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La vuelta al día en cinco personajes

¿Qué sería de nosotros si amaneciéramos convertidos en insecto, como Gregorio Samsa? ¿Y si tuviéramos que cargar una enorme piedra, como Sísifo? De ponernos en la piel de cinco personajes de ficción va este texto, en el que todos podemos sentirnos representados, reconocidos.

Por Santiago Craig

Amanece, Gregorio Samsa

Puesto así parece extraño, pero es más común de lo que podríamos imaginarnos: te despertás y agitás tus seis patitas eléctricas como si tocaras un instrumento raro y evanescente. No hay música, pero hay la sensación de una música. Una vibración que es solamente tuya. En el aire, intacto todavía, de la mañana. La curva de tu espalda te deja entretener en un balanceo amodorrado. Un vaivén. ¿Tuviste un sueño que sigue, que no se escurre de vuelta al lado oscuro de las cosas? ¿Te toca de verdad este cuerpo hoy, esta forma encaparazonada de ser? Se siente bien, es un problema. Que te gusten tus antenas hiperkinéticas, esos ojitos ciegos de caramelo perdidos en tu cara insignificante. Es un problema que, esta mañana, al despertarte, hayas amanecido tan feliz. Porque donde antes los otros te veían a vos, ahora ven a un insecto. Y se asustan. Y creen que deberían asistirte de algún modo, llamar a alguien, hacer algo. Aunque vos te reconfortes y te acurruques en ese relleno blando que sos debajo de tu exoesqueleto. Es un problema porque, a pesar de que les explicás, no te entienden. Hablás, pero te ignoran. Todos, excepto vos, olvidaron tu nombre. Y cuando lo decís, sale de tu boca ruido aserrado. Un ruido que puede ser solamente tuyo. No de ellos. Y para ellos te adecentás. Dejás a un costado tus alitas transparentes, te asumís bípedo y pensante, modulás un “buenos días”. Vencido. Y te abrazan, volviste. Despierto y de nuevo en vos. Los otros te abren gozosos la puerta para empujarte, con una palmadita en tu espalda recta, a la luz blanca del día que empieza.

En el viaje, Job

No puede haber en este subte lleno nada justo, nada injusto. Todo parece dispuesto solamente al azar. En el hueco se acomodan, te acomodás. Vas con los otros. Es lo que toca. Pero apretado así entre ese codo y esa espalda no podés dejar de sentir que, con vos, Dios y el Diablo están jugando una apuesta. Cuando todas las puertas juntas se cierran con un timbre y un soplido, te parece que en algún lugar del cielo, arriba de los túneles y las calles, ellos dos pusieron a flotar unos dados. Mientras viajás, giran en el aire. Podrían caer en el número fatal, podrían configurar la cifra que tu felicidad necesita. Como sea, juegan con vos. Te parece. Aunque no haya nada en el vagón que indique en vos una distinción, en lo que pasa (que es poco y también muchísimo) ninguna voluntad suprema. ¿Qué apostaron en vos Dios y el Diablo? ¿Apunta uno a quebrar tu paciencia y tu voluntad; el otro, a presentarte orgulloso como ejemplo de integridad y perseverancia? Para los dos fines sirven estas pruebas que acumulan: las toses y los estornudos, la miseria expuesta, tu picor en la planta de los pies, el olor a guiso coagulado, el empujón, la posibilidad elástica del hurto, la falta de aire, la demora inexplicable, los desvíos. Y todo eso otro que es barullo en tu cabeza. Podrías claudicar, dejar que el malo gane y se regodee. Total, pensás, ya estás vencido. Pero el suelo en el suelo se mueve y el tren avanzando en lo oscuro te pide que extiendas una fe, que creas, que sostengas la tensión de una esperanza en lo que, además de eso que pensás que hay, podría haber. El juego es entre el desborde y la paciencia, entre la aceptación derrotada y un entusiasmo que inventa lianas, columnas y escaleras para ir de un lugar a otro, para sostenerte. Y, con tu suerte en sus manos, con los dados en el aire, vas contando las paradas que faltan para bajarte. Ojalá los entretenga ese juego suyo y no se pongan demasiado competitivos. Si fuera por vos, tratarías de convencerlos de que, dada la situación, no estaría nada mal un empate.  

Trabajo, Sísifo

Sin ningún sonido se abre una puerta de vidrio. Del otro lado, una montaña y una piedra. Hay, además, un perchero para que cuelgues tu abrigo y tu mochila. Despojado de eso que acá no te sirve, ya podés empezar tu día. No hay día antes del día. El trabajo marca el principio y el final de tu lunes y tu martes y de toda tu semana. Empujás la piedra. Tus manos se amoldan solas a su peso y su aspereza. Se parecen ya, pasado el tiempo, tus manos y la piedra. La empujás obediente hasta la parte más alta y ves que rueda y cae otra vez a su comienzo. Que no es suyo, es de los dos. Lo que en las cenas y los aeropuertos decís cuando te consultan cuál es tu ocupación, tu trabajo. Empujar una piedra. ¿Es un símbolo?, preguntan. ¿Está con eso queriendo indicar otra cosa más precisa? ¿Hace, en realidad, balances, presupuestos, planos y esquemas, coordina agendas, responde mensajes, asiste a reuniones, diseña logos, edita videos? No. Cargás, empujás, dejás caer y levantás otra vez esa piedra. Tuya. ¿No es un castigo ese trabajo tan repetido y mecánico, no es una pesadilla? Bueno, hay momentos. Tenés tus playlist y te gusta hacer lo que hacés mientras dejás que se caliente el agua para el café o le dictás a tu compañera el gusto de la empanada o la tarta que querrías almorzar ese mediodía. Te gusta comentar lo que pasa en el país como si le pasara a otros, decir de fútbol y de chismes, hacer bromas infantiles. Poder hablar despreocupado, porque sabés que tenés para vos una montaña, una piedra, una rutina. Algo para hacer con los demás a ciertas horas. Un alivio.

Vuelta a casa, Claude Morel

Guardás un espacio para el valor y la aventura. No afuera, no sos de esos ahora. Si lo fuiste, ya pasó, si vas a serlo, no todavía. Por hoy, tu aventura es acá. En lo que te toca. Podés pensar y escribir frases elocuentes. Sentencias que anuncien “el tiempo de los asesinos”, máximas que despejen de espesuras la vuelta a casa como lanzas y escudos: “Y al llegar la aurora, armados de ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades”.
Guardás, en una bolsa que cosiste como un pirata al forro de tus pantalones, una bolsa con poemas dorados. Los tanteás y los hacés girar entre tus dedos cuando caminás sin apuro por las calles que empiezan a encenderse. Te decís: “De mis ancestros conservo los ojos celestes, el cerebro estrecho y la imprudencia de la lucha”; “Un atardecer, senté a la Belleza sobre mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la insulté”. Vas cantando. Sos el poeta deambulante. En la tarde que se va, podrías ser todos, ser otro, ser cualquiera. Podrías caminar hasta perderte aunque tu vuelta está pautada. Porque guardás en vos el valor y la aventura. Un chisporroteo de estrellas bailarinas.

A la noche, Batman

Tenés un disfraz y una misión. Tu vida, en lo que se llega a ver y en lo que nadie podría imaginar nunca, es clara, limpia y fluye como un río a la noche al borde de la ciudad cansada. Lo que te mueve es el rencor, pero también, la caridad y un sentido retorcido de la justicia. Podés apretar todos los botones que te quedan a mano y hacer aparecer en los monitores de tu cueva las esquinas, las violencias, los filos y los gritos del universo entero. Callejones y planetas. Todo es tuyo a la noche. Asesinos de risas laqueadas y gatitos saltando en la nieve blanda. Lo que quieras ver, mientras titila en el cielo un hilo umbilical de luz que te llama. Que te trae de vuelta. A lo que sos. La noche es, para vos, un refugio. Un lugar en el que podés patear el hígado de los malos, trepar a las terrazas y ver, desde arriba, con una copa de vino entre los guantes negros, cómo se entregan los demás a una estupidez sin remedio. Podrías salvarlos, si quisieras. Hoy. O podría ser también mañana. Te gustaría descansar, pero siguen encendidos y atentos tus ojos amarillos. Salís a patrullar sin moverte de tu cama, hacés tuyos los dramas generales, las penas, las inquietudes. Saltás de techo en techo, escuchás el secreto inmovil de las gárgolas y vas repartiendo como un puño y un castigo por todas partes tu nombre. Te divertís. La noche es para vos lo que podrías ser. A lo que inquieta le hacés frente en tu vida imaginada. Le ganás. Tu forma de ganar es estar atento a esa luz que sube al cielo y te llama. A eso que ahora sos, con tu máscara puesta y a los otros que fuiste durante el día. Tu forma de ganar es saber que otros te necesitan y te quieren. Ser un héroe. La noche es, para vos, satisfacción y descanso, un hogar: el lugar de la paz y la revancha.

Personajes:
Gregorio Samsa es el protagonista del relato “La metamorfosis”, de Franz Kafka.
Job es el protagonista del libro de Job narrado en el Antiguo Testamento de la Biblia.
Sísifo es un personaje de la mitología griega, ejemplo de rey impío, conocido por su castigo ejemplar de empujar incesantemente una piedra cuesta arriba por una montaña.
Claude Morel, alter ego ficticio de Arthur Rimbaud, protagonista de la novela “El día en llamas”, de James Ramsey Ullman.
Batman, superhéroe creado por Bob Kane y Bill Finger para Detective Comics en 1939.

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