29 de agosto de 2025
En la terraza de una reconocida librería de Buenos Aires, una tarde de abril, se reúne un grupo de dos, cinco, veinte personas curiosas. Van ocupando un lugar del espacio hasta que una chica se para frente a un micrófono con un libro abierto entre las manos, y comienza a leer.
Un poema que leés en voz alta me baja por el centro del pecho como un pez patinoso y dorado. Se guarda y es alimento para los pájaros; porque sí, cantan muchos, en esta jaula todos los días una canción quiere salir.*
Durante una hora y media, se extiende este encuentro que tiene algo de ritual, y que pone de manifiesto el hecho de que, escuchar a otro leer poemas, toma tiempo y precisa de una predisposición interna que posiblemente sea más necesaria que nunca.
Porque en medio de una modernidad de chats inteligentes, mensajería instantánea y tecnología acechante, nos preguntamos: ¿Qué valor tiene la poesía?
“No leemos y escribimos poesía porque es tierna. Leemos y escribimos poesía porque somos miembros de la humanidad. Y la humanidad está llena de pasión ―dice el personaje interpretado por Robin Williams en la película La sociedad de los poetas muertos―. La medicina, la abogacía, los negocios y la ingeniería son búsquedas nobles y necesarias para sostener la vida. Pero la poesía, el romance, la belleza, el amor; es por eso que nos mantenemos vivos”.
Frente a una época marcada por el utilitarismo, la eficiencia y la productividad: ¿Por qué reunirnos a escuchar poemas?

Natalia Leiderman tiene 34 años y empezó a escribir en su adolescencia, cuando el mundo le parecía “extraño, áspero, triste”. Tuvo la suerte de que su tía le regalara la obra completa de Alejandra Pizarnik, y en esa voz de sentimientos azules, Natalia encontró ecos de su propia forma de palpitar la vida.
“Me acuerdo de un día en que estaba llorando, y empecé a escribir un poema y me olvidé de todo; me olvidé del origen de la tristeza. Esa transformación me pareció un milagro”, cuenta Leiderman.
Para ella, la poesía es una forma de aproximarse al mundo, “una porosidad a dejarse abordar, extrañar, embellecer y horripilar, una especie de lente para percibir un universo de contradicciones”.
De esta manera, podríamos pensar a la poesía como un lugar donde indagar sobre qué nos hace humanos, una condición que, frente a la creciente tecnologización, parece diluirse como tinta en el agua.
La poeta mexicana Gabriela Aguirre Sánchez, dice que leer un poema es buscarnos en él y encontrarnos en él.
Acaso la poesía no sea otra cosa que la invitación a re-encontrarnos con nosotros mismos.
En este momento de tiempo hiperconectado y saturado de información, la poesía parece ocupar un lugar vital, difícil de encasillar, que se parece mucho al oxígeno y al alimento que precisa el alma.
Un poema es un respiro. Es la pausa que existe entre una inhalación y una exhalación. Es el fluir del aire en forma de versos. Es una necesidad vital.
Cuando la mente se encuentra hiperestimulada y la vida se mueve a ritmo apresurado, la poesía más lúcida, libre o irreverente es la que nos detiene el paso. Solo cuando logramos frenar, ella nos interpela y nos devuelve al presente para recordarnos que no solo pensamos, producimos o sobrevivimos, sino que también necesitamos oír la voz que nos susurra desde lo más profundo de nuestro interior.

Un poema, entonces, se nos presenta como un aliado. Nos inquieta y emociona, nos abre a nuevas preguntas y nos invita a reconstruir el mundo. Nos pone en contacto con la intuición, las emociones y la sensibilidad.
Mientras que la aceleración de la vida actual hace desaparecer los detalles y la belleza de lo simple, la poesía nos los recuerda: una taza, una ventana, un llanto, un grito, un dibujo de luz a la mañana o la lluvia a punto de caer. La poesía tiene la doble virtud de devolvernos a la presencia y transportarnos al centro mismo de la existencia.
Como expresa Leiderman: “Leer y escribir poesía puede hacer un día más bello, más inquietante, más significativo. La lectura de poesía nos puede dar una vida más llena de detalles. Y una vida más llena de detalles es sin duda una vida más compleja, más digna. Y más digna de ser defendida”.
Escribió el poeta argentino Roberto Juarroz:
“Hablar sobre la poesía y aun la poesía misma, consiste también en hablar de algo que no se comprende. No es posible definirla, como tampoco es posible definir la realidad. ¿Acaso lo es definir la vida, el amor, la muerte, la música, el dolor, el sueño? ¿Acaso es posible definir algo, o todo se trata, nada más, que de una pequeña aproximación a lo inasible, nada más que el sueño de una formulación de lo inabarcable?”.
Quizá esta forma romántica y apasionada de la escritura en versos, no sea otra cosa que el furtivo intento de atrapar algo, un tesoro, y retenerlo ahí, entre las páginas de un libro. Tal vez sea la manera que tengamos de escuchar al viento, de percibir el lenguaje de los árboles, de descifrar el mensaje de los pájaros.
Y quizá sea, también, una manera de transitar el misterio de la vida, porque como señala Aguirre Sánchez, la única forma de establecer un diálogo con la complejidad de nuestras circunstancias, es a través del arte.
En un poema nada está cerrado ni determinado. Nos abre a mundos donde conviven pluralidad de sentidos y nos invita a mirar hacia adentro para luego asomar la mirada hacia afuera.

“Si tuviera alguna utilidad ―dice la poeta argentina María Negroni― esa utilidad tiene que ver con que el lenguaje nunca cierra. No hay equivalencia entre la palabra y la cosa. Lo que hay son aperturas, ecos y resonancias”.
La poesía existe para abrirnos la cabeza, para recordarnos lo diverso, bello y horrendo; lo profundamente misterioso y sagrado en medio de lo cotidiano. Nos dice ―con palabras a veces simples, otras más barrocas―, que hay un universo vastísimo, insondable que existe más allá de la literalidad. En un poema no nos vamos a encontrar con verdades únicas, sino puertas entreabiertas a otras posibilidades, a nuevas miradas y distintas perspectivas. En un mundo gobernado por autoritarismos, la poesía es un bello grito de protesta.
Cuando a Borges le preguntaron para qué servía la poesía, él hábilmente respondió: “¿Para qué sirven los amaneceres?”
La poesía para afinar la mirada, los oídos, la voz.
La poesía para no perder la ternura, para resguardar lo humano en una época que amenaza con volvernos máquinas.
La poesía contra la velocidad, el aturdimiento.
La poesía para mantenernos despiertos, adentrarnos en el misterio.
Para intentar ser menos rígidos, menos obstinados, más flexibles.
Para reinventarnos y hacer bailar al caos interno, sin que eso nos asuste.
Para cuidar nuestra intimidad más profunda.
La poesía para vivir.

*Fragmento de un poema de Natalia Leiderman, de su último libro, Densa caótica plenitud (Santos Locos).
El film del director belga Lukas Dhont invita a revisar el lugar de la sensibilidad en los vínculos masculinos y el valor de la amistad.
Una reflexión desde Mujeres & Compañía sobre dos visiones opuestas de la IA: la que impulsa Elon Musk y la del historiador Yuval Noah Harari.
Necesitás registrarte para disfrutar contenidos en audio
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
0
COMENTARIOS
Necesitás registrarte para realizar comentarios
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN