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11 noviembre, 2009 | Por

Límites


La mayoría de los padres están preocupados por encontrar la forma de establecer normas que eviten que sus hijos se desborden.

El tema no es nuevo ni original. Sin embargo, es aquel sobre el cual más se pregunta a los especialistas en educación, pediatría o psicología. Y en cada ocasión en que se habla de criar hijos, aparece como central para el funcionamiento de las cosas.

Me refiero al tema de los límites. Lo que suelen plantearme es un interrogante acerca de cuándo reprimir los impulsos de los chicos y, más aun, si hay que reprimir o no, teniendo en cuenta la pésima imagen que la pobre palabra tiene a partir de las también pésimas maneras de reprimir que existieron y existen.

Ponerle límites a un chico, en este sentido más habitual, es suprimir, reprimir o inhibir un impulso que se desborda, frenarlo, desactivar un movimiento a partir de plantearle un obstáculo firme y, de ser necesario, rotundo.

Un adolescente de 15 años que debe informar dónde va a la noche es un chico a quien “le pusieron límites” al inhibir su posibilidad de irse de parranda sin tutela alguna. Por su parte, un chico que mandonea a sus padres y digita el menú de la familia a los 7 años es un chico “sin límites” al que habría que ponerle coto para que su destino no sea doloroso y su estado nutricional (y el de su familia), preocupante.

Nadie duda de la pertinencia de este uso de la palabra “límite” en su sentido restrictivo, a la hora del desborde potencial o actual. En ese sentido, es deseable salir del miedo a ser autoritarios y dejar de actuar culposamente al marcar el terreno y restringir lo que haya que restringir. Sin embargo, limitar la cuestión de los “límites” a sólo actuar en contrario de los impulsos de los chicos es quedarse en un aspecto muy parcial del tema. Podemos decir que los límites son los bordes, los contornos, lo que define qué es algo y, por lo tanto, a qué se vincula. Esos contornos son más nítidos en la medida en que su “centro” es genuino. Como ejemplo, digamos que una silla es donde nos sentamos y la mesa es donde ponemos los platos; esa diferencia hace posible establecer una relación entre ambas y, así, comer más cómodos.

Ubicar los límites es, además, marcar terrenos. No es sólo restringir, sino también definir cosas, funciones y lugares. Los límites permiten saber, como dicen en el barrio, que “una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa”. Sólo a partir de esa toma de conciencia, existe discernimiento, relación, vínculo y… amor que fluye. Y los ánimos se serenan porque se percibe que en el mundo existe un orden, dinámico, cambiante, pero orden al fin.

Hablé antes de “impulso que se desborda”. Eso implica hablar de bordes que son atravesados, para bien o para mal. Marcados bien los bordes, los problemas ligados a los desbordes son menores. En ese sentido, una manera muchas veces eficaz –y linda, además– de ofrecer límites a los hijos es… el abrazo. No digo que sea aplicable siempre, pero muchas veces un chico angustiado se reencuentra con su contorno a través de un buen abrazo.

Las maneras de ofrecer límites a los hijos van desde la palabra hasta el acto. Se dice que el límite es el “no” bien dicho, pero también es el “sí” bien dicho. Cuando a un hijo le decimos que no cruce la calle sin mirar, le estamos diciendo que deseamos que llegue al otro lado de esa calle. Un buen “no” implica un “sí” a la vida.

Por eso, es tan importante ordenarnos interiormente y legitimar las funciones (las de padres, por ejemplo, bien diferentes de las de hijos o abuelos). Cuando hay un desborde que genera daño, es esencial poner freno. Hay desbordes, sin embargo, ligados a la creatividad, el crecimiento, la fluidez de los afectos, la energización de la vida que va “pidiendo pista”… Son los desbordes bienvenidos, los que, sostenidos por un orden amoroso, logran que los hijos sean más ellos mismos.

Por eso, pensar los límites no es sólo pensar en agobiantes tareas policiales. Es pensar en las bondades del orden de las cosas para iluminar el territorio y así poderlo transitar mejor junto a los hijos, sabiendo que una cosa es una cosa y otra cosa… otra.

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