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Lisboa: ciudad de los mil encuentros

De ríos, calles de piedra y edificios de azulejos, va este andar en primera persona por una de las ciudades más bellas del mundo. Allí donde termina el mar y empieza la tierra y resuenan los versos del gran Fernando Pessoa.

Por Victoria Llorente

A Lisboa llegamos una tarde de fin de verano y hacía calor. En el aeropuerto olía a sal o a agua y los taxis manejaban tan o más rápido que en nuestro país. Había muchos turistas y tenía algo de latino, distinto al Madrid señorial del que veníamos de pasar casi dos días. Fuimos esquivando autos, pasando avenidas que podrían haber sido en Buenos Aires,  rotondas con héroes que no conocíamos y plazas repletas de gente. Hasta que llegamos a una calle de adoquines con bares y edificios viejos. Ahí nos bajamos, en Pensao Londres donde nos dieron dos llaves y nos indicaron que teníamos que subir al 5to piso y embarcarnos en un ascensor de 1950.

Abrimos la primera puerta. Abrimos la segunda y entramos en un cuarto lleno de luz. Dos ventanales enormes y antiguos nos dejaban mirar los techos del barrio antiguo de Lisboa, de fondo el Tajo, y más allá, el famoso puente 25 de abril, una imitación del puente de San Francisco. Además de tener la mejor vista, entraba una luz tarde de otoño que te daban ganas de dos cosas: de quedarte echada en esas camas comodísimas, o salir a conocer esta ciudad que ya nos estaba encantando. Elegimos lo segundo y empezamos a andar las tierras de Pessoa.

Dicen que Lisboa es la ciudad de la luz. Yo la apodaría la ciudad de la unión. Lisboa une mares con ríos, historias milenarias con presentes eclécticos, une a la naturaleza salvaje con construcciones que soportaron terremotos e inundaciones, une paladares del mundo en una sola mesa. Lisboa une musulmanes con judíos, ascensores con escaleras, y tranvías con bicis eléctricas. Hay música en las calles de Lisboa. Todo el tiempo hay música. Suenan las vías del 28 que aparece entre sus minúsculas calles adornadas con edificios con azulejos que hablan otros tiempos. Como vigías de una ciudad que creció, pero que conservó su arte. Lisboa es descontracturada como los latinos, pero ordenada como los europeos. Caminar por sus calles es hacerlo mirando hacia los costados, hacia el piso, hacia arriba. Caminar atento, caminar consciente. Nunca sabés dónde vas a encontrar un tesoro nuevo.

Por eso hay que recorrerla de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba. De Chiado a Alfama, de Belem a la avenida Liberdade. Hay que perderse entre sus calles finitas y adoquinadas porque todas tienen algo para ofrecer. Hay literatura en sus paredes y hay belleza. Pero hablo de la belleza real, de la genuina. Después también está el turismo, que por épocas se puede transformar en una marejada insoportable de gente ruidosa. Pero hay algo que a pesar de eso la mantiene auténtica, vital.

¿Será el mar el que lo logra? ¿Será el río Tajo, cruzado por dos grandes puentes, que hace que como toda agua,  se mueva y a la vez, permanezca? Es detallista, Lisboa. Cada rincón podría ser el inicio de una nueva historia. Y su gente…Qué sería de esta ciudad sin su gente, cambalache de culturas, de historias y de vidas marcadas por su cercanía al mar.

“El lugar donde termina el mar y la tierra comienza”, escribió el portugués José Saramago sobre su lugar de origen. Esa que une agua e historias, la misma que tamiza lo más grande de un imperio con lo más simple de una ciudad que vive de frente al océano. Vuelvo adonde empecé: dicen que Lisboa es la ciudad de la luz. Yo diría lo mismo y tanto más. Diría que es un faro en medio (o al costado) de Europa. Que visitarla es regalarse un viaje en el tiempo con la frescura de un presente.

Extracto del poema Lisbon revisited (1926),
de Fernando Pessoa, firmado con el seudónimo de Álvaro de Campos

Otra vez vuelvo a verte,
ciudad de mi infancia pavorosamente perdida…
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí…
¿Yo? Pero, ¿soy yo el mismo que aquí viví, y aquí volví,
y aquí volví a volver y volver,
y aquí de nuevo he vuelto a volver?
¿O todos los Yo que aquí estuve o estuvieron somos
una serie de cuentas-entes ensartadas en un hilo-memoria,
una serie de sueños de mí por alguien que está fuera de mí?

Otra vez vuelvo a verte
con el corazón más lejano, el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte
con el corazón más lejano, el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí como en todas partes,
tan casual en la vida como en el alma,
fantasma errante por salones de recuerdos
con ruidos de ratas y de maderas que crujen
en el castillo maldito de tener que vivir…

Otra vez vuelvo a verte
sombra que pasa a través de sombras y brilla
un momento a una luz fúnebre desconocida
y entra en la noche cual estela de barco al perderse
en el agua que dejamos oír…

Otra vez vuelvo a verte,
mas, ¡ay, a mí no vuelvo a verme!
Se rompió el espejo mágico en el que volvía a verme idéntico,
y en cada fragmento fatídico veo sólo un pedazo de mí,
¡un pedazo de ti y de mí!…

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