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Leandro Pinkler: “La plenitud posible para el ser humano es la conexión con algo más grande que uno”

Durante milenios y desde tiempos remotos, la Humanidad encontró respuestas a sus preguntas fundamentales en las llamadas tradiciones sagradas. Un nuevo libro bajo el sello del Malba rescata la sabiduría de sus principios comunes.

Leandro Pinkler, en una de sus clases en el auditorio del Malba (Foto: Alejandro Guyot / Gentileza Malba).

Por Carolina Cattaneo

Cuando se le pregunta a Leandro Pinkler —licenciado en Letras, profesor de Griego en la Universidad de Buenos Aires, traductor de Sófocles y autor de estudios sobre Nietzsche y René Guénon— cómo es su vida en La Lucila del Mar, una pequeña localidad turística de la costa atlántica en la que se afincó con su esposa durante la pandemia y luego de su retiro de la Facultad, cuenta que allí hace la vida que le gusta: practica artes marciales, convive con tres perros y cinco gatos, estudia y lee, recibe la visita de sus hijos y de su nieto de dos años. Desde ese reducto de bosques y arenas, asegura que entre la rutina diaria y el estar de vacaciones no encuentra demasiadas diferencias. Cada tanto vuelve a Buenos Aires a dar clases en la Fundación Vocación Humana o en el Malba y el resto del tiempo, eso: la vida junto al mar. “Estamos fenómeno. Nuestra edad nos permite hacer esta forma de vida más libre. Yo siempre quise esto”, dice.

Codirector de la editorial El Hilo de Ariadna junto con María Soledad Costantini, publicó a fin de 2023 bajo el sello MALBA Literatura el libro Introducción a las fuentes de la Sabiduría de Occidente y Oriente. Ese trabajo reúne sus enseñanzas durante las clases que dio en el MALBA entre 2019 y 2023 en las que, como él mismo escribe en el prólogo, reunían a personas de variadas edades e intereses con una pasión en común: “La búsqueda de un significado, de un sentido de la vida inscripto en las huellas del budismo, el esoterismo cristiano, el sufismo, los escritos de Hermes Trismegisto, la psicología profunda de Jung o el Cuarto Camino de Gurdjieff”. El libro, entonces, bucea a lo largo de diez capítulos en las fuentes de la sabiduría primordial, la llamada sophia perennis.

—Escuchar decir a alguien que encuentra pocas diferencias entre las vacaciones y la vida laboral no es habitual. ¿Algo de la búsqueda a través de las tradiciones de sabiduría te llevó a alcanzar ese estado de lo que, al escucharte hablar sobre tu vida actual, suena muy parecido a la idea de plenitud?

—En realidad, no sé si plenitud: la vida siempre tiene algo de lucha. Y eso es lo lindo de la vida, también. Pero sí siento agradecimiento por una madurez en el corazón, que ya no tiene la ansiedad o las angustias de cuando era joven. El agradecimiento no es por un logro de uno, y ahí está la idea de las tradiciones: es una gracia, algo que viene de Dios. Y es para todo ser humano. Tengo una vida muy hermosa acá, tengo una hermosa pareja, hijos. Yo no aspiré a tener grandes fortunas, sino a trabajar en lo que me gusta. Como decimos en Vocación Humana, cada persona tiene un llamado, una vocación. Vocación significa voz. Escuchar esa voz es también ir al encuentro del propio destino, y esto también está presente en las tradiciones. En la medida en que uno escucha el llamado interior, se enciende una posibilidad de que una fuerza ajena —que no depende de uno—, te dé la chance de realizar el deseo de tu corazón.

—Según se lee en tu libro, las distintas tradiciones insisten, de un modo u otro, en el “conócete a ti mismo”. ¿Por qué trabajaríamos en nuestro interior si finalmente nuestro destino no depende de nosotros?

—Todas las tradiciones espirituales y religiones en las distintas épocas y latitudes —el judaísmo, el cristianismo, el Islam, el hinduismo, el budismo, el taoísmo, dicen lo mismo—, nos dan un método para el conocimiento interior. Y está en cada uno practicarlo o no. Si uno tiene una búsqueda pero se queda solo en la cabecita, no pasa nada: hay que poner el cuerpo, tener constancia, darle fuerza, dedicarle tiempo. Consiste en dedicarte a la oración, en recordarte a vos mismo. Las tradiciones nos enseñan que el ser humano tiene que poner lo mejor de uno, pero no esperar un resultado o un logro de causa y efecto. También nos enseñan que no hay un éxito o un logro asegurado, y que si permanecemos en la indagación, y llegamos a conocernos un poco, nos daremos cuenta de que en la vida hay mucho de ilusión, de condicionamientos, de hábitos y de hipocresía. Y de cosas que no podemos ver. Si nos damos cuenta de que, como seres humanos, tenemos debilidades, se abre la puerta a la idea de que pertenecemos a un cosmos, a un principio divino. La plenitud posible para el ser humano es la conexión con algo más grande que uno. Abrirse y decir “Hago lo que tengo que hacer”, porque si no, no pasa nada, y a la vez saber que uno es parte de algo más grande.

—En el libro mencionás que tu misión es hacer llegar la belleza de los textos sagrados. ¿Qué nos enseñan sobre la condición humana la Biblia, el Bhagavad Gita, los Upanishads y todos los demás textos que abordás allí?

—En esas tradiciones, con distintas formas simbólicas, hay un mensaje único: el ser humano tiene un espíritu, el cosmos está vivo y hay un principio, llamémoslo divino o como cada uno quiera llamarlo, y el sentido de la vida está en juego ahí.

Un párrafo tuyo dice que el despertar espiritual necesita un camino, una guía. ¿Cómo hacer para que ese camino no nos lleve a ensimismarnos en nosotros mismos?

— Carl Gustav Jung dice en Psicología y religión que el hombre y la mujer modernos están enfermos de neurosis, obsesionados consigo mismos. En realidad, el camino puede empezar por una excesiva energía puesta en uno mismo y en lo que a mí me pasa. Uno de los males de la espiritualidad mal entendida es cuando la espiritualidad se convierte en narcisismo. Pero si la persona avanza, necesariamente se dará cuenta de que estar despierto no es estar en una burbuja y ser el ombligo del mundo. Estar despierto es estar ahí: primero con los seres que uno ama de su familia, luego con los seres de la sociedad. Todas las verdaderas tradiciones llegan al mismo punto, la compasión hacia todos los seres vivientes. Está en la ágape cristiana y en el karunna del budismo. Si no se llega ahí, no hay verdadero trabajo espiritual. Cristo dijo: «Por sus frutos los conoceréis». Jesús habló del corazón humano y de algo más profundo en nosotros. Llamalo la naturaleza de Buda, llámalo fitra, en árabe: allí es donde hay una fuente de amor que está tapada por velos. El conocimiento de sí es ir destruyendo esos velos. Son velos de hipocresía, de miedos, de odio.

—¿Es válido pensar el camino espiritual como un camino de bienestar?

—El trabajo sobre la espiritualidad no es sentirse bien, la persona tiene que atravesar algo que produce incomodidad. Está muy bien buscar la plenitud, pero el que busca sentirse bien, en realidad, va a usar todo como consumista y ése es el que se va a quedar metido en sí mismo, mirándose el ombligo. Uno de los peligros de la época actual es la pseudo espiritualidad, en la que todo se convierte en consumo. Entonces, en realidad, las personas que han llegado o llegan a un estado muy profundo, tienen una sensibilidad que los impulsa a colaborar con los demás, se sienten mal al ver que otros se sienten mal. No se puede abrir el corazón para sentirse bien y cerrar los ojos ante la injusticia, ante la opresión, ante el sufrimiento de la gente. Encerrarse en los propios deseos es el aislamiento de las sociedades contemporáneas. No se puede despertar la parte «para pasarla lindo», sin despertar la parte que sufre al ver el mal en el mundo.

Más de una vez, en el libro recurrís a una frase de Macedonio Fernández: «No toda es vigilia la de los ojos abiertos». ¿Qué nos quiere decir?

—Quiere decir que no es condición suficiente tener los ojos abiertos para estar despiertos. Todas las tradiciones hablan de estados de conciencia. El ser humano vive prácticamente sonámbulo. Y aquí está la cuestión. Hakim Sanai, el poeta sufí, dice «los hombres están dormidos, cuando mueran, despertarán». En muchas referencias evangélicas de Mateo se dice «viendo no ven y oyendo no oyen». También en los textos de los Upanishads está esa idea. ¿De qué nos habla? De que no estamos despiertos a una realidad de índole espiritual. Una persona puede ser muy talentosa haciendo ciertas cosas pero no tener el corazón abierto y vivir sin acercarse al hecho de que hay una realidad de índole más sutil. Estamos habitualmente hipnotizados por las computadoras, por las redes sociales. También por el reflejo de nuestra personalidad, con nuestro ego, con querer mantener una imagen de nosotros mismos, con cuidar la frágil realidad de nuestro yo. El ser humano está dormido, pero puede despertar a través de trabajar con el cuerpo, con la meditación, con la oración. En el Islam, hay un momento del día en que hacemos la oración, nos lavamos la cara y decimos “Dios es lo más grande”, y esos diez minutos están para despabilarse y recordar una realidad: que nos vamos a morir. La sociedad niega la muerte, pero si nos recordáramos más fuerte que nos vamos a morir, hay muchas estupideces que no haríamos.

El libro Introducción a las fuentes de la sabiduría de Occidente y Oriente se publicó en la Colección Cuadernos del Malba Literatura (Fotos: Gentileza Malba).


—Me recuerda a la frase del filósofo Bernardo Nante, cuando dice que no estamos heridos de finitud sino de eternidad.

—El ser humano tiene una herida y es la nostalgia de lo trascendente. A esa herida solo la puede sanar el contacto con lo infinito, con la dimensión de eternidad. William Blake decía “La eternidad está enamorada de los frutos del tiempo”. Vivimos muy tomados por el pasado o el futuro y darse cuenta de que hay un presente eterno es lo que nos lleva a estar abiertos. Para eso a veces necesitamos algo que nos despabile, algo que nos diga ‘Bueno, date cuenta, acá hay algo que es eterno’. En ese sentido hay cosas que son muy prácticas.

—Vos hablabas de la oración, de la meditación, incluso de la práctica de un arte marcial como forma de llevar la espiritualidad a la corporalidad. ¿Es necesario esto para vivir una espiritualidad más real y en contacto con lo trascendente?

—En todas las tradiciones hay prácticas, y hay que poner el cuerpo. Todas las tradiciones espirituales constan de una riqueza simbólica, que son los textos sagrados, los símbolos, y una ascesis. Ascesis en griego quiere decir ejercicio. No hay espiritualidad si no hay práctica de algo. La meditación como ejercicio, por ejemplo, es universal, no es budismo, no es hinduismo. El hacer ciertos rituales en comunidad también es una práctica. La oración es una práctica. Para conocerse a sí mismo, toda persona necesita tener cierta conexión con su cuerpo, es muy difícil llegar a las emociones sin la autopercepción corporal. En el mundo moderno, la vida en las ciudades está exiliada de la naturaleza y nos ha alejado del contacto con nuestro aspecto corporal. No hay espiritualidad sin una práctica diaria.

—Hay algo de las tradiciones de sabiduría que impresiona, y es el hecho de que en distintos puntos del planeta, y distintas épocas, tengan tanto en común. ¿Qué explicación tiene esto?

—A principios del siglo XX aparece la figura de René Guenon y él introduce la noción de tradición primordial. Él sostiene y muestra cómo la humanidad en tiempos muy arcaicos estuvo muy conectada con las realidades cósmico-espirituales. Y que después, con un proceso que tiene que ver con el progreso humano y con el individualismo, fue olvidando y perdiendo esta conexión cotidiana, asentada en testimonios. Él empieza a ver que ciertos patrones aparecen en distintas civilizaciones que no han tenido entre sí ningún tipo de contacto histórico.

—¿Cómo se explica eso?

—En este sentido, es fundamental el aporte de la psicología profunda de Carl Gustav Jung, que habiendo trabajado primero con psicóticos y después desarrollado toda la concepción freudiana del inconsciente, comienza a ver que en sus pacientes y después en sí mismo, hay una dimensión que para él solo se puede comprender como una presencia en el ser humano, en su psique —que llama realidad psíquica— de algo que denomina el arquetipo del Sí Mismo. Ese arquetipo del Sí Mismo es una manifestación de Dios. Para Carl Gustav Jung en el siglo XX, en épocas de la muerte de Dios, conforme al enunciado del filósofo Federico Nietzsche, la angustia que el ser humano siente está relacionada principalmente por el hecho de que en la psique, en lo que es concreto de la cotidianidad del ser humano, hay un llamado. Y ese llamado estaba organizado, simbólicamente y en prácticas, en las verdaderas tradiciones sagradas. Por una progresiva desacralización, el ser humano fue perdiendo ese acceso. Pero ese llamado sigue ahí. Por eso la gran actitud del siglo XX, en parte de una intelectualidad contra otra intelectualidad que lo niega, es la recuperación de esa dimensión de lo sagrado.

Bernardo Nante y Leandro Pinkler, ambos docentes en Fundación Vocación Humana, y Carla Scarpatti, editora, durante la presentación en el Malba del último libro de Pinkler. (Foto: Alejandro Guyot / Gentileza Malba).


—¿Qué abarca esta dimensión?

—Allí están los símbolos de los tesoros espirituales de la humanidad, que nos hablan a una dimensión que está más allá de lo explicable. Hay cosas que son explicables pero hay muchas cosas de la vida, como el sentido de la vida, la muerte, el erotismo, la injusticia en el mundo, que sobrepasan la explicación. Pero podemos llegar a comprender algo de eso en la medida en que se produzca una transformación interior. Racionalmente, esta dimensión no llegará nunca a ser un asunto cerrado. Pero hay testimonios para los que quieran abrirse a una posibilidad de una mayor comprensión. Y allí están tanto los llamados estéticos, es decir, del arte como de la textualidad, que indican otra dimensión de la mente humana, llámese revelación, llámese inspiración.

—Vivimos en un tiempo difícil, signado por las crisis de ansiedad, por la falta de sentido. Si tuvieras que hacer una lectura del presente, ¿en qué creés que podrían ayudarnos los textos de sabiduría?

—Esta época es muy enloquecida. Y, a diferencia de otras épocas muy difíciles, como la de la Primera y Segunda Guerra Mundial, es que está afectando a todo el planeta. Vivimos tiempos que son peligrosos, de oscuridad, de injusticia, perversiones, de cambio, de transformación, y es totalmente urgente el despertar espiritual. Es lo único que puede salvar a la humanidad. De otra manera, el ser humano —y esto lo ha dicho Jung, lo ha dicho Gurdjieff, lo han dicho todos—, está destinado a autodestruirse. Al ver la ambición desmedida, la crueldad, el odio, el mundo actual nos da muchas muestras de que es necesaria una transformación, y esa transformación tiene que empezar por uno.

—Ante la desazón, ¿podríamos despedirnos con un mensaje proveniente de la sabiduría primordial?

—Las tradiciones espirituales dicen que tanto el optimismo como el pesimismo son ilusiones, que todo lo que acontece en la vida y en el mundo, es un llamado al ser humano a despertar. Que todas las circunstancias difíciles, incluso las manifestaciones de cosas oscuras, son un llamado a que algo se abra en el ser humano y llegue a una transformación. El ser humano, dice Jung y repite tanto Bernardo Nante, tiene la misión de descender a los abismos para ver que en la oscuridad está escondida la luz. Hay una frase del poeta alemán Höelderlin que lo dice en otros términos: “Cuando crece el peligro crece también lo que salva”. El llamado del mundo contemporáneo es a actuar en lo que a uno le toca y siente que es justo. Además, es preciso ver las negatividades dentro nuestro y que cada uno se haga cargo de su propio conflicto para, así, contribuir a una transformación.

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