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Reflexiones

2 febrero, 2024

¿La violencia está en nosotros?

La vemos cada día, en todas partes: la violencia parece haberse naturalizado en nuestra sociedad. Frente a esa realidad, el autor de este texto se pregunta: "¿Cómo volver a encender la luz de la razón oscurecida?".


Por Sergio Sinay

Cuatro amigos eligen salir durante un fin de semana del fragor de sus trabajos y de la vida urbana. Van de excursión a los montes Apalaches, en Estados Unidos. La propuesta es cazar, tomar cerveza y navegar en canoa. Un fin de semana de camaradería masculina. El plan se desbarranca cuando una suma de circunstancias que no estaban consideradas se suceden y todo termina en un crimen. Con este argumento el director John Boorman filmó en 1972 La violencia está en nosotros, basándose en la única novela que escribió, bajo el título Deliverance, el poeta James Dickey (1923-1997). La película es hoy un clásico y lo que enuncia el título en castellano nos interpela como nunca ahora, cuando, desde Rosario hasta el conurbano bonaerense, pasando con mayor o menor intensidad por casi cada rincón del territorio nacional, la violencia en sus diferentes formatos (narcotráfico, robo, venganza, femicidio, altercados familiares y vecinales) parece haberse entronizado y, peor, naturalizado en la vida cotidiana.

Cabe preguntarse si, más allá de sus desencadenantes externos, de veras la violencia está, ante todo, en nosotros, en los humanos, como un componente de nuestra manera vivir y de relacionarnos. A la luz de lo que se ve en estos días podría decirse que la violencia está efectivamente en nuestro ADN con una mecha que solo espera un motivo cualquiera que la encienda para estallar. Esa sensación nos pone temerosos, a la defensiva, sospechamos y nos cuidamos hasta de las sombras. Nos horrorizamos ante el crimen de cada día, que los medios, con un morbo irresponsable, suelen narrar y detallar de la manera más truculenta apelando antes a la emoción que a la inteligencia de sus receptores. Y, como mecanismo de negación y de protección psíquica, pasamos cada vez más rápido de ese horror al olvido o al tema opuesto.

La moral como límite

Que levante la mano quien nunca haya dicho ni pensado frases como estas: “Lo quise matar”, “La hubiera matado”, “Me mató”, “Me hubiera matado”, “Lo mataría”, “Fue algo mortal” y otras similares, en las cuales nuestro instinto “asesino” está presente. A la luz del habla somos todos asesinos en potencia. ¿Por qué no pasamos al acto? Porque, en tanto humanos, contamos con la razón y somos, además, capaces de simbolizar. Transformamos en otras cosas la energía que, presente en nosotros, nos lleva a imaginar (o desear) matando o matándonos. Y una razón por la cual no somos prisioneros de ese instinto, sino que podemos elevarnos por encima de él, es porque, creyentes o no, seguimos los mandamientos que constituyen la moral y que podrían sintetizarse, como lo hace el gran rabino de Londres Jonathan Sacks (1948-2020) en su extraordinario libro póstumo titulado Moralidad: “Hay ciertas cosas que no se hacen, sean cuales fueren las consecuencias”. Sacks recuerda que el Talmud (libro que los teólogos dedican al estudio de la Torá, Antiguo Testamento) dice que sin esos mandamientos “podríamos haber aprendido de la modestia del gato, la honradez de la hormiga, la castidad de la paloma y los modales del gallo”, pero “también podríamos haber aprendido el salvajismo del león, la crueldad del lobo y el veneno de la víbora”. Hay una pulsión o energía en nosotros que se expresa de acuerdo con el modo en que elegimos hacerlo, es decir ejerciendo nuestra libertad a la luz de la razón.

Una vieja confusión

No estamos condenados a ser violentos. No es la violencia lo que está en nosotros, sino la agresividad. Esta es un componente esencial de la vida. Sin ese impulso, por ejemplo, una criatura no nacería. Sin esa energía no masticaríamos nuestros alimentos, no emprenderíamos tareas, no erigiríamos nuestras casas, no nos protegeríamos de los fenómenos naturales, no nos defenderíamos de depredadores, no abriríamos caminos, los cirujanos no operarían, no se tenderían puentes, no seguiríamos carreras, no exploraríamos el planeta. Wilhelm Reich (1897-1957), psicoanalista austríaco que fue inicialmente discípulo de Freud y perteneció a la Sociedad Psicoanalítica de Viena explicó que “Toda manifestación positiva de la vida es agresiva. Gran parte de la perniciosa inhibición de la agresividad que sufren nuestros niños obedece a la equiparación de agresivo con perverso”. Este error perdura y lleva a que, sin una salida natural y necesaria, la agresividad reprimida implote en forma de patologías físicas o psíquicas. Aunque se las tome como sinónimos, agresividad y violencia no son lo mismo. La agresividad es una energía vital que, cuando no encuentra un cauce fecundante, creativo, transformador y constructivo, se transmuta en violencia. La agresividad crea, la violencia destruye. La agresividad es aliento vital, la violencia es el punto en donde mueren la razón, las palabras, el pensamiento, el amor. Las personas y las sociedades que tienen proyectos, propósitos, visiones de futuro, convierten su natural agresividad en herramienta de construcción y de sentido.

El valor de la palabra

Se puede ser no violento y agresivo al mismo tiempo. O se puede ser solamente violento sin dar nacimiento a nada. Por muchas causas que invoque, un violento nunca tendrá razón. La perdió antes de empezar. En su libro Sobre la violencia: seis reflexiones marginales el filósofo esloveno Zlavoj Zizek escribe: “En el lenguaje, en vez de ejercer violencia directa sobre el otro, queremos debatir, intercambiar palabras, y tal intercambio, incluso cuando es agresivo, presupone un reconocimiento mínimo de la otra parte. La entrada en el lenguaje y la renuncia a la violencia son a menudo entendidas como dos partes de un mismo gesto”. Los violentos renuncian a los más ricos atributos de nuestra especie y nuestra condición: la palabra, el pensamiento, la capacidad de registrar al otro. Renuncian a la dignidad humana. Cuando la violencia se instala como parte de la vida cotidiana la sociedad entera debe preguntarse cómo volver a encender (en las acciones y conversaciones de cada día, en la conducta callejera, en las relaciones personales, en la vida íntima y en la pública, en el lenguaje, en los negocios, en la política, en el deporte) la luz de la razón oscurecida. El Mahatma Gandhi, que necesitó de mucha agresividad para mantener lucha pacífica por la independencia de la India, decía que lo que se obtiene con violencia sólo puede mantenerse con violencia. La realidad nunca lo desmintió.

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