La vocación, una búsqueda que se expande más allá de lo laboral - Sophia Online

Desarrollo Personal

La vocación, una búsqueda que se expande más allá de lo laboral

Aquello que nos apasiona no tiene por qué desplegarse únicamente en el trabajo: podemos desarrollarlo en hobbies, actividades comunitarias y hasta en nuestros vínculos. El valor de los "side jobs" y los pasatiempos.

POR Cecilia Montesano Rebón de Crouzel

La vocación no es una revelación súbita ni una decisión única. Es un proceso que se construye a lo largo de la vida, en interacción con los demás, y que se nutre de experiencias, elecciones, vínculos y transformaciones personales.

En esencia, es una invitación a explorar quiénes somos y a reflexionar sobre lo que deseamos hacer con nuestra existencia. No es algo fijo: evoluciona, se enriquece y se reorganiza en cada etapa. Puede entenderse como una convocatoria profunda a dedicar la vida a algo significativo, a expresar nuestro ser a través de lo que hacemos. Allí, en el cruce entre nuestros dones y las necesidades del mundo, surge la posibilidad de dar una respuesta auténtica y comprometida que da propósito a la existencia.

El desarrollo vocacional va más allá de elegir una carrera o una profesión. Puede expresarse en lo laboral, pero también en los vínculos, en los hobbies, en la vida comunitaria y en la creatividad cotidiana.

Desarrollar la vocación es, en definitiva, desplegar el ser de manera única y personal. En cada cosa que hacemos —dar clases, escribir, pintar, cocinar, cantar, practicar deportes, ayudar— encontramos la posibilidad de disfrutar, de ser auténticos y de expresar nuestra esencia con cada acción.


Más allá de un simple ideal romántico

Hacer lo que nos gusta tiene un impacto real en nuestra calidad de vida, nuestra salud y nuestras relaciones. Cuando disfrutamos de lo que hacemos, lo vivimos con mayor alegría, entusiasmo y compromiso. El sentido aparece con naturalidad, y esa energía se transmite a los demás. La pasión, cuando es genuina, se vuelve contagiosa: inspira, moviliza y deja huella en el entorno.

También hay beneficios físicos comprobados. Al realizar actividades que nos interesan, el cuerpo libera endorfinas —las llamadas “hormonas de la felicidad”— y reduce el cortisol, la hormona del estrés. Esto fortalece el sistema inmunológico, mejora el ánimo y ayuda a prevenir enfermedades. Incluso despierta habilidades que quizás estaban latentes.

El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi —creador del concepto de flow— describe este estado como aquel en el que una persona está completamente inmersa en una actividad que le resulta gratificante, desafiante pero manejable. El flow aparece cuando lo que hacemos fluye con naturalidad, nos exige lo justo y nos conecta plenamente con el presente.

Los estudios sobre longevidad lo confirman: las personas que viven más y mejor suelen compartir ciertos factores como la vida comunitaria, la espiritualidad, la alimentación saludable o el ejercicio regular. Pero hay algo que se repite en todos los casos: tener un propósito vital claro y disfrutar de las pequeñas cosas cotidianas.

El desarrollo vocacional puede expresarse en lo laboral, en los vínculos, los hobbies, la vida comunitaria y la creatividad cotidiana.

El costo de vivir desconectados de nuestros verdaderos intereses

Cuando una persona no encuentra espacios de disfrute, propósito o motivación, comienza a apagarse de a poco. Le cuesta iniciar el día, pierde entusiasmo, se dispersa con facilidad o se irrita con frecuencia. Esa desconexión también se refleja en el cuerpo: aparecen malestares recurrentes, insomnio, agotamiento persistente o incluso enfermedades psicosomáticas.

Esto no significa que todo lo que hagamos deba ser placentero. Es natural que existan aspectos del estudio o del trabajo que no resulten agradables. Pero cuando el desinterés es profundo y sostenido, cuando no hay disfrute ni sentido en lo que hacemos, la vida entra en “modo automático”: las acciones se vuelven mecánicas, la motivación se desvanece y se instala una sensación de vacío difícil de disimular.

Alejarnos de lo que realmente nos importa —nuestros intereses auténticos, valores y deseos— nos va desconectando de nuestra vitalidad. Esa distancia interna tiene un costo: apaga el entusiasmo, limita la creatividad y, con el tiempo, erosiona la capacidad de disfrutar y de construir una vida con sentido. ¿Qué sucede cuando una persona no puede correrse de un trabajo que la agobia?

Cuando no es posible cambiar de inmediato, buscar actividades complementarias puede ser un gran alivio. Hobbies, pasatiempos o proyectos paralelos a la actividad laboral principal—lo que hoy se llama “side job” o “side hustle”— permiten poner en juego intereses personales y recuperar bienestar.

Un ejemplo inspirador es el caso de una mujer viuda, contadora de profesión, que no disfrutaba su trabajo pero no podía dejarlo porque debía mantener a sus tres hijos. En un espacio de reflexión sobre su situación, comenzó a pensar en actividades que le gustaban: cantar en un coro y crear objetos de cerámica que incluso pensaba vender. Poco a poco, dedicar tiempo a estas actividades le permitió sentirse mejor, recuperar energía y disfrutar nuevamente de la vida cotidiana.

Los hobbies y pasatiempos funcionan como un respiro renovador, ayudan a contrarrestar el estrés y a reconectar con lo que realmente nos importa.


Un proceso abierto y dinámico

El proyecto de vida representa, en esencia, una vida con proyectos. Son sueños, planes, objetivos y propuestas que nos invitan a mirar hacia adelante, funcionando como faros que orientan nuestro desarrollo personal y dan sentido al camino que recorremos.

No se trata de un cálculo rígido ni de una hoja de ruta definitiva. El proyecto de vida es un proceso abierto y dinámico, un compromiso con la acción que requiere estar en diálogo constante con uno mismo: cuestionarse cómo seguir, cómo adaptarse y cómo crecer.

Dedicar tiempo a reflexionar sobre nuestros proyectos es clave para impulsar el desarrollo y el bienestar. Estos proyectos nos ayudan a construir nuestra identidad, jerarquizar prioridades, enfocarnos en lo que realmente importa y redefinir nuestro camino a medida que avanzamos.

Establecer proyectos personales alineados con nuestra singularidad puede dificultarse si faltan espacios de reflexión. Vivimos en una era de estímulos constantes —pantallas, redes, notificaciones— que nos alejan del encuentro con nosotros mismos. Para pensar un proyecto de vida, necesitamos detenernos, preguntarnos cuáles son nuestros deseos auténticos y qué situaciones del entorno o necesidades de la comunidad nos movilizan e inspiran a actuar.

Las creencias limitantes también pueden jugarnos en contra: “no voy a poder”, “siempre dejo las cosas a medias”, “no soy bueno en esto o aquello”. Estos pensamientos funcionan como frenos internos que condicionan nuestras decisiones y nos alejan de lo que realmente queremos.

La psicóloga Carol Dweck (2017) distingue entre la mentalidad fija y la mentalidad de crecimiento. La primera sostiene que nuestras habilidades son inmutables; la segunda, que podemos desarrollarlas con dedicación, práctica y esfuerzo. Adoptar esta mirada de crecimiento transforma la forma de enfrentar los proyectos: nos permite aprender del error y confiar en el proceso.

El miedo también suele aparecer: miedo a fracasar, a hacer el ridículo, a no cumplir con las expectativas de alguien querido, o incluso a no poder sostenernos económicamente. Si no se trabaja, este miedo puede paralizar y postergar decisiones y proyectos importantes.

Nunca es tarde

Construir un proyecto de vida personal y profesional —un conjunto de proyectos— es un camino de autoconocimiento y crecimiento constante. Aunque es valioso aprender desde chicos a desarrollar proyectos que surjan de la reflexión y estén alineados con nuestros valores y aspiraciones, también es importante recordar que a lo largo de la vida será necesario repensar, renovar y resignificar nuestros objetivos, adaptándolos a nuevas etapas, experiencias y circunstancias.

La clave está en escucharnos, reconocer qué nos moviliza, qué nos interesa, qué valoramos y cómo podemos aportar al mundo desde nuestra autenticidad. Al conectar con nuestro verdadero ser y desplegar nuestro potencial, no solo mejoramos nuestra calidad de vida, sino que también dejamos huella en quienes nos rodean.

De este modo, el proyecto de vida se convierte en un faro que ilumina nuestro camino y nos impulsa hacia adelante con sentido.

*Cecilia Montesano Rebón de Crouzel es licenciada en Educación, consultora Psicológica, focusing trainer y Directora de la Diplomatura de Orientación Vocacional de la Universidad de San Isidro.

1 COMENTARIOS

  1. Hermoso articulo! Siempre intenté hacer algo creativo extra laboral. A veces podía, a veces me ganaba el cansancio, pero es vital. Ahora que me jubilé, tengo mas tiempo a disposición, entonces pinto, dibujo, hago origami, pilates, camino, y otras cosas mas!
    Saludos!

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