidiendo justicia que ya no puede contarlas, pero esta vez estaba sonriendo. “Hoy estamos todos, hay banderas y consignas de agrupaciones diversas, la convocatoria fue muy abierta”, dice, y yo asiento.
Por último, en medio de todo, se acerca alguien que, al grito de “vendo, vendo”, llega para ofrecernos el prendedor de turno con un mensaje -“Ni una menos”- que no debía cobrarse a nadie. Y así hasta la cuadra final -caía la tarde sobre la avenida-, que nos encontró a todos avanzando a ritmo de aplauso (y reclamo) sostenido para, al llegar a la esquina, empezar a retomar el regreso a casa.
Pero antes, en el cruce de semáforo, pude escuchar algo que me quedó resonando como “la” frase de la tarde. Una señora muy mayor, encorvadita, iba tomada del brazo de una mujer joven que llevaba la foto de una chica fallecida, y escuché que decía: “Vinimos, mirá cuántos éramos. Dios sabe que estuvimos acá”.

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“Me fui del Congreso con la sensación de haber vivido una jornada histórica”

Por María Victoria Cascón

Las víctimas, la emoción. Un chico con un cartel daba el nombre de una mujer que ya no está y debajo decía “Aún sin resolver”. Una señora le preguntó de qué caso se trataba, si era el de aquella chica tirada en una alcantarilla, y entre ellos se tejió un diálogo que puso fin a tantos silencios.
Entre miles de personas, me impactó ver lo invisible: el pedido de justicia solitario de cada uno de los presentes. Sus fotos, sus mensajes, sus lágrimas. Yo misma tuve ganas de llorar muchas veces. Aunque no conozco a ninguna mujer a la que le hayan pegado en mi círculo más cercano. O  eso creo, al menos.
Por eso fue despabilarme, ver que era algo mucho más habitual de lo que yo creía. Tomar contacto con esa realidad me impactó y a la vez me dio esperanza: en la plaza, frente al Congreso, todo era diálogo. Las víctimas pudieron por fin hablar y la sociedad se detuvo a escucharlas. Todos, grupos de jóvenes y de gente mayor, debatían y reflexionaban a la vez. Es impresionante que haya habido tanta gente y creo que ha sido sin duda un logro colectivo conmovedor.
Me fui del Congreso con la sensación de haber vivido una jornada histórica, donde las madres iban acompañadas de sus hijos varones y ellos llevaban los carteles. Fue en esos chicos, en sus mensajes elevados entre las manos, que vi abrirse el camino hacia el fin de la violencia.

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“Fui sola, pero me sentí acompañada en todo momento”

Por Lorena Suriano

Fue conmovedor ver tanta gente y tantos carteles. Sobre todo encontrar varones de diferentes edades y de distinta clase social unidos en un reclamo que los interpela justamente a ellos. Ayer, todos fuimos protagonistas. Y mientras salía del subte B y la gente pasaba frente a mí como las olas profundas de un mar sereno, sentí que el reclamo se iba convirtiendo hacia la noche en una fuerza sólida y compacta.
Fui a la plaza sola, pero me sentí acompañada en todo momento. Quería estar por los otros y por mí misma. Porque las víctimas de la violencia son parte de algo que nos pasa a todos. Entonces, sentirme parte de esta causa me emocionó y me dio la certeza de que el cambio social es posible y está en marcha.
Como mamá de un varón de 4 años, me siento responsable de criar un hijo lejos del machismo y me ocupo todos los días de hacerlo. Me gustó estar presente y ver que todos compartían el mismo espíritu; tanto dolor (las mujeres que ya no están, sus familiares y amigos, las que sufrieron o siguen sufriendo la violencia en carne propia) y también la alegría de saber que hay tanta gente yendo en el mismo sentido.

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“La cantidad de presentes me hizo tomar dimensión real de la problemática”

Por Vanessa Tolentino

Aunque no me gusta hacerlo, ayer falté a la facultad. Sentía que debía ser parte de la convocatoria. Fue muy fuerte ver los carteles de los familiares y amigos de las víctimas, tantos de ellos emocionados durante todo el encuentro. Como esa mujer que llevaba una foto de su hija en un portarretratos, y a quien imaginé durmiendo junto a él cada noche sobre la mesa de luz, como si tenerla allí fuera de alguna manera un consuelo ante la enorme pérdida.
La cantidad de presentes me hizo tomar dimensión real de la problemática de la violencia de género. ¡Hay tantos casos que no salen en los medios! Y me alegró ver que todos estaban atentos a lo que pasaba a su alrededor y se entablaban diálogos entre desconocidos para compartir una historia, un consejo, un abrazo, una lágrima.
No había ninguna voluntad política de estar ahí. Todos estábamos porque queríamos y porque nos sentíamos parte de una enorme misión. La de estar presentes y registrar el momento.
Cruzarme con Karina Abregú me impactó, su cuerpo quemado como un testimonio vivo de aquello que ya no podemos permitir. Volví a casa angustiada, aunque contenta de ser parte de una jornada que sin duda marcará un antes y un después.

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“Siempre estamos las unas con las otras”

Por María Eugenia Sidoti

Fui parte de #NiUnaMenos desde el hospital, mientras mi hijo de 3 años recibía atención en la guardia. Tanto había querido estar ahí, frente al Congreso, y de pronto lo veía por la tele, en una sala de espera atestada de chicos lastimados y enfermos. Mi nene volaba de fiebre, tenía el brazo hinchado, hirviendo por una fuerte infección. Y yo ahí parada, fuerte por fuera, intentando dispersar a duras penas los miedos de adentro.
Las mujeres contaban sus historias de violencia frente al micrófono de un canal de noticias; en el altavoz de la guardia llamaban siempre a otro paciente. ¿Cuándo nos tocaría? El nudo en la garganta no se iba: ver a mi hijo quieto, con los ojos entrecerrados; intentar imaginar el terror de las víctimas, sus ganas de despertar de la pesadilla y la posibilidad, siempre latente, de morir. ¿Cómo no hacerse carne de su dolor?
Miré a mi alrededor, la mayoría éramos madres. Reconocí en todas ellas, en mí misma, el poder que desde lejos adivinaba en la marcha. Mujeres unidas por la fuerza sanadora y maternal de cuidar de los demás, de protegernos entre todas. Como la de esa mamá que besaba a su nena de cachetes ardientes y convidaba galletitas y jugo a otros chicos que esperaban desde hacía horas. O la de esa mujer de ojos cansados que llevaba a su hijo en silla de ruedas y de pronto se detuvo a mi lado para mirar, porque ya empezaban a leer el documento. Entonces todas intentamos hacer silencio y mientras abrazábamos a nuestros hijos, nos encontramos unidas en miradas serias, pendientes de la pantalla. Y yo, que hacía rato tenía ganas de llorar, al momento de los aplausos ya no aguanté más las lágrimas. Una mano me acercó en eso un pañuelo de papel. “Es como estar ahí, ¿no?”, me dijo la madre de un bebé que dormía su siesta intranquila con una mueca de dolor, sonándose a su vez la nariz de la emoción.
Hoy, que mi hijo evoluciona y pude dispersar los miedos de ayer, leo y escucho los testimonios y veo las fotos de la convocatoria para decirme que sí, que claro, que yo también estuve ahí levantando mi cartel. Porque todas, donde sea que estemos, al final estamos siempre las unas con las otras.

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