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14 noviembre, 2011

«Las aborigenes de la Puna cambiaron mi visión de las mujeres”


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Jorge Gronda

A fines de los noventa, la líder aborigen jujeña Rosario Quispe le pidió que ayudara a las mujeres de la zona, que se morían de cáncer de útero. Él se animó a romper con los paradigmas y creó un sistema de salud que brinda atención médica a personas de bajos recursos. Por Agustina Rabaini.

«Soy Jorge Gronda.  Durante los primeros años de mi vida, tuve una niñez muy feliz en Jujuy, en el campo, en medio del monte. Los otros veinte años se los di a la Academia; estudié, me capacité, trabajé como médico y fui muy exitoso según los cánones sociales. Pero un día me cansé de todo eso y me fui a trabajar con las mujeres campesinas de la Puna, en las montañas. Para poder ayudarlas, tuve que desaprender muchas cosas. Desde entonces, mi manera de trabajar y mi visión cambiaron”.

Con estas palabras, este médico ginecólogo y cirujano jujeño resume su experiencia de vida a lo largo de muchos años y lo hace con un hablar campechano, simple, sin vueltas. Ya hace veinte años que se animó a desafiar a la comunidad local de médicos y a los empresarios de la salud. Poco a poco fue alejándose de algunas rutinas profesionales que le daban un mayor rédito económico y se fue a trabajar a la Puna jujeña, un lugar donde era mejor prevenir el cáncer de útero y otras enfermedades que curar y operar.

En el interior de su provincia, trabajó haciendo promoción de la salud y, con el tiempo, creó una suerte de obra social, el Sistema Ser, que hoy le permite atender, operar y curar a cientos de mujeres de bajos recursos a cambio de la mitad o menos del dinero que cobran otras empresas de salud.

La visión de Jorge cambió cuando visitó Abra Pampa, a comienzos de los noventa, y conoció a una mujer de la que le habían hablado mucho, Rosario Quispe, la líder de la Asociación Warmi Sayasjunqo, que en quechua significa “mujeres perseverantes”. Le bastó escucharla mencionar su preocupación por el gran número de mujeres jóvenes que morían de cáncer de cuello de útero en la zona, para volver una y otra vez al lugar y ponerse a trabajar.

“El día que llegué, a Rosario le hablaba de las vicuñas… Y dale con las vicuñas. En eso, ella me miró y me dijo: ‘Doctor, déjese de embromar con las vicuñas y véngase a curarnos, que acá nos estamos muriendo. Piense que usted tuvo todos los privilegios, pudo estudiar, prepararse, y acá nadie nos dice qué tenemos que hacer’”.

Ése fue el desafío que le planteó Rosario al hombre a quien las mujeres de la Puna llaman cariñosamente “doctorcito”. Así fue como Jorge rumbeó hacia el norte junto con su socio, que también es médico, para empezar a hacer exámenes, capacitar a las mujeres y contagiar a otros profesionales. “Al estar allá, con las mujeres y sus familias, conseguimos muchas cosas, y para hacerlo, tuvimos que desaprender muchas otras”, recuerda ahora.

–¿Desaprender cosas?

–Sí, al estar con las mujeres de la Puna, el desafío fue adaptarnos a lo que necesitaban, ir buscando las soluciones a partir de los problemas que ellas mismas iban detectando. El equipo de trabajo se formó con los colegas que iban queriendo venir. Trabajamos en los albergues, en las escuelas, y hacíamos los estudios en las mesas de la cocina de las casas del campo. Poco a poco, la gente empezó a confiar en nosotros, comenzaron a movilizarse, y con el tiempo las mujeres de la Asociación Warmi lograron hacer unos consultorios. Hoy existe en Abra Pampa una filial del Sistema Ser que creamos en Jujuy.

El Sistema Ser comenzó a funcionar en los años noventa y se fue afianzando hasta convertirse en un sistema de salud autosustentable para la comunidad indígena de Jujuy que brinda un servicio de alta calidad con sistemas de microcuotas y microfinanciamiento. Para decirlo en pocas palabras, hoy 100.000 mujeres del Norte argentino reciben atención ginecológica asociándose a una suerte de mutual que les permite conseguir una tarjeta de afiliadas a un costo de diez pesos por año y pagar las consultas y otros estudios a treinta o cuarenta pesos o hacerse cirugías de prevención por la mitad del precio de la atención privada o menos. Estimamos que al hacerse los estudios tempranos, estamos evitando el cáncer en unas trescientas mujeres por año.

El centro que atiende a las afiliadas al Sistema Ser en todo lo relacionado con ginecología y obstetricia se llama Centro Ginecológico Integral (CEGIN) y al frente de la administración está la esposa de Jorge, Irene Gronda. Casados desde hace treinta años, el matrimonio tiene cuatro hijos y juntos han logrado darles forma a los sueños hasta verlos convertirse en empresas autosustentables. Por ese logro, con frecuencia, Jorge viaja a diferentes ciudades del mundo y visita aulas de casas de estudio para compartir su experiencia y motivar a muchos otros. En 2005, Jorge fue elegido emprendedor social del año por la fundación suiza Schwab y el Foro Económico Mundial. En el año 2007, CEGIN integró la lista de las diez empresas a nivel mundial que desarrollan acciones para lograr que se cumplan los “Objetivos de Desarrollo del Milenio” de las Naciones Unidas. Y en 2010 fue convocado por el equipo del Premio Nobel de la Paz Muhammad Yunus para elaborar un plan de lucha contra la pobreza en la gobernación de Caldas, Colombia.

Hombre perseverante

  “¿Por qué estás haciendo Papanicolaus en medio del campo en lugar de seguir con otras operaciones más sofisticadas como cirujano y atender más en el consultorio?”, recuerda Jorge que le decían algunos colegas cada vez que volvía de la Puna a la ciudad de Jujuy. Incansable, Jorge iba y venía, mientras contagiaba poco a poco a otros profesionales para que se sumaran a la cruzada por la salud que habían comenzado, y, sobre todo, escuchaba a las mujeres de la Puna. Seguía al pie de la letra los consejos de esas mujeres “campesinas, aborígenes, iletradas pero muy sabias”, según sus propias palabras, como si se tratara de viejas maestras que hasta hoy le indican el camino a seguir.

–¿Recuerda qué lo cautivó de las mujeres campesinas y de ese mundo tan particular de Abra Pampa en los primeros años?

–Antes que nada, el afecto y la forma en la que me comuniqué con ellas. Yo no era un extraterrestre que caía, porque conocía la Puna. De chico me crié en el campo, crecí en lugares un poco salvajes, en medio del monte o la Quebrada de Humahuaca, con los perros y los caballos. A pesar de pertenecer a un núcleo diferente, mi padre me enseñó mucho el respeto por la gente del mundo rural. Él siempre me decía que en el único momento en el que podés mirar desde arriba a otra persona es cuando le das la mano para que se ponga de pie. Todo esto formó parte de mis valores,  y cuando llegué y vi a estas mujeres tan desvalidas, con todo el conocimiento que yo traía, no dudé: tenía que quedarme. Fue muy fuerte entender que con pequeñas cosas podía ayudarlas. Para mí, ahí cambió todo.

–¿Y entonces?

–En los años siguientes, trabajamos mucho, hicimos voluntariado y la cosa empezó a mejorar, pero igual se seguían muriendo muchas mujeres y niñas. En Jujuy, con mi socio en el consultorio, seguíamos trabajando para el sector ABC1, porque eso era lo que nos permitía vivir. Pero con el tiempo ese consultorio empezó a llenarse de mujeres campesinas, amigas que viajaban para atenderse, y la verdad que les encantaba entrar a ese lugar y recibir una buena atención. Pasaban los meses y, de golpe, el 70% eran mujeres campesinas. Con Natividad, mi secretaria, empezamos a ver que el sistema se nos estaba cayendo. Yo las atendía, les hacía una ecografía… y qué les iba a cobrar si eran amigas mías. El tiempo pasó hasta que un día vino mi secretaria y me dijo: “Jorge, con las mujeres del campo hemos decidido que van a pagar porque, si no, todo esto se cae. Organizamos un sistema, los precios y todo”. Con ella acordamos cobrar un precio justo, y así nació el Sistema Ser tal como se lo conoce ahora. Al principio, era muy impactante entrar a la sala de espera porque se mezclaba el olor de la albahaca que traían las mujeres del campo con el perfume francés de las antiguas pacientes mías. Hoy tenemos 100.000 mujeres afiliadas, y una gran mayoría de ellas pertenece a la base de la pirámide social. Tenemos el sistema de salud privado más barato de América latina, porque el resto no son sistemas de salud. El resto son sistemas financieros.

–¿Su mujer, Irene, trabaja con usted?

–Irene se encarga de todo el Sistema Ser. Primero, ella se ocupó de sacar a nuestros cuatro hijos adelante. Hoy los más grandes ya se recibieron y la menor de mis hijas está terminando sus estudios. Después, hace cinco años, mi mujer se puso a trabajar en la organización para que pasara a ser un sistema más formal, menos anárquico y desordenado. Con los años, el sistema había crecido bastante y yo tuve una crisis muy profunda. Un día sentí como si me sacaran la alfombra y estuve un tiempo mal; tenía ataques de pánico, veía todo negro y tuve que pedir ayuda. Después de que armamos todo, cuando me di cuenta de que había 50.000 personas que dependían del sistema de salud para vivir, me di vuelta y sentí miedo. Había hecho todo eso en mi cabeza, tenía las ideas y las llevaba adelante, motivaba y sumaba gente, pero a la organización le faltaba orden. Nunca prioricé lo económico y ya no alcanzaba con contagiar sueños: había que sostener. Había comenzado la casa por el techo y fue Irene la que vino a poner los cimientos. Irene y Natividad, mi secretaria, que trabaja conmigo desde hace veintidós años.

–Siempre habla de las mujeres y dice que fueron muy importantes. ¿Qué representaron en su vida?

–Después de treinta años de trabajar como ginecólogo, siempre digo que lo que predomina en mí es mi costado femenino. Mi mente y mi corazón trabajan más desde lo femenino. Creo que mi reacción a muchas cosas, y esta elección, tuvieron que ver con que vengo de una sociedad muy machista. En el lugar donde vivo y en mi grupo de pertenencia, hay un machismo muy marcado… ¡Qué va a hacer, es así! Siempre he creído que hay que reivindicar el rol de las mujeres. Primero elegí ser ginecólogo, fui obstetra, atendí muchos partos, y hoy en mi organización el 98% de las personas, entre profesionales y administrativas, son mujeres. De cincuenta personas somos sólo tres hombres. En mis lugares de trabajo, encontré un espacio de reivindicación. Es muy cierto ese dicho que afirma que el grado de cultura o civilización de una sociedad se mide por el lugar que ocupan las mujeres.

–¿Hay algo más que pueda rescatar de lo que aprendió con las mujeres campesinas en la Puna?

–Viniendo de una sociedad machista y feudal donde los hombres blancos éramos los conquistadores y las mujeres como Rosario, las conquistadas, hay que decir que las que más han sufrido ese poder autoritario fueron las mujeres aborígenes y eso no es justo. Imagínense que yo, a partir de los consejos de Rosario Quispe, logré seguir un montón de las metas del milenio de la ONU y hasta nos premiaron por eso. En uno de los viajes que hicimos, escuché al ex presidente Lula da Silva mencionar las metas y me entusiasmé mucho. Cuando lo escuché hablar sobre combatir la pobreza y la mortalidad infantil, pensé: “¿Por qué esto no es una política de Estado? ¿Por qué no es una prioridad absoluta cuidar la salud de las mujeres? ¿Qué pasaría si todos nos pusiéramos a trabajar en estas metas?”. Entre los objetivos que se firmaron en el 2000, están la disminución de la pobreza a la mitad para el 2015, la alfabetización de los niños, la disminución de la mortalidad infantil, la sustentabilidad del medioambiente y la igualdad de género, entre otras cosas.

–Mencionó al presidente Lula.  Si pudiera hablar con la Presidenta o con la ministra de Salud argentinas, ¿qué les pediría?

–Siempre digo que sería muy bueno que los jefes de gobierno se juntaran con unas cuantas mujeres como Rosario para entender por dónde va el cambio. Si no hay un cambio profundo, si no bajamos al suelo y tomamos una dosis de humildad cada mañana, va a ser muy difícil. Cuando armábamos la organización, yo le preguntaba a mi mujer, Irene, cómo le gustaría que la atendieran en el consultorio y lo mismo que le gustaba a ella le gustaba al cien por ciento de las mujeres. Si vos me preguntás cuál es mi objetivo o mi sueño, diría que es poner en la agenda pública el tema de la discriminación que hay con las mujeres en el tema salud y en muchas otras cosas. No vamos a tener una sociedad más equitativa y justa mientras se siga ninguneando el rol de la mujer. Lo tengo claro y ya no es por una deformación profesional. Después de treinta años, es una mirada objetiva. Acá primero hay que aceptar que el sistema de salud no funciona. Y que hay dos sistemas: uno de excelencia, de punta; y otro de segunda, donde una mujer tiene que esperar siete horas para conseguir un turno para una consulta.

–¿Cómo se cambia esto, cómo se puede repensar el sistema de salud actual?

–Bueno, el sistema está instalado y ha nacido mal parido. Siempre digo que el médico hace como que trabaja y el Estado hace como que paga y el pobre no tiene acceso a un sistema de salud como la gente. Si va una mamá con un chiquito con diarrea al hospital y no le dan un turno porque los turnos se acabaron muy temprano a la mañana, y vuelve al día siguiente y no le dan turno en el consultorio externo, al tercer día al chico lo tienen que internar en terapia intensiva porque todo se complicó.

–El sistema que ustedes implementan, ¿se puede adoptar a nivel nacional?

–Totalmente. Acá la barrera es ideológica. Yo no trabajo más desde la compasión; trabajo desde el respeto por los pobres y ya no desde el “pobrecito, el pobre, no puede pagar”.  Eso me lo enseñaron las mujeres del campo. “Qué pobrecita, doctor. Yo  quiero que me atienda con una bata, no quiero andar desnuda delante de diez personas. Si hay que pagar treinta pesos, se los pago. ¿Usted quién es para decirme a mí que no puedo pagar?”, me decía Rosario.  Lamentablemente, en este mundo también tenés que pagar por algo para que te respeten; es así.

–¿Cuándo lograron ustedes que este sistema fuera sustentable?

–Siempre viví con el banco al descubierto hasta que llegué a una escala de 50.000 personas. El día que tuve escala, pasó a ser sustentable. No fue fácil, pero valió la pena y sigue siendo un esfuerzo todos los días. Para llegar a esto, hubo que ordenar y organizar muchas cosas.

–¿Recordás qué te ayudó a salir de aquel momento de crisis profunda que tuviste hace cinco años?

–En ese momento, Irene tuvo que hacerse cargo del trabajo y de la mochila que era yo (se ríe). Salí con ayuda de los médicos, de los sacerdotes amigos, me apoyé en mi familia, y cuando volví de todo eso y vine para el consultorio, me di cuenta de que ya no hacía tanta falta, que todo estaba mejor organizado. Ahora, si me meto en la organización, lo único que hago es lío. Mi función tiene más que ver con lo estratégico. Si me preguntás, yo soy un hacedor, estoy siempre armando cosas y fue difícil pero importante delegar algunas cosas. Había gente más apta que yo para eso, y ahora me cargan y me dicen que yo soy el director estratégico. Desde hace un tiempo, tampoco atiendo a las pacientes. Es importante darles espacio a los más jóvenes. Ahora, voy al consultorio y sigo conversando con las pacientes. Por ahí, me llaman y me pongo el guardapolvo. Ya son treinta años de ejercicio de la profesión; para mí fue necesario entender que iba a cumplir otro rol… Ahora que lo pienso, treinta años es la misma cantidad de tiempo que hace que estoy casado. He sido un privilegiado, con Irene tenemos cuatro hijos, ahora vamos a tener un nieto y mi nuera viene a los consultorios del CEGIN. Soy un tipo con suerte y estoy muy agradecido a las mujeres que he conocido en mi vida; ellas me han demostrado que es posible cambiar las cosas. 

ETIQUETAS salud solidaridad

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