Sophia - Despliega el Alma

Artes

31 octubre, 2009

“La vida elige por mí”


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Roxana Carabajal*

No se rebela ante las idas y vueltas del destino, sino que se deja llevar. Acepta cada cosa que la vida le da y saca lo mejor de cada experiencia. Roxana es una de las voces jóvenes del folclore y una de las pocas mujeres del clan Carabajal. Sus canciones transmiten el amor por Santiago del Estero, su tierra, y rescatan el valor de lo nuestro. Por Carolina Cattaneo. Fotos: Pilar Carlés.

Roxana Carabajal (36) dice que ella no elige. Que es la vida quien elige por ella, y ella acepta con gozo si la oferta es buena. Y la vida eligió que esta mujer de rasgos finos, ojos negros, piel morena y piernas largas fuera fruto de un amor fugaz. Y que su madre, una joven de provincia, sola y atemorizada, la entregara a un matrimonio de parientes del Gran Buenos Aires. Pero la vida también eligió para Roxana que su destino diera un giro y que, como en una telenovela –o como en la vida–, sus abuelos maternos, Zita y Carlos Carabajal, supieran de su existencia y quisieran “rescatarla” cuando tenía 1 año; y devolverla a la tierra de sus ancestros. Traerla de vuelta al Santiago del Estero profundo, al Santiago querido. Que gozara del derecho a la memoria afectiva de esa tierra de chacareras, montes, tunas y leyendas de Salamanca. Que su alma floreciera con el olor a la tierra mojada.

La vida eligió que ella, una pequeñita Roxana, desde entonces creciera en una piecita pequeña en la casa de su bisabuela Luisa, donde apenas entraban sus abuelos Zita y Carlos, su primo Demi y todo el amor que podía caber en ese cuarto del Barrio Los Lagos, en la ciudad santiagueña de La Banda. Una piecita cuyo umbral daba a un patio de tierra, al que ella se asomaba, descalza y desnuda, azotada por el calor. Amanecía con las chacareras que tocaban sus tíos desde el alba y con el olor al brasero, siempre encendido, donde se calentaban la pava para el mate y las tortillas.

Ella creció de la mano de su abuelo Carlos, a quien llamó “papi”, el hombre al que se lo reconoce como el “padre de la chacarera”. Él la subió al escenario de una peña por primera vez a los 5 años; será por eso que su espíritu vibra como las cuerdas de un violín y su corazón late al ritmo de un bombo legüero, típico de la zona.

Roxana Carabajal, a quien León Gieco describió como “la chacarera hecha mujer”, integra la tercera generación de una familia prolífica en músicos. Hasta los 17 años acompañó a Carlos y luego formó parte del grupo de Peteco Carabajal, su tío. En el año 2000, inició su carrera solista. En su alma, Roxana, madre de dos hijos –Lautaro (11) y Luana (1 año y 9 meses)–, separada, tiene grabados los acordes del monte y entona el amor por el terruño.

“Después de compartir diez años con Peteco, haciendo coros, para mí ya era una necesidad soltarme. Fue poquito a poco, y yo ya me sentía más segura, pese a que estaba muy cómoda con él. En cuanto al estilo, sabía que iba a ser una continuidad de lo que venía trabajando con Peteco. Pero en mi próximo disco se marcará más una diferencia; las canciones no tendrán piano, ni guitarra eléctrica, ni bajo, ni batería. Habrá mucho más bombo, accesorios, bandoneón y guitarras –explica Roxana–. La misma vida es música. Todas las noches me pregunto qué sería de mí sin ella. Todo es música para mí: las bocinas, los ruidos, el correr de un río… La chacarera es mi pasión y el ritmo que quiero transmitir”.

A los 20 años, Roxana se afincó en Buenos Aires para buscar un horizonte que le permitiera seguir creciendo. Pero siempre vuelve a Santiago, donde hoy está terminando de grabar y producir su cuarto disco, Mujer santiagueña.

–¿Por qué elegís Santiago para trabajar en tu disco, cuando en Buenos Aires hay una industria discográfica que puede hacer todo más fácil?

–Porque la esencia está allá. Aquí, en Buenos Aires, podés tener mucha mano de obra, tecnología, pero la esencia la encontrás donde la música está latente. El espíritu. Allí está el sonido auténtico, el que tiene que ver con lo nuestro, con el verdadero conocimiento de la chacarera, con nuestro género. Ahí está la creatividad… (Dice, y sonríe, como durante toda la entrevista).

–¿Qué más tiene de particular este disco?

–Que tiene temas de mi autoría. Por ejemplo, uno de ellos se lo dedico a todos los pueblos por donde ando, de los que me enamoro. De ellos rescato la esencia y hago esta chacarera. También tengo otro para mi papi, que ya va a hacer cuatro años que murió.

–Durante los viajes, en las giras con Peteco, escuchaban folclore y, también, bandas de afuera. Pero decidís apostar a la música santiagueña.

–Yo no decido. Lo mío es una cuestión natural, familiar. Me tocó y me encanta que me haya tocado. Yo, en realidad, tengo una historia paralela a ésta, que es muy fuerte, muy oculta. A veces, pienso que podría haber sido cualquier otra cosa en la vida si no hubiera encontrado a mi familia. Porque, en verdad, la familia Carabajal me ha encontrado a mí, a partir de la historia de mi vieja, Graciela, que me tuvo soltera y me dio a un matrimonio de parientes, porque tenía temor de contárselo a sus padres, mis abuelos Zita y Carlos.

–¿Qué relación tenés hoy con Graciela, tu madre?

–A partir del nacimiento de mi hija, Luana, han mejorado bastante las cosas. Nunca hemos tenido mala relación, pero siempre fue de hermanas; nunca una relación madre-hija. A partir de Luana, nuestra relación creció. Además, yo crecí como madre y ella, como abuela.

–¿Estás enojada con ella?

–Nunca sentí rencor. Traté siempre de entenderla. Me dolió mucho, obviamente. Duele el abandono. Pero siempre supe la verdad sobre ella y sobre mi familia materna. Nunca supe nada sobre mi padre biológico, hasta los 19 años. Nos conocimos, nos vimos un par de veces, pero ya no lo frecuento, no tengo contacto.

–¿Qué significó para vos que tus abuelos maternos fueran a buscarte?

–Cuando cumplí 1 año y mi mami Zita y mi papi Carlos me recuperan en Buenos Aires y me llevan a vivir a Santiago, para mí fue como volver a nacer. Y a partir de entonces, como digo siempre, la vida elige por mí. Yo no elegí ser cantante. Mi papi, de niña, me ha puesto en un escenario y, naturalmente, yo canté.

Cuando Carlos pudo empezar a vivir de su música, logró construir una casa o, mejor dicho, una peña. “Nunca hemos tenido una casa. Pasamos de una piecita a una peña en la que entraban 400 personas, donde armábamos las camas y al fondo de todo había una cocina. En esta peña, La Chacarera, un día mi papi me dijo que practicara, y desde entonces, no me bajé más del escenario. Hasta los 17 años, siempre lo acompañé a todos los festivales que se hacían en el norte del país”, cuenta Roxana, sentada en la cocina de su departamento de Caballito, mate de por medio, mientras Luana, recién levantada y con los rulos revueltos, se entretiene frente al televisor bailando y balbuceando las canciones de Panam. Allí, donde vive sola con sus dos hijos, hay un revuelo natural de una mañana de viernes: ropa colgada en el balcón y un living copado por un camioncito de juguete, galletitas que se le escapan a Luana, guitarras y el Messenger titilando en la PC. Un caos alegre del que Roxana, con la ayuda de una señora y el apoyo de Sebastián, el papá de Lautaro, se hace cargo a diario.

–¿Cómo te arreglás entre las giras y tus hijos?

–La verdad, no sé, pero me las arreglo. Me sale naturalmente. No me hago tanto problema. Partamos de la base de que no soy muy ambiciosa, no estoy a mil todo el tiempo para ver si consigo más, más, más. Soy muy tranquila. Y priorizo. Lo primero son mis hijos, mi familia. Y casi ahí, paralelamente, está la música. Cuando es la hora de hacer música, hago música y ubico a los chicos. Por ejemplo, tuve que ir a Santiago a grabar el disco y me llevé a Luana conmigo; aproveché que Lautaro tenía vacaciones y lo llevé también. Cuando no lo puedo llevar, se queda con su papá, Sebastián.

–¿Cuáles son tus miedos respecto de la crianza?

–¡Uy! Ahí sí entro en algunos problemas. El hecho de criar a mis dos hijos sola tiene su pro y su contra. El pro es poder criarlos a mi manera y sentir que les estoy trasladando el modo en que a mí me criaron. Con mucho amor. El contra es mi falta de capacidad para poner límites (ríe). A mí me dieron tanta libertad que… ¡por qué no dársela a ellos! Los miedos siempre están: si estaré siendo una buena madre, o los estaré abandonando, más que nada teniendo en cuenta la vida que llevo, haciendo giras todo el tiempo.

–¿Cómo cambia tu vida cada vez que volvés a Santiago?

–Yo creo que todo santiagueño que se viene a Buenos Aires deja el alma allá. No se viene con el alma puesta. En mi caso, vivo de prestado; aquí nada es mío. Aquí no hay nada que pueda relacionar con Santiago. Si paso la General Paz, quizá pueda sentir un poquito el olor a tierra mojada. Sólo el sonido de la guitarra me traslada. Todo lo que vos ves aquí es virtual (ríe). Los músicos santiagueños venimos a Buenos Aires a cumplir una etapa de nuestra vida para poder crecer, porque sabemos que Santiago, desgraciadamente, tiene un techo. No puedes pasar más de ahí y tienes que salir a buscar un horizonte en otro lado. Y ese horizonte a mí me lo ha dado Buenos Aires, en cuanto al crecimiento musical y profesional. Pero vengo aquí y soy una desalmada, ¡porque mi alma está en Santiago! (Ríe). Ahí vivo. Ahí vivo y vibro. Me reencuentro con mi alma, porque siempre hay una peña, un lugar donde guitarrear… Aprovecho para encontrarme con mi familia, mis amigos, los perros, el loro, ¡todo! Tengo un objetivo cercano, que es invertir y comprar un terrenito allá, a ver si puedo edificar, ya con la intención de ir volviendo poquito a poco. Ya no me hace bien estar aquí. Me doy cuenta de que cuando tengo que volver de Santiago a Buenos Aires, sufro mucho. Bueno, vamos a ver cuándo puedo volver…

–¿Qué es Santiago para vos?

–Santiago es el lugar que me ha visto crecer. El lugar que me rescató de esta historia que te contaba. Yo podría haber crecido en Francisco Solano, provincia de Buenos Aires, que es donde me entregaron a ese matrimonio. Podría haber sido cualquier otra y, sin embargo, tuve la suerte de que me llevaran a Santiago y de crecer con total libertad y seguridad. Tuve la infancia más increíble que pude haber tenido. No teníamos tele y nuestro patio de tierra era lo único que existía en el mundo, y todo el mundo escuchaba chacareras; yo jugaba libre, de una manera muy pura… hermosa. No tengo muchas palabras para definirlo. Lo que me ha dado esta tierra es lo que llevo dentro mío. Siento que voy a terminar mi vida en Santiago. Lo siento con el corazón y con mi alma. Es como el proceso de la vida: donde llegué a este mundo, ahí tengo que terminar.

*Tiene 36 años y es madre de dos hijos, de 1 y 11 años. Está produciendo su cuarto disco como solista, vive en Buenos Aires y busca siempre el contacto con la naturaleza.

ETIQUETAS cantante folclore música

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